¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 28. ¿Quién va a matar a quién… #2
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28. ¿Quién va a matar a quién… #2

—Sal de ahí, Ramonín —le dijo ella con una sonrisa—. Aún no hemos acabado.

—Ven a buscarme.

La asesina tuvo menos de un segundo para esquivar el fichero que Ramón lanzó hacia ella. Se inclinó a un lado y el archivador se estampó contra la pared y se hizo añicos.

—¡Tío, que ahí dentro hay cosas importantes, hombre! —le reprochó ella—. ¡No me tires cosas de los despachos!

Otro fichero voló hacía ella. Le dio en el hombro y la echó hacia atrás, le había dado con la esquina y un dolor punzante se le extendió por el brazo.

Soltó un taco contundente y se tocó la zona afectada.

Ramón le lanzó algo más que no pudo ver; le acertó de lleno en el cuerpo y la sacó del despacho del golpe.

Se estrelló contra la pared y cayó al suelo, dolorida.

Buscó sus armas, el hacha se había quedado en el despacho y la flecha estaba frente a ella, en el suelo.

Estiró una mano y la intentó coger, pero el hacha cruzó la distancia de la puerta a la pared y se le clavó en el cuerpo, sujetándola con firmeza contra la pared.

Un jadeo ahogado se escapó de sus labios, que se convirtió en un gritito agudo cuándo vio que Ramón se acercaba y cogía él la flecha.

La miró, y luego a su contrincante clavada contra la pared, y sonrió.

—¿Duele, bonita? Oh, creo que te he aplastado las costillas, o atravesado los pulmones, o todo a la vez. Te sobresale por la espalda, ¿verdad? Claro, te he clavado a la pared. Uy, qué estropicio más grande.

La asesina jadeó, el hacha le oprimía el diafragma y los pulmones y no era capaz de sacar aire para hablar, apenas respiraba.

Intentó sacarse el hacha del cuerpo, intentó salir de su prisión de hormigón y acero, intentó salir de allí antes de que a Ramón le diera por asestar el golpe final.

Él, con la flecha entre las manos, la observaba, divertido.

Disfrutaba al ver los jadeos desesperados de su rival, los intentos de quitarse el hacha del cuerpo y poder respirar, de poder contraatacar.

—Vamos, venga, inténtalo. Eso es, respira, respira.

Hijo de puta, gruñó la chica, todavía va y me vacila. Vamos, resiste, puedes hacerlo, tienes que salir de aquí, no puedes morir ahora. No puedes morir sin salvar a Lucas. ¡No mueras!

Con un grito de agonía que le desgarró la garganta, dio un último tirón.

Su voz quebrada y alta guio sus brazos, que en un esfuerzo sobrehumano agarraron el mango del hacha y tiraron hacia afuera tan fuerte que se dislocaron entre crujidos.

Sus piernas se doblaron hacia atrás, se apoyaron en la pared y empujaron también para separarla de allí.

Sus huesos crujieron, los músculos de las piernas se estiraron demasiado y se rompieron, la sangre salió de su tronco partido a chorros, las vísceras se le escurrieron por la piel, y el dolor recorrió cada milímetro de su cuerpo y provocó espasmos que durarían una eternidad.

Pero logró arrancarse el hacha y escapar de la pared; estaba destrozada, pero lo había logrado.

Se arrastró por el suelo más rápido de lo que parecía posible en su estado, mientras su cuerpo volvía a la normalidad entre crujidos y dolor.

Se arrastró lejos de allí, se puso en pie como pudo y echó a correr.

Sus heridas abiertas se reían de ella, se cerraban y volvían a su sitio, pero entretanto se burlaban a través de espasmos dolorosos, de ardor y escozor.

A la vez que corría, sujetó los órganos contra el cuerpo para acelerar la curación.

Tenía que ser rápida, necesitaba ganar ventaja.

Todavía tenía la sangre de Satanás en el bolsillo, pero pensaba reservarla para cuando Ramón estuviera agotado.

No podía desperdiciar ni usar nada si su rival aún tenía energías.

Solo dejó de correr cuando las heridas se terminaron de cerrar con un chasquido.

Miró a su alrededor, tenía que haber algo que le sirviese como arma.

Nada. Solo puertas cerradas. Despachos, donde lo más peligroso podían ser unas tijeras. Y de punta redondeada.

Tendría que recurrir al último cuchillo que le quedaba. Se lo sacó del cinturón y enfiló hacia Ramón mientras lo giraba en la muñeca. El dolor ya remitía. Él también avanzaba hacia ella, hacha en mano.

Tranquila, párate a pensar Él tiene una herida en un brazo, tú aún no tienes nada.

Ramón le lanzó el hacha, que cruzó todo el pasillo en un giro permanente que iba en dirección a sus tripas.

Si le daba, la partiría en dos, y eso significaba un minuto como mínimo para regenerarse, un tiempo del que no disponía.

Con los dientes apretados, se esforzó por seguir la trayectoria y calcular por dónde golpearía el arma.

Cuando lo tuvo más o menos claro, puso la mano izquierda para protegerse; el hacha le cortó la mano, pero ella pudo sujetar el mango con la otra y detener el arma.

Notó la sangre gotear y el dolor extenderse, pero tras haber tenido que sujetarse los órganos mientras corría por el pasillo, que le cortaran una mano era el equivalente a un pellizco.

