27. Volveré #3
Subió a prepararse. Laura la siguió escaleras arriba, pero no fue capaz de decirle nada hasta que estuvieron las dos en la buhardilla. Se apoyó en el marco de la puerta, vio cómo Verónica recogía el paraguas verde, reunía provisiones y buscaba sus botas, y le dijo:
—No mueras, Verónica.
Vero suspiró, y no se giró. No quería mentirle a Laura a la cara. O al menos, no quería mirarle mientras lo hacía.
—Irá bien. Volveré.
—Fui una estúpida al no hablarte antes —musitó Laura—. Y ahora que me atreví a hacerlo, te vas a enfrentar a un demonio que devora almas. Perdóname.
—Aunque haya sido poco, me ha gustado pasar estos días contigo —dijo Verónica—. Cuando vuelva, me tomaré unas vacaciones, ¿qué te parece? Podemos ir a la playa.
—Pero odias la arena.
—Lo sé, pero a ti te gusta, ¿no?
—Cuando vuelvas, nos vamos a la playa del Dique. No tiene arena.
—Luanco —musitó Verónica con una sonrisa—. Está bien, entonces no tardaré mucho.
Se colgó el paraguas en la espalda, se ató los cordones y se puso en pie.
Laura la miró como quien mira a una estatua en un museo; cautivada por su esencia y belleza, pero que sabía que no la volvería a ver.
Intentó memorizar todos sus rasgos, sus ojos morados y vacíos, su tez pálida, e incluso la cicatriz que le cruzaba la cara.
Lo memorizó todo, quería poder verla a todas horas, hasta cuando ya no estuviera.
Verónica la abrazó, intentando transmitir seguridad pero a la vez intentó conseguirla.
No quería morir, tenía muchas cosas aún por hacer, tenía miedo.
Ambas disfrutaron de ese abrazo como si fuera el primero y a la vez el último que se daban.
Fue largo, duró varios minutos, ninguna se dijo nada, al menos no con palabras.
Gracias por haber sido mi amiga, Laura.
Gracias a ti por haberme dado la oportunidad de serlo, Verónica.
Se separaron y se miraron a los ojos, Laura tenía los suyos llenos de lágrimas. Verónica sonrió, y sin soltarle la cintura le apartó el pelo de la cara con la mano libre y le dio un beso suave y tierno en la frente.
—Volveré.
La asesina se terminó el café y dejó la taza en el fregadero. Ya la guardaría más tarde, si es que volvía. Belial y Lucas estaban allí con ella.
—Entonces está en la facultad, ¿cierto? —preguntó la chica sin levantar la mirada de la taza.
—Sí —dijo Lucas—. Yo ya estoy terminando el doctorado, así que el suyo empezará el año que viene y tiene que matricularse y todo eso. De verdad, deja que luche yo. Ya has hecho mucho por mí.
—Te matará. Tú eres mortal y lo que a nosotros nos hace cosquillas a ti te destroza. Está bien, Lucas —le dijo ella, y le sonrió—. Lo haré yo y tú podrás seguir vivo.
—Si funciona, fundaré una clínica y la llamaré como tú —prometió el logopeda—. Gracias por ayudarme tanto. De verdad.
La asesina fue hacia él y le pasó la mano por el pelo. Belial no pudo evitar sonreír al ver que la chica tenía un gesto cariñoso con alguien que no fuera él. No se sintió celoso, confiaba en ella; en realidad le hacía feliz ver esos pequeños gestos con más gente.
Estás recuperando tu humanidad, rubita mía. Por fin.
—Voy a prepararme —dijo ella—. Os veré luego, ¿vale? Satty, cuida de Lucas.
La asesina se vistió como solía hacer, se llenó el cinturón de armas blancas y cogió la flecha envuelta en un pañuelo.
Se seguía burlando de ella, pero no la escuchaba.
Estaba demasiado ocupada para darse cuenta.
Se peinó y cogió las llaves de la moto. Los dos hombres fueron a despedirla a la puerta como si fuera un soldado que marcha a la guerra.
—Ten cuidado, por favor —pidió Lucas—. Por favor.
Ella le sonrió.
—Tranquilo, me he enfrentado a cosas peores. Satty, ¿me acompañas?
Lucas los vio abrir la puerta y salir al rellano, y justo cuando el ascensor llegó al piso, salió de la casa y se lanzó a los brazos de la asesina. Ella lo recibió, un poco extrañada, pero no le hizo apartarse.
—Estaré bien, Wakanda. No te preocupes por mí, ¿vale?
