26. Malditos sean los Rooney #3
Ella se enteró muchos años después de su muerte de que los cazadores de monstruos existían y que su marido había sido uno de ellos. Siempre creyó que la flecha había sido destruida.
La realidad era otra. Emily escondió la flecha que su padre le había dado, la guardó durante años y gracias a sus méritos como cazadora, se le sumaron muchos años en poco tiempo.
Conoció a un monje de apellido Feijoo siglos después, entablaron una profunda amistad y ella le confió la flecha, que él guardó y posteriormente se colgó en el laboratorio donde la asesina De la Niebla la encontró, quinientos años después.
En cuanto a los Rooney, el apellido fue portado por muchísima gente; la familia era de las más extensas de toda Europa y gran parte de la plantilla de los cazadores de monstruos estaba cubierta por ellos.
Los Rooney acababan con los monstruos como si fueran moscas, los familiares vivían todos juntos en una enorme mansión en Inglaterra donde entrenaban y se ocupaban de los monstruos del territorio europeo.
Las criaturas se vieron mermadas en cuestión de una década, y una mañana un gran grupo de ellas entró en la mansión Rooney y acabó con los que estaban allí; y otra criatura desconocida arrasó con los que trabajaban en la Europa continental.
La masacre acabó con prácticamente todos los Rooney del mundo.
Emily estaba en la mansión con su compañera de vida, y cuando los monstruos rompieron las ventanas y empezaron a asesinar a todo el que hubiera allí, las dos hicieron lo imposible por proteger a su familia y salvar a cuantos pudieran.
Los Rooney trataron de defenderse mientras los ojos recorrían las calles en busca de ayuda.
Para cuando los refuerzos llegaron y la masacre terminó, solo quedaban vivos cinco miembros de la familia: Emily Rooney; su amada Elisabeth; Amanda Wright–Rooney; y Caleb y Abby Rooney.
Los niños y los más jóvenes de la familia habían huido por la parte trasera, pero sus cuerpos descuartizados y desmembrados aparecieron un par de metros más allá de la puerta.
Algunos seguían vivos cuando los encontraron, pero murieron tras minutos de agonía.
De los cinco supervivientes solo Emily y Elisabeth eran adultas, Amanda acababa de cumplir dieciséis años y Caleb y Abby tenían trece.
Recibieron atención médica inmediata, pero Caleb y Abby habían entrado en un coma y murieron dos días después sin haber despertado.
Amanda se recuperó la primera, y cuando le dieron el alta médica, abandonó la organización de los cazadores de monstruos y huyó a Francia.
Utilizó el apellido Rooney como segundo, pero no lo eliminó.
Elisabeth y Emily se recuperaron, velaron a su familia masacrada y continuaron sus labores como cazadoras hasta su muerte.
La noticia de la masacre se extendió como la pólvora entre los monstruos y los cazadores.
La asesina De la Niebla, que había sido quien había acabado con la mayoría de los Rooney que estaban por Europa, se enteró de aquello y al principio no supo cómo sentirse.
La familia de Mateo —y un poco la suya, al fin y al cabo Mateo y ella jamás se divorciaron— había sido asesinada en brutales condiciones.
El espectáculo era tan salvaje que ni los cazadores con más estómago pudieron soportarlo y se tardó mucho más de lo debido en limpiar y vaciar la casa.
No se sintió del todo mal; los Rooney, la familia de su marido y sus mayores enemigos habían muerto y solo había quedado una con vida.
Pero tampoco estaba tranquila ni cómoda con aquello.
Una familia entera, de las más extensas del continente, había sido masacrada por monstruos de pesadilla.
Joder, en aquella mansión había niños y un par de mujeres embarazadas, y ningún monstruo había tenido piedad con ninguno de ellos.
Y sí, De la Niebla había conseguido ver la escena del crimen antes de que se empezara a limpiar todo. Y sí, había vomitado con violencia detrás de unos arbustos cuando vio los cadáveres de los familiares que pudo haber tenido de haber convivido más con Mateo abiertos y maltratados.
La asesina gruñó, enfadada, y abrió los ojos.
No podía dormir, por supuesto, y su mente decidía que era buena idea bombardearla con recuerdos.
No se sentó, se quedó quieta acurrucada entre los brazos de Belial, con la mirada clavada en el techo.
No quería revivir nada, no quería acordarse ahora de Mateo, de los Rooney, de su padre, de la puta flecha ni de aquel maldito militar que le abrió el vientre. No, no quería recordar eso.
Eso no.
Durante sus años de vida coincidió varias veces con Satanás y acabaron en el punto en el que estaban en ese momento.
Sus encuentros con el Diablo eran lo único que le gustaba recordar de su historia.
El resto era mejor olvidarlo. Había creído lograrlo, sumir en la oscuridad el recuerdo de los Rooney, de su pasado ensangrentado; había llegado a creer que no volvería a ver a ninguno.
Se equivocaba, por supuesto.
Malditos sean los Rooney.