29 …¿si aquí no muere nadie? #5
La cabeza se le empezó a abrir lentamente mientras liberaba un halo de luz blanquecina.
Su cuerpo entero se separaba, daba tirones, crujía y se deshacía.
Gritó, aulló, gimió y se arrastró, pero no había salvación posible.
La luz cada vez era más potente, se lo comía, lo separaba cada vez más.
Kagutsure abrió la boca en un último grito de agonía, y cayó al suelo partido en dos.
Todavía temblaba, todavía gemía, pero no podía mover el cuerpo.
La asesina jadeó, y vio las mitades del demonio empezar a deshacerse en virutas.
Se descomponía. Estaba muerto. Lo habían logrado.
Ya está, Lucas, ya está. Hemos ganado, amigo. Estás a salvo. Te he podido proteger.
Verónica, medio inconsciente, miró las virutas subir por la iglesia. Había ganado, lo había conseguido. Ya estaba.
—Güeli… — sollozó.
Sin mover el cuerpo, pegó la frente al suelo. Ya no sentía tanto dolor, pese a todo. No sentía nada, solo paz, calma. Respiró hondo con sus últimas fuerzas, cerró los ojos y recitó:
—Pater noster, qui es in cœlis, sanctificetur nomen tuum.
Veniat regnum tuum, fiat volantas tua, quemadmodum in cœlo, sic etiam in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis hodie, et remittito nobis debita nostra, sicut et nos remittimus debitoribus nostris.
Et ne inducas nos in tentationem. Sed libera nos a malo.
Y luego dejó salir un último suspiro y se quedó en silencio. La asesina rezó con ella.
Verónica se notó entre unos cálidos brazos.
Le acariciaban el pelo, le daban mimos maternales, y alguien le besaba cálidamente la cara.
Se sorprendió al principio, se suponía que estaba en un combate.
Intentó levantarse, pero no pudo hacerlo, no pudo ponerse de pie; los mimos la mantenían en el sitio, a gusto, cómoda, tranquila.
No hacía frío, ni calor, la temperatura era perfecta.
Abrió los ojos, ya no sentía dolor, su cuerpo solo sentía paz, paz y calma.
Se sentía bien, ya no dolía. Estaba bien.
—Vero, cariño.
—¿Abuela?
Verónica se sentó. Volvía a tener el brazo y el ojo y la cicatriz de la cara había desaparecido. Detrás de ella, arrodillada, estaba Emily Rooney. Estaba muy anciana, como si hubiera envejecido cien años de golpe.
—¡Abuela! —lloró Verónica, y se lanzó a abrazarla.
—Oh, lo has hecho tan bien, cariño. Has sido muy valiente, lo has hecho bien.
—Güeli… eres tú…
—Estoy tan orgullosa de ti, mi vida, has matado a ese demonio. Lo has conseguido. Has protegido a los humanos, has eliminado a una amenaza más.
—¿Mantuve en alto nuestro nombre, abuela? —preguntó Verónica—. ¿Lo hice?
—Lo conseguiste, mi vida. Enhorabuena.
—Perdón, güeli , perdón por nunca haberte dicho que te quería. Perdón por ser tan fría, perdón por no ser capaz de demostrar amor. Perdón…
—No es culpa tuya, mi amor, no me pidas perdón. Está bien, está bien. —La abuela la acunó como si fuera una niña y le secó las lágrimas—. Eres maravillosa así, eres perfecta, y yo siempre voy a estar orgullosa de ti. ¿Vale?
—Güeli…
Abuela y nieta se abrazaron durante un largo tiempo, aunque Verónica ya no lloraba. Había asimilado que había muerto, pero no le molestó ni entristeció. Estaba con su abuela, con Emily, la mujer que la había criado, estaban juntas otra vez. Eso era lo único que quería.
—¿Dónde estamos? —preguntó Vero—. ¿Por qué está todo negro?
—Estamos juntas, amor —le dijo la abuela, y le acarició el pelo.
Juntas.
Verónica notó que su alrededor se volvía blanco, unas virutas doradas subían del suelo y las rodearon.
La cazadora nunca antes se había sentido tan en paz, tan tranquila.
¿Era aquello la muerte? ¿Así se sentía ir al cielo?
¿Eso era? ¿Tan cálido? ¿Tan bonito? Miró las virutas dispersarse por el aire, a su abuela envejecida, al resto del espacio en blanco, y sonrió, feliz.
Nunca antes se había sentido así, pero era una sensación tan bonita que no quiso perderla nunca.
—¿Esto es morir, abuela?
—No me digas que pensabas que dolía —bromeó Emily.
—No me lo imaginaba así —musitó su nieta mientras se dejaba caer sobre su abuela—. Pero estoy contigo, así que no me importa nada más. ¿Voy a poder conocer a mis padres? ¿Y a la abuela Elisabeth?
—Podrás conoceros a todos, amor, a todos —le dijo la abuela, volvía a acariciarle el pelo—. Todos quieren verte. Están muy contentos, están muy orgullosos de ti, como yo.
Pero antes de que pudieran ponerse en pie, algo cayó sobre Verónica.
Dolor. Otra vez dolor. Esa sensación la arrancó de los brazos de su abuela, que intentó sujetarla, y la lanzó al suelo.
Verónica gritó, notó que el brazo se separaba de su cuerpo, que el ojo derecho le estallaba, que el estómago se le agujereaba y que la pierna izquierda, por debajo de la rodilla, se desgarraba de su cuerpo.
Las heridas de la batalla se volvían a abrir.
—¡Abuela! —gritó, con voz aguda—. ¡Abuela, por favor! ¡Haz que pare! ¡Haz que pare!
