25. Quédate #3
Verónica salió de casa a toda prisa. Se subió a la moto y condujo a mucha más velocidad de la permitida hasta la casa de Almudena.
Pasó por varios radares, pero tenía la mente en un lugar muy lejano como para preocuparse por eso.
Aparcó tan pronto como pudo, se bajó y echó a correr al kebab donde su amiga esperaba.
Estaba rodeada de policías que hablaban con ella, tranquilos y comprensivos.
Ella solo podía llorar, llamaba a sus padres y decía que no podía ser posible.
Verónica pasó al lado de la ambulancia que tenía los cuerpos y entró en el restaurante.
Almudena la vio, se levantó y extendió los brazos.
—¡Verónica!
La cazadora la sujetó antes de que cayera al suelo.
Almudena estaba deshecha en lágrimas, le habían quitado lo que más quería en su vida, sus padres estaban muertos.
Había llegado a casa después de tomar un café con los de la facultad y se había encontrado con los dos cadáveres tirados en el pasillo, con polvo blanco en la nariz.
La policía ya había descubierto la causa de la muerte: sobredosis.
—Almu, tranquila, estoy aquí —le dijo Vero—. Tranquila.
—¡No se drogaban! ¡Ellos no se drogaban! ¡Están muertos y no se drogaban!
—¿Qué ha pasado? —preguntó Verónica a un policía.
—Nos llamó histérica y dijo que sus padres estaban muertos. Que había droga por el suelo pero que ellos no se drogaban. Es el mismo caso que el del chico de los Pericones. No hay signos de violencia en la casa.
—Me lo conozco, sí… ¿Le han tomado declaración o algo?
—Se mantuvo lúcida un poco, un rato, y nos dijo lo que sabía. No creo que pueda aportar más al caso, la verdad, aunque todos sabemos de qué murieron.
—¿Puedo llevármela de aquí? —Verónica fue al grano.
—Sí. Que descanse.
La chica asintió, le dijo a su amiga un «vamos, Almu, te llevo a mi casa» , y salió de allí. La subió a la moto, le puso el casco, y le apuntó con el paraguas.
—Lo siento, Almu —susurró—. Pero tienes que descansar.
Formuló un conjuro simple que la sumió en un sueño profundo. Vero suspiró, no le gustaba nada recurrir a encantamientos con humanos, pero Almudena tenía que descansar y ella no estaba para consolar a nadie más.
Ni siquiera podía con ella misma.
Subió a la moto, con otro conjuro aseguró a su amiga en el asiento y se fue a casa.
Condujo tan rápido como pudo, no quería dejar a Laura sola mucho más tiempo, y pudo respirar aliviada cuando vio el portón de la entrada de casa.
Entró, dejó la moto, cogió a Almudena en brazos y entró en la casa.
Laura estaba en el sofá, y hablaba animadamente con Velten, el gato montés.
—¿Velten?
—Ah, mi dama. ¿Cómo se encuentra?
—¿Cómo has entrado?
—Se dejó la ventana de su habitación medio abierta —dijo el gato, culpable—. La cerré yo, por si acaso. Es que fuera hace frío y pensé que no le importaría si entraba a calentarme un rato. Me voy si lo desea.
—Ah, no, no, Velten —negó Verónica—. Si tienes frío quédate y pasa la noche aquí. Bastante tenéis los animales que nos ayudáis como para negaros una cama. ¿Has comido algo?
—No, mi dama.
—Déjame llevar a Almudena a una cama y luego te…
—Tranquila, Vero —dijo Laura mientras se ponía en pie—. Llévala y haz lo que tengas que hacer, yo le doy la cena. ¿Sí? Me ha contado cosas, qué mono que los animales os ayuden con las misiones, no sabía que podían hablar.
—No todos lo hacemos —dijo Velten—. Solo los que superamos los adiestramientos con magia. En especial lo superamos felinos y pájaros. Nos hacemos llamar ojos .
—¡A que es monísimo! ¿Dónde tienes atún, Vero?
Vero se extrañó ante aquello, se suponía que era el anfitrión quien debía hacer las cosas, y los invitados sentarse y relajarse como invitados que eran.
