24. A veces, cuanto más arriba estás, menos puedes hacer por la gente a la que amas. #2
Se había sentado a su lado y la miraba con diversión y cierta burla. Se relamió un par de veces y sonrió, mostrando sus afilados colmillos. Ella no se giró, no se sentía capaz de mirarlo.
—Mírame cuando hablas, guajina . —Con la garra, le giró la cabeza hacia él—. Es de mala educación no hacerlo.
—¿Qué quieres de mí? ¿Vienes a terminar lo del otro día? —preguntó ella. Intentó mantener el tono firme, pero estaba muerta de cansancio y de miedo—. ¿Vienes a matarme?
—Oh, no, no, vengo a otra cosa. Tengo que hablar con un tipo y dejarle ciertas cositas claras.
Si estabas por aquí, cosa que suponía que sí, me pelearía contigo a ver si podíamos acabar lo del otro día.
Pero viéndote así no se me ocurriría atacarte.
Estás en una clarísima desventaja y no sería justo.
—¿Y decides ponerte a charlar conmigo en lugar de matarme?
—Pertenezco a la aristocracia del infierno; tengo unos valores. No serán éticos según tu punto de vista, pero estamos de acuerdo en que atacar a alguien que está totalmente indefenso es una cabronada. Te recuperabas comiendo, ¿no? ¿Comiste algo?
¿Y tus víctimas no están indefensas cuando las matas? ¿Les das la oportunidad de defenderse?
No quiso preguntar aquello en voz alta; el demonio la iba a dejar vivir y no era cuestión de tentar a la suerte.
—No es que me apetezca estar de cháchara contigo, pero ese cabroncete aún no salió de la facultad y no quiero entrar a buscarlo y provocar trescientos infartos. Le he dicho que salga y lo hará ahora enseguida. Tú dime, ¿quién te ha hecho esto? Ni siquiera yo logré hacerte tanto estropicio.
—Una sinalma —se limitó a contestar Verónica—. Fue una pelea bastante intensa.
—Pues vaya una hija de puta con la que has dado —dijo entonces el demonio, lo que alertó un poco a Verónica—. Ella que no puede morir se ensaña así contigo, que sí puedes hacerlo. No está bien, no.
—Fue una pelea. La gente se hace daño. Quería matarme, así que…
—¿Y entonces por qué te apuñaló la mano y la cara?
—preguntó el demonio, que olía la sangre demoníaca en el vendaje de la mano—.
Veo que tienes sangre donde el corazón, pero tienes muchas más heridas.
Una pelea, dices ¿eh? Si yo fuera una sinalma que se enfrenta contra un humano, me lo quitaría del medio rápido, no le haría sufrir. ¿Estás bien?
—Sobreviviré —asintió Verónica—. Solo necesito recuperarme, comer, curarme y… no sé qué coño necesito.
—Con lo que te ha hecho, un psiquiatra.
—Fue culpa mía, de todos modos. Me dijo que no me peleara con ella y la ataqué igual.
—Bueno, en realidad hacías tu trabajo —contestó Kagutsure—.
Así que no sé hasta qué punto deberías culparte por eso.
Tú serás rara de cojones con ese rollo de «no me importa nada y mato porque es mi trabajo» , pero la otra se pasó tres pueblos.
Si en lugar de acuchillarte en la cara o la mano te hubiera dado en el cuello, no sufrirías tanto.
No sé, somos enemigos, pero al igual que tú no nos haces sufrir porque sí, yo espero que tus rivales te hagan lo mismo.
No juegas con nosotros, solo nos eliminas porque es tu trabajo.
—¿Ahora eres agradable conmigo?
—Solo soy sincero. Nos tratas bien en la medida de lo posible, así que no quiero que te hagan agonizar cuando te vayan a matar.
Ah, es todo demasiado complicado, me temo.
Recupérate prontito, bonita —añadió mientras le enseñaba los dientes—.
Porque yo me marcho mañana y no pienso irme sin matarte.
Tendré que entretenerme mientras, no tiene sentido que te ataque contigo así.
—Seré yo quien te mate —musitó Verónica—. Ya lo verás.
—Mañana lo veremos. Come, ¿de acuerdo? De la cara te va a quedar cicatriz pase lo que pase, me temo, es muy profunda y por mucho que comas tu cuerpo ya la ha interiorizado. Te quedará bien, de todos modos. Cazadora o no, guapa eres un rato.
—Mi compañero llegará pronto y no te conviene que te vea.
—Oh, ese desertor, Ghn’aexlruzh’thœ. Puedo notar su presencia, está cerca. Siempre te salvan los demás, ¿eh? —Le dio unas palmadas en la cabeza y se levantó—. Hoy te dejo el día de tregua, tienes que descansar y has sufrido bastante por ahora. Prepárate para mañana, porque acabaré contigo.
Y desapareció de la escena.
La asesina se fue de Oviedo tan pronto como pudo.
Llamó a Lucas y le ordenó que fuera a su casa, que lo vería allí.
También llamó a Belial y le dijo lo mismo, pero con un tono más suave e incluso cariñoso.
Condujo a casa mientras la flecha le vibraba en el bolsillo.
El cuerpo ya no le dolía del todo, apenas notaba un pinchazo, pero no estaba en absoluto tranquila.
Llegó a casa, abrió la puerta y lanzó sus cosas contra el mueble de la entrada.
Satán y Lucas estaban en la cocina, cada uno con un café, y cuando la vieron aparecer con tanta rabia encima, dejaron de hablar entre ellos.
