¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 24. A veces, cuanto más arriba estás, menos puedes hacer por la gente a la que amas. #3
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24. A veces, cuanto más arriba estás, menos puedes hacer por la gente a la que amas. #3

A veces, cuanto más arriba estás, menos puedes hacer por la gente a la que amas.

Y no poder ayudar, tener que quedarse mirando, ver cómo la única persona capaz de enamorarlo arriesgaba su vida y él no podía hacer nada para cambiarlo, dolía más que cualquier puñalada.

Después de despedir al chico, abrió la puerta de la habitación y vio a su chica de espaldas a él, desnuda de cintura para arriba. Vio la cicatriz, que no se detenía en los hombros, sino que rodeaba todo su cuerpo como un círculo cruel.

—¿Quién te hizo eso, rubia?

—Las mil muertes. Cazadora.

—¿Qué fue de ella?

—Sigue viva, por suerte.

—¿Por suerte, rubia? —dijo él—. ¿Acabas de decir…?

—¡Sé muy bien lo que he dicho! —gritó ella sin dejar de darle la espalda—. Sí, me alegro de que esa maldita cazadora siga con vida. Me dio pelea, me aguantó el ritmo y pudo hacerme la cicatriz. Eso nunca me había pasado.

—¿Por qué te sientes culpable, rubia?

La asesina no dijo nada al principio, se quedó callada sin darse la vuelta.

Se sentía muy culpable, muchísimo. Era una asesina desde hacía siglos, matar o hacer sufrir a alguien no era nuevo ni estresante para ella, pero lo que le había pasado con la cazadora hacía apenas una hora no le dejaba de martillar la cabeza.

Hiciste sufrir a una niña, pudiste cortarle el cuello, pero viste mejor destrozarle la mano y la cara. La hiciste sufrir, carga ahora con la culpa.

Carga. Con. La. Culpa.

—Era una niña —musitó—. Solo tenía veinte años.

—¿Qué le hiciste?

—Peleamos, yo quería matarla sin que sufriera demasiado, pero cuando vi la cicatriz que me hizo me volví loca.

No tenía energías, estaba agotada y de rodillas en el suelo, y a mí solo se me ocurrió tirarme encima, empezar a darle golpes en el suelo con su propia cabeza mientras le apuñalaba en la mano.

Le dejé un agujero enorme, intenté ayudarla a cerrarlo y luego me enfadé de nuevo cuando me gritó y le corté la cara.

Era una niña, se suponía que no la iba a hacer sufrir y ella asumió que había perdido y me ofreció el cuello.

¿Cómo alguien tan joven, que debería de tenerle pánico a morir, pudo hacer lo que yo jamás pude por cobarde?

—Rubia.

—Soy un monstruo, Satty, hago daño y espero no enfrentarme a las consecuencias. Hui de lo que hui por miedo, perdí el escaso honor que me quedaba solo por vivir un poco más. —La asesina suspiró y bajó la cabeza—. Por eso tengo que enfrentarme a Ramón. Es mi castigo.

Belial suspiró y entró en la habitación.

Con un dedo, repasó la enorme cicatriz. Ella se estremeció, por primera vez en muchos años se había sentido vulnerable, había temblado y se había visto débil delante de alguien.

Tener esa cicatriz implicaba que la cazadora tenía en su magia la forma de matarla.

Su mente intentó justificar sus acciones, el agujero de la mano, los golpes, el corte en la cara…

Era una pelea y la gente se hace daño, las cosas como son.

Pero otra parte de su mente, mucho más pequeña, no la dejó seguir.

En las peleas la gente se hace daño y unos ganan y otros pierden, pero si el ganador decide humillar y hacer sufrir al perdedor, no merece la victoria.

Si en lugar de apuñalarle la mano le hubiera acuchillado el cuello, Verónica Rooney hubiera sufrido muchísimo menos y se hubiera ido en paz y con dignidad.

Belial no tocó el tema de la cazadora. Pasó directamente a Ramón.

—Si no quieres luchar contra él, encontraremos otra manera.

Ella negó, se puso la camiseta grande y holgada que usaba para dormir y se giró.

Tenía los ojos llorosos y le brillaban con miedo e inseguridad, pero con decisión.

Seguramente moriría si luchaba contra Ramón, pero no iba a dejar vendido a Lucas.

Antes lo hubiera hecho, una semana antes hubiera vendido a quien fuera con tal de salir viva y sana.

Pero ya no. No más de eso.

No después de darse cuenta del horrible monstruo que era.

—Llevo huyendo de todo demasiado tiempo, Lucifer.

Hui de mi propia muerte y vendí mi alma por ello.

Maté gente desde pequeña y nunca me enfrenté a ninguna consecuencia.

Se acabó, ya basta de huir. Tarde o temprano todo llega, y estos son los resultados de lo mío.

No puedo escaparme más, tengo que luchar. Si mañana muero, es porque me tocaba.

—Pero no quiero que mueras.

—Yo tampoco quiero morir. Nunca he podido sentir amor por nada más que por la propia vida, cada segundo que podía respirar era para mí un regalo.

No quiero morir, Lucifer, quiero que mi corazón siga latiendo por toda la eternidad, aunque solo me quede yo.

Quiero vivir, hacer tantas cosas que me quede sin nada que no sepa, quiero viajar, beber cerveza como si fuera un monje, despertarme todos los días sabiendo que sigo viva.

Amo la vida, y no quiero separarme de ella nunca. Pero…

—¿Pero…?

—Pero no puedo llamar vida a lo que tengo.

No puedo decir que vivo si lo hago escapando de todo.

La vida es libertad, es felicidad, y eso no lo tengo.

Vivo en un constante estado de culpa, me dedico a lo que me dedico porque lo tengo automatizado, porque es lo único que sé que se me da del todo bien.

Mato gente y huyo de las consecuencias que eso tiene, ¿cómo puede alguien que ama la vida creerse con el derecho de quitársela a alguien?

¿Cómo puedo decir que amo la vida, si la mía no la disfruto, y se la quito a los demás por dinero?

¿Quién me dio a mí la potestad de ser juez y verdugo en las vidas de otros?

No, Belial, toda mi vida ha sido un error, y tengo que arreglarlo cuanto antes. No puedo seguir así.

Soy mejor que esto. Lo sé.

—Belial —añadió la asesina—, tengo que luchar contra Ramón. Es hora de dejar de matar y empezar a salvar. Ramón será mi última muerte.

La chica sollozó un poco. Belial la abrazó entonces, y ella pudo llorar en su hombro. Él no le dijo nada, no intentó consolarla o animarla, dejó que llorara tranquila, que se desahogara, que liberara todo el miedo y el cansancio con las lágrimas. No habló, pero a la vez se lo dijo todo.

Llora, preciosa, llora lo que tengas que llorar. Yo estoy aquí para cuando acabes, yo seré quien seque tus lágrimas, yo te cubriré cuando sientas que nadie más lo hace.