29 …¿si aquí no muere nadie? #4
Gaia se puso en pie. Todo a su alrededor zumbaba, pero veía con más claridad.
Se notaba llena de energía, más fuerte que antes y leía mejor la situación.
No supo qué le había pasado, pero la raqueta le vibraba en las manos, ansiosa por conjurar.
Salió de su escondite, dio un salto que antes le habría resultado imposible y atacó a Kagutsure.
Le dio con la raqueta en la cabeza, penetró en la piel y lanzó un destello dorado.
Verónica, que estaba oculta pero podía ver qué ocurría, presenció el ataque.
No gritó, ni dijo nada. Comió lo que tenía en los bolsillos y empezó a recuperarse mientras De la Niebla intentaba ayudarla, pero no podía despegar la vista de la pelea. Gaia estaba lanzando ataques que solo un cazador de magia natural podía lanzar.
La supuesta cazadora inyectada que acababa de desbloquear la magia natural no dejaba de atacar al demonio.
Sorteaba zarpazos y mordiscos, giraba sobre sí misma en el aire, atacaba y conjuraba y no se quejaba del cansancio o del dolor.
Kagutsure hacía lo imposible por detenerla, pero Gaia era muy rápida, casi tanto como Verónica, y el debilitado demonio no llegaba a leer sus ataques.
Estaba luchando contra un devorador de almas ella sola, con quince años y la magia recién desbloqueada.
Casi no era consciente de sus movimientos y no sabía cuánto tiempo le duraría la energía ni cuanto tardaría el demonio en leer sus ataques y atraparla, pero por el momento sabía que había aguantado, que estaba luchando ella sola y que tendría que seguir así hasta que alguna de sus compañeras llegara a respaldarla.
No podía dudar ni fallar. Verónica estaba herida y De la Niebla se había sacrificado ya varias veces. Le tocaba a ella.
Verónica cree en mí, Tengo que hacerlo.
Kagutsure, aunque intranquilo por la rapidez de la que él había considerado la más fácil de eliminar, logró sujetarla del pelo.
Gaia gritó y quedó colgando del puño de la criatura, que la elevó hasta sus fauces.
Estaba muy débil, cansado y herido, pero si absorbía el alma de la chica, ganaría algo de fuerza.
Gaia no lo permitió. Alzó el brazo y lanzó un hechizo de corte que su mente supo conjurar aunque no recordaba haberlo aprendido.
El demonio notó quemazón en la pata, y de pronto notó que se le derretía la piel.
Soltó a Gaia, que cayó al suelo en una pose defensiva que no pudo evitar que se hiciera daño.
Mientras la soltaba, la gran garra de la criatura le había arañado y tenía una herida larga que iba de la sien derecha al costado.
No era grave ni moriría por ella, pero era dolorosa.
Verónica se moría por ayudar, pero la hemorragia del brazo aún no había parado y la asesina estaba haciendo lo que podía. Había concentrado bien sus habilidades para frenarla, pero necesitaba más de un intento.
—Ve con ella, De la Niebla.
—Si te dejo aquí la hemorragia seguirá y perderás tanta sangre que no habrá opción de que regeneres el brazo. Puedes morir.
—¡Gaia morirá si no vamos!
—Aguanta, dame dos minutos —rogó la asesina—. Dos minutos y estamos. No puedes salir ahí, te desangrarás o morirás y no valdrás para mucho. Espera.
Gaia suspiró, empezaba a notar el cansancio. Vio al demonio frente a ella, herido, cansado y tuerto. No aguantaría mucho más, pero había opciones. Un conjuro potente pero menos peligroso que las mil muertes de su compañera flotó en su mente. Ahora o nunca.
—Oh, Padre —susurró—, quédate a mi lado y contempla la fuerza de tu creación.
Saltó hacia el demonio. Él se preparó para recibirla y ella gritó un conjuro.
La iglesia entera se vio iluminada por un destello dorado que los cegó a todos y luego sonó un ruido parecido a un trueno.
Kagutsure se tambaleó y echó a correr a refugiarse, malherido, mientras Gaia caía de nuevo hacia la sacristía, llena de escombros y piedras sueltas.
Justo cuando Verónica ya había conseguido parar la hemorragia.
—¡Gaia! —gritó.
—Joder —dijo la asesina—. ¡Joder, Rooney! Te lo ha dejado fácil. ¡Ataca a ese demonio, vamos! ¡Lo ha debilitado casi del todo! Solo necesitas un conjuro más, ni siquiera las muertes, Rooney. Lánzalo y todo habrá terminado. ¡Voy a por ella, pero tú mata a ese cabrón!
Las mil muertes.
Un último ataque.
Uno más.
Ataca.
Verónica agarró el paraguas con la única mano que tenía y echó a correr.
Kagutsure la miró, furioso, pero cansado.
Tenía el cuchillo encantado clavado en el costado, y las mil muertes anteriores lo habían deteriorado bastante.
Vero solo notaba dolor, no podía sentir nada más.
Dolor en el ojo, en el brazo que ya no estaba allí, en el cuerpo, en el alma. Dolor.
Sigue, le dijo alguien, no pares. Corre. Ataca. Sé firme.
