¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 27. Volveré
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27. Volveré

Noct despertó a Verónica, a Velten y a Laura a base de graznidos a las cinco de la mañana. El gato estaba dormido en el suelo, y las dos chicas en el sofá. En la mesa había una caja de pizza vacía y ambas se habían dormido sin siquiera cambiarse a algo de ropa más cómoda.

—¡Despierte, mi señora, despierte! —graznó el cuervo.

Verónica se levantó del pecho de Laura y se frotó los ojos. Estaba muy cómoda tumbada sobre su amiga, ¿de verdad tenía que levantarse? ¿Por qué? Estaba aturdida, como si todavía le faltaran un par de horas de sueño para un buen descanso. Noct siguió con sus graznidos.

—¡Despierteee!

—¿¡Qué pasa, Noct!? —musitó ella—. Dios, deja dormir, anda.

—¡El demonio se va hoy! —le dijo el cuervo mientras le picaba la oreja—. ¡Es su última oportunidad!

—¿Lo has visto? —preguntó la cazadora.

—He mandado a Dalia a investigar mientras yo venía a avisarla.

—¡Noct, para darme información a medias, mejor termina de investigar y me lo cuentas todo! Ve con Dalia y vuelve cuando lo sepas todo, anda.

—¿Usted qué hará?

—Seguir durmiendo. ¡Vete!

El cuervo se fue, y Verónica volvió a dejar caer la cabeza sobre el pecho de Laura. Ella, aún medio dormida, le preguntó mientras le acariciaba el pelo:

—¿Tus amigos no son un poco raros?

—Noct es demasiado impulsivo —musitó Vero—. Por eso vino tan rápido en lugar de investigar. Perdón por el susto.

—No es nada. ¿Podemos seguir durmiendo?

—Por mis narices que sí. —Vero nunca antes había dormido tan cómoda—. Pero vamos para la cama, que el sofá te va a destrozar la espalda. Te quedaste dormida medio sentada y conmigo encima. Velten, ¿vienes?

Se pusieron en pie, pero Noct volvió y llamó a Verónica.

—Mi señora. ¿Puede venir un segundo?

El mundo se hizo añicos para la cazadora. El cuervo estaba sombrío, triste. Mandó subir al gato y a Laura, y se encerró en la cocina con Noct. Solo cuando se aseguró de que estaban solos, Vero dijo:

—Es mi abuela, ¿verdad?

—No quería darle la noticia ahora —admitió el cuervo—. No si además luego se enfrentará a un demonio. Pero creo que debería saberlo. Lo… lo lamento mucho, mi señora.

Verónica agachó la cabeza, con la sonrisa cálida de su güeli bien grabada en la memoria.

—¿Cuándo fue, Noct?

—Hará una hora. Estaba dormida, fue en paz, no sufrió nada.

La joven cazadora, con el corazón hecho pedazos, asintió.

Noct la miró con pena, a él también le había dolido la muerte de Emily Rooney.

Él era un simple ojo, su misión era acompañar a los cazadores y darles toda la información posible, no era amigo de ellos ni una mascota.

Pero con los Rooney siempre había sido mucho más cercano.

—Ahora está tranquila con Elisabeth —dijo Verónica, sin saber cómo podía salirle la voz—. Eso me consuela.

—Puede llorar si lo desea —dijo Noct—. Yo estoy aquí para consolarla.

—No, Noct, ahora no es momento de llorar —negó Verónica—. Es momento de… ahora tengo que pelear. Tengo que luchar y continuar el legado de mi abuela. Es mi misión.

—Ella está tan orgullosa de usted… —dijo el cuervo, triste.

Verónica fue hacia él y le acarició la cabeza.

Le sonrió con calidez. Noct ahogó algo que parecía un sollozo y cerró los ojos.

Él era un simple mensajero, una parte de los cazadores que los ayudaba en sus tareas.

Se suponía que era él quien debía consolar a Verónica, que acababa de perder a su abuela.

Pero no era capaz de ello, su cuerpo solo sentía tristeza.

Verónica lo supo, ella había perdido a una abuela, pero Noct había perdido a una compañera y amiga que llevaba en el gremio con él desde el siglo XV. No lo culpó ni le molestó consolarlo.

—Vamos, Noct —le susurró—. Acabemos con ese demonio, hagamos que esté orgullosa de nosotros, ¿vale?

Vamos a matarlo, ¿sí? Mañana lo mataremos, e iremos a despedirnos de ella con su cabeza como recuerdo.

Vamos a por él, Noct, pero no podemos flaquear ahora.

Acoge el dolor, interiorízalo y piensa en ella.

—Lo que ordene mi señora —musitó el cuervo—. Voy a investigar con Dalia. Por favor, acabe con ese demonio, por Emily.

—Por Emily, Noct. Por Emily.

—Mi señora —pidió entonces Noct—. Deje que cuide de usted, ¿vale? Llevo con usted desde que nació, no se encierre en sí misma, deje que por lo menos yo pueda ayudarla. Quiero estar pendiente de usted, quiero cuidarla. ¿Me concederá ese favor?

Verónica suspiró y se sentó en el suelo de la cocina abrazándose las rodillas. Quiso llorar, pero sabía que si subía con los ojos hinchados y enrojecidos, Laura la sometería a un diluvio de preguntas. Noct se subió a sus rodillas y la miró desde ahí.

