23. Soy Verónica Rooney, cazadora de monstruos #2
La asesina jadeó como una bestia herida, mientras sus vértebras crujían y empezaban a colocarse cada una en su lugar. Con los ojos encendidos en furia, dijo:
—Te doy diez segundos para que pongas tu culo de cazadora fuera de este edificio.
Verónica alzó las cejas y se colocó completamente de frente a su rival.
Podía ver, incluso con la ropa, cómo sus huesos se movían y colocaban solos, cómo le movían la piel hacia arriba y delataban así sus movimientos.
Le daba grima, verdadera grima. La chica rubia que tenía delante parecía una bestia, no una humana. Seguía jadeando.
Verónica supo que cuando se levantara, no podría huir y o mataba o moría; pero huir de allí tampoco era una opción.
Se había metido en la boca del lobo, atacar a una sinalma sin saber cómo matarla era muy arriesgado y ella no había dudado en hacerlo.
No le importó. Alzó la cabeza, retadora, y le dijo:
—Ven por mí.
La asesina se levantó con un grito de rabia, cogió impulso y se lanzó a por su rival, que ni siquiera se había quitado el abrigo.
Vero asió el paraguas con ambas manos y bloqueó el ataque y grapó a su vez a su rival, aunque del impacto tuvo que tirar una pierna hacia atrás para evitar caer.
La asesina, fuera de sí, sacó otro cuchillo y trató de clavárselo en el cuerpo, alcanzar los pulmones, el bazo o los intestinos.
Algo que la hiciera retroceder o que directamente la matase.
Lo logró.
La asesina dio un tirón brusco en su propio brazo para romperlo, para llegar a su objetivo.
El brazo crujió, se descolgó, completamente muerto, pero su mano aún agarraba el cuchillo.
Verónica no tuvo tiempo de advertir lo que ocurría, y gracias a la inercia del movimiento aquel brazo roto estampó con fuerza el cuchillo en el lado izquierdo de su pecho. El lado izquierdo. El izquierdo…
El corazón.
La asesina sonrió. Por fin, había ganado.
Un cazador apuñalado directamente en el corazón moría como un humano más, no había energía que pudiera parar la brecha, la explosión de sangre, nada.
El órgano gritaría unos segundos, pediría ayuda, y sucumbiría a la muerte junto a su dueña. Verónica tenía los segundos contados.
—Antes de que mueras —dijo con una sonrisa burlona—. ¿Vas a decirme tu nombre? Igual me lo tatúo en algún lado, para recordar a la única humana que pudo contra mí.
Entonces Verónica sonrió. Mostró los con dientes, los ojos abiertos de par en par y la mirada macabra, como si fuera un demonio o una bestia a las que tanto cazaba.
La asesina se encogió un poco. Su rival no estaba sangrando por las vías externas, y estaba segura de haber alcanzado las arterias, ese golpe lo tenía automatizado.
Sabía cómo lo había dado, y qué ocurriría.
¿Por qué diantres no sangraba, sino que sonreía?
—¿Qué…?
—Dextrocardia —dijo entonces Verónica sin dejar de sonreír—. No contabas con eso, ¿eh?
—¿Qué? —jadeó la asesina.
Verónica lanzó un empujón violento que alejó a la asesina de ella, se sacó el cuchillo del pecho y lo tiró lejos de donde estaban. Sangraba, pero la herida se cerró enseguida. La asesina tragó saliva y empezó a sudar.
Dextrocardia. El corazón a la derecha. No puede ser.
Ah, pero sí podía; era, de hecho. Verónica se aprovechó del momento de susto de su rival y se lanzó hacia ella, quien se defendió como pudo con su tercer y último cuchillo.
La cazadora dio tres estocadas, bloqueó varios ataques y tras forzarse un poco de más, hundió el paraguas en el pecho de la asesina.
La punta atravesó la piel, se llevó por delante todos los órganos que encontró y salió por el otro lado.
La sangre dentro del cuerpo buscó lugares por los que salir, y empezó a manar de sus orejas, nariz y boca.
La asesina tosió, pero no pudo sacarse el paraguas del pecho.
No moriría, por supuesto, pero mientras hubiera algo allí clavado, la herida no se cerraría y aquello dolería hasta que lo sacara.
Luchó, pero no pudo salir. Estaba atrapada.
Verónica le sonrió con maldad, con el ceño fruncido, los ojos entornados y la cabeza ladeada.
Parecía un depredador que observaba a su presa con diversión antes de devorarla.
Le dolía todo el cuerpo, la puñalada no había dado en el corazón pero le había dolido muchísimo igual.
Aun así no se permitió una sola mueca. Tenía a su presa inmovilizada.
—Soy Verónica Rooney —dijo entonces—. Cazadora de monstruos.
La asesina tembló de pies a cabeza al escuchar ese apellido.
Rooney . Una familia que mataba monstruos y criaturas desde los inicios del mundo, una familia que hacía temblar a los seres más poderosos; una familia que había superado a Van Helsing sin esfuerzo.
Muchos monstruos habían intentado acabar con ellos, masacraron a los miembros y los diezmaron no hacía muchos años, pero estaba claro que no todos habían muerto.
