22. Te quiero, güeli
La abuela suspiró, se apoyó contra la pared exterior de la casa y se dejó caer al suelo mientras apretaba con fuerza la carta que había recibido ese día. Su arma cayó a un lado, y aunque la mujer solo quería gritar, se limitó a cerrar los ojos.
—Hola, Emily.
Se giró, y vio a un demonio acercarse a ella. Iba vestido con un traje y corbata grises, con bombín a juego. Dos cuernos de toro le sobresalían del pelo azul. Se miraron. Él le sonrió.
—Ghn’aexlruzh’thœ.
—Eres la única capaz de pronunciarlo —dijo él, y se sentó a su lado—. ¿Qué te pasa, mi dulce Emily?
Ella le tendió la carta y él la leyó despacio, asimiló todas las palabras escritas y cuando acabó, la dobló y se la devolvió. Su expresión sonriente y tranquila desapareció.
—Joder. ¿Ahora?
—Eso me pregunté yo —dijo Emily encendiendo un cigarro.
Ghn’aexlruzh’thœ no era un demonio como los otros.
Si bien, desde un punto de vista humano, todos los demonios eran criaturas maléficas, unos pocos ayudaban a los cazadores...
sin duda por sus propias y tortuosas razones Ghn’aexlruzh’thœ, mejor conocido como Chuck —un nombre más pronunciable para los humanos— era uno de los más famosos y queridos en el gremio.
No participaba de forma activa en los combates, —demonio no mata demonio —, pero cuidaba de los cazadores, los ayudaba, los guiaba y era una figura muy importante para ellos.
Suya había sido la idea, hacía ya varios siglos, de inyectar magia a aquellos cazadores que no pudieron desarrollar la suya propia, y gracias a esa idea, el gremio creció mucho en poco tiempo.
—Así que te jubilan, ¿eh, vieja amiga? Bueno, ¿cuántos años llevas en esto ya?
—Empecé en el siglo XVI. Echa cuentas. ¡No puedo jubilarme ahora, Verónica me necesita! ¡Ya sabes lo que significa jubilarme!
—Emily, amor —dijo Chuck—, a veces es lo que hay que hacer. Verónica es mayor, lleva catorce años en este trabajo, sabe actuar bien. ¿Se lo has dicho?
—Sí. Llegó a casa después de enfrentarse a quinientos monstruitos, a un monstruo gigante y a un demonio come almas.
—Hmmm, Kitsu y Kagutsure, ¿no?
—Esos.
—¿Y qué dijo?
Emily miró a Chuck, quien no pudo evitar sentirse sobrecogido.
Ambos se conocían desde los inicios de ella en el mundo de los cazadores, siempre se habían llevado bien y él era el único capaz de comprenderla del todo.
Vio la mirada de su amiga, el dolor y la rabia, y suspiró.
Era su maldición: sentía empatía por aquellas criaturas, algo sin duda indigno de un demonio.
Casi parecía humano.
—Que estaba bien. Que si era mi hora, lo era. No pareció afectada en exceso.
—Bueno, lo asume hasta ella. Vamos, Em, las cosas son como son.
—Sí, pero no quiero hacerlo ahora.
—Es lo que hay, Emily.
—¿Y Verónica qué? —preguntó Emily—. Es la única pariente que me queda. Cuando ese demonio mató a sus padres…
—La has cuidado y entrenado todo este tiempo, has hecho tu trabajo. Llevas quinientos años en esto, ¿no crees que debes descansar? Vero estará bien.
—No puedes asegurármelo. ¿Acaso sabes lo que tiene encima?
—Las lágrimas empezaron a asomar al rostro de la mujer—.
¿Sabes por lo que está pasando mi pobre nieta?
¡Se tiene que enfrentar a un devorador de almas ella sola!
¡No hay más cazadores disponibles y mucho menos preparados para esto!
¡Se tiene que encargar ella! Casi la matan ayer, casi… casi se me muere… Mi niña…
Se echó a llorar. No quería jubilarse aún.
