23. Soy Verónica Rooney, cazadora de monstruos
La asesina bajó de los despachos a toda prisa, ya con el ojo bien y sin manchas de orín en el pantalón.
Quería irse de aquel edificio cuanto antes.
Bajó por las escaleras que daban a las aulas, quería evadir el comedor, tenía miedo de que aquel inquietante y macabro coro apareciese de nuevo.
No quería saber nada del cielo. Bajó hasta el primer piso, y caminó por el pasillo de esa planta.
Se detuvo a ver las orlas, quería irse de allí pero sin embargo su cuerpo necesitaba calmarse primero.
Intentó relajarse, miró a los graduados en logopedia, que eran menos que los de psicología, y a ciegas buscó la de Lucas.
No tardó en encontrarla, y tardó menos en ver al chico; era de los únicos chicos —eran dos— y era el único negro.
Y estaba en el centro. La joven ladeó la cabeza, con los ojos fijos en la foto de su amigo, si es que así se le podía llamar.
Estaba en medio de todos, era el único negro y solo había otro chico; casi parecía hecho aposta.
Estaba en el medio, en el centro de todo, todo a su alrededor.
Al igual que estaba en el centro de todo ahora. La maldición. Ramón Álvarez. La flecha que vibraba en el bolsillo de su chaqueta. Todo giraba en torno a él, todo ocurría por él. Porque él era la víctima en todo aquello. Ramón, la maldición, la muerte. El demonio.
El demonio.
No se había parado a pensar en la segunda parte del asunto.
Había un demonio suelto por ahí, campando a sus anchas y seguramente matando gente.
No sabía qué demonio era, ni qué tipo, ni quién; pero para hacer un pacto así, debía ser de los fuertes, como le había dicho Satty alguna vez.
Bueno, mientras no fuera un devorador de almas, los cazadores podrían con él.
Entonces pensó en la joven cazadora con la que había tenido una conversación en ese mismo pasillo.
¿Qué sería de ella? ¿Ya la habían matado?
¿O seguía viva? No sabía su nombre, ni su poder, no sabía nada.
Lo mismo podía ser un prodigio y haberse cargado a mil monstruos que una simple cazadora del montón a la que una criatura le había aplastado la cabeza.
No lo sabía, pero no le interesaba. Esa chica era una cazadora de monstruos, y ella era una sinalma y una asesina a sueldo, lo que la situaba en la categoría criatura , así que sus crímenes como asesina podían ser castigados por un cazador. Podrían matarla, y con todo el derecho.
Era una criatura asesina. Un monstruo.
Se fijó entonces en el nombre, no solo en la foto, de Lucas. Leyó su primer apellido con normalidad pero se le bajó la tensión cuando leyó el segundo. La flecha vibró en su bolsillo, se rio de ella otra vez, y notó que el cuerpo se le llenaba de sudor.
¿Esas alimañas han conseguido reproducirse?
Tuvo miedo, pero se consoló diciéndose que la fuente de ese temor era absurda. Los únicos con ese apellido que le preocupaban eran los que lo tenían de primero. Y la inmensa mayoría estaban muertos.
Se había encargado personalmente de aquello.
Sacudió la cabeza (al menos ya sabía por qué sentía emociones intensas con Lucas), y se alejó de las orlas.
Los estudiantes acababan de entrar en las aulas, hacía cosa de cinco minutos como máximo, y podría salir de allí con tranquilidad.
Dobló la esquina para avanzar por el pasillo hasta las escaleras, pero entonces alguien le chistó por detrás.
—Tú.
La asesina se giró, y frunció el ceño al ver a la cazadora en la que había pensado. Estaba allí, de pie, con un paraguas extendido, aunque no era el negro habitual, sino uno verde con el logo y nombre de una compañía de la luz.
—Venga, no me jodas. ¿Qué haces aquí, niña?
Verónica frunció el ceño. Había ido a llevar a Almudena a la facultad; desde su enfrentamiento con el demonio se aseguraba de no dejarla sola en las horas con poca luz.
La había dejado en su clase y tenía pensado ir a seguirle la pista al demonio Kagutsure.
Pero sus planes estaban a punto de sufrir una pequeña modificación.
—Aquí las preguntas las hago yo —dijo Verónica, crispada—. ¿Qué haces tú aquí?
—Me doy un paseo, no te jode. ¡No es asunto tuyo! Déjame tranquila, no te aconsejo meterte conmigo hoy.
Sí, anda. Primero un coro la acosaba, luego veía la única cosa que podía matarla y tenía que usarla contra su rival, y encima se encontraba con una cazadora que no tenía pensado dejarla marchar tan fácilmente. Y no eran ni las nueve y cuarto de la mañana.
—Tengo ganas de cazar criaturas asesinas —dijo Verónica—. Y eres una de ellas. Tengo que detenerte antes de que mates a alguien.
—Hoy no.
—Hoy sí.
—Oh, ¿y me vas a detener con tu paraguas verde de Iberdroña? —se mofó la asesina—. ¿Tu paragüitas de la luz va a matarme?
—No me subestimes, criatura.
—Anda, chica, ¿quién eres?
—Mi nombre no es de tu incumbencia —dijo Verónica—. ¿Y el tuyo?
—Tampoco es de la tuya. Hazme caso, no te conviene pelear contra mí.