—¿Rubita? —preguntó Belial.
—¡Putos cazadores! ¡Puta facultad! —bramó ella, todavía sin aparecer por la cocina.
—¿Qué le pasa?
—No sé —dijo Belial, y se levantó—. Quédate aquí, voy a verla.
Belial salió de la cocina y se encontró a su chica echando pestes en la entrada. Estaba enfadada, realmente furiosa. Lucas, desde su silla, la escuchó protestar y se encogió un poco. No sabía qué le había pasado para que estuviera así de enfurecida.
—Eh, calma, calma —le dijo Satty—. ¿Qué te pasa?
Ella lo empujó y pasó a la cocina, donde miró con furia a Lucas, que había optado por esconderse detrás de su taza de café. La chica se llevó la mano al bolsillo, sacó la flecha envuelta y la lanzó sobre la mesa.
—Ahí tienes tu puta pista.
—¿Es esa?
—¡Claro que lo es! ¡Oh, sí lo es! ¡Lo es, mierda!
Belial entró en la cocina y al ver la flecha palideció como si estuviera ante un arma mortal que pudiera acabar con él en segundos. Miró a la asesina, luego la flecha, y ató cabos.
—No —dijo.
—Ya lo creo que sí, Belial. ¡Ya lo creo que sí! ¡Hasta el puto cielo me avisó!
—Perdón —interrumpió Lucas alzando la mano, como un niño en clase—. ¿Alguien puede explicarme qué pasa?
—¿¡Que qué pasa!? —chilló la asesina, histérica. Belial la sujetó por detrás y tiró hacia él.
—Eh, cálmate, el chico no tiene la culpa. Respira, tranquilízate y nos cuentas.
La joven suspiró, bajó la cabeza y se sentó.
No podía controlarse, era incapaz de pensar con claridad.
La flecha, el coro, la pelea, la cazadora…
La cicatriz. Todo le daba vueltas en la cabeza, se amontonaban las cosas, le molestaban, se repetían una y otra vez.
La flecha parecía hablarle desde la mesa.
Sacudió la cabeza con fuerza, como un perro que se quiere secar, y solo así pudo aclarar un poco sus ideas. Aunque no demasiado.
—¿Recuerdas lo que te dije sobre la inmortalidad de los humanos, Lucas?
—¿Que podían reducir su muerte a una sola causa?
—Eso. En los tiempos en los que yo todavía tenía alma, esa flecha era una de las viejas reliquias de mi familia.
Cuando pacté, la escogí como única cosa que pudiera matarme, y la guardé bajo llave durante muchos años.
Si yo tenía el control sobre lo que me podía matar, tenía el control sobre mi propia muerte, así que por eso la escogí.
Y es la misma muerte que escogió tu querido Ramón.
Como estaba en un marco en un laboratorio, nadie la sacaría de allí.
—¿Cómo llegó a la facultad? ¿La perdiste?
—La tuve muchos años y estuve tranquila —dijo ella—, pero los cazadores de monstruos me seguían la pista, y mandé a un amigo a destruirla.
Le dije que la rompiera, quemara o hiciera lo que quisiera con ella, pero que la eliminara del mundo.
Me lo prometió, pero está claro que no lo hizo.
La debió de esconder en su casa, o algo así, y me trajo trozos de un palo normal.
Le creí, éramos amigos y no tenía ninguna razón para desconfiar de él.
Años más tarde de su muerte me enteré de que era cazador de monstruos y que su familia seguía su legado.
Tuve miedo durante mucho tiempo, ¿y si se había quedado la flecha y pronto venía alguien a por mí?
No pasó, ningún cazador me atacó con ella, así que de verdad pensé que había antepuesto nuestra amistad a su trabajo y la había destruido.
Está claro que no lo hizo, ¡porque está aquí delante de mí!
—Y ahora no podemos destruirla, claro… —dijo Lucas, asustado.
—No, porque Ramón tiene que morir. ¡Joder!
—Me enfrentaré yo a él —dijo Lucas—. No pasa nada, yo pelearé y tú estarás a salvo. Ya has arriesgado demasiado…
—Ramón es inmortal salvo por esa flecha, como yo —le dijo la asesina—. Tú eres mortal, si te dan un mal golpe te pueden matar; no puedo permitir que te arriesgues así. Lucharé contra él, y tendré cuidado. Es la única manera de acabar con este marrón. No te ofendas.
—No es lo peor que me has llamado.
—No pasa nada —dijo entonces ella—. Voy a dormir un poco y luego saldré a por Ramón. A ver si lo encuentro.
—Yo me voy entonces y te dejo descansar. —Lucas se levantó, pero no le dio tiempo a despedirse, la asesina ya se había encerrado en la habitación.
Belial suspiró y acompañó a Lucas a la puerta.
Él sabía que no podía meterse en el asunto, aunque lo que más le apetecía era coger la flecha, encontrar a Ramón, clavársela en el pecho hasta matarlo y luego quemar el arma y regalarle las cenizas a la asesina en un collar plateado —ella odiaba el dorado— para que lo llevara siempre encima y pudiera estar tranquila.
Pero no podía, porque era Satanás, el Rey del Infierno, y no podía mostrarse parcial con una humana.
Había hecho un compromiso, había prometido no mojarse en esos temas, no intervenir en casos que no pusieran en peligro la integridad del infierno.
No podía, y no poder ayudar a quien quería le dolía y enfadaba.
Su chica lo sabía, siempre tuvo claro que él no siempre iba a poder ayudarla, y lo entendía y respetaba.