¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 3
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Capítulo 3

Nash

Apagué el motor del hidroavión y me quedé allí unos segundos, sentado en el asiento como hacía siempre, disfrutando de esa sensación que me producía volar.

Poco a poco, el silencio fue envolviéndome mientras la adrenalina que todavía me recorría el cuerpo empezaba a descender.

El ruido del motor había desaparecido, también la vibración bajo mi cuerpo y la sensación de velocidad, pero sabía que tardaría bastante más en irse aquella paz que me producía surcar el cielo de Alaska entre las nubes.

Había personas que buscaban la libertad y la desconexión viajando, cambiando de trabajo, de ciudad, de pareja o incluso de vida.

Yo las encontraba a cientos de metros de altura, sobre el agua, mientras sorteaba las nubes y contemplaba los paisajes que rodeaban mi ciudad, con aquellas montañas que solía sobrevolar y que se levantaban como gigantes protectores.

Cuando estaba allí arriba, todo lo demás desaparecía. No había preocupaciones, facturas que pagar, problemas que solucionar ni decisiones difíciles que tomar; solo estábamos el hidroavión, el viento, las nubes y yo.

Esa sensación de felicidad que me producía volar me había acompañado desde niño, porque desde que apenas levantaba un palmo del suelo aquello no solo se convirtió para mí en un sueño, sino casi en una obsesión.

Todavía recordaba el primer día que mi padre me llevó a montar en un hidroavión. Tenía cinco años y llevaba meses insistiendo hasta casi volverlo loco, pero en cuanto estuvimos allí arriba y aquella sensación me recorrió el cuerpo supe que la necesitaría durante el resto de mi vida.

Y no me había equivocado, porque seguí volando primero como pasajero y después como piloto cuando tuve edad para hacerlo, hasta acabar convirtiendo aquello que de niño era solo un sueño en mi forma de vida.

Sonreí mirando al cielo antes de abrir la puerta y bajarme de un salto.

El aire frío me golpeó en el rostro, pero no era nada que no pudiera soportar ni a lo que no estuviera acostumbrado después de llevar toda la vida viviendo en Juneau, para mí el mejor lugar del mundo y la zona más bonita de Alaska.

Saqué el gorro que llevaba en el bolsillo del abrigo y me lo puse, más para taparme los pelos, que seguro que con el viento estaban todos revueltos, que porque sintiera frío.

Miré en mi reloj de muñeca la temperatura que hacía a esas horas y me encogí de hombros. Doce grados bajo cero en pleno enero, a las diez de la mañana, no era frío. Para los turistas podía ser algo extremo, pero para los que vivíamos allí era una temperatura bastante normal.

Mientras me ajustaba la cremallera del abrigo y los guantes, giré la cabeza hacia el embarcadero.

Además de mi propio hidroavión, ese que cuidaba como si fuera un hijo, con obsesión, decían algunos, allí había otros siete. Todos eran de mi propiedad o pertenecían a Horizon Air Tours, la empresa que había montado seis años atrás, cuando tenía veinticinco.

Elegí ese nombre casi sin pensarlo demasiado y, por suerte, el negocio había funcionado muy bien desde el principio.

Todo el mundo lo conocía en la ciudad y muchos de los turistas que llegaban a Juneau nos elegían como primera opción, en parte porque no éramos los únicos que ofrecíamos ese tipo de servicio, pero sí los que teníamos más posibilidades y rutas distintas.

Además, Juneau no tenía acceso por carretera para desplazarse a otras ciudades, así que la gente que entraba y salía dependía de barcos, aviones e hidroaviones para moverse fuera de la nuestra.

Miré con orgullo los aparatos alineados en el embarcadero.

Todos estaban en perfectas condiciones y eran de distintos tamaños.

Seis los utilizábamos para todo tipo de traslados y excursiones, unos con capacidad para más pasajeros que otros, y también teníamos uno de solo dos plazas que era el que menos usábamos porque pocas personas viajaban solas.

Tres de los grandes eran normales y los otros tres híbridos, preparados para poder aterrizar también en algunas zonas terrestres.

Los pilotaban seis profesionales expertos que tenía contratados y, aunque normalmente eran ellos quienes se encargaban de los viajes, algunas veces, si era necesario, yo también llevaba pasajeros.

A esas horas el embarcadero ya tenía bastante movimiento.

Varios pilotos acompañaban a los viajeros hasta los hidroaviones y una familia de cuatro miembros avanzaba hacia uno de ellos mientras los dos niños sonreían con tanta emoción que parecía que fueran a despegar ellos mismos.

Cerca, una pareja caminaba agarrada de la mano con cámaras de fotos colgadas del cuello y otro de mis chicos ayudaba a bajar a un grupo grande de turistas que regresaban de ver el amanecer en uno de los lugares más solicitados.