—Sabré yo contra quién me conviene y contra quién no. Voy a matarte.
—La facultad está llena de gente, niña.
—Tranquila, criatura —sonrió Verónica—, he creado un campo de protección, nadie verá ni oirá nada.
La asesina apenas tuvo tiempo para ver el paraguas de su rival lanzarse a por ella. El ataque fue firme, rápido y lleno de furia. Se agachó, asustada, y el paraguas solo le rozó el pelo y se lo cortó un poco. No se preocupó, crecería en cosa de segundos.
La cazadora volvió a atacar sin pararse.
Tan pronto como vio que su ataque había sido evadido, cambió la trayectoria del paraguas hacia abajo en diagonal, hacia el cuerpo de su contrincante.
Le dio, y bastó un conjuro simple para hacerle un corte grande que hubiera desangrado a una persona normal.
La asesina no lo vio venir, no supo dónde estaba el paraguas hasta que lo notó clavarse en su abdomen.
Otro golpe, otro corte. La asesina sentía el dolor, pero hasta que no se quitara el arma del cuerpo no podría contraatacar en condiciones.
Sacó el cuchillo que tenía en el cinturón, tapado por la enorme chaqueta dos tallas mayor e intentó darle a su rival en el cuello o zona vital.
Ella sí podía morir. Verónica lo vio venir, se anticipó y se cubrió con el brazo.
El cuchillo impactó contra ella pero no le hizo ningún daño grave, solo una puñalada en un brazo.
La asesina tembló un poco, algunas de sus víctimas se resistían, pero no eran tan rápidas y entrenadas como la cazadora a la que se estaba enfrentando. El paraguas seguía en su abdomen, pinchaba, escocía, dolía.
Con la mano del cuchillo bloqueó los movimientos de la chica durante unos segundos y con la otra, que la tenía libre, le pegó un puñetazo en la boca del estómago. Fue un golpe de nudillos recto, no excesivamente fuerte.
Fue preciso. Seco, de sorpresa.
El pecho de Verónica se hundió justo bajo el esternón.
El aire que tenía en los pulmones salió disparado y de golpe.
La cazadora tembló y se tambaleó, aunque no cayó.
Aun así, esos segundos de mareo bastaron para que la asesina se recompusiera, se sacara el paraguas del cuerpo y se pudiera regenerar.
Verónica, con los ojos llorosos del golpe, alzó la cabeza y la miró con furia.
Es un buen golpe. Sabe darlos, sabe luchar. No solo mata. Lucha.
Aunque claro, si en quinientos años no se había molestado en aprender a luchar, era para matarla.
La asesina, recuperada, saltó sobre Verónica, cuchillo en alto.
No la haría sufrir, era una niña, al fin y al cabo, así que se limitaría a clavarle el cuchillo en una zona vital que la matara al instante.
Nada de dejarla paralizada o sufriendo. Aquella cazadora era una simple cría, joder, no había que ser demasiado duros.
Dio una pirueta sobre ella, consiguió acceso a su espalda, donde no se podría defender, y apuntó al bulbo raquídeo.
Entraría por el cuello y lo atravesaría.
La cazadora moriría al instante o en segundos. Muerte limpia, digna y rápida.
La punta del cuchillo rozó la piel del cuello, pero entonces la cazadora giró sobre su eje y golpeó con el paraguas a la asesina, que seguía en el aire, aún en medio de una voltereta.
Al estar encogida y doblada, no pudo defenderse y el golpe la envió contra la pared.
Chocó contra el muro y cayó al suelo, aturdida.
El golpe fue tan violento que la pared se resquebrajó un poco.
El sonido de su columna romperse retumbó en su espalda como el de un vaso de cristal al quebrarse.
Cayó con el torso ladeado en un ángulo imposible para un humano, las piernas no le respondían y sus pulmones eran incapaces de seguir con la respiración.
Su cuerpo solo sentía dolor, como un fuego líquido que le recorría de arriba abajo.
Jadeó, asustada. Aquello no podía ser real, no era posible.
Sus ataques eran rápidos, precisos y generalmente impredecibles, nadie que se hubiera enfrentado a ella había sobrevivido. Nadie.
Alzó la cabeza, y vio a Verónica de pie en el mismo sitio que antes, no se había movido.
Tenía el paraguas en la mano, con la punta hacia abajo, y la miraba.
Tenía el rostro oscurecido, sombrío, como si alguien le hubiera pintado por encima, las mechas moradas de su pelo brillaban un poco y sus ojos estaban muertos, completamente vacíos, ni siquiera la luz se reflejaba en ellos.
Eran dos canicas opacas, dos canicas de color morado.
No se había despeinado, no se había movido.
Aquello no podía estar pasando.
—¿¡Quién cojones eres tú!? —gritó la asesina.
—No te incumbe quien sea —habló Verónica con la voz profunda—. No te incumbe, criatura.
—¡Claro que sí! —gruñó ella. Estaba más o menos tranquila, en el mundo solo había un objeto que pudiera matarla, y lo tenía en el bolsillo—. ¡Eres la primera que me da pelea!
Los ojos de Verónica brillaron ahora con fuerza.
—Así que la del paraguas de Iberdroña te da pelea, ¿eh? —dijo.