29 …¿si aquí no muere nadie? #2
Las garras del demonio se acercaban a la cazadora, que las esquivaba sin soltar su paraguas.
Lo agarraba con ambas manos, y susurraba conjuros uno detrás de otro.
Tenía que debilitarlo, hacer daño; y se preparó para usar las mil muertes .
A un demonio no le mataba a la primera, había que lanzarlo varias veces y de las tres que había allí, solo ella podía hacerlo.
Apretó los dientes y abrió el paraguas con el hechizo en la mente.
Finis gloriæ mvndi homini…
De nuevo aquella sensación de dolor y destrozo. La piel amenazó con derretirse, los huesos le crujieron y se le acalambraron los músculos. Cerró los ojos y dejó que el dolor saliese de su cuerpo en forma de grito.
¡Vamos, joder! ¡Vamos, termina el hechizo!
Notó las energías bajar, pero no con tanta rapidez como la última vez.
El hechizo invadió el cuerpo del demonio, que tuvo que quedarse quieto unos segundos por el enorme dolor.
Sus entrañas estallaron, reventaron y chocaron entre ellas, pero su forma se mantuvo.
Verónica escuchó los chasquidos y sonrió; costaba mucho más regenerar partes internas, habían ganado un poco de ventaja.
Sacó el paraguas del cuerpo de Kagutsure, jadeó y huyó de allí antes de que el demonio atacara de nuevo.
Saltó de la espalda del demonio porque sabía que si permanecía allí moriría, y quiso aterrizar cerca de una de las naves, donde no salían pinchos.
Él alcanzó a darle un empujón con la garra, y aunque no le hizo daño, desvió su trayectoria y la chica cayó contra un banco destrozado.
Los pinchos no habían dejado de salir y ella estaba en el sitio de uno.
Le dolía la espalda, notaba calambres y tenía que recomponerse después del conjuro, pero no tenía tiempo para eso.
Giró y evitó que un pincho la atravesase.
Se apoyó en el banco y se puso en pie, y aunque se tambaleó un poco, siguió firme.
Agachó la cabeza, miró con furia al demonio que ya recomponía su interior y volvió a por él.
—¡De la Niebla, Gaia! ¡Ayudadme por aquí!
La asesina y Gaia corrieron por la nave izquierda y se acercaron al demonio por detrás.
La cazadora lanzó un conjuro con la raqueta, y la asesina le clavó el cuchillo en la pata trasera y se la cercenó.
Aunque no le dio tiempo a partirla del todo, porque un pincho salió de la tierra, se le clavó en el estómago y la levantó.
Gaia gritó, pero la asesina no iba a morir por eso.
La herida de la pierna de Kagutsure empezó a regenerarse y la extremidad no cayó.
Gaia intentó bajar a la asesina del pincho, pero se quedó congelada cuando notó que el demonio la estaba mirando muy fijamente.
Verónica no aparecía y su otra compañera estaba fuera de juego por unos minutos.
Estaba sola.
Agarró la raqueta, apretó los dientes y lanzó el ataque más fuerte que pudo. El demonio retrocedió un poco, pero no bastó para reducirlo. Avanzó hacia ella, como un depredador ante su presa, babeando y listo para matar. Gaia intentó lanzar otro ataque, pero estaba aterrorizada.
¿Voy a morir? ¡Piensa! ¡Actúa, sé fuerte! ¡No te quedes congelada!
No lo hizo.
Kagutsure se lanzó a por ella, quien aprovechó su pequeño tamaño para esquivarlo.
El demonio chocó contra una pared y Gaia le golpeó con la raqueta.
El conjuro que lanzó no fue especialmente fuerte, era el necesario para hacer daño y desorientar.
El hechizo fuerte de verdad lo usaría cuando el demonio la mirara de frente.
Se deslizó por el suelo, por debajo de la criatura y sin dejar de conjurar, y él logró girarse y atacar en condiciones.
Gaia se protegió con la raqueta y lanzó una ofensiva potente que lo aturdir si le daba de lleno, pero el demonio le dio en el costado con una pata, y la lanzó al suelo.
La cazadora notó el aire congelarse en su cuerpo y un grito de dolor escaparse de su garganta.
Salió despedida de allí, cayó al suelo, con la mano justo en el círculo invisible que se recorría uno de los letales pinchos.
—¡Niña, cuidado, la mano! —avisó De la Niebla—. ¡Cuidado!
Gaia intentó apartarla antes de que el pincho saliera, y aunque fue rápida y pudo moverla antes de que lo peor pasara, aquella púa infernal le cercenó dos dedos; el corazón y el anular.
Gaia gritó del dolor, vio sus dedos amputados en el suelo y la sangre en los nudillos, pero no se quedó quieta y se apartó antes de que saliera otro pincho e hiciera un destrozo mayor.
Kagutsure la siguió, acabaría primero con la niña y luego iría a por las otras dos.
—¡Eh, gilipollas! —gritó alguien.
Verónica apareció por detrás, paraguas en alto, y atacó. Su conjuro impactó contra el demonio y lo hizo chocar contra la pared. Ella se subió a un banco destrozado, dio un salto hacia arriba, se colgó del cuchillo clavado en la cabeza del monstruo y siguió con los ataques.
Mientras, De la Niebla había salido del pincho y se había llevado a Gaia a una de las naves. Allí le miró la mano herida. No había mucho que pudiera hacer, intentó cerrar la hemorragia con las pocas habilidades que tenía y luego le vendó los nudillos.
