¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 25. Quédate #2
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25. Quédate #2

—No grites, no grites —calmó ella—. A ver, un entrenamiento de un cazador promedio destaca por ser muy duro, largo y exigente.

El mío, por ejemplo, puede durar hasta doce horas.

El de los inyectados es un poco más suave, pero lo importante aquí, tanto en uno como en otro, es que se trabajen los conjuros que utilizamos.

Al trabajarlos, nuestra magia se mueve por nuestro cuerpo, lo recorre y aumenta su volumen, como si fuera un músculo que se ejercita. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—Pues tienes que llegar a una especie de fallo.

Hubo casos de inyectados que se recargaron bien de energías y fueron un paso más allá.

Cogieron el entrenamiento de un natural y lo siguieron a rajatabla sin parar ni quejarse.

Al principio no funcionaba y caían rendidos, pero algunos se levantaron y volvieron a intentarlo.

Agotados, sin apenas energías y al borde del colapso, siguieron.

La mitad de ellos, tras unos minutos más de entrenamiento, consiguieron bombear su magia inyectada tan lejos a tanta velocidad por la intensidad del ejercicio, que les llegó a los órganos y los llenó, como hace la magia natural.

Estos la absorbieron y empezaron a producir más y más hasta llegar a un tope, y tras unos segundos se convirtieron en cazadores de magia natural.

Después de desbloquearla necesitaron atención médica, pero ya estaba esparcida por su cuerpo y ya se había vuelto una parte de ellos.

—¿Es broma? —preguntó Gaia, asustada.

—No, al principio los médicos y magos de la Sede no daban crédito y no eran capaces de creer que un inyectado podía llegar a desbloquear la magia, pero tras varios estudios en pacientes inyectados que la desarrollaron a base de sobreesfuerzos casi mortales, la verdad quedó expuesta. Es posible.

—¿Y tú crees que yo…?

—Será complicado, desde luego —asintió Verónica.

Quería ayudar a Gaia, pero no quería darle falsas esperanzas ni mucho menos—.

Porque requiere de mucho esfuerzo físico y mental.

Tienes que llevar al cuerpo al límite de la vida, y tu mente te mandará parar porque sabe que vas a morir.

Debes seguir, aunque creas que vas a explotar, que te van a reventar los huesos, tienes que seguir.

Va a ser la experiencia más cercana a la muerte que tengas, pero no puedes parar. Es muy difícil conseguirlo, lo sé.

—¿Y si no logro desbloquearla aun así? Antes dijiste que solo la mitad lo consiguió.

—Si por lo que sea tu cuerpo no es capaz de desbloquear la magia, fallará y caerás desmayada. Despertarías en… —Verónica alzó los ojos mientras calculaba el tiempo en la mente—. Unas diez horas o así. Nadie murió, si es lo que te preocupa.

—Joder…

—No estás obligada a hacerlo, ¿vale? Se puede alcanzar un nivel alto sin llegar a estos extremos. No sé cuántos años tienes, pero eres muy pequeña para estresarte por esto. Lo harás bien hagas lo que hagas.

Gaia suspiró. No, no quería refugiarse en «soy muy pequeña, muy joven para esto» .

Quería mejorar, ser un miembro importante dentro de los cazadores de monstruos, vengar a los humanos y a sus compañeros asesinados.

No podía conformarse ni quedarse atrás. Un cazador natural era mucho más útil en una batalla, hacía el doble que un inyectado en la mitad de tiempo y nunca se quejaban o echaban atrás.

Ella tenía la oportunidad de ser uno de esos, y no la iba a rechazar.

—No, Vero, quiero intentarlo. Necesito mejorar y ayudar. Me uní a la organización para ser un pilar de la humanidad, no un estorbo para mis compañeros. Solo necesito que me des tu aprobación.

—¿Para qué la necesitas? La que debes tener es la tuya propia.

—Porque tú eres una natural que lleva en esto desde hace muchísimos años.

Has visto y oído cosas que yo no, sabes mucho más de lo que podré saber yo y si tú me dices que tengo una pequeña posibilidad, por mínima que sea, lo intentaré con todas mis fuerzas.

Dique me tienes fe, Verónica, di que ves posible que una inyectada como yo pueda llegar al menos a la mitad de tu nivel. Solo dime eso, por favor.

Verónica se levantó de la silla y le puso las manos en los hombros, tranquilizadora. No sonrió, pero el gesto recordaba a una sonrisa sincera y orgullosa.

—Eres novata y joven, pero has podido sobrevivir a un devorador de almas, pese al miedo te volviste a enfrentar a él y lograste regenerar una mano.

Veo talento, de verdad, tienes que explotarlo, pero está ahí.

No sé cuánto tiempo te llevará, ni si lo conseguirás hoy, mañana o dentro de cinco años, pero sí que creo que puedes llegar a lograrlo.

La actitud es lo más importante en la vida, Gaia, y la tuya es de las mejores que he visto en mucho tiempo.

Si necesitas tener mi aprobación y mi permiso para hacerlo, entonces es todo tuyo.

—¿De verdad?

—Mañana seguramente me enfrente a ese demonio. Cuando vuelva y si quieres concederme ese honor, te ayudaré con ello. Tienes talento, Gaia, puedo notarlo.

Gaia asintió, aunque no sabía si sería capaz de llegar a ello.

