24. A veces, cuanto más arriba estás, menos puedes hacer por la gente a la que amas.
Verónica salió de la facultad tan pronto como su exhausto cuerpo se lo permitió.
Intentó arrastrarse escaleras abajo, aunque fuera usando el paraguas a modo de bastón.
Logró bajar varios escalones, pero llegó un momento en el que no pudo más.
Las piernas le temblaban, el cuerpo empezó a soltar destellos de dolor y para cuando se dio cuenta de lo que pasaba, no pudo ni siquiera agarrarse a la barandilla o anticiparse.
Su cuerpo se precipitó escaleras abajo, y tuvo que soltar el paraguas para cubrirse la nuca y evitar un golpe fatal.
Al caer, el mármol duro y firme de los escalones le golpeó con fuerza, la espalda, el abdomen, los brazos, las piernas.
Pero no la cabeza. Apretó los párpados con fuerza y cuando su debilitada figura se dio un último golpe que le recorrió el cuerpo entero como una corriente eléctrica, se quedó tirada y no se pudo mover.
Aún no había llegado a la planta baja, estaba en el segundo escalón, uno más y llegaría.
Estaba tirada boca abajo, sin fuerzas y herida.
—Tengo que bajar… —musitó—. Solo un escalón más, y luego el último. Vamos…
Se apoyó en las manos, agotada, y trató de levantar su peso.
El lado derecho no le respondía del todo, así que optó por inclinarse un poco a la izquierda y aligerar el peso, pero entonces bajó rodando los dos escalones que le quedaban.
Cayó sobre el suelo cubierto por una alfombra negra y se golpeó la cabeza, pero no se desmayó.
Jadeó, tosió y trató de arrastrarse hacia el paraguas, que había caído más o menos cerca.
No lo consiguió enseguida, todo le dolía, no sentía más que dolor y cansancio, y durante unos minutos no pudo hacer otra cosa que no fuera quedarse en la alfombra, encogida en posición fetal, luchando por calmarse.
La sangre salía de sus heridas, que no eran letales pero sí abundantes, y el miedo era dueño de su cuerpo.
—Abuela… —jadeó, no podía pronunciar palabras en voz alta—. Quiero irme a casa… Abuela… Sácame de aquí.
Nadie fue a por ella, nadie la levantó, nadie la llevó a casa. Por mucho que llorara o suplicara, iba a quedarse allí tirada, sola. Tenía que levantarse, comer y salir de allí. Y tenía que hacerlo sola, porque nadie lo haría por ella.
Se puso en pie y recogió el paraguas. El cuerpo se negaba a obedecer, quería tumbarse, pedía descanso, comida, magia. Pedía muchas cosas, pero la desesperada Verónica no podía darle ninguna de ellas. Solo podía mantenerse con vida.
Come.
Por favor, come.
Necesitamos comida.
Come.
Vio la máquina expendedora en lo que los estudiantes llamaban cafetería , pero que no era más que un comedor pequeño con cuatro mesas y dos microondas, otras dos mesas altas fuera y dos máquinas expendedoras, una de café y otra de comida.
Comida.
Verónica buscó la cartera, sacó la tarjeta de crédito y marcó lo más nutritivo que había.
No sería suficiente, una sola cosa no le daría nada.
Estaba sola allí, todos estaban en clase, así que se tomó la libertad de marcarlo absolutamente todo.
La comida cayó de sus posiciones al hueco, la multitud de cosas se agolparon abajo del todo, justo cuando Verónica caía sobre el cristal de la máquina, agotada.
Las piernas le temblaban, el cuerpo sucumbía al cansancio y la sangre no dejaba de manar de la enorme herida.
Cerró los ojos e intentó respirar hondo.
Come. Vamos, lo tienes ahí. Come. Siéntate y come.
Se dejó caer al suelo, sacó la comida de la máquina y devoró todo lo que había allí, pero su hambre no se saciaba.
Comió sin parar, pero ni siquiera la desesperación y el hambre la llevaron a engullir de forma grotesca.
Aunque se moría de ganas de saciarse, lo comió todo despacio, en bocados pequeños, con la boca cerrada.
La desesperación no justifica la falta de modales.
Era una de las frases más habituales de su abuela, que nunca le permitió faltas de educación en la mesa.
Cuando terminó con toda la comida apoyó la cabeza contra la máquina, exhausta. Se encontraba un poco mejor, pero necesitaba comida de verdad. Y seguía sangrando por la cara.
—Necesito comida, pero de cocinar y eso.
—Sabía que estarías aquí.
Se giró, alertada por la voz. Ante ella estaba la figura de un demonio, de traje y corbata con bombín a juego. Intercambiaron una mirada y Verónica sintió unas ganas de llorar que casi no pudo reprimir. Estaba ante el mejor amigo de su abuela. Él se sentó a su lado, preocupado.
—Chuck…
—Ah, mi niña, mira cómo te han dejado.
—No la maté, pero tampoco morí. Algo es algo, ¿no?
No tenía ni idea de cómo había logrado decir aquello; en realidad solo quería echarse a llorar. El miedo se había asentado en su cuerpo y no saldría en un tiempo. Nunca antes ningún monstruo la había tratado como había hecho aquella sinalma, y decir que estaba aterrada se queda pequeño.
—Deberías estar orgullosa. Ven, nos vamos al HUCA.
