26. Malditos sean los Rooney
La asesina cerró los ojos y trató de dormir. Había pasado el día tras la pista de Ramón, pero este había desaparecido y no hubo forma de encontrarlo. El muy cabrón se estaría escondiendo, y más después de que se anunciara la desaparición de la flecha de los laboratorios.
Cobarde.
Al día siguiente saldría pronto a por él y lo mataría. Pero en ese momento tenía que dormir, descansar y dejar de preocuparse por todo.
Rooney. Los Rooney…
La flecha.
Dio una vuelta en la cama, molesta. Belial, a su lado, la sujetó con los brazos y la atrajo hacia él, sabía que cuando empezaba a moverse necesitaba alguien que la mantuviera quieta. Suspiró, se acurrucó en el pecho del Diablo y trató de dejar la mente en blanco.
Pero si en seiscientos años nunca había podido hacerlo, tampoco lo iba a lograr esa noche.
España, 1499.
En el seno de la noble familia De la Niebla nació una pequeña niña.
Nació sana, muy fuerte y de belleza deslumbrante.
Creció feliz con sus padres, y la pequeña desarrolló un peculiar gusto por las artes y las lenguas, y también por la violencia.
Le gustaba ver peleas de animales, cuando su familia y ella paseaban por las calles y alguien se enfrentaba a otra persona, se quedaba mirando y se negaba a irse hasta que hubieran terminado, pedía ver las ejecuciones públicas y leía sobre guerras.
Nunca intentó hacer nada contra su familia, pese a su amor por el daño.
Su padre no era ajeno a eso, sabía de los gustos de su primogénita y en lugar de corregirla o castigarla, decidió instruirla.
La familia De la Niebla tenía una cara oculta a la sociedad que explicaba sus altos ingresos a pesar de sus derroches: el cabeza de familia, Leonardo de la Niebla, mataba por dinero.
Era discreto, usaba un pseudónimo e imponía condiciones muy concretas.
Al ver que su hija mayor había heredado el carácter violento de su padre y sabía disimularlo, casi tan bien como él, decidió llevarla a uno de sus encargos cuando la niña cumplió doce años (tras cuatro de entrenamiento) y dejó que fuera ella quien diese el golpe final.
Pensó que se asustaría al ser ella la causa de una muerte y no una espectadora, pero reaccionó con felicidad y entusiasmo; quería matar más.
Padre e hija, a espaldas del mundo y del resto de la familia, empezaron a trabajar juntos en el macabro negocio. La hija cambiaba de nombres, de rostros, de aspecto, se convirtió en la pesadilla más discreta para las vidas de los demás.
Los De la Niebla ayudaron a los familiares y amigos de las víctimas.
Pagaban funerales si ellos no podían permitírselo, ofrecían su casa como lugar para llorar a los muertos, no cerraban la puerta a nadie y eran los que más fuerte rezaban para acabar con aquella maldición.
Por las noches, a veces él y otras veces ella, salían y acababan con las vidas que más dinero les dieran.
Pero pronto llegó la hora de que la primogénita De la Niebla desposase un hombre, y ella temía no poder esconder sus labores de su marido y futuros hijos, y tampoco quería unirse a nadie.
Su padre la había criado para ser una mujer independiente y solitaria, que usase las relaciones sociales en beneficio y no simple ocio.
Siempre se puede sacar provecho de todo lo que ocurra. Asegúrate de hacerlo así y no limitarte a disfrutar de las cosas. Eres mejor que ellos. Eres el verdugo de la sociedad. No disfrutes, aprovéchate.
El señor De la Niebla lo tenía en cuenta. Un día la mandó llamar a su despacho, una habitación de apariencia respetable y anodina pero con una sala secreta llena de armas y planes para dar muerte.
—¿Me llamabas, padre?
—Debes casarte. Es tu deber como mujer de alta sociedad, debo encontrarte un marido y debes casarte.
Es así. —La hija abrió la boca en una protesta que no salió, interrumpida por las palabras de su padre—.
Tú no deseas el matrimonio y yo no quiero entregarte a cualquiera que pueda descubrir nuestro negocio.
—No, padre, no lo quiero. Pero debo hacerlo, ¿cierto? Entonces, ¿qué más dará lo que queramos y lo que no? Las cosas deben ser como son.
—¿Qué te tengo dicho acerca de las situaciones?
Hay que buscar provecho en todo, ¿no, hija mía?
Has de saber que mi buen amigo Alberto Rooney ha descubierto que su hijo es un invertido que siente atracción y amor por hombres y no por las mujeres.
Lo hemos hablado entre los dos y hemos decidido casaros para cubrir las apariencias.
Dormiréis en habitaciones separadas y no os obligaremos a tener hijos, pero sí a ocultar su condición .
Tú no sabes nada de eso, es un matrimonio normal.
—Buena ventaja, padre. Veo por dónde vas.
—Eres digna hija mía, sin duda. Si el muchacho llega a sospechar de tus negocios privados conmigo, podremos usar su condición contra él y obligarlo a guardar silencio. Si nos molesta lo lanzaremos a los lobos. Te tendrá miedo por haberlo descubierto y cerrará la boca.
