¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 25. Quédate
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25. Quédate

Verónica salió del hospital con Chuck después de contestar a las preguntas de los médicos sobre qué le había pasado con un «estaba cocinando, me resbalé y me corté la cara» .

Él se la llevó a comer. Sabía que una de sus comidas favoritas era la japonesa —menos el sushi, que no dejaba de ser pescado— y la llevó a un buffet japonés para que comiera cuanto quisiera.

Era lo menos que podía hacer por la pobre cría.

—¿Cuánto le queda a mi abuela, Chuck? —preguntó ella tras su quinto cuenco de ramen—. Porque no me lo dijo. Solo que tenía que irse.

—¿Quieres saber eso?

—No me apetecería que viniera Noct con la noticia y me pillara de sorpresa, la verdad. Bastante tengo ya con no poder ir a verla por la ridícula norma de «prohibidas las visitas a los jubilados» . Anda, ¿cuándo se va a morir?

—En unos días… Más o menos.

—Cuándo, Chuck.

El demonio tardó casi un minuto en contestar. Verónica no insistió, pero tampoco se iba a conformar si no obtenía una respuesta. Se dedicó a mirarlo fijamente, sin comer nada, solo esperaba.

—Mañana —dijo él al final.

Mañana.

Aquel mañana se clavó en el corazón de la chica, con incluso más fuerza que las puñaladas que había recibido aquel día.

—Está bien —asintió ella—. ¿Cómo lo lleva?

—Bien, lo asumió.

—Lleva viva desde el siglo XVI, eh —dijo Verónica—. Creo que no podemos quejarnos.

—¿Tú cómo estás?

—La mano escuece, pero bien. Noto que la cara ya me cicatrizó, así que después iré al baño y me quitaré los puntos sin más. Podría estar peor.

—No me refiero a eso.

—Ah… Ya. No, bien. No tengo que odiar o temer a la muerte, siempre llega y es lo que hay, ¿no?

Podría ponerme a llorar, gritar que es injusto y tomarme unas vacaciones para asumirlo, pero eso no cambiaría nada.

Cuando llega nuestro momento debemos pensar que bueno, al menos llegamos hasta aquí, y aceptar la muerte tranquilos.

—Está bien sentir pena o dolor.

—Lo sé, y no quiero que se muera, pero estuvo en este mundo, aportó lo que tuvo que aportar durante muchos años y ahora debe irse. Verá a mi otra abuela, a Elisabeth, y será feliz. Y yo solo quiero que la abuela sea feliz.

—Yo cuidaré de ti, ¿vale?

—Por favor, Chuck —pidió Verónica con una media sonrisa—. No te mudes conmigo.

—No lo haré, tranquila. Pero sí estaré pendiente de ti. No voy a dejarte sola.

—¿Tú cómo estás? —preguntó entonces Verónica—. La abuela era tu mejor amiga.

—¿Yo? Estoy bien. Me duele mucho, pero estoy un poco como tú. Las cosas pasan, la muerte llega y… Emily ya era muy mayor, y prefiero quedarme con los buenos recuerdos antes que hundirme por su muerte. Le guardaré el luto, por supuesto, pero sé que estará en un lugar mejor.

—Va a ser duro, ¿eh, Chuck? —le dijo la chica mientras le ponía una gyoza de pollo en el plato.

—Era como mi hermana, Verónica. Y mañana no estará allí. ¿Qué se hace en estos casos?

—Piensa que está en un viaje muy largo —musitó Vero—. Y que tarde o temprano volverás a verla. Porque un viaje no es una mudanza. Tardará muchos años, pero volveréis a veros. Los viajes no duran para siempre.

Los dos se quedaron en silencio en la mesa. Verónica dejó los palillos en el soporte y apartó el cuenco ya sin ramen que comer. Ninguno volvió a hablar del tema de Emily.

Tampoco les hizo falta.

—¿Quieres más? —preguntó Chuck mientras barría con la mirada la cantidad de platos y cuencos vacíos de la mesa; superaban la centena. Verónica se palpó el cuerpo, repasando sus heridas que ya se cerraban. Asintió.

—Obviamente quiero más.

Por la tarde, Verónica se despidió de Chuck y antes de ir a casa, decidió dar un paseo.

No quería irse tan pronto. Paseó por la calle Uría, dio vueltas por Oviedo y no se metió prisa por llegar a algún lado.

Llovía un poco, el agua caía en gotas redondas sobre las calles.

A Verónica le gustaba mucho la lluvia, y sobre todo en invierno, cuando anochecía pronto y a las siete de la tarde la calle estaba vacía, oscura y brillaba por el agua.

Le gustaba salir de casa, pasear por esas calles que ya no tenían gente, sola, sin paraguas, bajo la lluvia.

La lluvia le encrespaba el pelo, le empapaba la ropa y si fuera una humana común le hubiera provocado más de un catarro fuerte, pero a ella no le importaba mojarse, no le importaba tener que lavarse el pelo cada vez que llovía, ni le importaba reñir con su abuela porque qué formas son esas de venir a casa, que tienes un paraguas para algo.

Le gustaba la lluvia, y si te gusta algo, lo aceptas con lo que tenga, lo bueno y lo malo.

Para ella, la lluvia era algo hermoso, era especial.

No era algo que gustara a todos, mucha gente la aborrecía y se quejaba de ella, porque solo eran capaces de ver lo malo y se quedaban en eso.

Los pocos que amaban la lluvia lo hacían de verdad, podían ver más allá de ese primer aspecto y descubrían que era bonita, especial, y la querían.

En parte, la lluvia y ella eran parecidas.