—¿No me curan en la Sede?
—En la Sede curan heridas que se pueden arreglar con magia o energía. El tajo que te han metido en la cara no se va a curar así, ese cuchillo estaba encantado y tú no tienes energías. Hala, arriba, que te llevo al médico.
—¿Y la mano? —preguntó Verónica mientras se la mostraba—. ¿Eso tiene arreglo?
—¿A qué puto cafre te has enfrentado, mi niña?
—A una sinalma . Una muy gilipollas. ¿La mano tiene arreglo o voy a parecerme a un trasgu el resto de mi vida?
—Cerrada como está, un médico no se arriesgará a tocarla mucho. Si no te duele ni molesta, no creo que quieran abrirla.
—Pero no quiero tener el agujero así…
—Se me ocurre algo, pero tiene que ser ahora si quieres que funcione. No nos daría tiempo a ir a la Sede. Habilidades curativas tengo pocas, pero si te doy de mi sangre ya, tal vez tu cuerpo no se acostumbre al agujero y pueda cerrarse.
—No quiero sangre demoníaca, Chuck… soy mortal.
—La que te voy a dar no te hará nada salvo curarte en el mejor de los casos. Es la única opción de recomponer eso.
Verónica suspiró, pero asintió. Chuck tenía razón, aquel cuchillo no era uno normal, tenía un encantamiento que no impedía pero sí ralentizaba la cicatrización y para colmo Vero ya no tenía energías, por lo que no había magia que pudiera arreglarlo.
Si quería recomponer su mano y olvidarse de ese agujero, necesitaba algo efectivo.
Y su única esperanza era sangre regenerativa de demonio en el acto.
Extendió la mano a su compañero, quien le sonrió.
Chuck se sacó un puñal del bolsillo interior de la americana, se remangó y se hizo un corte en el antebrazo.
La sangre, negra y densa, empezó a salir despacio.
El demonio se sacó un pañuelo del bolsillo y sin hacer un solo gesto de dolor o incomodidad lo empapó con la sangre; se cerró la herida con su propia piel y le vendó la mano a Verónica con el pañuelo ensangrentado.
Ella intentó mantenerse firme, pero en cuanto notó el plasma colarse por el agujero de su mano y extenderse por su piel, apretó los ojos y los dientes.
La sangre de demonio solo se debe usar en humanos en casos muy extremos, pues la sensación de dolor y quemazón es casi inaguantable.
—Muy bien, preciosa —le dijo Chuck con una sonrisa—. Lo estás haciendo muy bien, solo aguanta un poco, el dolor desaparecerá ahora enseguida.
Verónica aguantó en silencio mientras la sangre demoníaca le abrasaba la piel.
Tendría que llevar ese vendaje al menos cuarenta y ocho horas, pero con un poco de suerte el agujero desaparecería y la mano volvería a su estado original.
Cuando el dolor se detuvo, después de casi un minuto, la chica apoyó la cabeza en la máquina, cansada y asaltada por sudores fríos.
Si no moría después de aquella horrible mañana, entonces era inmortal.
El pañuelo que le rodeaba la mano ya no tenía una sola mancha; su cuerpo había absorbido toda la sangre.
—¿Crees que funcionará?
—Bueno, la ha absorbido toda todita —le dijo Chuck mientras se bajaba la manga—. Es un buen principio.
—¿Podemos irnos ya? Tengo mucha hambre…
Chuck asintió, se agachó y la sujetó bajo los brazos. Tiró de ella y la levantó sin esfuerzo. Vero se tambaleó y cayó hacia delante, pero Chuck evitó que volviera al suelo y le hizo de apoyo hasta que la chica dejó de temblar y pudo mantenerse más o menos erguida.
—Perdona, Chuck…
—¿Puedes caminar hasta el coche? ¿O prefieres sentarte y esperar fuera a que suba? Lo tengo en un parking, igual está muy lejos para tu estado de ahora.
—No sabría decirte —musitó ella—. Me duele todo.
—Bueno, sangras mucho por la cara —dijo Chuck al tiempo que examinaba la herida de su compañera—. Y por lo que he visto en las escaleras y en ti… Igual caminar te viene mal. Ven, vamos fuera y me esperas allí.
La ayudó a andar y la sentó en uno de los bordillos de las ventanas de la facultad.
Le prometió que volvería enseguida, que aguantara y no se durmiese.
Ella asintió, abrazada a su paraguas. No tenía sueño y no se dormiría, sentía un dolor agudo en el rostro y una profunda sed de venganza. Pero sueño no.
Te voy a matar, maldita criatura. Ya lo verás.
Cerró los ojos para que el dolor disminuyera, pero los abrió inmediatamente; alguien la observaba.
Escudriñó la plaza y se puso alerta, pero no vio a nadie al principio.
Pensó que había sido una imaginación suya por el cansancio, cuando notó una presencia a su lado.
No se giró, se quedó congelada en el sitio, mientras el corazón le golpeaba el pecho y la piel se le erizaba muy lentamente, casi a cámara lenta.
La audición se le ralentizó y pudo escuchar a la perfección los latidos de su desesperado corazón, como en una película de terror. No vio nada, pero no le hizo falta.
—Vaya cómo tienes la cara, criatura.
—Kagutsure… —susurró ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas, si ese demonio tenía pensado atacarle, la mataría de un solo movimiento.