Sabía que le tocaba; flojeaba en los combates, su cuerpo envejecía y ella misma se notaba cada día más frágil, pero no quería dejar sola a su nieta.
Verónica nunca pedía ayuda, jamás lo había hecho.
Siempre había lidiado sola con sus problemas, no le gustaba depender de la gente, ni que la gente dependiera de ella.
Por eso nunca pedía ayuda. Pero Emily sabía que esa vez la necesitaba.
La culpa la invadió. Había educado a su nieta desde pequeña, ella la había moldeado. Los entrenamientos tan duros, tan seguidos y tan largos, las técnicas, exigirle tantas cosas a una niña tan pequeña que lo cumplió todo sin rechistar…
Nunca le había pegado o insultado si fallaba; había sido dura pero jamás abusiva, pero esa dureza había hecho que Verónica creciese y madurase como una persona fría, calculadora, independiente y seria.
Alguien que vivía por y para entrenar y cazar.
Alguien que cumplía sus deberes sin protestar, que ayudaba a la gente aunque no le gustase y que trabajaba con dureza, siempre con frialdad y distancia.
Nunca nadie había podido leerla del todo, indagar en su mente, saber qué pensaba, qué le gustaba de verdad; saber quién era en realidad.
Nadie, ni su propia abuela, conocía a Verónica.
Había creado un monstruo.
—Solo quería forjar una cazadora —sollozó—. Que fuera fuerte, que siguiera el legado familiar. Y en el proceso… maté a la niña.
—Hay cosas que requieren sacrificios.
—¡Era una niña! ¡Tenía cinco años la primera vez que la llevé a un gimnasio! ¡Desbloqueó su magia a los cinco y medio! ¿¡Tú crees que eso es normal!? ¡Empuñó un arma antes que un lápiz!
—Al menos no le creaste un trauma, Emily. Fuiste dura pero buena.
Emily lo miró con los ojos llenos de lágrimas de dolor y culpa. ¿Un trauma? ¿En serio? Su amigo se encogió un poco. ¿Había dicho algo malo? Ella negó lentamente, muy lentamente, como si estuviera asimilando lo que decía.
—El trauma necesita una herida. Y para que haya herida, tiene que doler. Yo me aseguré de que no le doliera nada. Le enseñé a no sentir.
—Oh, vamos, Emily.
—Es verdad. No siente. No puede tener un trauma. Eso fue parte del entrenamiento.
La conversación murió allí. Emily se dedicó a fumar, envuelta en su culpa, y Chuck se limitó a mirarla con tristeza.
Sí, el entrenamiento de Verónica había sido muy duro, pero ella siempre lo recordaba con gratitud y normalidad.
Cuando le preguntaban, respondía que sin esas horas llenas de sudor y esfuerzo no sería quien era, y que debía darle las gracias a su abuela.
Verónica sentía por Emily el mayor cariño, respeto y gratitud.
Según la joven, su abuela la había hecho fuerte y firme, y no podía estarle más agradecida por eso. Aun así, Emily solo podía culparse.
—¿Cuántos días de vida me quedan, Chuck?
El demonio la miró, sorprendido por el repentino cambio de tema.
Era cierto que los cazadores de monstruos adquirían años de vida al matar criaturas.
Si un cazador mataba a un vampiro, se le sumaba una cierta cantidad de tiempo a su esperanza de vida natural, aunque podría morir por heridas o ataques antes de ese tiempo; si mataba a un hombre lobo, se añadía otra cantidad.
Las horas, días o años que se sumaran siempre eran proporcionales a la batalla, a la criatura vencida y a las condiciones del ambiente.
En la Sede Central, la base donde vivían los jubilados, se entrenaban a los aspirantes a cazadores y se planeaban estrategias, había un listado con las criaturas y el tiempo a sumar con su muerte.
A lo largo de su vida, Emily había matado a casi cincuenta demonios, más de tres mil monstruos, quince mil vampiros, cincuenta mil brujas y tres hombres lobo.
