¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 23. Soy Verónica Rooney, cazadora de monstruos #3
58%

23. Soy Verónica Rooney, cazadora de monstruos #3

La asesina gruñó, su cuerpo se había regenerado, pero no había dejado de sentir dolor.

Le había dolido la explosión, cuando solo era un manojo de carne en el suelo había sentido una de las peores agonías de su vida, y ahora que volvía a su estado original, seguía doliéndole todo.

Notaba punzadas en brazos, piernas, pecho y cuello, calambres y dolor en el vientre y el corazón, como si tuviera apendicitis y a la vez un paro cardiaco.

Los pulmones no se movían, habían perdido su elasticidad, no captaban aire ni soltaban el que tenían; las articulaciones crujían y amenazaban con dejar de responder, notaba los huesos de goma, los músculos rígidos como el cemento y sentía que las partes blandas de su cuerpo se derretían.

El dolor era demasiado intenso, era insoportable.

Le provocaba náuseas y temblores, nada de su cuerpo obedecía a sus órdenes.

Su cerebro intentaba devolver el orden, lograr alguna respuesta; pero ninguna parte corporal dio una señal afirmativa. Solo dolor y más dolor.

Dolor.

Sufrimiento.

Agonía.

—¿¡Qué es esto!?

—Las mil muertes —sonrió Vero—. Mírate el cuerpo. ¿Qué ves?

La asesina se quitó la chaqueta y la camiseta, que le ardían en la piel, y el dolor se quedó paralizado cuando vio que una enorme cicatriz le cruzaba el cuerpo.

Salía desde sus piernas, le subía por el tronco y continuaba en su espalda.

La piel se le puso de gallina, se le erizó el vello y una fina capa de sudor frío bañó su cuerpo.

Jamás, en sus quinientos veintiséis años, nadie le había dejado una sola cicatriz.

Es más, nadie podía hacerle ninguna, era inmortal, su piel se regeneraba, siempre lo hacía. ¡Nadie podía hacerle daño! ¡Nadie!

Notó que la tensión le bajaba, las piernas le temblaban y se empezó a marear.

Como si fueran un molesto susurro, comenzó a escuchar aquellas angelicales voces cantar como la primera vez, pero ya no le avisaban, ya no intentaban advertir de algo.

Solo cantaban, cantaban y trataban de hacerla enloquecer.

La flecha, en el bolsillo de sus pantalones, vibraba.

A lo mejor no solo estoy en tu bolsillo.

¿Asustada?

¿Sabes a quién tienes delante?

Sigue viva. Has peleado contra ella y sigue viva. Y tú ahora tienes una cicatriz.

No estás a salvo.

No tanto como creías.

Despierta.

No estás a salvo.

—El hechizo de las mil muertes —explicó Verónica mientras se ponía en pie—, es extremadamente complicado y no todos pueden llevarlo a cabo.

Tienes que usar la magia para seleccionar mil formas de morir y meterlas en tu arma para que de ese modo se queden guardadas en ella una vez la empuñes.

Requiere una cantidad inhumana de energía, una magia muy avanzada para poder invocar las formas de muerte sin morir tú, y unas habilidades muy especiales para meterlo todo en el arma.

¿Sabes que cuando haces el hechizo, la fase de preparación, las muertes aparecen ante ti como mil hilos dorados?

Son muchos los que mueren entonces al intentar recoger los hilos, que son muy frágiles y revientan con mucha facilidad.

Tienes que recogerlos con cuidado y magia, y depositarlos en el arma sin ser interrumpido y sin romper tu concentración.

A mí me llevó cinco horas de invocar, recoger y colocar.

Había comido tres veces por encima de mis posibilidades antes de empezar, me había llevado comida para el proceso y al acabar tuve que comerme treinta y tres ollas de pasta para no morir.

Me costó una semana recuperar toda mi energía, pero lo logré.

Y está claro que una de esas muertes que escogí es la tuya, por eso tienes esa cicatriz.

Ahora solo tengo que averiguar cuál; o lo que es más fácil, atacarte con este conjuro hasta matarte.

La asesina, en pánico, soltó un grito y se lanzó contra Verónica.

quien aún no había recuperado las fuerzas y por lo tanto, no pudo bloquearla y cayó al suelo de espaldas.

Se dio un golpe en la nuca e intentó coger el paraguas, pero la asesina se lo lanzó a otra parte, lejos de allí.

Verónica contuvo un escalofrío de miedo al ver a su rival fuera de sí.

No había una sola muestra de humanidad en aquellos ojos rojos que la miraban, le habían crecido aún más los colmillos, sudaba, se le marcaban las venas y jadeaba.

Aquella cosa parecía un verdadero demonio.

Un demonio vestido de humano.

—Maldita sabandija —siseó la asesina. Se sacó un cuchillo del cinturón y se lo clavó con fuerza en la palma de la mano izquierda.

Verónica notó la hoja del cuchillo clavarse en su piel, la notó romper arterias, nervios y venas, y el espasmo de dolor fue tan brutal que todo su cuerpo se movió, se impulsó hacia arriba y volvió a caer.

Soltó un alarido, pero la asesina le tapó la boca con la mano, no quería armar más escándalo aunque nadie pudiera oírlas.

Verónica lloró del dolor, ya no tenía energía; reaccionaba a las heridas, como una humana normal.

