Capítulo 5
Kate
Veintisiete días…
Esos eran los que habían pasado desde que había vuelto de París y, como bien decía Zane, cuando llevaba demasiado tiempo en Seattle empezaba a picarme el culo.
Dentro de mí ya había aparecido ese algo que me pedía volver a marcharme.
Y no era porque hubiera estado aburrida, ya que no había sido así.
Desde que regresé no había parado de hacer cosas, pero el nivel de trabajo empezaba a bajar y, con él, volvía a rondarme esa necesidad de irme que para mí era precisamente eso, una necesidad y no un simple capricho.
Los primeros diez días los había dedicado a pasar horas mirando, descartando, eligiendo y clasificando todas las fotografías que había hecho en la ciudad del amor para después repartirlas entre los diferentes clientes que tenía.
Unas fueron para la campaña publicitaria de un nuevo perfume que iba a sacar una empresa muy conocida.
Muchas otras fueron destinadas a la guía de viajes que Zane tenía prevista, para la que elegí no solo algunas de los sitios más emblemáticos, sino también de esos rinconcitos que no aparecen en otras guías y que yo pensaba que nadie debería perderse si visitaba París.
Otro buen número acabó en manos de distintos clientes que las utilizarían para campañas y publicidad de sus empresas, mientras que el resto fue para mi colección personal y para una exposición que Zane tenía pensado montar a finales de ese mes.
Todas las exposiciones que organizaba solían ser un éxito y vendía las fotografías a muy buen precio, así que en eso salíamos ganando los dos porque siempre repartíamos los beneficios al cincuenta por ciento.
A mí me daba bastante igual. Cada vez que volvía de uno de mis viajes y le entregaba fotografías para alguna exposición, insistía en que no tenía que darme nada, pero nunca había forma de convencerlo.
Zane alegaba que todo buen trabajo tenía que pagarse y acababa ingresándome mi parte sin volver a preguntarme.
Ese dinero no me hacía falta y se lo repetía una y otra vez, pero él no cedía.
Con lo que cobraba por mis demás trabajos iba más que sobrada y tenía en la cuenta más dinero del que probablemente podría gastar en toda mi vida. Durante los doce años que llevaba viviendo de aquella manera había ahorrado muchísimo porque nunca había sido una persona derrochadora.
La mayoría de la gente invertía lo que ganaba en comprar una vivienda, pero yo no quería una.
También gastaban en viajar, algo que ya formaba parte de mi trabajo y de mi vida.
Por supuesto, mientras estaba en cualquier país pagaba de mi bolsillo los gastos, pero cuando regresaba y vendía las fotografías solía recuperar lo invertido multiplicado al menos por cuatro, cuando no era bastante más.
Tampoco era de salir continuamente ni de gastarme una fortuna en fiestas. Alguna cena con Zane o sola, alguna noche de copas y siempre controlando, porque nunca bebía más de dos.
El único gasto fijo que tenía era la cuota de un guardamuebles alquilado en Seattle. Allí guardaba bastante ropa, algo totalmente necesario porque, dependiendo de cuál fuera mi siguiente destino, del tiempo que hiciera allí o de la estación del año, preparaba la maleta con unas cosas u otras.
También conservaba en aquel guardamuebles algunos recuerdos de mi vida pasada. Pocos, la verdad. Entre ellos estaban unos álbumes de fotos que me había llevado conmigo cuando abandoné la que había sido mi casa y mi vida quince años atrás.
Los guardaba por nostalgia y porque eran de las pocas cosas que me recordaban que hubo una época en la que no era Kate, sino Mary. Hacía exactamente quince años que Mary había desaparecido y, desde entonces, nadie había vuelto a llamarme así.
Para todos los que formaban parte de mi vida actual era Kate, porque así me presentaba, aunque en mi documentación el nombre de Mary apareciera delante de Kate.
Me removí incómoda en la cama. No quería seguir pensando en aquella época, una que guardaba algunos de los mejores recuerdos de mi vida, pero también los peores.