—No hay mejor ventaja que el miedo del contrario, ¿cierto, padre?
—Exactamente, hija mía.
—Está bien, padre, me casaré con él. De todas formas, el chico no me cae mal, creo que podré vivir en su misma casa. No reduciré mi trabajo, eso sí.
—No tenía ninguna duda de ello. Matrimonio zanjado, vamos a trabajar.
La boda entre la mujer De la Niebla y su prometido de ascendencia extranjera, Mateo Rooney, tuvo lugar sin incidentes y toda la ciudad felicitó a la nueva pareja.
Los dos mostraban un matrimonio feliz y estable en público, pero dentro de los muros de la unión, él iba por un lado y ella por otro.
Se llevaban bien, se hicieron amigos y disfrutaban de la compañía del otro, pero nunca llegaron a más, y aunque al principio Mateo Rooney se extrañaba de la falta de interés de su esposa, lo vio como algo bueno.
Lo que la joven De la Niebla no sabía, era que su esposo sufría de insomnio, y que cuando ella se escabullía por las noches, él era consciente.
En un principio pensó que su mujer, al igual que él, tenía un amante y no le dio importancia.
Pero tras varias noches en las que la vio llegar muy cansada, con la respiración alterada, no tan peinada y con algunas heridas discretas, descartó la idea de un amor clandestino.
Una noche la siguió. Ella salió de su casa, sin saber que su marido estaba cerca, y se dedicó a su oficio.
Al ver lo que hacía, alarmado, huyó del lugar antes de que su mujer lo advirtiera y volvió a casa.
Pensó en denunciarla, pero algo se lo impidió.
Esperó despierto y cuando su mujer entró por la puerta con aire totalmente inocente, la confrontó.
—Sé lo que has hecho—le dijo.
Ella no se mostró asustada. Ladeó la cabeza, arqueó las cejas y asintió.
—¿Y qué harás al respecto, Rooney?
Denunciarte. Tengo que avisar a la policía, a alguien. Duermo en la misma casa que una asesina. Ahora que lo sé… Me matará. Acabará conmigo y cubrirá el crimen como lleva haciendo todos estos años. No, no quiero morir. Tengo que ponerme a salvo como sea. Como sea.
—Tengo que denunciarte.
—¿Lo harás? —dijo ella, a punto de revelarle que era conocedora de su más profundo secreto.
Como sea.
—No —contestó él, para sorpresa de ella—. No lo haré.
—Ah, ¿no?
—Matas gente, pero nuestros ingresos crecen cada vez más gracias a eso, ¿cierto?
—Así es. No mato por diversión, sino por dinero. Piénsalo, tantos gastos acabarán con nuestros ahorros en unos años. Mantengo a flote nuestra economía. Si no te gusta, pasa por el cuchillo.
—No eres la única que tiene secretos. ¿No te sorprende que no te haya intentado tocar un solo cabello desde que nos casamos? ¿No te hace pensar nada?
—No —mintió De la Niebla—. Estaba muy ocupada con mis negocios. Matar gente el propio día de mi boda fue excitante, eso sí.
—No me gustan las mujeres —confesó Mateo Rooney—. Por eso mi padre me casó contigo, porque eres la hija de su mejor amigo.
La joven De la Niebla tuvo que fingir sorpresa ante la afirmación. Él pareció creérselo.
—Mientras no ataques a nuestra familia, cubriré tu secreto —dijo Mateo—. Siempre y cuando cubras tú el mío.
La asesina le dedicó una sonrisa erizada de dientes. Claro, Mateo, cariño, claro que cubriré tu secreto. Nadie sabrá nada, seguiremos siendo ese perfecto matrimonio que tanto se quiere en público, claro que sí. No diré nada, nada de nada.
Mientras me seas útil.
Ella siguió con sus tareas de verdugo mercenario, y él con sus encuentros afectuosos con hombres.
Los años pasaban, y la joven asesina cumplió los veintiséis.
La mejor forma que vio de celebrarlo fue con un encargo especialmente difícil.
Un petimetre le ofreció una enorme suma de dinero a cambio de que eliminase a cierto individuo con conocimientos militares. Ella aceptó y fue a por él.
No fue sencillo, el objetivo le dio qué hacer, pues sabía cómo quitarse de encima a su agresora, y él también iba armado.
Pelearon durante horas, espada contra puñal, hombre contra mujer, fuerza bruta contra estrategia, supervivencia contra dinero.
El señor De la Niebla había enseñado a su hija a no confiarse nunca: por muy bien que fuera la batalla siempre se podía torcer todo en un segundo.
Eso fue lo que la hizo ganar. Tenía fuerza y buenas estrategias, pero su oponente era mucho más fuerte y acabó por confiarse y descuidar la defensa.
Ella aprovechó esos momentos de confianza y pudo darle muerte.
Pero su víctima, el puñal hundido en el corazón hasta la empuñadura, dio un último tajo de espada que abrió el vientre de la asesina.
Sus ropas se rasgaron, la piel se resquebrajó y la sangre empezó a salir a borbotones.
De la Niebla intentó cerrarla, detener la hemorragia, pero no habría forma de salvarse. Tenía el vientre totalmente abierto.