21. Ding, dong, ding, dong
Aquel extraño coro se disipó tan rápido como llegó cuando la asesina entró por la puerta de la facultad. Las luces todavía estaban apagadas. No había nadie allí y tardarían en llegar.
Cuando la puerta grande y gris se cerró tras ella, se permitió apoyarse en las rodillas y jadear.
¿Qué coño había sido aquello? ¿Qué había pasado?
¿Por qué se encontraba tan mal? Su cuerpo temblaba, la tensión le había bajado y notaba un palpitar en la zona izquierda de la cabeza.
¿Migrañas? ¿Ella? El mareo era tal que pensó que caería hacia delante, en el suelo de una facultad todavía vacía; mientras el sol que entraba por la ventana alumbraba su patética figura.
La figura de una sinalma a la que había tumbado un maldito coro hecho por ángeles.
Necesitó varios minutos para recomponerse, estaba claro que lo que se iba a encontrar allí no le iba a gustar. Quizá les fuera de ayuda, pero no le gustaría un pelo.
Y no había nada en el mundo que pudiera provocarle eso.
Una vez se recompuso, subió las escaleras y empezó a buscar, con la mente aún nublada. La mitad de ella se centró en encontrar aquella pista, pero la otra mitad solo podía pensar en el coro tan angelical. ¿Por qué alguien del cielo la avisaría de algo? ¿Por qué?
Había abandonado a Dios y todo lo santo y no pisaba una iglesia ni por accidente.
Se había quedado en el mal, en los pecados, y rechazaba todo lo que fuera moralmente bueno .
Si había abandonado al Cielo y a su Dios, ¿por qué le mandaban un coro para avisarla de algo?
¡Los había dejado, les había dado la espalda, pero ellos no se habían ido!
Seguían allí, y eso hizo que la piel de la asesina se erizase como un gato ante un perro. Seguían allí.
Claro que el concepto de abandonar no siempre tenía como consecuencia el ser abandonado.
—¡Céntrate, hostia! —se gritó, y dio un golpe en el lazo izquierdo de la cabeza—. Joder, no hay tiempo para pensar en eso. Piensa en lo que tienes que pensar. A ti no te va a pasar nada.
Lo único que puede matarme está en la facultad.
Vale, sí, muy bien, pero la facultad son dos putos edificios de más de dos pisos, llenos de aulas y despachos.
¿No podrías haber sido un poco más concreto?
¿Te lanzo contra la estatua de Feijoo a ver si así te mueres?
No, piensa, es más fácil de lo que crees.
Tiene que ser algo que él conozca, algo que sepa.
¡El doctorado!
—¿Un estudio de posgrado te va a matar? —preguntó en voz alta, antes de reírse ante su propia estupidez.
No, un estudio de posgrado no lo mataría; lo mataría algo relacionado con él, o que estuviera cerca de los doctorandos. ¿Y a dónde iban estos? No lo sabía, pero recordó que Lucas le había hablado alguna vez de su trabajo, de lo que hacía y lo más importante, dónde lo hacía.
¡Los laboratorios, claro!
Fue hacia allí. Para llegar, tenía que subir hasta el último piso, a una sala enorme que hacía de comedor para los alumnos —pero que tenía tres unidades de microondas para todos ellos y dos estaban estropeados—.
Una vez allí, al fondo a la izquierda había un pasillo largo que daba a los despachos, y a los ansiados laboratorios.
La joven subió los tres pisos, llegó a la sala que estaba vacía al completo y no pudo evitar quedarse quieta un momento.
El lugar, con abundantes mesas alargadas y sillas para que la gente pudiera comer, estaba casi en la penumbra.
Aún no había terminado de amanecer; el cielo estaba oscuro cuando entró en el edificio.
La sala tenía una ventana circular en la parte de arriba, a poca distancia del techo por la que se colaban débiles y sutiles rayos de luz que caían directos sobre ella, incapaz de moverse de la escalera.
Notó la luz venir desde detrás, y cuando se giró, despacio, como si tuviera miedo de lo que pudiera encontrarse, se quedó de frente a la luz.
Lo que parecían unos simples rayitos insignificantes, pequeños y sobre todo débiles se transformaron en todo lo contrario.
Cuando la chica terminó de girarse, la intensidad casi inexistente de la iluminación creció en cosa de segundos.
El haz de luz descendió desde la ventana, silencioso y puro, como si el mismísimo cielo hubiese clavado el ojo sobre ella.
La envolvió con cuidado, sin hacer daño, en un abrazo cálido y luminoso; un abrazo de amor, el amor más real que jamás había sentido.
No como el de una pareja o de una amistad; sino algo mucho más profundo, más denso.
Un amor al que correspondías sin siquiera darte cuenta.
Y entonces, volvieron. Como si la luz las hubiera traído consigo.
Las voces.
Ya no cantaban palabras entendibles; pese a que no parecían pertenecer a ninguna lengua, su cuerpo era capaz de reconocerlas aunque su mente no.
Era un canto suave, vago, tierno, pero roto.
La intensidad subía progresivamente, hasta que retumbó por las paredes de la sala y se esparció por el espacio.
