¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 27. Volveré #2
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27. Volveré #2

—A ver, algunas tuve, sí… Pero pocas y poco tiempo.

Nunca se metieron conmigo ni nada, no me malinterpretes, yo en el cole estaba muy tranquila; pero es verdad que lo mío no eran las amigas.

Tuve un grupo de pequeña, pero nos separamos y yo me seguí llevando con una de ellas, pero ella pronto encontró a otro grupo y yo pasé a un segundo plano.

Intenté hacer más amigas, no quedarme sola en los recreos, pero siempre preferían ir con otra gente o dejar de hablarme de un día a otro.

No les culpo, no es fácil lidiar conmigo, y menos siendo niñas pequeñas.

Me centro en los recuerdos, en lo que aprendí con ellas y con eso me basta.

—Oh…

—No sé, supongo que no se me da bien mantener a la gente a mi lado —musitó Verónica, y se encogió de hombros.

No lo decía por hacerse la víctima, por dar pena o por hacer quedar mal a los demás, sino porque así lo sentía, y no veía nada de malo en ello.

Sí, le habría gustado poder tener una mejor amiga toda su vida, claro que sí, pero no había sido así y no tenía sentido llorar por eso.

Lo asumió, se dedicó a su trabajo y todos contentos.

Laura, que siempre tuvo todo lo que Verónica no pudo conseguir y nunca lo había valorado hasta ese preciso momento, sintió un torrente de pena por ella.

Se deslizó despacio por el colchón y se le acercó. Quería abrazarla.

Murmuró un «¿puedo?», y Verónica asintió y se dejó abrazar. Al principio el tacto se le hizo extraño, pero tras unos segundos correspondió al abrazo y apoyó la cabeza en el hombro de Laura.

—Yo soy tu amiga, Vero —susurró ella—. He llegado tarde, muy tarde, pero soy tu amiga. Estoy y estaré aquí para ti, pase lo que pase. Siento no haber estado antes.

—Estabas —murmuró Vero—. Cuando tenía que pasarme todos los recreos explicándote inglés y física, no me sentía sola y en cierto modo me divertía. Nunca te conté ningún problema mío, cierto, pero me sentía acompañada. No te disculpes por nada, Laura, no hiciste nada mal.

—Después de graduarnos dejé de hablarte.

—Perdimos el contacto —corrigió Vero—. Pero mira qué rápido viniste a hablar conmigo y me invitaste a tu fiesta cuando me viste por la calle.

Cruzaste la calle en rojo para hablarme, y te acordaste de todas mis manías a la hora de organizar la fiesta.

¿Crees que no veo esas cosas? De todos ellos, fuiste la que más estuvo. Siempre fuiste tú.

Laura no pudo decir nada, solo estrechó con más fuerza el cuerpo de su amiga.

Vero cerró los ojos y sonrió, aquel abrazo ya no era incómodo en absoluto y deseó que no acabase nunca.

Seguía triste por la muerte de su abuela y un poco inquieta por haber hablado de su pasado, pero entre los brazos de Laura lo malo no podría hacerle nada, era inmune y estaba protegida.

Se sentía cuidada.

—¿Quieres dormir un poco más, Laura? —preguntó tras unos minutos—. Yo mañana madrugo porque tengo que trabajar, pero tú puedes quedarte durmiendo si quieres.

—Me levantaré contigo —dijo Laura, y se separó despacio—. Y así te dejaré tranquila.

—Si te quieres quedar en casa mientras no estoy, puedes hacerlo. No me molestas aquí, me… me gusta tu compañía, la verdad.

—¿Pero no quieres llegar a casa después de trabajar y estar sola?

Eso es lo que menos quiero.

—No. La verdad que no.

Laura asintió.

—Entonces me quedaré hasta que quieras echarme.

Ambas se metieron en la cama, aún quedaban unas horas para que tuvieran que levantarse y no querían desaprovecharlas.

Velten, que estaba en el suelo, se levantó y se tumbó sobre el colchón, a los pies de la cama.

Hizo contacto visual con la cazadora para pedirle permiso y quedarse allí, y ella asintió; jamás le había negado comodidad a un ojo.

Solo entonces el gato se acurrucó y se durmió.

Vero cerró los ojos y pensó que no hablaría más, pero entonces los brazos de Laura la rodearon y escuchó su nombre.

—Vero.

—¿Qué?

—Esa cicatriz te queda bien.

No era lo que esperaba escuchar, siendo sinceros. Le pareció un cumplido raro, pero era un cumplido al fin y al cabo. Alzó la vista a su amiga, que la miraba con una sonrisa cálida. Vero asintió, se acurrucó contra su pecho y le dijo:

—Gracias, ya no me disgusta tanto.

Más adelante por la mañana, se levantaron y mientras Laura preparaba el café del desayuno, Verónica fue a despertar a Almudena.

Esta lloró, gritó y se negó a creer la muerte de sus padres durante largo rato, pero al final se limitó a sollozar abrazada a su amiga, quien lo hacía lo mejor que podía para consolarla.

—Lo siento, Almu, de verdad. Lo siento.

Perdón por no haber estado ahí. Perdón por no haber podido protegerlos. Perdóname, Almudena, perdóname.

—Están muertos…

—Lo sé, lo sé, lo siento. Piensa que… piensa que ahora están bien, en un lugar…

—¡No me digas esas gilipolleces ahora! —gritó Almudena entonces, y se separó de su amiga—.

¿¡De verdad quieres que piense que mis padres están en un lugar mejor!