El dolor que su energía y magia solían amortiguar se extendía a gran velocidad por su cuerpo, como si le estuvieran operando a corazón abierto sin anestesia.

—Escúchame atentamente, niña, porque es la última vez que te lo digo —dijo la asesina, mientras sacaba y metía el cuchillo en la mano de la cazadora, haciendo más y más daño.

La chica quiso gritar, pero la mano de su rival sobre su boca no le dejaba hacer un solo ruido—.

No te pelees conmigo. Tengo que matar a un gilipollas antes de que mi amigo muera por su culpa, y no quiero distracciones.

Ahora mismo estamos en tregua; tú me dejas en paz y yo me centro en lo que me tengo que centrar.

¿Estamos? Cuando acabe con ese capullo, volveré y yo misma te arrancaré la cabeza.

¿Me has entendido? ¿Me vas a dejar en paz?

—Con la otra mano le agarró del pelo y empezó a estamparle la cabeza contra el suelo, violenta, brusca, monstruosa; no paró con las puñaladas—.

¿Me has entendido, maldita cría de mierda?

Para, ¡por favor, para! ¡Me haces daño! ¡Suéltame, suéltame!

Verónica, desesperada y agonizando, asintió con efusividad.

La asesina sacó el arma de la mano de la cazadora y se puso en pie.

Volvió a ponerse la camiseta y la chaqueta y miró a su rival, que ya se había sentado e intentaba taparse la hemorragia de la mano con desesperación y torpeza.

La asesina tragó saliva, Verónica parecía una niña asustada que no tenía ni idea de qué hacer.

Jadeaba, lloraba, sufría. Le dolía demasiado para poder soportarlo.

La asesina pareció volver en sí, y al ver el enorme agujero que emanaba sangre, se le retorció el estómago.

Durante la amenaza no había parado de darle puñaladas, más o menos unas sesenta o quizá más; y ningún humano podría aguantar aquello.

La cazadora intentaba mantener el aspecto duro y frío, pero con la mano así, después de un enfrentamiento como aquel y con el miedo que tuvo que haber pasado, le era completamente imposible.

No podía articular palabras, no podía hablar.

El sonido se le atascaba en la garganta, se convertía en jadeos de agonía, en gemidos que intentaban ocultar el llanto, en gemidos de una mortal de tan solo veinte años que se acababa de enfrentar contra un ser de más de quinientos y ya no tenía energía.

¿Qué cojones has hecho? ¿No decías que no la ibas a hacer sufrir?

¿Qué has hecho, monstruo?

Solo es una cría.

—Espera, no se curará si la tapas así —dijo, y se agachó frente a la cazadora. Se sacó un pañuelo del bolsillo y empezó a quitar la sangre que se secaba—. A ver, aguanta un poco.

Verónica quería huir, alejarse de ella, recuperar su paraguas, meterse en la cama, comer, morir… lo que fuera, menos seguir en presencia de aquella cosa. Se intentó alejar y movió el brazo lejos de su alcance.

—Déjame. ¡Déjame!

—Para, coño, para; si la mueves irás a peor. ¡Espera, solo un segundo, joder! Mira, no tengo habilidades mágicas, pero ser tan cercana a Satanás me ha dado ciertas ventajas. —Con ambas manos apretó la de Verónica y esperó unos segundos—. ¿Cómo la ves?

La sangre ya no corría, la piel ya no estaba levantada. La herida se había cerrado, pero le había dejado un pequeño agujero en la mano. Ya no dolía, ya no pinchaba, solo quedaba un agujero con sangre seca. Como el de un trasgu, pero más pequeño.

—¿Qué coño me has…? ¿Qué has hecho? —sollozó la cazadora.

—Si vas a un hospital tal vez puedan arreglarte eso.

—Eres un monstruo —gruñó Verónica.

—Lo sé. Pero tú me has dejado una cicatriz. Has intentado matarme, y me has insultado. Así son las peleas, la gente se hace daño. ¡Me has hecho explotar!

—¡Me has destrozado la mano!

—¡Podría haberte apuñalado en el cuello! —bramó la asesina, y la sujetó del desgarrado cuello de la camisa. Su otra mano blandía un cuchillo—. ¡A ver si te quejabas tanto con sesenta puñaladas en la yugular! No me toques más los cojones.

Verónica estaba furiosa y frustrada. Se había dejado desarmar, le habían hecho llorar y le habían dejado sin energía. Jamás le había pasado eso, nunca antes se había encontrado con alguien así. Odiaba sentirse vulnerable, odiaba sentirse así de humana. Ella no lloraba y no sentía.

Ella era una cazadora de monstruos, no una humana.

—¡Te mataré, monstruo! —gritó, cegada por la furia.

—¡Mejor ocúpate de tu mano! —le espetó la otra, aún con el cuchillo en la mano—. ¡Vete al HUCA, a ver si eso tiene arreglo! ¡Bastante tienes con haberme dejado una cicatriz!

Según hablaba, se enfurecía más y más. Aquella niña le había dejado una cicatriz, había sobrevivido a un enfrentamiento contra ella y para colmo le gritaba.

Gruñó, cansada, todos los esfuerzos que había hecho ese día reclamaban dormir, descansar y recuperarse, y aquella chica le ponía de los nervios.

Verónica volvió a insultarle, y la asesina ya no midió. Otra vez actuó sin pensar.