28. ¿Quién va a matar a quién… #4
—Claro. Y tú terminarás lo que prometiste hacer. Vas a ayudarme.
—No te debo nada porque me hayas salvado la vida. Lo hiciste porque te apeteció.
—Ya, sé que no, pero quieres ayudar a tu amigo, ¿no? Pues arriba, tenemos que ir a San Julián.
La asesina terminó su regeneración y se puso en pie de mala gana. Verónica la imitó y la miró con las cejas enarcadas, segura de que le iba a decir algo. Y cómo no, lo hizo.
—¿Quieres que mate a un demonio? Salgo con uno, que lo sepas.
—Entraste en este edificio con intenciones de matar a un sinalma —le recordó la cazadora, ahora apoyada contra la máquina—. Uno de los tuyos. Búscate una excusa mejor, ¿quieres? Andando, tenemos un demonio al que matar si queremos evitar más muertes.
La asesina se cruzó de brazos, lo que menos le apetecía era tener que trabajar con una Rooney, y mucho menos con aquella que el día anterior le había hecho una cicatriz.
Suspiró despacio, tampoco podía negarse, ella no dejaba las cosas a medias y, por el momento, su misión de salvar a Lucas lo estaba.
—Está bien, está bien. Dame la flecha, anda.
—Hmmm —musitó Verónica, con la flecha guardada en el interior del abrigo—. No. Me la quedo de momento.
—Tu familia ya me ha jodido bastante con el temita, dame la flecha.
—Ah, ah, ah, ah —negó Vero, divertida—. Si la quieres, te la vas a tener que ganar. Y recuerda, es nuestra familia. De no ser por ti, yo no existiría.
—¡Dame la flecha, niña!
—¿Para que huyas? No, no, yo te la guardo, y te la doy cuando acabemos. Hala, vamos.
—Y si me matan, ¿qué? —espetó la asesina una vez salieron de la facultad.
—¿De verdad crees que ese demonio va a coger la flecha y va a matarte con ella?
Kagutsure es un animal, atacará con garras y dientes, no con flechas.
Venga, no llores, que luego será toda tuya, yo no la quiero para nada.
¡Y deja de gruñirme, que a mí tampoco me hace ninguna gracia tener que trabajar contigo! Además, ¿qué piensas hacer con ella?
—Lo que debí hacer hace muchos años.
—¿No te lo han dicho? —preguntó Verónica mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo. Sí, había decidido comprar una cajetilla de tabaco, podría ser su último día y no pensaba quedarse con las ganas—. Si destruyes esa flecha, morirás.
La joven cazadora, que se había apoyado contra una pared, parecía perturbadoramente tranquila. Jugó un poco con el cigarrillo entre los dedos y fumó con calma.
—¿Cómo? —casi gritó la asesina—. ¿Qué dices?
Verónica asintió, seria, sin burla, y expulsó el humo.
—La inmortalidad humana es imposible, De la Niebla, por eso tenéis que elegir una forma de morir.
Una parte de tu alma está en la flecha, la parte que permite que tu cuerpo siga vivo; si la rompes, esa parte se desvanece, y tú con ella.
Tienes que cargar con ella, no puedes simplemente destrozarla y seguir con tu vida.
Por eso mi querido antepasado Mateo no la destruyó, sino que la guardó.
No te quería matar. Mira lo majo que era.
—Entonces dámela —dijo la asesina—. No quiero que esté en manos de una cazadora de monstruos. ¿¡Qué me garantiza que no la vas a romper cuando menos lo espere!?
—No tengo intenciones de matarte por ahora —dijo Verónica mientras se encogía de hombros—. Cuando acabemos con ese capullo ya nos enfrentaremos tú y yo, tranquila. No tengas prisa en morir, ¿eh?
Intentó atacar a Vero y arrebatarle la flecha, pero algo le cortó el camino.
La cazadora no había dado ningún paso atrás, ni siquiera se había puesto en guardia.
Solo había sacado el paraguas y le había puesto la punta en el cuello, bajo la barbilla.
Le sonreía, como si la situación le hiciera mucha gracia.
—No te recomiendo pelearte conmigo, querida —le dijo—. Te recuerdo que sigo teniendo la flecha y que puedo hacer lo que quiera contigo. Ahora, te vas a portar bien y vas a ayudarme sin rechistar.
—Puedo decapitarte y quedarme con la flecha. Baja los humos.
—Oh, pero no lo harás. —Verónica bajó el paraguas y sonrió con burla—. No, mi querida De la Niebla, aún hay una mínima gota de honor en ti y no serías capaz de decapitar a quien acaba de salvarte la vida, ¿verdad que no?
—Soy capaz, y más si esa persona que me ha salvado es un asqueroso Rooney. Odio a tu familia, ya lo sabes.
—¿Tan mal follaba Mateo que odias tanto a los de mi sangre? —preguntó Verónica, que sabía perfectamente de la homosexualidad de su antepasado—. Vaya, ya me jodería, ¿eh?
—Baja tus putos humos, Rooney.
—Bájamelos, De la Niebla.
La asesina la miró furiosa. La cazadora guardó el arma, se adelantó y echó a andar, con el paraguas colgado de la espalda.
Actuaba muy sobrada, sabía que tenía el control sobre su enemiga, lo que a esta no le hacía ni pizca de gracia.
Llevaba quinientos años sin que nadie supiera cómo acabar con ella, y de repente una Rooney la tenía atada como a un perro.
Ni gota de gracia. Verónica giró un poco la cabeza, le sacó la lengua y le dijo:
—Tranquila, cuando tenga que matarte usaré magia, no tu flecha.