—Por favor, vuelve. Necesito que veas mi clínica, no solo ponerle tu nombre.
—Tranquilo, tranquilo. Volveré, ¿sí? Voy a volver y nos reiremos de Ramón, estaré en esa clínica tuya y veré como te haces famoso en el logomundo . Volveré, Wakanda.
—Por favor.
—Entra en casa, ¿vale? Satty subirá ahora contigo y me esperaréis aquí los dos.
Lucas se separó y asintió, y ella le sonrió y le acarició el pelo con cariño. Ella también estaba asustada, pero intentó, en ese mimo, transmitir la mayor seguridad posible. Intentaría volver, pasara lo que pasara. Lucas le había dado la oportunidad de salvar una vida, y la aprovecharía.
—Te veo luego, Conguito.
Y ella y el Diablo salieron de allí. Lucas se quedó solo en la casa, con el corazón en un puño y un nudo en la garganta.
Si la asesina no conseguía acabar con Ramón, él moriría ese mismo día.
Estaba a pocas horas de la muerte, aunque él no la quería y todos a su alrededor decían que no era justa, que merecía vivir más.
El miedo y la angustia le crecían en el pecho y se extendían por su cuerpo, pero no pudieron tumbarlo.
Estaba asustado y le dolía el estómago de los nervios, pero otra sensación las combatía.
Algo dentro de él le aseguraba, constantemente como un disco rayado, que todo saldría bien.
Está experimentada. Sabe luchar. Tiene la flecha.
Lo va a hacer bien. Alguien que duda de si lo logrará o no, no se arriesgaría a tanto por alguien a quien conoce desde hace una semana, ¿verdad?
No, está segura de que lo hará bien. Vas a vivir, Lucas, ya lo verás.
Todo irá bien. Confía en ella, confía. Sobrevivirás.
Y aunque el miedo seguía allí, Lucas se aferró a esa esperanza.
Belial acompañó a su chica hasta el portal. Bajaron juntos las escaleras hasta la calle, en completo silencio, y cuando la asesina se adelantó para salir del edificio, él le cogió la mano.
—Espera.
—¿Sí?
—Tengo algo para ti.
—¿Es un anillo? —preguntó ella de broma, como último recurso para quitarse la tensión de encima.
—Ese te lo daré cuando vuelvas —le dijo Belial, y se sacó del bolsillo del traje una botellita pequeña con un líquido rojo—. Toma.
—Uh, ¿sangre?
—Es mía, te dará fuerzas, como si fuera un plus.
Aunque no puedo mojarme mucho en esto, me niego a no ayudarte.
Bébela antes de enfrentarte a él, te ayudará.
Resistirás más y serás más rápida. Sé que has bebido sangre humana algunas veces y conoces el sabor, pero esta no sabe tan metálica. Será más ácida.
—Gracias, Satty —dijo ella, y se guardó la botella en el bolsillo.
—Lo harás bien —le dijo él—. Nosotros te esperamos aquí, ¿vale?
Ella le sonrió con los ojos cerrados y la boca abierta, en una expresión feliz y tranquila. Belial no pudo hacerlo, no pudo sonreír de vuelta. Estaba paralizado ante ella, congelado por lo que veía.
¿Siempre fuiste así de hermosa? ¿Siempre provocaste esto en mí? ¿O es que soy yo que no fui capaz de darme cuenta hasta ahora?
Desde el primer momento la chica le había llamado la atención y por eso había accedido de tan buena gana al pacto.
Le había resultado muy curiosa, en especial por toda la maldad que llevaba dentro, por esas ganas de matar y de hacer daño a la gente.
Por eso no se había limitado al pacto, sino que le había seguido la pista de cerca, había estado atento a sus movimientos y cuando la curiosidad aumentó, se apareció ante ella y empezaron los encuentros casuales.
Él siempre creyó que se había enamorado de la maldad que habitaba en la chica y que por eso la quería tanto, pero en aquel momento se dio cuenta de que no podía estar más equivocado.
Si el corazón te late muy rápido, te pones nervioso y no eres capaz de dejar de admirar a esa persona, no solo te has enamorado de una parte de ella. Sino de ella, sin más. Por completo.
—Eh, De la Niebla —le dijo minutos más tarde, después de que ella le diera un beso de despedida—. Acaba con él.
La asesina, que ya estaba cerca de su moto, se giró y ladeó la cabeza, sin borrar la sonrisa. Alzó una mano y la agitó, se despedía.
—¡Volveré!
Dios te oiga, rubita, Dios te oiga.