¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 29 …¿si aquí no muere nadie? #3
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29 …¿si aquí no muere nadie? #3

—¡Mierda, mierda!

—¡Cálmate, Gaia! —gritó Verónica—. ¡Cálmate, se va a regenerar! ¡Trae esa mitad!

La asesina, partida en dos en sentido vertical, notó cómo las dos cazadoras juntaban sus partes.

Así le sería más fácil y rápida la regeneración; y con Kagutsure allí, más le valía que fuera rápida.

La piel se juntó, se agrupó y unificó. Gaia estaba aterrada, pero no apartaba los ojos del espectáculo.

Verónica se detuvo a jadear, se hurgó en los bolsillos y sacó dos dátiles.

Se los metió en la boca y tragó sin masticar.

Su cuerpo tembló, pero su energía dejó de bajar.

—Tu ojo, Rooney —dijo la asesina.

—Es igual —dijo ella—. Aún tengo otro que funciona muy bien. Vamos, tenemos que acabar con ese cabronazo. Gaia, ¿cómo estás?

—Bien, estoy bien…

—¿Tienes energía suficiente, Gaia?

No, no la tenía. Mientras Verónica se recuperaba de su herida más reciente y se reenganchaba a la pelea, había soltado todos los hechizos más potentes que tenía. No tenía casi fuerzas, pero tampoco se iba a echar atrás.

—Sí, tengo.

Kagutsure se paró justo frente a la nave central, delante de las chicas.

La asesina ya se había regenerado y puesto en pie, y entre ella y Verónica cubrían a la novata.

No se veía especialmente bien, la única luz que había era la que entraba por las ventanas de la iglesia, y la enorme figura del demonio proyectaba una gran sombra que caía sobre las chicas.

—¿Seguís vivas a estas alturas?

—¿No se supone que es un devorador de almas? —preguntó Gaia en un susurro—. ¿Por qué nos da pelea?

—Porque tiene que matarnos para succionarla —dijo Verónica—. Si no, ya hubiéramos perdido hace mucho tiempo. Por eso es importante no morir, porque si nos mata y absorbe el alma, se hará más fuerte.

—Lo hemos cansado bastante, le has hecho las mil muertes. Ya no puede hacer los pinchos, fíjate —dijo la asesina—. Hace mucho que no salen.

—Necesito hacerlo más veces.

—¿Cuántas?

—Tres o cuatro como mínimo. O atravesarle el cerebro, pero eso es más difícil.

—Haremos lo que se pueda. La niña y tú separaos, atacadle por los lados. Yo iré de frente, soy la única que no puede morir. Rooney, que la flecha no se rompa.

—No lo hará —prometió Verónica, y fue a la nave de la derecha.

La asesina echó a andar hasta pararse frente al demonio, quien la miró con burla. No sabía que estaba ante una sinalma inmortal, que estaba ante la causa de la muerte de Ramón Álvarez. Tenía frente a él a la razón por la que su pacto y esa alma prometida se habían disuelto, pero él no lo sabía.

—¿Qué quieres, humana? Caminas hacia mí sin miedo. ¿Qué quieres?

—Que saludes a Ramón cuando llegues al infierno —le dijo ella, y le lanzó un cuchillo al ojo.

El arma giró en el aire en un perfecto lanzamiento y se clavó en la córnea del demonio, quien se echó hacia atrás unos segundos.

Verónica y Gaia cruzaban corriendo las naves laterales, armas y conjuros preparados.

Kagutsure, furioso, se abalanzó sobre ella y le arrancó la parte superior del cuerpo.

La asesina no tuvo tiempo a gritar, sus restos cayeron en el suelo, pero no dejaron de moverse.

El demonio tragó, pero no vio ningún alma.

Una sinalma, claro. Me la han colado a base de bien.

Se giró justo cuando Gaia y Verónica saltaban sobre él dispuestas a ensartarle el cerebro.

Abrió las fauces, preparó el cuerpo y se puso a dos patas.

El paraguas de Verónica le entró por el cuello y la chica se agarró al cuerpo del demonio, pero Gaia recibió un golpe que la mandó contra la puerta de la sacristía, que se rompió por la fuerza del impacto.

Verónica gritó su nombre, pero no podía ver nada por la falta de luz y por su ojo malo.

Gaia cayó contra la sacristía y por unos segundos no pudo oír nada. Le había dado tiempo a lanzar el conjuro de ataque para debilitar al demonio, y eso era suficiente. Rodó por el suelo, cansada, herida y sin energías. No le quedaba una sola gota, y no había ningún sitio donde pudiera beber algo.

No puedo ser una inútil ahora. No puedo no hacer nada, tengo que seguir, aunque me desmaye o muera. Tengo que seguir, no puedo dejar a mis compañeras solas. ¡Levanta!

Se puso en pie, agarró la raqueta con fuerza y preparó otro conjuro para lanzarlo a distancia.

El cuerpo se quejó, no tenía energía para hacer eso y mucho menos siendo una inyectada, pero quedarse parada no era una opción.

Apretó los dientes y lanzó el hechizo. Tan pronto como empezó a lanzarlo, notó que los huesos se le estiraban y contraían, que la sangre le hervía dentro del cuerpo y que su interior se llenaba de pinchos.

Ignoró el dolor, lo canalizó en la raqueta y lo lanzó con un grito.

La magia se agolpó en su raqueta y salió hacia Kagutsure.