—Mi señora, no espero que me considere su amigo ni su cuidador, usted ya es adulta y yo soy un simple ojo, pero…

—Para mí eres más que eso, Noct. No sé si la palabra amigo es la más adecuada, pero no eres un mensajero sin más. Llevas siglos en mi familia y sé que vivirás muchos más y seguirás acompañando a mis descendientes. Para mí eres alguien importante, no un simple ojo .

—Entonces déjeme pedirle que no se cierre. No se lo puede guardar todo, mi señora. Por favor, no se lo calle, si necesita algo, prométame que me lo pedirá.

Verónica no contestó.

—O al menos prométame que intentará sacarlo de alguna manera. Yo no la juzgaré, Dalia o Velten tampoco lo harán y estoy muy seguro de que esa dulce señorita que la espera en la planta de arriba tampoco. Por favor, prometa que al menos lo va a intentar.

—Vale, Noct —dijo Vero tras unos segundos de silencio. El cuervo tenía razón—. Está bien. Gracias por preocuparte, de verdad.

—Le traeré noticias nuevas —prometió el cuervo—. Usted suba y duerma, le vendrá bien y tiene a alguien que la espera.

—Acabemos con ese cabrón, Noct.

—Lo haremos, mi señora.

Noct se despidió y se fue. Verónica apagó las luces, dejó las botas en la entrada y subió a su cuarto.

Entró en la habitación de Almudena, y vio que la chica estaba bien, que seguía dormida y no había cambiado nada desde que la dejó allí.

Cerró la puerta y subió a su buhardilla.

Pensó que Laura se había dormido y que podría llorar un poco en silencio, pero su amiga estaba sentada en la cama, esperándola.

—¿Estás bien, Vero? —preguntó al verle la cara.

Verónica se encogió de hombros, incapaz de hablar.

Laura se levantó y se acercó despacio, quería que fuera Vero quien dijera si podía abrazarla o no.

La cazadora intentó aguantar el tipo, seguir firme y simulando que no le pasaba nada, pero entonces le llegó el recuerdo de su abuela, de su sonrisa, sus palabras cálidas, y se echó a temblar.

Mi abuela, la mujer que me crio, está muerta. Se ha ido.

Fue la propia Vero la que se lanzó a los brazos de Laura, que la acogieron con fuerza y cariño.

No lloró, no sollozó, solo cerró los ojos y esperó a que se le pasara el disgusto.

Tenía que centrarse en el día siguiente, no en la noticia que le acababa de dar Noct.

La abuela había muerto, pero por mucho que llorara no volvería. Se había ido.

Aunque se sentía frágil, vulnerable y pequeña, no quiso separarse.

También se veía protegida, entendida y cuidada, se sentía a salvo por primera vez.

El mundo se le caía encima, pero los brazos de su amiga hicieron de escudo, la hicieron olvidarse de lo malo y tranquilizarse.

Le dieron la paz que necesitaba en aquel caos.

A los pocos minutos se separó, se irguió y le sonrió a Laura.

—Gracias, lo necesitaba.

—¿Estás bien?

—Ah, sí, sí. Solo era el peso del día, a veces es demasiado. Estoy bien, Laura. ¿Vamos a dormir? Aún nos quedan un par de horas.

—Claro, te estaba esperando.

—¿Para qué? —preguntó Verónica mientras se cambiaba de ropa, de espaldas a Laura.

—Para saber que estabas bien de verdad —musitó ella, con la mirada clavada en el tatuaje de la espalda baja—. ¿Ese tatu…?

—Es magia, en realidad. —Verónica se puso una camiseta amplia y se giró—. Cuando un cadete se hace cazador y se le entrega su arma, se le hace una estampa mágica en un lugar del cuerpo. La marca que queda refleja el arma del cazador y la potencia de su magia, cuanto más brille, más poder.

—Por eso la tuya reluce, ¿no? ¿Duele?

—Me lo hicieron a los seis años, no lo recuerdo bien —contestó Vero, y se sentó en la cama—. Pero como todo el proceso mágico de mi vida, seguramente sí. Venga, ven, quiero dormir un poco más.

Laura asintió, no hizo más preguntas y se sentó en la cama junto a su amiga. Verónica dejó salir un suspiro bajo, al día siguiente se enfrentaría a Kagutsure, y era muy poco probable salir con vida de ahí.

—¿Estás bien de verdad? —preguntó Laura en un susurro—. Sabes que puedes contarme lo que necesites, ¿no? Somos amigas, Vero, si necesitas cualquier cosa, aquí me tienes.

Verónica suspiró.

—Es que me lo suelo guardar todo para mí, perdona.

—Eso es malo. No deberías tragarte todo, ¿sabes?

—Tampoco tenía a quién contárselo. No quería preocupar a… a mi abuela y tampoco tenía ninguna amiga. Podía mantener alguna conversación con alguien, sí, pero nunca tuve la confianza suficiente con nadie para poder contarle mis problemas.

—Pero eso…

—No tengo ningún trauma, ¿eh? —aclaró Verónica—. Solo asimilé que nunca llegaría a ese nivel de confianza con nadie, y ya estaba. Veía a las mejores amigas del alma, con esos colgantes a juego, que lo compartían todo, y yo sabía que nunca tendría una.

—¿Y no te daba pena? —preguntó Laura. No lo preguntó con mala intención, solo quería entender a Verónica. Al menos un poco más.

—Un poco, es como si te pusieran un dulce prohibido frente a los ojos. Sabes que no lo vas a conseguir nunca y lo asimilas, pero si lo ves día tras día, acabas teniendo ganas de él. Bah, llega un momento en el que te acostumbras.

—¿De verdad nunca tuviste amigas, Verónica?