¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 28. ¿Quién va a matar a quién… #3
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28. ¿Quién va a matar a quién… #3

Esos momentos de duda la distrajeron, y Ramón pudo correr hacia ella y lanzarle la flecha.

Ella le dio un golpe lateral para evitar que le atravesase el pecho, y la flecha impactó contra la pared y se clavó en el corcho donde los estudiantes colgaban noticias, anuncios y otras cosas.

La asesina salió corriendo a por el arma, pero Ramón se tiró sobre ella y la inmovilizó contra el suelo.

—Esto se ha acabado, puta —gruñó Ramón, volvía a tener el hacha en la mano—. ¡He ganado yo!

—¡No sin la flecha! —gritó ella.

Ramón lanzó un golpe hacia abajo, y la asesina escuchó como sus propias piernas crujían y se separaban de su cuerpo.

Gritó, y Ramón le cortó un brazo. El muy cabrón iba a desmembrarla y luego le clavaría la flecha.

Sus extremidades se amputaron entre chirridos húmedos y dolorosos.

Pronto no fue más que un torso y una cabeza.

Ramón se reía, la victoria estaba frente a él.

La asesina gimió, no iba a ser capaz de regenerarse a tiempo.

¿Y ya está? ¿Voy a morir? Después de tantos años, ¿voy a morir? ¿Aquí? ¿Y qué pasa con Lucas? ¿Él también morirá?

—¿Unas últimas palabras antes de que vaya a por la flecha?

Lo siento, Lucas.

—Lo intenté.

La asesina que se cansó de huir admitió su derrota y cerró los ojos.

No tenía extremidades, Ramón iría a por la flecha y todo terminaría ahí.

Pensó en Lucas, en que moriría pese a todos los esfuerzos, y se sintió mal.

El chico había depositado sus esperanzas en ella, y ella había perdido.

Había aguantado y jugado, pero la partida estaba perdida.

Y las cosas eran así; unos ganan, y otros pierden y caen.

Sus últimos pensamientos fueron para Belial y Lucas. No pensó en su pasado.

Ofreció el cuello.

Y entonces, Ramón gritó y se desplomó sobre ella. La asesina tembló, sacudió el torso que era, al que ya le estaban empezando a crecer las extremidades, y vio que el hombre tenía la flecha clavada en la nuca.

—¿Qué…?

—Manda huevos que tenga que venir una Rooney a salvarle el culo a la novia de Satanás.

Verónica Rooney, la única ya de su apellido, estaba allí, de pie, ante el cadáver de Ramón Álvarez. Miraba asqueada las partes del cuerpo de la asesina desperdigadas por el suelo. De una patada, le quitó el cuerpo de encima. La rubia gruñó un poco. Estupendo, de verdad que sí.

La asesina se sorprendió un poco al ver el aspecto de la joven cazadora.

Sus heridas pequeñas y superficiales habían desaparecido; la mano del agujero estaba vendada y la venda no se hundía en ningún punto, por lo que supuso que se lo habría recompuesto.

La gran herida que tenía en la cara ya se había cerrado y en su lugar había una enorme cicatriz que la surcaba de pómulo a pómulo.

—¿Cómo has entrado? —bramó la asesina—. ¡Está cerrada!

—Magia —dijo Verónica—. Ah, sabía yo que algo malo se cocía aquí dentro. Menos mal que me acerqué, ¿eh? Joder, macho, qué desastre habéis armado aquí. Hay más extremidades amputadas en este pasillo que en el almacén de un cártel latino. ¿Arriba me voy a encontrar algo peor? ¿Tus intestinos, quizá?

—¿Por qué me has ayudado? Ayer casi te mato.

—Y casi te mato yo a ti —dijo Verónica, y se agachó frente al torso que se regeneraba poco a poco—.

Mira, uno de mis ojos me ha avisado de que el tipo que pactó con el demonio al que me debo enfrentar estaba aquí, y que por lo visto era peor persona que tú.

Me han dicho que venga a ayudarte, y deberías saber que los ojos son muy importantes, y que si dicen algo, es bueno hacerles caso.

No me hace especial gracia evitar que mueras, la verdad, pero si ellos lo han dicho, es porque tengo que dejarte con vida.

—¿Tus ojos hablan?

—¿No conoces a los cazadores de monstruos, De la Niebla?

—Ya sé que por ojos te refieres a esos animalillos que tanto os ayudan. Solo te vacilo. ¿Y cómo coño sabes quién soy?

—Bastó abrir el viejo diario de mi abuela y lo descubrí todo sobre ti. Es gracioso que tú y yo estemos en el mismo árbol genealógico, ¿eh?

—No somos familia.

—No tenemos vínculo sanguíneo directo, cierto. —Verónica se sentó y esperó a que la asesina se regenerase, no tardaría mucho más—. Pero la conexión está ahí, al fin y al cabo; la familia es la familia. ¿Debería llamarte abuelastra?

—¡Ni se te ocurra, Rooney! Como me llames así te juro que te parto en dos.

—Qué violenta eres, güelina .

—Me cago en tus muertos a caballo, Rooney.

Verónica soltó una carcajada y vio que las extremidades crecían de nuevo; sus ojos sonreían con burla.

—¿Qué, ho? ¿Te regeneras ya o nos quedamos aquí a vivir?

—¡Encima me metes prisa! ¡Déjame, ese cabrón está muerto!

—Sí, pero todavía hay que matar al demonio con el que pactó. La maldición se ha roto y tu amiguito ya está libre; pero serías más tonta de lo que pienso si crees que ese demonio se irá sin más. Lo matará igualmente. Ya sabes cómo son.

—¿Y a mí qué me cuentas? —le dijo la asesina desde el suelo—. ¡Haz tu trabajo!