29 …¿si aquí no muere nadie?
La gran iglesia de tres naves de San Julián de los Prados, al borde de la carretera, no abrió sus puertas ese día.
Se mantuvo sellada, más sombría de lo habitual, mientras albergaba a un demonio en su interior.
Verónica y la asesina, que había tomado otra gota de sangre y estaba recuperada, llegaron allí y se detuvieron ante las puertas cerradas a cal y canto.
—Qué manía de cerrarlo todo. Primero la facultad y ahora la iglesia.
—La facultad está cerrada porque hoy es la fiesta de Psicología y el edificio no abre, por eso no había nadie —corrigió Verónica, y avanzó un paso—. Acabemos con esto ya.
—¡Esperad! ¡Hola!
Ambas se giraron y vieron a Gaia ir hacia ellas, con la raqueta en alto y decisión en la mirada. La asesina la miró como si estuviera ante un ser gracioso, y Verónica curvó las cejas. ¿Qué hacía ella allí?
—¿Gaia?
—¡He venido a ayudaros! —dijo ella, feliz—. Es que vivo ahí arriba, donde la facultad, y os he visto bajar hasta aquí. ¡Deja que os ayude! ¿Quién es ella?
—¿Y esta pulga, qué? —preguntó la asesina cruzada de brazos—. ¿Cuántos años tienes? Pareces un bebé, narices.
Gaia frunció el ceño, era nueva, pero no le costó ver que aquella chica era una sinalma que no era muy buena persona. Notó que Verónica no estaba especialmente cómoda con ella, y pudo interpretar que esa sinalma estaba allí por una causa mayor y no porque fuera parte de los cazadores.
—¿Y a ti qué te importa? ¿Quién eres tú?
—Gaia —intervino Verónica—, deja que te presente a De la Niebla.
Es una sinalma y una sinvergüenza , pero esta vez viene a ayudarnos.
Tú, asesina, esta chica es Gaia, una cazadora como yo.
Más te vale tratarla con respeto, es de un rango muy superior al tuyo.
Gaia, te recomiendo que te vayas. Ahí dentro…
—Está ese cabrón, lo sé —dijo la joven cazadora, que tenía quince años—, pero ha matado a mis compañeros y se ha llevado por delante almas inocentes. Soy cazadora, debo matarlo.
—Sí, pero eres una novata. Y él devora almas.
—Me da igual. Tengo que hacer mi trabajo y lo haré. Además, después de nuestra charla de ayer no voy a quedarme quieta.
—Es peligroso, Gaia —dijo Verónica—. De la Niebla y yo nos apañaremos, de verdad, no te arriesgues tanto por esto.
—Lucharé contigo, Vero, voy a hacer mi trabajo.
Verónica asintió, bastante admirada por el sentido de la responsabilidad de su compañera. Estaba claro que Gaia tenía mucho miedo, pero aun así había ido hasta allí a pelear; y eso era algo importante a tener en cuenta. Le palmeó la cabeza y medio sonrió.
A la primera que esto se ponga feo, la mando fuera. No puede morir.
—¿Escribiste ya el testamento, niña? —preguntó la asesina. Verónica le pegó en el vientre para que se callase—. Ese demonio te matará antes de que entres en la iglesia.
—Déjala, tiene más honor del que tendrás tú en tu vida. Venga, vamos, que yo me tengo que ir a Luanco.
—Candás es mejor —le dijo la asesina.
—Aldeana de mierda —siseó Gaia.
—¿Os calláis? —chistó Verónica—. Voy a abrir la puerta, y más os vale obedecerme ahora.
—¡Sí! —prometió Gaia.
—Como digas, Rooney.
Verónica sacó el paraguas de la funda y lo apoyó contra las puertas, pero estas se abrieron antes de que pudiera formular el conjuro.
Lo hicieron despacio, entre chirridos largos y tétricos.
Las recibió una oscuridad profunda, moldeada por el marco de las puertas.
No se veía nada, ni se oía nada. Todo estaba en negro y en silencio.
—Sal de ahí, Kagutsure —le dijo Verónica—. Pelea.
En la oscuridad se abrieron dos enormes ojos rojos que miraron directamente a la cazadora. Ojos empapados en maldad y burla.
—Ah, Verónica, eres tú. —La voz de Kagutsure era profunda, grave—. Después de todo me has seguido hasta aquí.
—Dije que te mataría, y soy fiel a mi palabra.
—¿Ya estás recuperada? Ayer parecías al borde de la muerte.
—Estoy más que recuperada y he venido a matarte. Pónmelo fácil y acabemos cuanto antes; ya has hecho suficiente daño.
—Oh, traes compañía —dijo la sombra, y entornó los ojos—. ¿No te crees capacitada de hacerlo sola?
—Lo estoy, pero traje compañeras porque los cazadores somos un mismo equipo.
—Entonces, como equipo moriréis.
Kagutsure estiró las garras y las atrapó.
Ellas intentaron soltarse, pero el demonio las tenía encerradas dentro de la iglesia.
Las tres salieron despedidas al altar, aunque la única en chocar contra él fue Gaia.
La asesina y Vero pudieron frenar su caída y quedarse en una posición más o menos en guardia, justo delante de la más joven que intentaba colocarse rápido.
El demonio estaba frente a ellas, sonreía con los colmillos fuera de las fauces; no tendría piedad ese día.