Y quizá por eso la amaba tanto.

En un momento, se quedó quieta en mitad de la Plaza de la Escandalera, no quería seguir con su paseo.

Alzó la cabeza al cielo, gris y encapotado, que derramaba el agua sobre ella.

Cerró los ojos, sonrió un poco y disfrutó de la lluvia.

Caía en silencio, y aunque la gente no paraba de mirar a aquella chica tan rara que estaba quieta en mitad de la plaza, con un paraguas enganchado a la espalda, los ojos cerrados y una enorme cicatriz en la cara, para ella no existía nada más.

No había nadie ni nada en el mundo que no fuera ella.

José María no había muerto, Almudena no estaba en peligro, la abuela no se iba a morir al día siguiente, y ella no se iba a pelear contra un demonio.

Porque no existían. Solo ella. Ella y la lluvia.

—¡Eh! ¡Verónica!

Molesta, salió de su trance y miró hacia delante. Una chica con una raqueta de tenis venía a la carrera y le sonreía, agitando una mano. Una mano que hacía un día no estaba allí.

—Hombre, Gaia. ¿Te ha vuelto a crecer la mano?

—¡Sí! —rio la joven cazadora—. ¡Tenías razón! Hicimos todo lo que nos dijiste y creció de nuevo. La siento más débil que la otra, pero ¡está! ¿Cómo tú por aquí? ¿Y qué te ha pasado?

—Trabajo —dijo Verónica sin más—. Ya sabes lo que hay. ¿Tú qué haces aquí? ¿Ya te han dado el alta?

—Bueno, han dicho que vaya con cuidado, pero que mi mano ya está bien. ¡Bendita la magia, ¿eh?! ¿A dónde vas? ¿Quieres que te acompañe?

Puedo ir sola, gracias.

—Voy sin rumbo. Me gusta pasear bajo la lluvia, y más en épocas de estrés. Es bueno estar solo.

Eso último lo dijo un poco más brusca de lo que pretendía, y vio que Gaia se encogía un poco. Quiso hablar y arreglarlo, decirle cualquier cosa que disminuyera la tensión, pero entonces Gaia le dijo sin dejar de sonreír:

—Supe que estabas en Oviedo y quise venir a darte las gracias por protegerme y ayudarme el otro día, era eso. No quería molestarte, me voy ya.

Verónica la miró, vio la jovialidad y felicidad en la chica, vio la vida brillar en su mirada, en aquellos ojos marrones.

Los suyos nunca habían brillado, nunca, y le resultó muy raro ver unos ojos con brillo tan de cerca.

En sí, le resultó raro ver a una cazadora tan dispuesta a vivir y progresar.

Lo que más le chocó fue que alguien así estuviera tan contenta por verla a ella. A Verónica Rooney.

Se sintió mal por haberle contestado así. No tenía tacto con la gente y era problema suyo, no de esas personas. Debía tener más cuidado. Y Gaia solo era una niña que había ido hasta allí solo para darle las gracias por ayudarla.

Suspiró, se rascó la nuca y dijo, con un poco de timidez:

—Oye, Gaia… ¿te tomas un café? Hay que celebrar que te ha crecido la mano, ¿no?

—Si no te parece mal, por mí sí —dijo ella, feliz.

Mientras iban a buscar una cafetería, Verónica miró el espíritu tan vivo de su compañera, y no pudo evitar pensar:

Ten cuidado, Gaia, no me gustaría que murieras pronto.

Ambas estuvieron juntas media tarde; Gaia hablaba mucho, así que Verónica apenas tuvo que iniciar ninguna conversación.

Al principio se preguntaron las trivialidades de siempre, por qué se habían unido a los cazadores, a qué cosas se habían enfrentado…

Pero tras unos minutos la conversación evolucionó a una charla dinámica y bastante divertida.

Verónica también le invitó a comer algo, un pincho o un dulce, era la hora de la merienda y tocaba comer.

Gaia al principio lo rechazó, pero Vero insistió lo suficiente como para que acabara aceptando.

—No hacía falta, Verónica —murmuró después de pedir.

—Eres más joven y novata —contestó Vero—. Deja que cuide de ti un poco, anda. En esta organización cada uno mira para sí mismo y es como una jungla, deja que te vigile al menos.

—Gracias, Vero.

—Bah, no me des las gracias. Bastante tienes ya con haber perdido y regenerado una mano y con haber estado delante de un devorador de almas. Aguantaste y lo hiciste muy bien hasta mi llegada, te felicito.

—Me gustaría llegar a tu nivel, ¿sabes? —dijo Gaia—. En la Sede pregunté quién eras para saber a quién agradecerle el haberme salvado, y cuando supe que eras una Rooney solo quise ser como tú. Pero creo que para una inyectada como yo eso está muy lejos, ¿no?

—Bueno, son muchos años de esfuerzo y entrenamiento —asintió Verónica, un poco sonrojada por escuchar aquello—. Pero si te entrenas como es debido podrás hacerlo, si acaso en unos años. Yo me entrené desde los cinco años más o menos y mis rutinas son muy exigentes y duras, pero…

—Tu magia es natural, al menos. Yo soy una simple inyectada, no voy a llegar lejos.

Verónica suspiró y asintió. Luego, se inclinó un poco sobre la mesa y le dijo:

—Hay una forma de subir de rango, ¿la conoces? Es muy poco común que funcione y casi nadie la utiliza por el enorme sobreesfuerzo que implica, pero existe. Sé de gente que consiguió pasar de inyectado a natural en pocos segundos.

—¿¡Qué dices, Vero!? ¿¡Es posible!? ¡Cuéntamelo, por favor!