Ramón, que confiaba plenamente en su ataque con el hacha, tragó saliva.

No esperaba que la chica tuviera tiempo a poner la mano.

Al menos tenía la flecha, la ventaja seguía siendo suya.

La mano de la chica empezó a regenerarse, aunque más despacio que de costumbre.

No mucho, no era una diferencia que los demás pudieran notar, pero ella se daba cuenta.

Después de haber regenerado prácticamente su cuerpo entero, era de esperar que hubiera gastado mucha energía.

Con la sangre de Satanás se regeneraría, pero no quería tener que usarla tan pronto.

Ramón también estaba cansado y tenía una herida de verdad.

Si le daba un buen golpe con el hacha podría debilitarlo más y atacar mejor.

—¡Ven aquí, zorra! —le gritó él.

—¡Ven a buscarme! —dijo ella, y salió corriendo por el lado contrario.

La chica se lanzó escaleras abajo con Ramón detrás.

Bajó los escalones de tres en tres, tropezó y cayó un piso entero, pero aun así se levantó y siguió con su carrera.

Tenía que encontrar un sitio donde esconderse, al menos para ganar algo de tiempo.

Pero entrar en una clase era meterse en un gallinero, así que su refugio estaba en aquel pasillo de la planta baja. Pero, ¿dónde?

No tenía tiempo, tenía que encontrarlo. Echó a correr hacia la entrada, donde estaban su brazo original y la pierna de Ramón, y torció hacia la cafetería. Al lado de la máquina expendedora había un hueco tapado por una papelera. Un hueco en el que cabía si se agachaba.

Bingo.

Ramón llegó a la cafetería, a la zona de las máquinas, y para alivio de la asesina no la vio en el hueco. Avanzó por ahí y se metió en el comedor.

—Rubitaaaa —llamaba—. Sal de tu escondite. Sé que estás ahí, sal. Terminemos con esto. Sal.

Pero la chica ya había salido del hueco y avanzaba hacia él, sigilosa, como un ninja, con el hacha en alto.

Él se había parado en la puerta del comedor, extrañado por no encontrarla.

Vio entonces una puerta al fondo, y pensó que se había metido allí.

La llamó entre risas y ladeó la cabeza como una muñeca diabólica que buscaba a su presa.

Ah, pero su presa no era en absoluto como las rubias de las pelis de terror. Era rubia, pero no gilipollas. Solo tenía el pelo amarillo.

Alzó el hacha, sonrió mostrando los colmillos y dijo:

—Cu-cú.

Asestó un golpe directo que cortó gran parte del torso del hombre.

Él se dobló de dolor y se abrazó para mantener la piel junta.

La asesina sonrió, apoyó el hacha en la pared y recogió la flecha, que había caído al suelo.

Ramón, con un brazo, le lanzó un cuchillo que le dio en el bazo, pero ella ni se inmutó. Solo se rio.

—Ha sido una pelea magnífica, Ramón, de verdad. Pero tengo que matarte.

El bazo estalló y el cuerpo de la asesina se tambaleó y cayó; notó la sangre fluir por el interior de su cuerpo y salirle por los orificios faciales.

Ramón sonrió un poco. Ella gruñó, pero no dejó ver que le dolía en exceso.

En su lugar, se levantó, se sacó la botella del bolsillo y la destapó con un golpe de pulgar.

—Vaya, vas a hacer que me ponga seria y todo. Eso es todo un mérito.

Se vertió el contenido en la garganta. Bastaron dos gotas, y la sangre se escurrió por su cuerpo, y aunque al principio sintió un ardor y una acidez casi insoportables, su fuerza creció en cuestión de segundos.

Se notó más ágil, más descansada y con menos moral.

Iba a destrozar al hombre. Con solo dos gotas.

Gracias, Satty.

Se guardó el resto en el bolsillo, para luego, y saltó a por Ramón, que no sabía que aquel líquido era la sangre de Satanás.

Lo derribó sin apenas esfuerzo, alzó la flecha, y la bajó para darle en la cara.

Él giró la cabeza y pudo esquivarlo por un pelo, pero la flecha le rebanó gran parte de la oreja.

Otra herida más.

Las piernas de Ramón lucharon por sacarlo de allí, dio patadas, se sacudió, y cuando la asesina alzó de nuevo los brazos, consiguió levantar el tronco y darle un cabezazo en el estómago.

El aire se le cortó, no tanto como era de esperar, pero bastó para que él se moviera y saliera de debajo.

La asesina gruñó, un poco molesta. O ella estaba siendo muy mala o él era muy bueno, porque no era la primera vez que la esquivaba así.

Ambos se miraron, cansados y furiosos. Ella estaba bien, la sangre hacía su efecto y se recomponía; él estaba herido y cansado, la pelea estaba durando más de lo que le gustaría y su oponente era muy buena. Jadeó, pero sonrió.

—¿De qué te ríes, Ramón?

—¿No te falta algo? —preguntó él.

La asesina miró a su contrincante, notó que la tensión abandonaba su cuerpo cuando vio que él tenía la flecha. Se miró las manos, asustada. ¿Cuándo diantres se la había quitado? ¿Cuándo? Ni siquiera se había dado cuenta, no…

—¿Cómo? —siseó.