Me quité el edredón de encima de un tirón y me levanté.
Cogí de la silla que había junto a la cama una sudadera gruesa, me puse las zapatillas calentitas que siempre usaba y, procurando no hacer ruido porque Zane a esas horas seguiría dormido, salí de la habitación para ir directamente al único lugar donde sabía que conseguiría calmarme un poco.
Abrí el ventanal de la terraza y salí, dejando la puerta casi cerrada para evitar que el frío se colara dentro.
El aire helado me golpeó en el rostro, pero no me importó. Incluso lo agradecí porque terminaría de despejarme. Me acerqué a la barandilla y me abracé a mí misma mientras contemplaba la ciudad.
Seattle todavía dormía a esas horas. En algunos edificios se veían luces encendidas, seguramente de gente que, muy a su pesar, madrugaba para ir a trabajar, aunque quizá alguno estuviera en la misma situación de insomnio que yo y permaneciera en su cocina tomando una infusión o un café mientras se lamentaba de no poder dormir.
La tranquilidad que se respiraba allí arriba y aquel silencio, roto únicamente por los pocos coches que circulaban y el zumbido del aire, que se notaba mucho más a esa altura, eran comparables con pocas cosas.
Me quedé apoyada en la barandilla disfrutando de aquella sensación de paz mientras pensaba en todo y, al mismo tiempo, en nada.
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba en la misma posición cuando un ruido a mi espalda me sacó del trance en el que me había metido. Giré la cabeza por encima del hombro y vi a Zane acercándose.
—Estás como una cabra. ¿Qué haces aquí fuera con el frío que hace?
Sonreí mientras me encogía de hombros.
Zane llegó hasta mí y, sin decir nada más, me abrazó desde atrás, envolviéndome con sus brazos para pegarme a su pecho.
—Joder, estás helada —dijo mientras empezaba a frotarme los brazos.
—Estoy bien, Zane.
—No lo estás. Llevas días así. Ya te pica el culo, ¿verdad? Ya quieres irte otra vez.
No es que quisiera marcharme, era que lo necesitaba o, al menos, así lo sentía yo.
—Yo…
—No me vayas a decir que no o que no lo sabes, porque te conozco. Siempre te pasa lo mismo. Las primeras semanas, como estás muy entretenida, las llevas bien, pero cuando el trabajo empieza a bajar ya no sabes qué hacer y eso te come por dentro.
Había descrito exactamente lo que me pasaba.
—Sí… —susurré—. Y no sé por qué me pasa esto, Zane. Aquí contigo estoy bien, pero…
—Sí que sabes por qué te pasa. Lo sabes desde siempre.
Quizá tuviera razón. Esa sensación de necesitar cambiar constantemente de lugar no nacía solo de mis ganas de conocer sitios nuevos y fotografiarlos. Había algo más detrás de esa necesidad de marcharme una y otra vez.
Nunca lo habíamos hablado abiertamente, pero Zane me conocía demasiado bien y sabía cómo me sentía: fuera de lugar en todas partes. Podía estar bien en cualquier sitio, incluso ser feliz durante un tiempo, pero nunca terminaba de sentirme completamente en paz.
Era como si llevara años vagando por el mundo buscando algo que, después de tanto tiempo, seguía sin encontrar y ni siquiera sabía exactamente qué era.
Sí que lo sabes, me susurró mi mente. Tu lugar. Eso es lo que buscas.
Puede que fuera eso.
Quizá en el pasado había tenido un lugar y, cuando me obligaron a dejarlo atrás, empecé a buscar de manera inconsciente otro en el que pudiera sentirme lo bastante a gusto como para quedarme.
Pero ninguno había conseguido llenarme lo suficiente. Ningún país, ninguna ciudad ni ninguno de todos aquellos rincones maravillosos que había conocido había logrado ocupar el vacío que llevaba dentro hasta hacerme pensar que podía convertirlo en mi nuevo hogar.
—No dejarás de sentirte así hasta que encuentres tu sitio. Estás perdida.