La joven pudo reconocer algo, entendió las consonantes suaves, las vocales alargadas y el tono aterciopelado de las voces, pero no pudo identificar el idioma; se escapaba a sus oídos.
El eco de la melodía le heló la sangre en las venas. Las voces empastadas cantaban a su alrededor como un coro de niños, niños inocentes que intentaban avisarle de algo como buenamente podían; unos niños que cantaban porque esa era la única forma que tenían de ser escuchados.
Se habría quedado allí, de pie ante la luz toda la vida, admirada, pero la realidad aterrizó brutalmente sobre ella y la arrancó de aquel hermoso trance.
¡Los laboratorios!
Sacudió la cabeza, el coro se disipó y ella salió de allí a toda pastilla.
Echó a correr por el pasillo hasta que se alejó lo suficiente del comedor.
Se apoyó contra la pared, sudorosa, temblando y llena de nervios.
Era la segunda vez ese día que los oía, que escuchaba las advertencias pero era incapaz de interpretarlas.
Y eso era lo que le daba miedo. No poder entenderlo. No saber qué pasaba. Tenía la respuesta ante ella, flotaba a su alrededor en forma de canto, pero no sabía descifrarla.
¿Qué me quieres decir, quien sea que seas?
No obtuvo respuesta. Ni siquiera el coro acudió en su ayuda.
Estaba sola en un pasillo medio oscuro y vacío.
Y los minutos pasaban, tenía que darse prisa antes de que apareciera alguien por allí.
Además, tenía que buscar en todos los laboratorios y a ciegas, pues no sabía bien qué buscaba; le llevaría mucho tiempo.
Ah, pero se equivocaba.
Entró a uno de ellos, el primero que vio, ni se detuvo a leer el nombre en la plaquita naranja pegada a la pared.
Abrió la puerta, que aunque estaba cerrada con llave pudo abrir —alguna ventaja tenía estar medio liada con el Diablo— y entró.
Al principio no vio nada extraño, solo mesas, sillas y más cosas que pueden encontrarse en una facultad.
Fue entonces, cuando después de buscar algo que le dijese «¡soy yo, soy tu pista!
» y no encontrar nada, notó que el aire se paralizaba.
En el laboratorio había un ruido que sonaba constantemente, como un zumbido, pero de repente paró de golpe y todo quedó sumido en el silencio.
La chica alzó la cabeza, extrañada, pero esa sensación se transformó en pánico cuando el aire en sus pulmones desapareció y no entró más.
Se quedó sin respiración y algo empezó a pesar sobre ella.
¿Qué?
El aire. Eso era lo que pesaba tanto. Podía notarlo caer sobre ella, quería hundirla, derribarla en el suelo; pero no entrar en sus pulmones y ayudarla. No, el aire no quería ayudar.
La asesina notó frío, un frío que iniciaba en lo más profundo de su interior y se extendía lentamente, congelando su cuerpo.
Se quedó helada, de cuclillas en el suelo intentando no morirse de frío allí mismo.
La piel se le erizó otra vez, notaba el vello corporal clavársele con fuerza en la ropa, sus músculos se tensaron y la dejaron inmovilizada allí, presa en su propio cuerpo frío, asustado e incapaz de moverse.
Su corazón no latía como solía, sino que golpeaba el pecho con fuerza, casi con desesperación, como si quisiera huir de allí tan rápido como fuera posible.
Pero no podía escapar. Estaba atrapado dentro de ella. Y ella también estaba encerrada, prisionera en su propia carne. Ninguno de los dos podía huir.
¿Qué está pasando? ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy así? ¡Mierda, va a llegar alguien a este paso! ¿¡Qué coño pasa!? ¡Reacciona, muévete! ¿¡A qué le tienes miedo!?
La asesina sabía que la respuesta a todo estaba justo detrás de ella. Algo se lo decía.
Date la vuelta, lo tienes detrás. Date la vuelta, está ahí. Date la vuelta, y lo entenderás.
Intentó moverse, aunque fuera girar la cabeza y ver qué le había hecho reaccionar así.
Sus músculos contraídos lucharon contra ella, no querían moverse, no querían exponerse más, no querían completar ese movimiento, no querían.
Dieron calambres, rogaron y suplicaron. Por favor, no, por favor, no te gires, por favor, no lo hagas, por favor, rubia, por favor, quédate así, por favor, girarse será peor, por favor, no queremos verlo, por favor, no queremos ver la verdad. Por favor.
Luchó contra su cuerpo, aunque tampoco quería ver la verdad, llevaba huyendo de ella desde que tenía uso de razón, no quería saber qué tenía detrás, no, no quería, pero sabía que debía.
Todo llegaba a su debido tiempo, y aquel era el momento.
Llevaba escapando demasiado tiempo. Como si fuera el timbre de una casa, sonó ese suave ding dong dulce y melódico que en esos momentos no podía tenerla más alterada, la verdad llamaba a su puerta, a su cuerpo.
Lenta. Despacio. Pausada. Calmada.
Lenta.
Ding, dong, ding, dong. Abre. Ding, dong, ding, dong. No puedes huir.
Ding, dong, ding, dong. Estoy aquí.