28. ¿Quién va a matar a quién…
La asesina llegó a la Facultad de Psicología en menos de media hora.
Subió la cuesta y entró en la plaza Feijoo, que por alguna extraña razón estaba vacía.
Era viernes a las doce de la mañana, pero no había un solo estudiante allí.
Por unos segundos pensó que aquel horrible coro volvería a sonar, pero ni siquiera la flecha en su bolsillo se movía. Todo estaba normal.
Entró en el edificio que tenía las luces apagadas, y la puerta se cerró tras ella con un portazo demasiado fuerte que la sobresaltó. Se giró y tiró, pero no pudo abrirla. Tiró más veces, con fuerza, pero fue inútil. Estaba encerrada.
La habían encerrado.
—Sabía que vendrías tú. Ese cobardica no tiene los huevos para aparecer.
Se giró, alertada, y vio a Ramón Álvarez de pie en las escaleras de mármol, justo frente a las vidrieras que hacían de ventana. La luz del día pasaba por los cristales de colores y lo alumbraba por detrás como si fuera una deidad.
Una deidad que venía a matarla.
—Ese cobardica se ha ofrecido a luchar contra ti, pero fui yo quien le dijo que no.
—¿Y por qué? —preguntó Ramón—. ¿No es mejor que muera otro?
—Aquí solo morirás tú, y mejor me encargo yo de que así sea.
—¿Solo yo? ¿Qué te hace estar tan segura?
—Tengo lo que puede matarte justo aquí —dijo ella, pero no sacó la flecha—. ¿Y tú? ¿Qué tienes?
—Eso también puede matarte a ti, ¿cierto? Estás nerviosa, lo puedo ver, sabes que no estás a salvo. Hace no mucho leí sobre esa flecha, leí que era la única cosa capaz de matar a un demonio rubio, de ojos rojos, que tenía apariencia de mujer. Y mírate, aquí estás.
—No te confíes tanto; tú también puedes morir, y yo no soy un demonio —dijo la chica.
—Debiste quedarte en casa y no arriesgarte tanto por Lucas. No merece la pena. ¿Por qué?
—Es mi amigo —le dijo ella—. Es la única persona capaz de hacerme sentir empatía. No permitiré que lo mates. Deja de hacerme perder el tiempo y atácame.
Ramón soltó una risotada y saltó de las escaleras como si fuera un animal.
La chica lo vio venir y se alejó hacia la izquierda, se deslizó por el suelo y esquivó el ataque con facilidad.
Ramón cayó sobre la puerta, aunque pudo bloquear el impacto con ambas manos y no sufrió daño.
La asesina cogió uno de los cuchillos que llevaba en el cinturón y se acercó a él.
Pensó en sacar la flecha e intentar clavársela, pero antes tendría que cansarlo un poco. El cabrón tenía buenos reflejos.
Él volvió a intentar atacar, y se dio cuenta, horrorizada, de que tenía un hacha en la mano.
El acero chocó contra el brazo de la joven, pero bastó un giro para que el impacto quedase en un golpe mínimo.
El hacha no había terminado su trayectoria, seguía en movimiento, así que la asesina tuvo que interponer el cuchillo entre el arma y ella para que no la cortara a la mitad.
Ramón se sorprendió por la rapidez de movimientos de su rival, pero no dio prueba de ello.
No podía parecer asustado ni intimidado.
Aunque estuviera con alguien que le llevaba quinientos años de ventaja.
El cuchillo bloqueó el hacha, tiró de ella hacia arriba y aprovechó el hueco que esta dejó para clavarse con fuerza en el pecho del hombre.
El arma atravesó el corazón y Ramón se tambaleó.
Antes de caer desplomado, lanzó un último golpe, y como la chica estaba pegada a él, el hacha le cortó el brazo derecho.
Ambos se alejaron el uno del otro, Ramón se quitó el cuchillo del pecho, de la herida chorreó sangre durante unos segundos y luego se cerró; y ella se tocó el lugar donde antes había un brazo.
Su piel se empezó a extender y se regeneró enseguida.
Ramón sonrió, él seguía con el hacha y el arma de su contrincante estaba a sus pies; ella no se inmutó, sacó otro cuchillo y saltó a por él.
Ramón alzó el hacha e intentó partirla en dos, pero ella había dado una pirueta en el aire y el hacha falló.
Sin llegar a aterrizar, extendió el brazo y clavó el cuchillo en la nuca de su rival, justo en la médula.
Él se quedó paralizado, y ella sacó su arma y aterrizó.
El golpe lo había dejado paralizado, así que tenía unos segundos de ventaja.
Lo tiró al suelo, le apuñaló varias veces más en la nuca, se salpicó de su sangre, y cuando Ramón dejó de chillar, sacó la flecha.
Es ahora. Qué fácil me lo ha puesto, por Dios.
Ramón, pese a todo el dolor que sentía, notó la presencia de la flecha.
Se acercaba su fin. Frunció el ceño, gruñó y cuando la asesina estaba a segundos de apuñalarlo de muerte, su cuerpo logró algo de movilidad.
Dio un brusco giro y la desestabilizó. Con otro tirón la hizo caer al suelo, aún con la flecha en la mano.
Ya se la quitaría luego, ahora se debía centrar en regenerar su cuerpo.