—¿Y cuál es ese sitio, Zane? —pregunté con la voz algo entrecortada por el nudo que empezaba a formarse en mi garganta.
—Eso no lo sé, cariño. Solo lo sabrás cuando pises una tierra y tu corazón te diga: «Aquí. Aquí es donde tienes que quedarte. Aquí es donde vas a echar raíces».
—Si después de tantos años, de haber visitado más de cincuenta países y no sé ni cuántas ciudades, todavía no lo he encontrado, no creo que llegue a pasar.
—Puede que ese lugar no sea un sitio, sino una persona.
—No empieces con tus cosas de romántico —dije soltando una risita.
—No empiezo. Solo digo que es posible. Para algunas personas, su lugar, su hogar o su sitio seguro no está en una ciudad ni en un país, sino en otra persona.
—Yo no quiero estar con nadie y lo sabes.
—Tú podrás decir misa, pero como esa persona llegue no tendrás nada que hacer. Tu corazón mandará.
—Correré.
Zane soltó una carcajada y noté cómo su pecho vibraba contra mi espalda.
—Pues te vas a reventar, porque podrás correr y huir todo lo que quieras, pero como alguien se te haya metido dentro ya sí que estarás perdida. Podrás poner miles de kilómetros entre los dos, pero seguirá estando muy cerca porque lo llevarás metido en la cabeza y en el corazón.
—Joder, cuando dices todas estas cosas me pones un mal cuerpo que no te haces una idea.
—Eso no son mis palabras, es que necesitas un café o ir al baño a vaciar.
Giré la cabeza para mirarlo con una ceja alzada. El muy idiota se estaba mordiendo el labio para no reírse.
—¿Me acabas de decir que esa sensación revuelta que tengo en el estómago es porque necesito cafeína o evacuar? ¿En serio? Tú estás fatal.
—Bueno, hay una tercera posibilidad.
—No sé si quiero saberla —dije antes de resoplar.
—Puede que estés preñada y por eso te dé botes el estómago.
Lo miré con los ojos abiertos como platos y, por instinto, le di un golpecito en el brazo.
—Definitivamente, tú eres gilipollas. No digas eso ni en broma.
—Anda, coño. Si fueras pura y casta no sería posible, pero tú la falda sí que te la levantas, así que es una posibilidad.
—Sabes que me cuido. Nunca se me iría la cabeza hasta el punto de hacerlo con un desconocido sin protección.
—No hay ningún método fiable al cien por cien. Bueno, sí hay dos.
—No debería preguntar cuáles porque sé que me voy a arrepentir, pero venga, dime cuáles son esos dos.
—Uno, la abstinencia, aunque esa no creo que te sirva porque a ti te gusta darle al molinillo. Y dos, que te den por el mismo agujero que a mí. Por ese no te puedes quedar preñada en la vida.
La madre que lo parió. Y encima ni siquiera me lo estaba diciendo del todo en broma. Bueno, la conversación sí lo era y sabía perfectamente que la había llevado por ese camino para destensar el ambiente después de lo anterior, pero lo de los métodos lo decía completamente en serio.
—Esta conversación se acaba aquí y ahora. Esto es demasiado para no haber salido ni el sol. Dejemos los lugares, el hombre que quieres que llegue a mi vida, las evacuaciones, los embarazos y los agujeros para otro momento o, mejor todavía, para nunca.
—Entonces no lo estás, ¿no? Es por quedarme tranquilo y saber si tengo que comprar una cuna o no.
—¡Que no, joder! Que no lo estoy. Tengo ahora mismo el periodo.
—Vale, entonces por eso estás un poco gruñona y más sensible.
—No puedo contigo.
—Peso mucho para que puedas, pequeñaja.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír.
—Calla y mira qué bonito —dije mientras me pegaba un poco más a él para que continuara abrazándome y señalaba con la cabeza hacia el frente.
El amanecer empezaba a abrirse paso al fondo, tiñendo poco a poco el cielo sobre el monte Rainier, y durante unos segundos los dos nos quedamos allí, juntos y en silencio, contemplándolo.