29 …¿si aquí no muere nadie? #6
Se recompuso, apoyó la cabeza en el pecho inmóvil de su compañera y empezó a rezar.
Rezó y rezó por minutos, cinco Padres Nuestros seguidos, y alzó la cabeza.
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, pero no hizo nada por quitárselas.
Se llevó la mano al bolsillo interior, sacó la flecha intacta y llamó a la asesina, que se había acercado un poco, preocupada.
—Un trato es un trato, toma. Antes de que te vayas de aquí, pásame mi paraguas. Voy a hacer la oración funeraria.
La asesina recogió la flecha, la envolvió con más cuidado en un pañuelo y se la guardó en el bolsillo. La aseguró allí y sacó el botecito con el resto de la sangre. Verónica la vio, y una ráfaga de esperanza inundó su cuerpo.
—Dime que va a funcionar…
—No lo sé, pero es la que me queda. Ábrele la boca, si Dios y Satanás quieren que la niña viva, lo hará.
Verónica abrió la boca de la difunta cazadora y la asesina volcó la sangre en la garganta de Gaia. Durante unos minutos no pasó nada y ambas perdieron la esperanza.
—No… —sollozó Verónica—. No…
—Oh, joder… Es una niña, coño. Es una niña…
De la Niebla suspiró y atrajo a Verónica, que había vuelto a romper a llorar.
La cazadora se refugió en el hombro de su mayor enemiga, que la abrazó sin dejar de mirar al cadáver.
Sin romper el abrazo con Verónica, alzó los ojos al techo y empezó a rezarle a Dios.
Pidió perdón por haberlo abandonado, y rogó que, solo por esa vez, hiciera a un lado todos sus pecados.
Por favor, Padre mío. Sé que te he dejado, que te he abandonado.
Sé que mi alma está llena de pecados, que no soy merecedora de que escuches mis plegarias.
Mas por esta vez, y solo por esta vez, te ruego que me escuches.
Padre, si aún me amas, si aún hay algo por lo que puedas quererme, escúchame.
Devuélvele la vida a esta niña, por favor, te lo ruego.
No dejes que muera ahora, no te la lleves aún.
Si ha de irse alguien hoy, llévame a mí.
Tómame y mándame a donde merezca estar, Padre, pero no permitas que esta inocente niña muera y mi miserable ser siga existiendo. Te lo ruego, Padre mío.
Verónica no podía mirar, aquella niña tan risueña y viva que soñaba con llegar a su nivel, que le había dicho que le admiraba, que había dejado el miedo atrás y se había plantado cara a cara contra un devorador de almas había muerto. Y ella no la había protegido.
—Ya, no llores, Rooney, no llores…
—¡No tendría que haber muerto! ¡Me tendrías que haber dejado allí tirada y darle toda la sangre a ella! ¿Por qué no lo hiciste? ¿¡Por qué me salvaste a mí!?
—Porque tú me salvaste la vida. Evitaste que Ramón me matara, me avisaste de lo que ocurriría si rompía la flecha y… Y no quiero que la última persona que porta Rooney como primer apellido muera delante de mí. Somos familia.
Verónica sollozó otra vez. De pronto, el cuerpo de Gaia dio un espasmo. Y luego otro, y otro más. Las dos que seguían con vida se alertaron, y cuando el cuerpo dejó de moverse, se miraron. Había recuperado algo de color y sus heridas se estaban cerrando.
—De la Niebla…
—Tiene pulso —comprobó ella—. ¡Tiene pulso, Rooney! ¡Está viva!
—¡Gaia! —lloró Vero—. ¡Gaia!
La chica no despertó, pero su pulso se estabilizó y solo parecía estar dormida. Sonó un aleteo, un pájaro se acercaba. Tras unos segundos, Noct el cuervo apareció en la escena y sobrevoló a las chicas.
—¡Mi señora! —bramó al ver a Verónica, sin un ojo y con muñones a medio crecer.
—¡Noct!
—¡Mi señora, ¿está usted bien?! —se escandalizó el cuervo—. ¡Dios mío, mi señora!
—Noct, Noct, escúchame —dijo ella—. Vete a por refuerzos médicos, tenemos que irnos a la Sede cuanto antes. Estoy bien, ¿vale? Estoy bien, ahora hay que centrarse. Corre a por refuerzos, Gaia está mucho peor que yo y no sé cuánto aguantará.
—Pero… usted…
—Hazme caso, Noct. Estoy bien, De la Niebla me ha salvado y no me pasará nada. ¡Corre, hay que ayudar a Gaia!
—A la orden, mi señora —dijo el cuervo, aunque solo quería socorrer a Verónica y ponerla a salvo.
—Ni se te ocurra mencionar que De la Niebla está o estuvo aquí.
—No lo haré, mi señora. ¡Mantengan viva a la niña, vendré lo más pronto posible!
El cuervo se marchó llamando a Dalia y otro grupo de pájaros.
Verónica jadeó, notaba el cansancio aplastarla.
Ya sabía que Gaia estaba viva y más o menos estable, que los refuerzos llegarían en poco tiempo y que habían acabado con el demonio.
Miró a su mayor enemiga, que la miraba preocupada, y le sonrió.
—Vete. Si te encuentran aquí te matarán. Déjame en el suelo y vete.
De la Niebla asintió, dejó a Verónica junto a Gaia y se levantó.
Verónica se arrastró, y con el brazo que tenía entero abrazó el cuerpo de la niña.
La asesina la vio moverse, y la ayudó a colocarse para que no se aplastara ninguno de los muñones.
Pensó en quedarse allí y asegurarse de que le crecían y que ambas seguirían vivas;, en momentos como aquellos le importaban muy poco los cazadores y lo que pudieran hacerle.
La única cosa que la podía matar estaba en su poder y Verónica no la iba a delatar.
No se quedó. Verónica le repitió que se fuera y se pusiera a salvo, y en el fondo la asesina quería irse de Oviedo de una vez. Se dio la vuelta, se encaminó a la salida y cuando estaba ya en el marco de las grandes puertas, se giró y sonrió.
—Ha sido un placer acabar con ese cabrón contigo, Rooney.
—Gracias, De la Niebla.