Gaia se puso en pie y sujetó con fuerza la raqueta de tenis; si ese día tenía que morir lo haría, pero no soltaría el arma por nada en el mundo. Si le arrancaban los brazos, que fuera mientras agarraba la raqueta.
Verónica creía en ella, y no podía ni quería decepcionarla.
Extendió el paraguas mientras la asesina sacaba los cuchillos y Gaia daba un paso al frente. Estaban listas.
—¿Pretendéis ganar con cuchillos de cocina, un paraguas y una raqueta de tenis?
Ninguna contestó. La asesina hizo girar una de sus armas en la mano y se la lanzó por la izquierda, utilizando como escudo la oscuridad del lugar.
El demonio se dio cuenta tarde, y el cuchillo le impactó en el lado derecho de la cara.
La asesina lo había lanzado con tanta precisión que se le quedó clavado.
El demonio gritó, y se lanzó a por ella.
Verónica se movió al otro lado, al costado de la criatura, y le clavó el paraguas con fuerza.
Musitó un conjuro de debilidad y hundió más el arma en la carne del demonio.
Él gritó y giró la cabeza hacia ella. Gaia saltó por detrás, raqueta en alto, y le dio en la espalda.
El ataque no hizo especial daño, Gaia decidió ir poco a poco; pero unido al cuchillo de la cara y al paraguas en el costado, el demonio sintió dolor.
Como un animal rabioso, rugió y dio una vuelta sobre sí mismo.
La asesina se pudo cubrir, pero Verónica estaba todavía enganchada a su costado, por lo que salió volando por la iglesia.
Antes de impactar contra la pared, giró en el aire y se apoyó en los pies.
Dobló las rodillas, aprovechó todo el impulso del cuerpo y se lanzó hacia el demonio.
Él la vio llegar y extendió una garra de uñas afiladas para ensartarla, pero ella fue mucho más rápida.
Subió los brazos, llevó el paraguas atrás, y cuando llegó a la altura de la garra lanzó una estocada limpia y rápida, y cayó con elegancia a centímetros de distancia.
El demonio vio un destello morado, notó un pinchazo en la muñeca y luego vio su garra se despegarse del brazo y caer al suelo junto a la cazadora, que estaba de pie y lista para seguir con los ataques.
Gaia, aunque no pudo contener su asombro y admiración, echó a correr hacia el demonio y atacó también.
Kagutsure regeneró la pata y le dio un pisotón al suelo.
La iglesia entera tembló, las paredes se tambalearon y el suelo empezó a resquebrajarse.
—¡Gaia! ¡Cuidado! —gritó Verónica.
Intentó correr hacia su compañera, pero la asesina apareció por detrás y la llevó al otro lado a rastras, justo cuando un enorme pincho oscuro salía del suelo, del lugar en el que había estado hacía un segundo.
—Es un demonio, no un simple monstruito —le dijo la asesina—. Puede hacer eso. Si estas púas me alcanzan no me pasará nada, pero a ti te matarían.
Gaia había conseguido sortear dos pinchos por puro milagro, y estaba escondida tras el altar, agarrada a su raqueta y muerta de miedo.
Los pinchos salían y emergían, destrozaban los bancos y amenazaban con acabar con las tres chicas.
Verónica echó a correr por la iglesia, se deslizó entre las afiladas trampas como un destello y rodó hasta el escondite de su compañera.
Gaia la vio aparecer y vio la preocupación en sus ojos. No estaba siendo un estorbo, ¿no? Lo había hecho bien, había atacado y no había muerto. Verónica no soltó su paraguas, pero examinó bien a la joven.
—¿Estás herida?
—Solo me han rozado el brazo.
—Cúrate entonces —le dijo, y alzó la cabeza para ver a Kagutsure.
Este había ido contra la asesina y no las veía—.
Que no te alcancen esos pinchos, ¿entendido?
Averigua la frecuencia y localización, y juega con eso.
Ayúdame a proteger a esa sinalma , ella es la única que no puede morir y es nuestra mejor carta. Sigue mis pasos.
Verónica se subió al altar, saltó y aterrizó sobre el demonio.
Le atravesó la espalda con el paraguas, y él dejó de perseguir a la asesina y trató de quitarse de encima a la cazadora.
La asesina saltó a su vez, le arrancó el cuchillo de la cara y volvió a hundirlo en el mismo punto, esta vez más fuerte.
Kagutsure la empujó y estampó contra la pared, y luego fue a por Verónica.
Ella intentó mantenerse sobre la espalda de su enemigo, aunque tuviese que tumbarse y abrazarse a él con todas sus fuerzas.
Gaia tardó un poco en salir. Memorizó la trayectoria de su compañera y luego se fijó en la de los pinchos que salían del suelo.
Calculó rápido, salían cada cinco segundos y duraban tres en la superficie.
No salían en desorden, seguían una pauta.
Un pincho hacía un círculo de tres centímetros de diámetro; cada vez que emergían se desplazaban un poco.
No le costó adivinar todo el esquema, y cuando lo hubo grabado en su mente, salió de su escondite.
Sorteó sin esfuerzo los pinchos, que solo estaban en la zona del altar, no en las naves, y fue hacia la nave de la derecha.
Mientras corría e iba pensando en un buen conjuro para acabar con Kagutsure, vio a la criatura intentar tumbar a su compañera.