¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 21. Ding, dong, ding, dong #2
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21. Ding, dong, ding, dong #2

Con un rugido que no pareció humano, se giró de golpe.

Su cuerpo crujió entero y cayó al suelo de espaldas, rendido.

Alzó la cabeza y miró a la pared, donde le aguardaba su verdad, lo que tanto la llamaba.

Sus ojos empapados en pavor subieron por el muro hasta alcanzar un marco de madera que, aparentemente, no guardaba nada fuera de lugar.

Desde su posición no se veía bien, pero aún era incapaz de levantarse, así que retrocedió con las manos y se arrastró por el suelo hasta que pudo ver qué había en ese marco.

Su cuerpo chilló, gritó y rogó por alejarse de allí, salir de ese edificio y no volver nunca más.

Ella no hizo caso. No podía, alguien le hablaba.

Alguien se dirigía a ella con voz melódica, aguda, lenta, inquietante.

Como si el timbre de una casa le hablara directamente.

Ding, dong, mírame.

Alzó la cabeza.

Ding, dong, soy yo.

En ese marco, sujeta a una base de plata, había una flecha. Una flecha de madera, de punta de acero, plumas rojas y una letra grabada en la vara. Una letra dorada, una letra preciosa, una letra que no hizo sino revolverle el estómago a la joven asesina. Una letra.

Una letra.

Ding, dong, ¿ya te habías olvidado?

Una L.

Ding, dong, ¿me ves?

Una L grabada en oro. En una flecha de madera, de punta de acero, de plumas rojas. En una flecha. Flecha, madera, acero, letra, rojo. Flecha, madera, acero, letra, rojo. Flecha. Madera. Acero. Letra. Rojo.

Ding, dong, ¿ahora te acuerdas de mí?

Flecha.

Ding, dong.

Madera.

Aquí estoy.

Acero.

Soy yo.

Letra.

¿Me echabas de menos?

Rojo.

Nunca me fui.

La asesina cayó hacia atrás de nuevo, y tuvo que abalanzarse sobre una papelera para no vomitar sobre el suelo.

Después de quinientos años, después de medio milenio, después de todo ese tiempo sin preocuparse, se había reencontrado con lo único que podía matarla.

Ahí estaba, en un marco, a menos de dos metros de distancia, aún intacta. Estaba allí, frente a ella.

No deberías estar aquí, pensó, no deberías. Deberías… ¡tú no tendrías que existir!

La voz volvió a sonar con aquella lentitud desquiciante.

Sigo aquí.

La asesina dejó de vomitar, pero no pudo levantarse.

Solo podía mirar, aterrorizada, a la flecha que se reía de ella desde su marco.

La flecha, un simple objeto inerte, un trozo de madera con plumas, acero y un estúpido grabado, sabía el pánico que estaba causando en la joven, y se reía de ella.

Se reía, se reía de la esperanza de la chica de no volver a verse nunca, de no encontrarse jamás, de que la flecha hubiera sido destruida hacía muchos años.

La asesina perdió el control de su vejiga, la flecha seguía existiendo, seguía allí. Y se burlaba de ella.

Te has meado encima, crea-cadáveres.

¿Qué era lo peor de esa situación? ¿Qué era lo peor de reencontrarse con la única posible causante de su muerte? Tener que cogerla; porque esa flecha no solo causaría su muerte, sino que también acabaría con la vida de Ramón Álvarez, su objetivo. Era eso. Eso estaba buscando, esa era su pista.

Gracioso, ¿no crees, asesina?

No esperabas encontrarme, ¿verdad?

Quién lo diría, ¿eh? Venga, ten huevos. Levántate, rompe mi prisión, sácame de aquí.

Vamos, maldita quita-vidas, sácame de aquí, ten el coraje que nunca has tenido, y úsame.

Oh, ¿tienes miedo a morir tú en el proceso?

¿Es eso? ¿Tienes miedo de empuñarme mal y morir?

¿Eres una fiel servidora de la muerte y le tienes miedo?

Cobarde.

Levántate.

Úsame.

Haz lo que juraste hacer. ¿O no? ¿Es más fácil y menos peligroso dejar morir al chico?

Miéntele. Dile que no has encontrado nada. Que está perdido. Que no puedes ayudarlo. Sigue siendo quien eres. Déjame aquí, huye, miéntele. Rompe la esperanza de alguien que cree en ti, alguien que confía en ti. Ponte a salvo. Vete. Huye.

Cobarde.

Cobarde.

¡Cobarde de mierda!

La asesina gritó, se puso en pie de un salto, como si tuviera un resorte en el suelo, y se lanzó contra el marco en un estallido de furia.

La flecha la seguía insultando, le gritaba cosas, pero ella no las oía.

El coro volvía a sonar a su alrededor, como la primera vez que lo escuchó.

Las notas picadas, la tensión, la advertencia.

El miedo era dueño de su cuerpo, pero no le dejó ganar.

Era una cobarde.

Había estado huyendo toda su vida.

No merecía el más mínimo honor. Era una cobarde. Una idiota encogida que no era capaz de afrontar las consecuencias de sus actos.

Una asesina.

Estampó el puño izquierdo contra el cristal, que se hizo añicos y los trozos de vidrio volaron por el lugar.

Impactaron contra ella, se le clavaron en el cuerpo y uno sorteó las gafas y le entró en el ojo.

El órgano reventó, los párpados se cerraron para proteger la cuenca ahora vacía y la sangre empezó a salir como un río apresurado.

Soy una cobarde.

Dolor. Los cristales en su cuerpo se clavaban cada vez más, el ojo perdido gritaba pidiendo volver, y su cuerpo solo sentía miedo y dolor.

La flecha, aprisionada en su mano izquierda cerrada en un puño, parecía dirigir los vidrios contra su captora.

Ninguno cayó al suelo, todos fueron a parar a su cuerpo.

Como cuchillos, como armas, como pinchos.

Como las armas que ella misma usaba para matar a gente que no le había hecho nada, solo por dinero. Como las que llevaba empuñando desde niña. Como las armas que llevaba encima en ese momento. Armas. Armas que ahora estaban contra ella.

Cobarde.

Tiró de la flecha para sacarla del marco, pero estaba aferrada a su base, tendría que tirar mucho más, mientras los cristales se hundían en su carne.

No iba a soltarla. ¿Y si tiraba de más y se la clavaba?

Tendría cuidado. Tiraría fuerte pero con precisión, no se haría daño, ni un rasguño, pero saldría de ese edificio con la flecha, se la clavaría a Ramón Álvarez en el cuello y luego se aseguraría de destruirla. Pero no dejaría tirado a Lucas.

Se acabó huir.

Se acabó ser una cobarde.

Se acabó todo eso.

Ya no más.

Ya no.

Soy una cobarde.

Tiró de la flecha con fuerza y la arrancó de su base.

Cayó hacia atrás y, como si fuera un hechizo, todos los cristales salieron de su cuerpo y recompusieron el cristal del marco, ahora vacío.

El ojo aún le sangraba, pero la cantidad de sangre que caía cada vez era menor.

Se regeneraba. Poco a poco, pero lo hacía.

Mientras se ponía en pie, guardaba la flecha en un pañuelo y trataba de salir de allí, su ojo fue resurgiendo lentamente entre crujidos.