Asentí satisfecho al comprobar que todo estaba como tenía que estar y salí del muelle para dirigirme al edificio principal.

El local no era muy grande, pero sí lo suficiente para el servicio que dábamos.

En la parte trasera había un anexo donde dos mecánicos, uno en el turno de mañana y otro en el de tarde, se encargaban de tener siempre a punto todos los hidroaviones.

Revisaban los motores, los mandos, los cinturones y el combustible de cada aparato que aterrizaba para dejarlo preparado antes de la siguiente salida.

Cuando llegué hasta la puerta me detuve unos segundos para tomar una última bocanada de aire, como hacía cada mañana antes de meterme de lleno en los quehaceres del día.

Nada más entrar estaba la recepción, donde Aria se encargaba de contestar todas las llamadas, coordinar las reservas y organizar quién debía atender cada servicio según lo que necesitaran los clientes.

Pero no era solo una empleada. También era una buena amiga y la novia de Owen, mi mejor amigo, con el que llevaba saliendo seis años.

—Buenos días, Nash.

—Hola, Aria. ¿Qué tal?

—Todo bien. ¿Y tu vuelo?

—Perfecto, como siempre.

Soltó una risa bajita.

—Hay gente que necesita café para empezar a funcionar. Tú necesitas volar, porque, si no, te pones gruñón.

Me eché a reír porque no podía haber dicho una verdad más grande. Había gente que, si no tomaba café, no era apta para relacionarse por las mañanas, y a mí me pasaba exactamente lo mismo si no volaba.

A ellos les faltaba cafeína en el sistema y a mí me faltaban la adrenalina y la paz que encontraba allí arriba.

—¿Está tu amorcito arriba?

—Sí.

—¿Ocupado?

—No. Hasta dentro de media hora no tiene un grupo de cuatro que creo que quiere contratar varios vuelos.

—Perfecto, pues le subiré un café, porque Owen sí es de los que necesita al menos dos para pestañear con normalidad.

Aria soltó una carcajada, se dio la vuelta y me sacó de la máquina que teníamos allí un café para su chico. Después preparó otro y lo dejó a mi lado.

—Este es para tu hermana, que también está arriba.

—Pensé que hoy vendría más tarde. Tenía revisión médica.

—Llegó hace diez minutos y con cara de necesitar un café o una jarra entera. Venía hablando con tu padre por teléfono.

Moví la mano a la vez que soltaba un silbido, haciendo que Aria se riera todavía más.

—Entonces este no será suficiente. Seguro que le ha puesto la cabeza como un bombo.

—Desde la puerta hasta las escaleras ha resoplado dos veces y ha puesto los ojos en blanco tres, así que sí, creo que eso precisamente es lo que ha pasado.

—Pues voy a llevárselo enseguida y a escuchar las quejas sin morir en el intento.

—Suerte —dijo despidiéndose de mí con la mano.

Con los dos cafés llegué a la primera planta, que también era la última porque el edificio no tenía más, y allí estaban los tres despachos.

A la izquierda se encontraba el de Winter, mi hermana mayor.

Me sacaba tres años, pero aquella diferencia nunca había provocado distancia entre nosotros.

Al contrario, siempre nos habíamos llevado a las mil maravillas y, además de hermanos, éramos amigos, confidentes y el paño de lágrimas el uno del otro.

En la parte derecha estaba el despacho de Owen, mi mejor amigo desde que llevábamos pañales y mi compañero de casi todas las aventuras que había vivido.

Y digo casi porque, aunque pareciera increíble teniendo en cuenta que trabajaba allí conmigo y vendía viajes en hidroavión a cientos de personas, le aterraba volar.

Solo una vez, siendo ya mayores y teniendo yo la licencia de piloto, había conseguido convencerlo para que montara conmigo y diéramos una vuelta juntos. Después de aquella experiencia, él juró que no volvería a repetir y yo prometí no volver a proponérselo.

La hora que pasamos limpiando por dentro el hidroavión porque echó hasta la primera papilla que había comido, además de ponerse a llorar como un crío, nos sirvió a los dos de lección.

Entre el despacho de Winter y el de Owen, en la parte central, estaba el mío, que era con diferencia el que menos se utilizaba porque eso de pasar horas encerrado entre papeles no me gustaba ni un pelo.

Pero las facturas, los permisos, las nóminas, el papeleo bancario y todas las demás cosas necesarias para llevar una empresa no se hacían solas, así que no me quedaba más remedio que dedicarles parte del día.

Por eso, siempre que el tiempo lo permitía, cogía el portátil y me iba al muelle para trabajar sentado en alguna de las mesas que había allí.

El olor a combustible, el sonido de los flotadores golpeando el agua al aterrizar y ver despegar a mis hidroaviones conseguían relajarme mucho más que estar encerrado entre cuatro paredes.