Verónica Rooney era la prueba de ello. Los Rooney, esa familia que la asesina conocía bien.
Muy bien.
—Rooney… —gimió, tosiendo sangre.
No puede ser verdad. Esto no está pasando.
—¿Qué te pasa, criatura? —gruñó Verónica mientras movía el paraguas y hacía daño. El cuerpo de la asesina estaba a su merced.
—¡No puedes ser una Rooney! ¡Me encargué de matarlos a todos! ¡Miles de monstruos acabaron con los tuyos!
No, un Rooney no. Otro Rooney no.
Verónica, que conocía la masacre de su familia, no dijo nada más, sino que concentró todas sus energías en un último ataque.
Podía salir muy bien o muy mal, pero tenía que intentarlo.
Cogió aire, clavó sus ojos fríos en los de la asesina, morado contra rojo, y abrió el paraguas.
El conjuro que acompañó a ese movimiento la hizo tambalearse y temblar, pero no perdió la postura.
Ese conjuro había matado a varios magos; ya no cazadores.
Verónica había sobrevivido a la primera parte, y si aguantaba la segunda, el lanzamiento, podría considerarse de muy alto nivel.
Notó que la piel se le quemaba, que se descomponía durante segundos y luego volvía a su lugar.
Su cuerpo era víctima de temblores, espasmos, dolores, calambres y sensaciones inaguantables, pero ella solo apretó los dientes y se concentró en acabar con su rival, que la miraba entre furiosa y asustada.
Verónica gritó, y el hechizo terminó de ejecutarse.
El cuerpo de la asesina reventó en una explosión de sangre y pedazos de piel que mancharon toda la escena.
La sangre salpicó el paraguas, el suelo y las paredes, y los trocitos de piel cayeron uno tras otro al suelo, como una desagradable lluvia visceral.
Verónica cayó al suelo, a cuatro patas y entre jadeos.
Tenía el pecho oprimido, el aire apenas le llegaba a los pulmones y notaba calambres por todo el cuerpo.
Le sangraba la nariz y tenía un hambre atroz.
No le quedaba mucha energía, casi ninguna en realidad, pero había acabado con la asesina.
Y había sobrevivido a su propia técnica, que tantas vidas de magos se había llevado. Jadeó. Había superado a cientos de magos. Ella sola, sin entrenamiento. Con un puto paraguas de Iberdrola.
Se quedó jadeando unos minutos más, tirada en el suelo de la facultad; ya podía normalizar su respiración.
Estaba satisfecha, había podido sobrevivir, sin apenas energía, a un conjuro como el que había lanzado.
Eso era algo para enorgullecerse. Pensó en salir de allí, arrasar el Mercadona y comer hasta hartarse, pero entonces escuchó una risa, y la sangre se le congeló en las venas.
Venía de todos sitios a la vez, retumbaba en las paredes e impactaba contra el agotado cuerpo de la cazadora.
Una risa de mujer, una risa malévola, de burla.
Alguien se reía de ella. Las carcajadas se clavaron en ella como si fueran cuchillas afiladas dispuestas a hacerle daño, y a pesar de no haber nada físico, Vero sintió el dolor.
La risa siguió sonando, un sonido de ultratumba que se le metía en la cabeza y le hacía daño.
Cayó de nuevo al suelo, dolorida, con sangre que salía de sus maltratados oídos.
Los ojos se le colmaron de lágrimas de dolor.
¿Qué era aquello? ¿Por qué le dolía tanto?
¿Es que iba a morir de verdad por culpa del conjuro?
¿Eso era lo que le había pasado a los demás magos?
¿Quién se había creído ella, una simple cazadora que había desbloqueado la magia a los cinco años, para compararse con un mago que nacía con ella en la sangre?
Era usuaria de la magia, pero eso no la convertía en bruja o hechicera.
Usaba la magia para cazar, conjuraba ataques contra monstruos, pero no podía hacer encantamientos curativos, de aparición de objetos ni ninguna otra cosa típica de magos. Ella solo era cazadora, no era bruja.
No, el dolor no era de su conjuro. La risa era demasiado aguda; y venía directamente de los pedazos de piel del suelo que, para horror de la cazadora, se movían los unos hacia los otros y se agrupaban a una velocidad de vértigo.
La risa se apagó, y en su lugar empezó a sonar un chasquido viscoso a medida que los tejidos subían unos encima de otros, se pegaban, se arreglaban, se cerraban.
Se fueron curando, capa a capa, trozo a trozo, hasta que, pasados unos eternos segundos, la asesina volvió a su forma habitual. Seguía viva. Y estaba furiosa.
Verónica jadeó, pero se quedó de rodillas. Al menos no había muerto aún y había aguantado. Su rival podría matarla sin problemas, sabía que había perdido, pero se conformó con haber aguantado tanto.
—Las mil muertes, ¿eh, niñita? —preguntó la asesina, furiosa—. ¿Es que no sabes que soy inmortal?
—Puedes morir. ¿Y si una de esas mil muertes es la tuya? —preguntó Verónica.