No sabía si lo conseguiría o tendría que conformarse siendo una inyectada normal el resto de su vida; pero lo que sí sabía era que Verónica creía en ella, y que estaría dispuesta a ayudarla y verla crecer.

Solo por eso se esforzaría hasta no poder más, hasta lograr la magia o caer desmayada en el intento, pero no se rendiría.

Alguien a quien admiraba creía en ella, alguien que la conocía desde hacía muy poco tiempo y había podido ver talento y promesa en ella, alguien que decía que podría llegar alto.

Si tenía que morir intentándolo lo haría, pero no lo iba a dejar.

Verónica vio las dudas y las emociones mezclarse en su expresión y la comprendió. No dijo nada, dejó que fuera Gaia quien hablara.

—Vero… ¿podemos tomarnos otra, porfa?

Verónica sonrió, asintió, y pidió otros dos cafés y otros dos pinchos.

—¡Verónica! ¿¡Qué te ha pasado!?

Esas fueron las primeras palabras de Laura cuando vio a su amiga.

Verónica, después de tomar algo con Gaia, había vuelto a casa.

La había visto vacía, solitaria y a oscuras.

Claro, la abuela ya no estaba. La abuela ya no estaba, y por eso la parte viva y animada de casa se había esfumado. Se habían ido juntas.

Había sentido ganas de llorar, así que en lugar de eso, cogió el teléfono e invitó a Laura, con la excusa del café que le había prometido.

Laura había aceptado, fue hasta la casa y cuando su amiga le abrió la puerta, con la mano vendada y aquella enorme cicatriz, no pudo evitar poner el grito en el cielo.

—Em… estaba… cocinando… —empezó Verónica.

—Y yo soy rubia, no te jode —gruñó Laura, que era pelirroja—. ¿Quién?

—Una criatura, no es grave, en serio. Estoy bien. De verdad.

—Ven, siéntate y cuéntamelo, ¿vale? Sé que no eres muy de hablar las cosas, pero estoy aquí para escuchar lo que necesites que escuche. Como si son dos palabras.

Verónica hizo el café y luego las dos se sentaron en el amplio sofá.

Al principio no hablaron, la cazadora estaba absorta en sus pensamientos, en las dudas de si contar o no contar lo que sentía, en si abrirse por primera vez ante alguien; Laura solo esperaba con paciencia a que su compañera hablase.

—¿Te gusta el café? —preguntó Vero—. Creo que se me quemó un poco, no sé…

—Está perfecto, tranquila —sonrió Laura.

—Ah, vale, bien, me alegro.

—¿Y tú? ¿Cómo estás tú?

—¿Yo? —dijo Vero—. Yo estoy… eh…

Al límite.

—Es un trabajo exigente —ayudó Laura.

—Lo es. Deja muchas secuelas —siguió Vero—.

Pero protejo a los demás, y supongo que con eso estoy contenta.

Es duro, pero es bueno. Protegemos a la humanidad, la salvamos de los monstruos, y es bonito saber que nuestro esfuerzo sirve de algo.

Cuesta mucho a veces, pero hay gente por la que merece la pena —terminó, y esbozó una sonrisa.

Laura adelantó una mano para acariciar la de Verónica, pero el teléfono móvil de la cazadora empezó a sonar y las interrumpió.

Era Almudena. Vero dejó la taza en la mesa y cogió el móvil.

Le extrañó la llamada, habían hablado y se habían visto esa misma mañana y si eso ocurría, Almudena no llamaba después.

Quizá le había dado un bajonazo por la muerte de José María y quería consuelo.

Aunque era un poco raro que la hubiese llamado a ella, que no sabía tratar a la gente.

—Dime, Almu.

—¡Verónica! ¡Ven, por favor! ¡Tienes que venir! ¡Mis padres! ¡Están muertos! ¡Todos han muerto! ¡Mamá! ¡Mamá, por favor!

El aire se congeló en los pulmones de la cazadora y todo se paralizó. Todo, menos la voz de su amiga que pedía ayuda desesperada. Todos han muerto. Todos. Ven. Verónica. Ven. Han muerto.

—¡Vo-voy para allá! ¡Coge lo esencial y sal de allí! —le gritó—. ¡Lo esencial, Almu, lo esencial y sal! ¡Vete a un lugar muy concurrido, con mucha gente! ¡Voy ahora, te lo prometo!

—Ha-hay un kebab al lado… ¡Han muerto!

—Ve allí, llego enseguida. ¡Vete de allí ya, Almudena!

Y colgó. Se puso en pie, se calzó a toda prisa y buscó las llaves de la moto y el paraguas. Laura se levantó también, asustada.

—¿Qué pasa?

—¡Ese maldito demonio, eso pasa! ¡Ha matado a los padres de Almu!

—¿Almudena? ¿La del cole?

—¡Esa! Te-tengo que irme, ¿vale? Volveré ahora enseguida, tú…

—Me voy si quieres, vas a estar ocupada. Tomamos el café otro día.

—No. —Verónica sujetó a Laura de los hombros y negó—. No, Laura, no. Quédate aquí, ¿vale? Solo será un segundo, por favor, no te vayas. Yo volveré enseguida, pero no te vayas sola.

Ese demonio no mató a los padres de Almudena porque sí. Sabe que Almu y yo somos amigas. Si sales de aquí… te matará también, y no puedo permitir eso. Tú no, Laura. Tú no.

—Está bien, me quedo —asintió Laura—. Me quedo.

—Vuelvo ahora, te lo prometo.