Se dio cuenta de que Laura quería ayudarle porque sabía que estaba cansada y estresada, y aunque no le gustó que pudieran saber cómo se sentía, asintió, agradecida.
—En la cocina, en el primer armario, ese que está pegado a la ventana.
—Perfecto.
—Gracias, Laura. Voy a tumbar a Almu.
La cazadora subió a la habitación de invitados y metió a su amiga en la cama.
El conjuro la haría dormir toda la noche y gran parte de la mañana, cosa que necesitaba, y mucho.
Desde la muerte de su novio no había podido dormir más de cinco horas seguidas y descansar había pasado a un segundo plano.
A Verónica no le gustaba nada hechizar humanos, sentía que los traicionaba, pero los padres de Almudena acababan de ser asesinados por el mismo culpable de la muerte de José María, y Almu no era tonta y lo sabía.
O la hechizaba, o la chica no volvería a dormir en semanas.
Y siendo egoísta, no quería escuchar llantos y quejas esa noche.
Bajó las escaleras otra vez y llegó al salón, y al ver a Laura de pie, girada en su dirección y con una sonrisa tranquilizadora, todo el cansancio y peso del día cayó sobre ella como un yunque.
Se empezó a tambalear, pero se mantuvo firme y fue hacia su amiga.
Velten estaba tumbado en el suelo, ya con la barriga llena y una expresión más descansada.
—¿Cómo está? —preguntó Laura mientras Vero se sentaba en el sofá. La imitó.
—Dormida. Despertará mañana.
—Ese demonio, ¿eh? Le sigue la pista a Almudena. Primero su novio, ahora sus padres…
—No.
—¿No?
—No. Ese demonio va a por mí, no a por Almu.
No suelen tener fijación por humanos normales, sino por cazadores.
Si no pueden contra uno o quieren que sufra, atacan de cerca a sus seres queridos.
Por eso va tras Almu, porque me enfrenté a él tras la muerte de José María.
Y ya me dijo que se la comería, pero decidió atacar a su familia también.
La mayor debilidad de un cazador es querer a alguien.
—Eso no es justo.
—No, pero es así. —Verónica se encogió de hombros—. Yo tengo suerte en eso. Solo tengo a dos personas a las que considero que quiero. Y las dos están en esta casa.
Laura alzó las cejas, sorprendida pero emocionada.
Casi sin darse cuenta, se acercó despacio a Verónica.
Esta vio a Laura deslizarse por el sofá para juntarse más y en lugar de apartarse o quedarse quieta, apoyó la cabeza en su hombro y se dejó abrazar.
Las dos estuvieron en silencio un tiempo, sin necesidad de palabra alguna.
Vero había admitido que la quería, y aunque se moría de vergüenza por haber dicho algo como aquello, el abrazo de Laura le confirmó que ella compartía sus sentimientos.
—¿Por eso me dijiste que me quedara aquí? ¿Por si ese demonio estaba cerca? —preguntó Laura tras unos minutos.
—Los demonios no pueden entrar en las casas de los cazadores, están protegidas con amuletos y encantamientos —asintió Vero—. Te dije que te quedaras porque aquí estarías a salvo, al menos mientras yo estaba fuera. No quería que te fueras sola, la verdad.
Si ese demonio te alcanza… Me prendería fuego por no haber podido protegerte.
—No te retengo más tiempo, solo quería bajarte yo y que no fueras tú sola —dijo la cazadora sin romper el abrazo—. ¿Te llevo a casa?
—¿Quieres que me vaya?
—¿No quieres irte?
—Quiero saber que estás bien. Y quiero saber qué quieres tú.
Quédate conmigo. Por favor. Quédate aquí.
No me dejes sola.
Quédate.
—¿Quieres que pida una pizza?
Vero formuló esa pregunta como respuesta a la de Laura. Seguía sin saber cómo tratar a la gente, y mucho menos cómo manejar sentimientos que no fueran neutros. No supo decirle la verdad, salvo con esa pregunta.
Fue más que suficiente para Laura.