Cuando la última gota de magia impactó en el demonio, Gaia notó un tirón en el cuerpo, cómo si algo se rompiera en su interior, haciéndole un daño terrible, como si la estiraran hacia arriba para romperla en dos.

Cayó al suelo sujetándose el cuerpo. No se partió y nadie la rompió, y la sensación de dolor desapareció tras unos agónicos segundos. Su cuerpo dejó de sufrir.

Solo sentía poder.

Poder y energía.

Verónica había logrado sujetarse al cuerpo de Kagutsure gracias al paraguas. Sin soltarse, lo abrió y gritó el conjuro de las mil muertes, y aunque el demonio intentó quitársela de encima, permaneció aferrada a él. El cuerpo se le deshacía y rehacía, pero no dejó de recitar el conjuro.

Finis gloriæ mvndi homini.

El demonio empezó a notar el dolor extenderse, y Verónica siguió gritando. Lo consiguió, pudo terminarlo y el paraguas dejó de quemarle en las manos. No era suficiente.

Dos. Dos veces. Y sigo en pie. Vamos, dos más. Vamos, Rooney.

Kagutsure, cansado, agarró con las uñas a la cazadora y la separó de su cuerpo. El paraguas siguió dentro. Ella pataleó, intentó zafarse, pero no pudo. El demonio la puso justo frente a su rostro, delante de sus ojos sedientos de sangre y sobre sus fauces medio abiertas.

—Es increíble que seas capaz de hacer las mil muertes dos veces sin morir. Quizá solo por eso deba de dejarte viva. Pero te dije que te mataría y tengo ganas de deleitarme con tu alma. Has peleado bien, eso sí, no creo que vaya a olvidarte.

—Esto no acaba, Kagutsure.

—Ah, ¿no? ¿Y dónde está tu arma?

Verónica sonrió.

—En el mejor sitio posible.

Y entonces gritó un conjuro en latín . El cuello de Kagutsure empezó a arder, y un ardor y picazón intensos se extendieron por la zona donde tenía clavado el paraguas.

El hechizo a distancia era muy útil en aquellas situaciones, pero implicaba un enorme gasto energético y debía usarse muy poco.

La magia del cuerpo se juntaba con la del arma a distancia y eso podía hacer que las venas y el corazón del cazador estallasen.

Verónica notó sus latidos acelerarse, la sangre pasar cada vez más rápido por sus venas y el sudor invadirle la piel. Tenía que parar antes de morir.

Kagutsure la dejó caer al suelo para arrancarse el paraguas del cuello, y cerró las fauces cuando Verónica quedó a su altura.

La chica notó un corte que la dejó sin aliento, un montón de sangre explotar y bañar el suelo, y unos fuertes brazos que evitaron que se estrellase contra las baldosas de la iglesia.

Abrió los ojos y vio a la asesina, su salvadora, correr por la iglesia hasta refugiarse en un lugar seguro con ella en brazos.

Le dolía todo y apenas podía hablar. Necesitaba recuperarse, al menos durante unos minutos.

—¿Y Gaia? —jadeó Vero.

—Preocúpate por lo que importa ahora mismo. Te ha arrancado un brazo de un mordisco.

Ah, de ahí venía el dolor.

—Lo regeneraré, solo necesito… Comer. Mi bolsillo. Hay dátiles, y frutos secos; saca un dátil. Si Gaia pudo, yo también podré…

La asesina rebuscó en el bolsillo de la cazadora y sacó lo que le pidió. Verónica cogió la comida y se la tragó sin masticar. Eso disminuiría la hemorragia —aunque no la detendría— y le permitiría pelear, pero luego tendría que ir a la Sede corriendo si quería recuperar su brazo.

Dolor y más dolor. El ojo, el cuerpo y ahora su brazo. ¿Era necesario pasar por tanto? De su infancia solo recordaba el dolor de las heridas que le hacían los monstruos. ¿De verdad ser cazadora merecía la pena? ¿Acaso acordarse solo del dolor era lo que le deparaba la vida?

Estoy harta. Si no hubiera sido cazadora, mi vida sería mucho más fácil. Podría haber ido a la universidad, haber tenido una infancia normal; una vida normal. Hubiera sido feliz.

¿Por qué nací? ¿Por qué no morí cuando lo hicieron mis padres? ¿Por qué seguí viva?

—Si los cazadores no usarais la magia para estas cosas, moriríais en el primer enfrentamiento. ¿Puedes luchar? —preguntó la asesina, y le dio su paraguas, que había rescatado.

Lucha tú. Me rindo, no quiero seguir con esto. Quiero ser feliz.

Verónica cerró los ojos, el dolor sacudía su cuerpo.

Su boca articuló las palabras «me rindo» , pero nunca llegó a pronunciarlas.

Dolía, cierto, era insufrible, cierto; pero era su trabajo.

No le gustaba sufrir y tampoco le gustaba su deseo de ser sorda, pero sí la satisfacción que sentía cuando salvaba a alguien o derrotaba a un monstruo.

Adoraba la sensación de victoria, le gustaba conjurar con el paraguas.

Le gustaba luchar. Respiró hondo, era una guerrera, tenía permitido caer, dudar de sus labores y enfadarse.

Pero no rendirse.

—Sí, puedo luchar. Yo me encargo de ese cabrón, tú rescata a Gaia de donde esté.

—Está donde la sacristía. No sé qué fue de ella, pero no sé si…