26. Malditos sean los Rooney #2
Trató de pedir ayuda a gritos, esperando que alguien fuera a socorrer a una dama herida en la calle.
Abrió la boca y reunió sus últimas fuerzas para gritar, alguien tendría que oírla, quien fuera.
Pero no pudo pronunciar ni empezar a decir «¡ayuda!
» ; si alguien la oía e iba, se encontraría el cadáver de un hombre con un puñal en el pecho, y a ella con heridas de pelea.
Podría decir que la atacó él primero, que había intentado mancillar su honra, pero…
¿cómo justificaría el llevar un arma encima?
¿O saber luchar con armas, siendo mujer?
¿O haberle ganado a un viejo militar más grande y fuerte? ¿Suerte?
Iba a morir.
De pronto vio una sombra pasar cerca de ella. Salía de unas viejas ruinas, y se acercaba a la escena. Se paró justo delante de la moribunda, y la miró. Ella se estremeció un poco, la sombra vestía un traje elegante, tenía los ojos rojos y… cuernos. Cuernos de demonio.
—Qué cosas —dijo el hombre—. Siempre que vengo a por el alma de esta gente, el agresor no está. Vaya herida más fea te ha dejado.
—¿Eres el Diablo? —preguntó ella.
—¿No sientes miedo, humana? —preguntó él a su vez, y se agachó frente a ella—. Estás ante Satanás y no veo ninguna reacción. Claro que estás al borde de la muerte, no me extraña que no reacciones. ¿Duele?
—Mucho. Duele mucho.
—Bueno, esperaré a que mueras y me llevaré las dos almas. La tuya y la suya. Era alguien malvado, sin duda. Claro que no como tú, que tienes un sitio muy especial en el infierno, junto a tu padre. No le está gustando demasiado, eso sí.
Morir.
Sintió miedo por primera vez. No quería morir, ni quería ir al infierno y enfrentarse a las consecuencias de sus actos; quería matar, quería seguir con lo que tanto le gustaba. Pero no podía permitir que aquel individuo se la llevara al infierno.
—No quiero morir. No ahora.
—Te quedan minutos de vida, no puedes hacer nada —le dijo Satanás—. Lo siento.
Rápido, busca una solución, la que sea, ¡la que sea!
—¡Haré un pacto! —gritó entonces, y extendió la mano. La vida se le escapaba del cuerpo, la sangre salía y salía, no le quedaba apenas tiempo—. ¡Toma mi alma, quédatela, es tuya! ¡Pero déjame seguir matando!
—¿Perdona? —sonrió el Diablo, divertido.
—Que te quedes con mi alma —dijo la asesina, seria—. Pero deja que siga matando gente.
—¡Sí que eres perversa! Todos me piden seguir vivos , ¿pero tú quieres seguir matando? Está bien, de acuerdo —dijo Satanás, y estrechó la mano de la chica—. Te doy tu deseo a cambio de tu alma.
La herida empezó a curarse poco a poco, pero el dolor desapareció enseguida. La asesina se dio cuenta de que se regeneraba, cómo el cansancio abandonaba su cuerpo y era reemplazado por energía.
—Te he dado la inmortalidad a la que puede optar un ser humano —dijo Satanás, divertido. Aquella chica le resultaba curiosa e intrigante y quizá por eso no había hecho ninguna trampa con el pacto—. Solo una cosa en este mundo podrá matarte, serás inmune al resto.
—¿Qué cosa? —preguntó ella. Inmortalidad. No sonaba mal.
—La que escojas. Piensa bien, ¿qué eliges como tu causa de muerte?
Algo sobre lo que tenga control. Algo que sepa que no me matará nunca porque lo puedo controlar.
Recordó la vieja reliquia de su padre, una flecha con una L grabada en oro. La tenía a buen recaudo, nadie podría matarla con algo que tenía guardado. La nombró en voz alta. Satanás aceptó.
—Quiero que la gente sepa que estás viva gracias al Diablo —le dijo antes de irse—. Que vean lo que has hecho. Tendrás los ojos rojos como la sangre, como el infierno.
La asesina sintió dolor en los ojos, como si alguien le estuviera pinchando con mil agujas.
Cuando la sensación paró, el Diablo le tendió un espejo para que se mirase en él.
Sus ojos, antes de un hermoso azul, se habían vuelto de un rojo potente, demoníaco.
Si Satanás esperaba que se asustase, se quedó con las ganas, porque la joven le sonrió.
Aquella mujer no le tenía miedo a nada, más que a la propia muerte.
—Saluda a mi padre cuando vuelvas al infierno, Belial. Hazle saber que estoy más viva que nunca.
Volvió a casa y le contó lo ocurrido a su marido.
Él fingió que todo estaba bien, no le dio mucha importancia y se preocupó por ella, pero se le revolvieron las tripas.
Su mujer había sido capaz de llegar al punto de vender su alma solo para poder matar, y no podía estar menos tranquilo.
Se dijo que fingiría que aceptaba aquella decisión y ocultaría el miedo.
Entonces ella empezó a viajar. Recorría el país para matar, y se ausentaba días enteros, en los que Mateo respiraba tranquilo.
Se había vuelto más sombría, más fría y despiadada, y que no estuviera lo tranquilizaba bastante, aunque a él jamás le dirigió una mala mirada.
En uno de esos periodos de paz, un monstruo que él no creía real lo atacó mientras paseaba por la noche, pero apareció un hombre que lo salvó.
Así, Mateo Rooney conoció a los cazadores de monstruos, gente que utilizaba magia para acabar con las criaturas sobrenaturales que acechaban a la humanidad.
Se unió a ellos, pero no le dijo nada a su mujer, ni tampoco les habló de ella a sus compañeros.
En cierto momento ella le pidió que destruyera la flecha, ya que sentía miedo al tocarla, y se marchó a uno de esos viajes.
Él no la rompió, sino que la guardó, destrozó un palo y lo hizo pasar por la flecha.
Al principio lo hizo por puro instinto, y tras leer un manual acerca de pactos, demonios e inmortalidad, descubrió que había hecho bien al no romperla.
Tras un tiempo en la organización, Mateo se dio cuenta de que su sangre era muy fuerte y se adaptaba bien a la magia de los cazadores, por lo que se forzó a tener descendencia.
Se juntó con una mujer de también sangre fuerte y tuvieron una hija, Emily Rooney, que siguió con el legado de su padre.
La niña creció rápido, con la sangre fortalecida y las habilidades de sus padres.
A los pocos años mató a su primer monstruo e ingresó en la organización de cazadores de monstruos como se esperaba de ella.
Emily Rooney destacó entre sus compañeros y dotó al apellido del mayor prestigio del que jamás gozase un cazador. Se convirtió en leyenda, ella y su familia, pasada y futura.
Mateo Rooney murió a los ochenta y cinco años —bastante tarde para la época— en la cama de su casa, acompañado de su esposa, anormalmente joven.