Verónica apretó los dientes, se plantó frente a Kagutsure, que tenía todavía un arma en el ojo, y saltó.
Se elevó algo más de dos metros, se apoyó en una de las paredes que separaban las naves y cogió impulso.
Cayó sobre la cabeza del demonio, que no pudo pararla, y trató de clavar el paraguas con un solo brazo.
Él se la sacudió de encima y Vero chocó contra la pared.
Vio que el demonio corría hacia ella, con las fauces abiertas.
Era el fin, no podía saltar, no otra vez.
No tenía ojo ni brazo, le dolía todo y si usaba su energía en otro salto, no tendría suficiente para lanzar el conjuro. Cerró los ojos, derrotada.
Levanta. Lucha. Esto aún no ha acabado.
¡Lucha, Verónica! ¡Te va a matar!
—Te lo dejo a ti, De la Niebla —susurró.
¡Rooney!
Entonces alguien la arrancó del lugar antes del mordisco fatal. Un brazo se afirmó con fuerza en su cintura y la sacó de allí. Vero giró la cabeza, y se vio en el aire, sujeta por la asesina.
—¿Qué haces? —preguntó.
—No pienso dejarte morir aquí, niña —gruñó la asesina mientras se alejaba del demonio y se refugiaba en la oscuridad—. Vas a matar a ese cabrón.
—No tengo suficiente energía —dijo Verónica—. No voy a poder, y menos con un solo brazo. ¿Gaia?
—Ponte de pie, Verónica Rooney, cazadora de monstruos —dijo la asesina—. Yo te daré ese último empujón que necesitas.
La asesina cogió a Verónica del cuerpo, la levantó y volvió a prensarle la cintura. No iba a permitir que la joven muriera en la pelea, por lo menos no si Kagutsure seguía vivo.
—Escúchame, Rooney. No llevas mi sangre, pero eres de mi familia. Mi gente no se rinde, mi gente lucha y busca la forma de ganar, sea la que sea. Sujeta tu arma y lanza ese conjuro, no te permitiré rendirte ahora.
Verónica asió su arma tan fuerte como pudo con un solo brazo, frunció el ceño y centró toda su energía en el último ataque que iba a lanzar.
Su único apoyo en aquel momento era De la Niebla, su enemiga, quien le había hecho una cicatriz en la cara y agujereado la mano; su mayor rival, quien le deseaba la muerte, ahora la sujetaba y estaba dispuesta a hacerle de muleta para que terminara su trabajo.
Si unían fuerzas, podrían acabar con él.
—Estoy lista, De la Niebla.
—Eso quería oír.
La asesina echó a correr sin soltarla. Acabarían con él, aunque fuera lo último que hicieran.
Kagutsure las vio, y aunque al principio se sorprendió al ver que una simple humana sin ojo, sin brazo y sin apenas energía era capaz de atacarle desde los brazos de una sinalma, se giró a terminar con ellas.
Entonces la asesina cogió impulso y saltó sobre él.
La criatura lanzó un ataque que las desvió, pero la asesina lo vio venir y empujó a Verónica hacia él.
La cazadora aterrizó sobre la cabeza del monstruo, y volvió a intentar clavar el paraguas.
Tenía que funcionar, era su última oportunidad.
La garra del demonio le arañó por detrás, pero ella no se detuvo.
Consiguió clavar el paraguas, cogió aire, pero estaba agotada.
Finis gloriæ mvndi homini…
Finis gloriæ mvndi homini…
Finis gloriæ mvndi homini.
Necesitaba fuerzas.
¡Ábrelo! ¡Ya lo tienes! ¡Lanza ese último ataque! La voz seguía, cada vez más familiar.
¡Verónica Ashley Rooney, abre el paraguas!
—¡Abuela! —gritó ella, y obedeció.
Voy a morir. Si lo hago moriré.
Lo abrió, notó el chorro de energía concentrarse en sus manos y en su arma y abandonar su cuerpo.
De nuevo aquella sensación, pero agravada, más intensa.
No tenía casi energía, y cayó de rodillas.
Se abrazó al paraguas, se mantuvo sobre la cabeza de Kagutsure durante todo el hechizo.
No se tambaleó ni por el cansancio, ni cuando el demonio le atravesó el vientre con la garra desde detrás y sobresalió por delante.
Verónica tosió, y no fue saliva lo que le salió de la garganta.
Dolor, mucho más dolor. Pero el hechizo no había terminado y aún no podía caer.
Moriré, sí. Pero seré como Sansón.
Sansón…
Matar…
Morir…
Mataré al morir.
—¡Yo te ayudo, Rooney!
La asesina, desde el suelo, saltó sobre el demonio y le clavó otro cuchillo en la frente.
Le atravesó la piel, le llegó al cerebro y también lo penetró.
Ambas gritaron, la asesina de furia y Verónica de dolor y agotamiento.
Kagutsure rugió, gritó como si mil almas estuvieran siendo torturadas y cayó al suelo, todavía lanzando zarpazos y mordiscos.
Verónica y la asesina cayeron con él y no pudieron librarse de los ataques.
Ambas rodaron por el suelo y chocaron contra las paredes.
Las dos pudieron erguirse más o menos y ver cómo Kagutsure chillaba y sufría.