23. Soy Verónica Rooney, cazadora de monstruos #4
—¡Cállate! —bramó, y lanzó un golpe seco con el cuchillo.
—¡AHG!
Verónica cayó hacia atrás, y ya no pudo levantarse.
Estaba demasiado cansada. El golpe le había dado directamente en la cara, le había dado un tajo enorme desde la parte inferior del ojo derecho que llegaba justo bajo el izquierdo y no había perdonado la nariz.
No había sido un corte especialmente limpio, por lo que la enorme herida no era una línea, sino que tenía picos.
La sangre cayó y cayó, manchó el suelo, pero Verónica ya no se podía levantar. Dolía.
La asesina, cegada por la ira, le empezó a gritar y a pegar patadas en el cuerpo.
La insultaba entre gritos, la llamaba entrometida, niñata o varios insultos más que la cazadora oyó pero no entendió, su cerebro estaba recibiendo demasiados estímulos de dolor para poder centrarse en cualquier otra cosa.
En un momento, la asesina le pegó una última patada que le dio directamente en la cara, justo en la nueva herida que su cuerpo aún no había terminado de asimilar.
Tardó un poco más en darse cuenta de que tenía el rostro abierto.
Verónica soltó un alarido de dolor que de no haber sido por el conjuro que ocultaba las peleas se hubieran oído incluso en la catedral.
Notaba la herida palpitar, la sangre salía y no había nada que pudiera frenar aquello.
Siempre que se peleaba tenía la energía y la magia de su lado, que hacían de anestesia para el dolor y aunque lo notaba, era mucho más leve de lo que debería.
En ese momento, tirada en el suelo, no le quedaba una sola gota de energía e incluso un golpecito sería insufrible.
Intentó ser fuerte, no llorar y al menos aguantar el tipo hasta que la otra se fuera o la matara por fin, pero le dolía tanto, estaba tan cansada, tan malherida y asustada que bastante tuvo con lograr no mojarse encima.
Cerró los ojos, entre sollozos de dolor.
La cabeza le retumbaba y palpitaba, y de la fuerza de las patadas su cuerpo se había deslizado hacia atrás y había dejado debajo de él y por el pasillo un reguero grande de sangre.
Deja de llorar, cojones, aguanta. Sé fuerte, vamos. No puede verte llorar.
La asesina vio lo que había hecho, vio que la niña que tenía delante se retorcía en el suelo con la ropa y la piel desgarradas, sufriendo, rota del dolor pero sin dejar de esforzarse por aguantar firme.
Curvó las cejas y giró la cabeza para mirar hacia atrás, a donde había tenido lugar la mayor parte de la pelea.
Vio las paredes agrietadas, la sangre esparcida en el suelo, el paraguas tirado de mala manera y trozos desgarrados de la ropa de Verónica.
Aquel escenario era una salvajada, hubiera hecho vomitar a cualquier humano o cazador experimentado.
Y aquella niña había luchado con firmeza, había bloqueado toda emoción y se había centrado en aquella pelea tan salvaje sin dudar o plantearse huir.
Si verlo era todo un espectáculo que revolvía hasta las tripas más potentes, vivirlo en las propias carnes debía de ser una tortura que solo aliviaría la muerte.
Verónica siguió sollozando, aunque fue capaz de hacerlo cada vez más bajo.
Solo es una cría, joder.
Por primera vez en muchísimos años, la asesina sintió pena por una de sus víctimas.
No había nada que justificara haber sometido a la cazadora a aquel sufrimiento innecesario; el plan inicial era matarla rápido y con honor, sin espectáculos ni barbaridades.
Pudo haberla matado desde el momento en el que se le echó encima después de las mil muertes , pero no, la señorita asesina decidió que lo mejor era apuñalarla en la mano hasta agujerearla por completo haciendo un destrozo que seguramente no tendría arreglo y luego, para rematar, abrirle una enorme brecha en la cara que no podría cerrar porque no tenía energía.
No tenía excusa, ni perdón. Era una hija de puta que había sido incapaz de ver a quién se estaba enfrentando. Se había dejado llevar por la rabia y las emociones y había alargado demasiado el asunto cuando pudo ponerle fin antes de destrozar así el cuerpo de una chiquilla que solo hacía su trabajo.
Verónica la miró, esperando el golpe fatal. Había perdido, no tenía fuerzas y solo la asesina estaba en pie; moriría allí mismo, en aquel pasillo, porque había perdido.. Rezó para sus adentros y ofreció el cuello, había asimilado la derrota.
Aquel gesto fue la gota que colmó el vaso para la asesina.
Todo su interior se quedó quieto cuando vio a la joven malherida dar vía libre para que acabase con ella y se llevase la tan ansiada victoria.
Era una niña, y ya había asumido la muerte y solo esperaba con dignidad. Una dignidad que la asesina jamás tuvo.
Nunca había tenido el valor de aceptar la derrota cuando tocaba y prefirió huir por la puerta trasera y llena de impureza; y aquella niña lo estaba esperando tranquila, sin temblar o dudar.
Asió el cuchillo, pero no fue capaz de clavarlo.
Por lo menos no ese día, no de esa forma.
Negó, se guardó el arma en el cinturón y se levantó.
Verónica entreabrió los ojos, y vio que su rival se alejaba de ella y recogía el paraguas del suelo.
La asesina volvió a acercarse, la levantó por el cuello de la camisa, la arrastró por el pasillo como si fuera un trapo y la dejó sentada contra una pared.
Luego, le dejó caer el paraguas en el regazo.
Verónica quiso preguntar, pero de su garganta no salió ni un sonido. La asesina se metió las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y antes de irse, dijo:
—Una cicatriz por otra.