—No prometo que pare del todo —dijo—. La única vez que me salió fue cuando le agujereé la mano a tu compañera, y solo logré que se cerrara lo que eran los bordes de la herida, el agujero seguía allí. ¿Te duele?
—Puedo seguir.
—No te he preguntado eso, niña. ¿Te duele?
—Solo un poco. La magia anestesia el dolor para que no nos tumbe en combates. Tenemos que ayudar a Verónica, hay que acabar con este demonio.
—Ponte en pie y sígueme —le dijo la asesina—. Atacaremos por donde no nos vea, aún se está debilitando.
—¿Todavía?
—Verónica ha lanzado las mil muertes —explicó De la Niebla mientras corrían—. Son mil formas de morir en un mismo hechizo. En criaturas normales el efecto es casi inmediato, pero en demonios de alto rango tarda bastante.
Vero movía el paraguas con una sola mano y lo consiguió incrustar bajo la mandíbula de Kagutsure.
Se dispuso a rehacer las mil muertes , seguía con energía, pero él le dio un zarpazo que le dio en el torso y la joven se quedó sin aire y sin fuerza.
Cayó hacia el suelo, y el demonio le propinó otro zarpazo que la hizo cruzar toda la nave central y la estampó contra la pared de encima de las puertas.
El cuerpo de Verónica cayó sobre el suelo con un crujido y se quedó quieta.
Los pinchos dejaron de salir; al menos lo habían debilitado.
—¡Verónica! —gritó Gaia.
Verónica no estaba muerta, respiraba y seguía viva. Jadeó, se puso a cuatro patas y se dobló del dolor. Sentía su cuerpo aplastado, le palpitaba, dolía. Apenas notaba el aire entrarle a los pulmones y tenía ganas de vomitar, aunque su cuerpo no podía hacerlo.
El golpe fue tan brusco que, aunque la cazadora lo había amortiguado con un hechizo rápido y desesperado, la pared se resquebrajó y varios escombros pequeños cayeron sobre ella.
Algo estalló en su cara, y lo siguió un dolor brutal, como si le hubieran clavado una aguja en el ojo derecho.
Gritó, miró al frente y sintió náuseas. No veía como antes, se mareaba, era incapaz de enfocar la mirada.
La sangre goteaba desde su cara, justo encima de su cicatriz, y se llevó la mano allí.
Cuando se posó sobre lo que tendría que haber sido el ojo derecho, la recibió un intenso dolor, sangre y mareos.
Miró a la derecha, no vio nada, no podía ver nada.
Había perdido la visión lateral de ese lado, porque había perdido…
¡Mierda! ¡Ese cabronazo me ha arrancado un ojo! ¡¡Joder!!
El dolor era muy intenso, pero no podía permitirse parar y llorar.
Tenía dos compañeras que la necesitaban.
Tenía que levantarse, seguir en la pelea.
No podía seguir ahí tirada, pero le dolía demasiado el ojo.
Había soportado muchas heridas, estaba acostumbrada al dolor y aún tenía energía, pero aquello era insoportable.
Se mareaba, no podía ver bien y la cuenca del ojo le palpitaba.
Por primera vez en los catorce años que llevaba en aquel gremio, se cuestionó su trabajo.
¿Por qué tuve que hacerme cazadora? ¿Por qué?
— Joder —susurró entre dientes, presa del dolor—. ¿Por qué cojones no nací sorda o ciega? ¡Joder, ¿por qué no me mató ese demonio junto a mis padres!?
—¡Verónica! —gritó Gaia otra vez. Vero alzó la cabeza, no era tiempo de quejarse.
Sus párpados se cerraron y protegieron la cuenca vacía, y echó a correr por la nave central hacia el combate. La asesina, que había recogido el paraguas, la vio y le lanzó el arma.
—¡Cógelo!
Verónica, pese a tener la mitad de visión, lo atrapó al vuelo y lo abrió. El conjuro salió disparado contra el demonio y lo hizo retroceder contra el altar. Intentó debatirse, pero la magia era muy fuerte.
—¡Las dos! —gritó Vero—. ¡Detrás de mí!
No sé cuánto voy a aguantar, ni si él tardará mucho en atacar.
Gaia apoyó el ataque con la raqueta, aunque sus ataques no eran tan efectivos; ella era una simple novata.
No se rindió, apretó los párpados y respaldó a su compañera.
Los dos conjuros se unieron entre sí y atacaron con más fuerza.
Kagutsure gruñó y aulló, y clavó las cuatro patas en el suelo, resistiendo.
Verónica le gritó a Gaia que aguantase, y entonces el demonio pegó un salto, evadió toda la magia y lanzó un zarpazo que resquebrajó la pared.
Hubiera partido en dos a las cazadoras de no ser por la asesina, que saltó sobre ellas y las tumbó, recibiendo ella el golpe.
Su cuerpo entero estalló, notó sus huesos separarse entre ellos y mucho frío.
Cayó al suelo, alguien tiró de lo que quedaba de su cuerpo y la arrastró lejos de allí.
Perdió la consciencia pero no llegó a desmayarse; oía distorsionado, veía borroso, no sabía qué ocurría y dejó de notar algo que no fuera dolor.
Al ser inmortal, su cuerpo no entraba en shock, le dejaba sufrir todo lo que le ocurriese.