—¡Verónica!
—¡No me quiero ir, abuela! —Vero extendió una mano hacia ella—. ¡No dejes que me vaya! ¡Por favor, abuela! ¡Quiero quedarme contigo, quiero estar contigo!
La visión de la abuela se desvaneció. Todo se volvió negro otra vez y el cuerpo mutilado de Vero cayó al vacío.
Aterrizó, segundos después, en el suelo de la iglesia.
El impacto fue tan grande que gritó del dolor, y tuvo que echar la cabeza a un lado y vomitar, aunque su cuerpo llevaba catorce años sin estar físicamente capacitado para ello.
Estaba sentada contra una pared, sin brazo, sin ojo, sin pierna y con el vientre abierto. La asesina la miraba, asustada.
—¡No me jodas, Rooney! ¡Tú no te mueres, coño!
—¿Qué…? Pero si he… si he muerto.
—Ni de coña, no, no, no. A mí no me dejas sola con el marrón, eh. ¿Has bebido sangre de demonio alguna vez?
—¿No…? —Verónica intentó ubicarse—. ¿Qué está pasando? ¿Quién…?
—Abre la boca y te lo cuento.
Como aún no era plenamente consciente de lo que ocurría, Verónica obedeció.
La asesina sacó la botellita con la sangre de Satanás y tras susurrarle un «más te vale funcionar» , le volcó el contenido en la garganta; solo guardó cinco gotas.
Vero se atragantó, tosió y amenazó con escupir aquel líquido tan ácido, pero la asesina no se lo permitió; la sujetó con fuerza, le mantuvo la boca cerrada y no la soltó hasta que la cazadora no se lo tragó absolutamente todo.
Verónica sintió el sabor ácido deslizarse por su garganta, el líquido parecía tener espinas en su interior que le pinchaban por dentro; quería vomitarlo, quería escupir aquello tan doloroso. Era asqueroso y agobiante.
—Lo estás haciendo bien, Rooney, aguanta un poco. Es desagradable, pero no puedes morirte, no delante de mí. Traga.
Cuando por fin todo el líquido cruzó su garganta, Verónica tosió, jadeó y cayó de lado, el cuerpo recorrido por espasmos.
La asesina temía hacerla empeorar, pero pronto vio que el agujero del vientre se cerraba poco a poco, y que los muñones de la pierna y el brazo ausentes empezaban a moverse. Funcionaba.
—¿Qué cojones…? —Vero empezaba a recuperar energías—. ¿¡Qué era eso!?
—Un truco mágico mío —dijo la asesina mientras la sentaba de nuevo—. No te iba a dejar morir, ¿sabes?
—Había visto a mi abuela… —susurró Vero, triste, y miró a su pierna, que empezaba a crecer.
—Oh, ¿Emily? ¿La hija de Mateo? ¿Murió?
—Esta madrugada —asintió Verónica—, esta misma madrugada.
—Lo siento, chiquilla…
—¿Dónde está Gaia? —preguntó Vero—. ¿Y Kagutsure de verdad…?
—Ese demonio está bien muerto, y Gaia…
La asesina señaló un cuerpo al lado de un banco.
Una enorme piedra la aplastaba de cintura para abajo, pero la parte superior de su cuerpo aún se movía.
Lo hacía despacio, el pecho subía y bajaba cada vez más lento, pero seguía viva.
Verónica gritó, y tal cual estaba se arrastró por el suelo hasta su compañera.
Con el brazo entero le sujetó la cabeza y la hizo mirarle.
Los cansados ojos de Gaia se cruzaron con los suyos, y la joven novata sonrió.
—Vero… Estás viva…
—Dios mío, Gaia… Aguanta, te voy a…
—¿Te he sido de ayuda? —preguntó la joven—. ¿Ayudé, aunque fuera un poco? ¿Serví de algo? No quiero morir después de haber sido una inútil.
—Sí, Gaia, fuiste muy útil. Nos ayudaste en algo que no te incumbía, luchaste hasta tu último aliento y yo… yo te admiro por eso.
Gaia asintió.
—Me alegra haber hecho algo bien.
—¡No te puedes morir, Gaia! ¡Solo tienes quince años! ¡Aguanta, aguanta! ¡Acabas de desbloquear la magia, no puedes…! ¡No!
—Está bien —tranquilizó Gaia—. De verdad. No me importa.
—¡Eres una cría! —gritó Verónica—. ¡Solo tienes quince años! ¡No puedes morir! ¡No puedes!
—La vida de un cazador mayor novato no suele ser larga. Estoy bien, en serio, no me duele. Todo lo que hay debajo de esta piedra está tan destrozado que no lo siento. ¡Estaré bien!
—¡Pero era mi deber protegerte! —sollozó Verónica—. ¡No tenía que haberte dejado entrar! ¡Tenías que seguir viva, seguir con tu trabajo! ¡Tenías que vivir al menos un día más! ¡Aunque solo fuera un día!
—No podemos controlar esto —sonrió Gaia—. Y estoy feliz de que mi última batalla haya sido con una Rooney. —Respiró hondo una última vez, sonrió con felicidad y dijo—: Gracias, Verónica.
Eso fue lo último que dijo. Verónica le cerró los ojos y luego se derrumbó delante del cadáver.
Se echó a llorar de verdad, como nunca antes lo había hecho.
Lloró por Gaia, por su abuela, por sus padres, por el dolor de sus heridas; lloró por todo lo que había guardado y absorbido como una esponja durante tantos años.
Lloró por primera vez sin sentirse culpable, lloró y lloró hasta que pensó que se quedaría sin lágrimas.
Llorar la hizo sentir mejor.