? ¡Deberían estar en casa, mierda! ¡En casa, haciendo del desayuno, o vistiéndose para trabajar, o en cualquier cosa, no en un puto lugar mejor! ¡Acaban de morirse!

—Perdona, Almu…

Algunas personas reaccionan con rabia y furia , recordó Verónica, que no iba a echarle nada en cara por fuerte que fuera. Está bien, que la libere toda, aunque sea contra mí.

—Para ti es fácil, ¿no? —preguntó Almudena.

—¿A qué te refieres?

—Es fácil decir a otros qué hacer cuando los suyos mueren, ¿verdad, Vero?

«Oh, no llores, están en un lugar mejor, ya no sufren, oh…

» Es fácil decir eso cuando no te importa nada ni nadie, ¿cierto?

¿Qué vas a saber tú de lo que se sufre cuando alguien a quien quieres con toda tu alma muere y no puedes evitarlo?

¡No tienes ni idea de nada! ¡Nunca has perdido a nadie!

¡No te importa nada, te da lo mismo que la gente se muera, para ti son solo números!

¡Si por ti fuera, vivirías en un mundo donde la humanidad se habría extinguido!

¡Porque no te importa nadie! ¿Sabes lo que es eso, Vero?

¿¡Sabes lo que eres!? ¡Eres una egoísta!

¡Todo el día farfullando que quieres ser sorda, que no te gusta la gente, que no estás de humor… !

Verónica notó cada palabra clavarse en ella con la misma fuerza que un proyectil.

No la culpó, no le echó en cara ninguna de las barbaridades que estaba diciendo su amiga, ni tampoco intentó defenderse.

Dejó que el aluvión de críticas injustas cayera sobre ella, porque Almudena estaba dolida, enfadada y triste, y quería que lo soltase todo.

Si tenía que insultarla durante horas, que lo hiciera, pero que no se guardase nada para dentro.

Le dio igual lo que le dijera, no le dio importancia a que la estuvieran tachando de egoísta. Porque sabía que no lo era.

Tampoco intentó decirle que había perdido a su abuela, que había sido como una madre y una maestra, hacía unas horas; ni que cada día perdía cientos de compañeros en todo el mundo por culpa de los monstruos que tanto se esmeraba en cazar para proteger a toda esa gente que no le gustaba. No se defendió.

—Lo siento, Almu —dijo sin más.

Almudena dejó de llorar, cayó en la cuenta de todo lo que le había dicho a la persona que se había cruzado la ciudad en minutos porque sus padres habían muerto, que le había dado una cama en su casa y que había intentado consolarla pese a no saber cómo tratar con la gente.

Era la segunda vez esa semana que cargaba contra Verónica sin mirar todo lo que estaba haciendo por ella.

—Joder. Perdóname, Vero… —sollozó cuando se dio cuenta.

—Está bien, Almu. Es comprensible.

—Pero no mereces que te trate así. De todos, eres la única que me ha ayudado de verdad, y yo voy y…

—Está bien, de verdad —asintió la cazadora—. No pasa nada. ¿Lo has soltado todo?

Almudena siguió pidiendo perdón un buen rato, pero Verónica le perdonó y excusó todo.

—Solo dime una cosa, Verónica —dijo Almudena cuando por fin logró tranquilizarse. Una sola.

—Dime.

—El que mató a mis padres fue el mismo que mató a José, ¿verdad?

—Sí.

—Lo sabía. —Almudena dejó de llorar. Las lágrimas se le cortaron—. ¿Lo has encontrado?

—Lo he visto —asintió Verónica—. Hoy me enfrentaré con él.

—Mátalo. Acaba con él antes de que mate a más gente. Que no pase de hoy, por favor.

—No lo hará —aseguró Verónica—. Me encargaré de él. Te lo prometo, Almu.

Aunque me muera. Lo mataré.

Almudena llamó a su tía para que fuera a buscarla, tenían un funeral que organizar.

Marisa fue tan rápido como su sobrina la llamó, y tras darle las gracias a Verónica por cuidar de Almu, se fueron de allí.

Vero las vio marchar con tristeza y cierta rabia.

Los padres de Almu no deberían haber muerto, nadie debería haberlo hecho.

—¿Vienes? —la voz de Laura le sacó de sus pensamientos—. Te he hecho comida.

—Voy —asintió Vero—. Y luego me tendré que ir a trabajar en cuanto vuelvan Noct o Dalia.

—Te enfrentarás a él hoy, ¿no? —preguntó Laura cuando ya estaban sentadas a la mesa.

—Sí, es mi última oportunidad de pararlo. Estaré bien.

—Prométeme que sobrevivirás, Vero —pidió Laura.

No puedo prometerte eso, Laura. Ojalá pudiera.

—Te lo prometo —dijo, pese a todo—. Si quieres podemos tomarnos una caña por la noche.

—Me encantaría.

En ese momento entró Noct por la ventana. La gaviota Dalia iba tras él, y ambos se posaron en la mesa donde las chicas desayunaban. Verónica dejó de comer —Laura le había hecho raviolis—, y esperó con paciencia la información.

—Mi señora —dijo Noct—. Ese demonio está en Oviedo. Se estuvo moviendo por la ciudad toda la noche y parte de la mañana, pero se acaba de asentar en la Iglesia de San Julián de los Prados. Está dormido ahora mismo. Es su oportunidad.

—Bien —dijo Verónica, y se puso en pie—. Entonces voy.