—Todavía te quedan unos pocos —dijo él solamente, no le quería decir cuántos exactamente—. ¿Te has despedido bien de tu nieta?
—Sí. Dijo que me quiere mucho. Es la primera vez en su vida que me lo dice.
—¿Nunca te había dicho nada de eso?
—Alguna vez había sido cariñosa, pero mirarme a la cara y decirme «te quiero mucho, güeli , nunca.» No fue ella quien me lo dijo, claro, no el monstruo al que creé, sino la niña pequeña a la que obligué a crecer. Pero me lo dijo, al menos.
—Siempre te quiso mucho, solo que no sabía cómo demostrarlo —asintió Chuck—. ¿Nos vamos? Ya es hora.
—Supongo que me quedo con haber servido todos estos años y haber podido entrenar a tantos pupilos como hice. Vamos —dijo mientras se ponía en pie. Ya había hecho la maleta, sabía que tenía que irse—. Hice cuanto pude, supongo.
—Elisabeth estaría orgullosa —le dijo Chuck, y a Emily se le escaparon un par de lágrimas más.
—Iré a verla enseguida —suspiró Emily—. Al menos eso me consuela.
Chuck cogió la maleta de su amiga y le ofreció el brazo.
Ella lo tomó y ambos se fueron del jardín, ella con la mente enfocada en la culpa y él pensando en que no iba a ser capaz de aceptar que su mejor amiga moriría en tan solo dos días.
No podía pensarlo ni entenderlo, habían trabajado juntos durante siglos, y ahora solo quedaría uno de ellos.
—Siempre fuiste mi mejor amiga, Em —le dijo él.
—Y tú el mío, Ghn’aexlruzh’thœ.
Cuando mueras, Em, yo lo haré también; pero solo tú dejarás de respirar.
Mientras se iban juntos y desaparecían de la escena, Verónica Rooney los observaba.
Vio a su abuela, su único apoyo y su mentora, irse de casa, marcharse a otro lugar donde aguardaría a su cercana muerte.
No volvería, y lo sabía. Se había ido, su trabajo como cazadora había terminado y debía irse y no volver a casa.
Ahora todo quedaba en Verónica, ella era la nueva Rooney que debía continuar y extender el legado familiar.
La nueva y única Rooney que cazaba monstruos.
Lo había escuchado todo.
Había oído a su abuela culparse de los entrenamientos, de haberla criado como hizo, y aquello le dolió.
No quería oír a su abuela, a su adorada maestra, sentir culpa o recriminarse algo, lo había hecho bien.
Había cogido a una niña inútil y la había convertido en una cazadora de alto nivel, una mujer poderosa que podía hacer las cosas sola, que no necesitaba depender de nadie.
Había criado a alguien independiente, ¿y se culpaba?
Pensó en su nueva vida a partir de entonces. Los cazadores recibían una muy buena paga y el dinero no era un problema, lo que la preocupaba era la casa. El llegar a ella y no ver a su abuela.
La preocupaba y asustaba pensar que a partir de entonces estaría vacía, que no habría nadie haciendo galletas cada dos por tres para que comiese, nadie le bajaría sándwiches al gimnasio del sótano, nadie estaría allí para recibirla con los brazos abiertos cuando el mundo entero se le había caído encima.
Nadie le daría las buenas noches, ni le acompañaría cuando pensaba que solo necesitaba soledad, nadie.
Nadie.
Nadie cuidaría de ella ahora.
Su abuela se había jubilado. Se había ido.
Y ella nunca le había dicho que la quería, o por lo menos no de verdad.
Cayó de rodillas, pero no lloró. Solamente miró al lugar donde habían desaparecido su abuela y Chuck y soltó un grito, aunque sabía que no la oirían porque ya habrían llegado a la Sede, a la que solo se llega con magia.
Gritó con fuerza algo que nunca se había permitido siquiera susurrar para no parecer débil o frágil.
—¡Abuela! ¡Te quiero mucho! ¡Te quiero, güeli! ¡Perdón por no habértelo dicho antes! ¡¡Te quiero!!