Desde el suelo, la asesina gruñó, se había dado en la cabeza con la barandilla de las escaleras y veía borroso.
Ese golpe hubiera matado o paralizado a un humano normal, así que le llevaría unos segundos recuperarse.
Escondió la flecha como pudo, Ramón no podía quitársela, y mientras notaba el crujido de los huesos colocándose en sus sitios de nuevo, vio que su rival se acercaba. El hacha goteaba sangre.
—Dame la flecha y no te mataré.
La asesina notó el último espasmo, y aunque el dolor no había desaparecido del todo, mostró los dientes en una sonrisa feroz.
—Quítamela.
Ramón le lanzó un hachazo, pero ella se escabulló de allí y el hacha se incrustó en la barandilla.
Entre que la sacaba y no, la asesina se deslizó por el reluciente suelo de mármol y le cortó una pierna.
El hombre se desestabilizó y cayó a un lado, junto a su pierna cercenada.
Se asustó un poco, una cosa era cortarle un brazo a alguien desde la articulación con el hombro con un hachazo, y otra muy diferente era amputar una pierna a cuchillo, y desde el hueso; le había partido el fémur. Con un cuchillo.
La herida empezó a escocer, la sangre estalló, roja, viva, que salía al ritmo de los latidos de Ramón.
El hueso, partido y astillado, asomó del muñón.
El cuerpo tembló y se desplomó en el suelo, víctima del horrible dolor.
Ramón sentía que alguien le metía una vara al rojo vivo en la herida y que hurgaba, la movía y amasaba la carne sin tregua.
Gritó, presa de dolor, y la asesina fue hacia él, otra vez con la flecha en la mano. La pierna empezaba a regenerarse.
—¿Duele?
—¡Hija de la gran puta!
—Ah, eso es un sí.
Ramón cogió el hacha, que ya había desenganchado, y se lo lanzó.
Ella lo esquivó por poco. Avanzó hacia él, se subió encima y trató de clavarle la flecha en el corazón, pero él alargó un brazo y la sujetó.
Ella hizo fuerza, decidida a acabar con él, forzó y forzó, apretó los dientes y empujó hacia abajo.
Él tiró hacia arriba, mientras su otra mano buscaba a su alrededor, un cuchillo había caído cerca.
Cuando encontró lo que buscaba, lo sujetó y lanzó hacia su agresora.
Le atravesó la parte baja de la mandíbula de un golpe recto y fuerte.
La punta del cuchillo sobresalió por la boca de su dueña y ella se quedó quieta unos segundos, ahogada por su propia sangre que le inundaba la garganta.
Sin soltar la flecha, intentó salir de allí, pero Ramón tenía bien sujeto el cuchillo, no la iba a dejar escapar tan fácilmente.
Entonces cambió la estrategia. Aun con su propia arma en la boca, siguió con sus intentos de clavarle la flecha a su rival.
Dolía, notaba la mandíbula escocer como si ardiera, pero no podía dejarse llevar por un dolor que desaparecería en poco tiempo.
Ramón usó su otro brazo para parar los ataques de la flecha e intentó dirigirlos a su atacante.
Ella tenía la cabeza sujeta en una única posición e iba prácticamente a ciegas, pero no se rindió.
Ramón intentó hacer más daño y trató de mover el cuchillo hasta la garganta de la chica, y ella logró zafarse.
Se tiró sobre él, furiosa, y le inmovilizó el brazo con el puñal.
Notaba la sangre caer a chorros, en un doloroso latido, la boca se le adormecía y notaba que la mandíbula se le abría.
Una vez más, no se dejó tumbar, sino que se tragó el dolor y luchó contra su rival.
Le intentó clavar la flecha en el cuello, pero él alzó su pierna ya recompuesta y le golpeó la parte baja del vientre.
Ella se encogió de dolor, y él la lanzó lejos de él y echó a correr escaleras arriba.
Apenas se recuperó del golpe, la asesina recogió el cuchillo, cogió el hacha y subió tras él.
Seguía con la flecha en la mano, la ventaja era suya.
No sabía dónde estaba su rival, pero pudo adivinarlo por el reguero de sangre que había por el pasillo.
¿Sangraba todavía? Se suponía que todas sus heridas estaban cerradas. Entonces, ¿por qué sangraba?
Se congeló a mitad de las escaleras, y algo le hizo mirar la flecha. La punta tenía sangre. Poca, pero tenía. Sangre que, por supuesto, no era suya.
Le has dado.
Has conseguido darle.
Lo tienes, lo tienes.
Ahora sigue. Mátalo, acaba con él. Salva a Lucas.
Siguió el reguero e intentó adivinar dónde le había dado.
Tuvo que ser en la parte superior, eso estaba claro.
Seguramente fue mientras él se la quitaba de encima, le debió de dar en un brazo o tronco.
Le dio igual dónde, la cosa era que le había dado y que la herida sangraba todavía y le daba pistas de dónde estaba escondido Ramón.
La sangre no se quedó en la primera planta, sino que subía hasta los despachos.
La asesina siguió el rastro y cuando este murió ante una puerta cerrada, la del despacho 320, la abrió de una patada.
Ramón estaba allí, tras la mesa, con la camisa remangada y un pañuelo a modo de venda en el brazo derecho.
Touché.