20. A ver, para, que vas más rápido que una relación entre dos lesbianas #3
—Está bien, güeli . Estas cosas pasan, ya te tocaba. Está bien.
La abuela abrazó a la nieta, aunque esta odiaba los abrazos y estaba empapada en sudor. Correspondió con fuerza, y por primera vez en toda su vida, abrazó con ganas a alguien.
—No quiero dejarte sola ahora.
—No depende de nosotras, abuela. Está bien.
—Serás la única Rooney que quede, ¿lo sabes? —preguntó la abuela—. ¿Sabes toda la presión que va a caer sobre ti solo por eso, por ser la última?
Verónica asintió, no dejó de abrazar a su abuela, empeñada en disfrutar de ese último momento que tendrían juntas. Tampoco quería pensar en la presión que caería sobre sus hombros solo por ser la nieta de quien era. No quería pensar en nada.
La abuela se sintió mal solo con pensar en todo lo que tendría que cargar su nieta, que aún era una niña, solo por ser quien era. La infancia de Verónica no había sido en absoluto justa, y ahora tendría que enfrentarse a comparaciones, juicios de los demás y expectativas demasiado altas.
No, no era justo en absoluto.
—Tranquila güeli. Seguiré tu legado.
—No es justo, Vero.
—Hay muy pocas cosas justas en esta vida, abuela. Es lo que hay.
La asesina salió de su casa y fue a la facultad en busca de la opción que Lucas le había dicho.
Se subió a la moto y condujo hasta Oviedo a una velocidad mucho mayor de la permitida, pero tampoco le importó mucho; a esas horas todo el mundo iba tan dormido que era bastante fácil exceder los límites.
Además, era un día laboral por la mañana, la entrada de Oviedo iba a estar colapsada y no quería tener que esperar detrás de cien coches.
Tendría que esperar, claro, pero mejor detrás de cincuenta que de cien.
Pasó la iglesia de San Julián de los Prados y tuvo la enorme suerte de que solo hubiera tres coches frente al semáforo que permitía acceder a la ciudad.
Así sí, coño. Cinco minutos de espera, no veinte. A ver si es verdad que al que madruga Dios le ayuda.
La luz se puso verde y ella arrancó de nuevo; subió hasta la facultad y, oh, maravillas del madrugador, había un sitio para motos muy cerca. Aparcó, guardó el casco bajo el asiento y echó a andar hacia el enorme edificio.
Al subir a la plaza Feijoo, tuvo que parar.
Algo no estaba bien. Algo no iba como debía de ir.
Miró a su alrededor, tratando de ver si alguien la seguía, el tal Ramón, o la cazadora aquella.
No había nadie. La zona estaba vacía, no eran aún las ocho de la mañana, nadie pasaba por allí.
Aun así, la sensación seguía. Al no haber nadie, la plaza estaba en silencio, pero la asesina podía oír algo.
Al principio sonaba tan bajo y lejano que no lo pudo identificar y pensó que era su imaginación, pero según pasaban los segundos, lo pudo oír cada vez más claro. Eran voces.
Voces humanas.
Giraban a su alrededor, la rodeaban, la atrapaban y la envolvían.
Eran muchas, alineadas, superpuestas, empastadas, no dejaban de subir la intensidad.
Como el coro, de una iglesia, una fundación.
Un coro de cientos de vocecillas agudas que la orbitaba y la rodeaba.
Unas voces más agudas que otras cantaban algo, llevaban la melodía mientras otras algo más graves cantaban otras palabras en momentos puntuales, de una nota, como el tintineo de una campana que no dura demasiado, y acompañaba a las voces principales.
Era un coro, sin duda alguna, pero ¿de dónde salía y por qué daba vueltas a su alrededor, si allí no había nadie?
No pudo entender lo que decían. No parecían palabras, y de serlo, estaban deformadas, dadas la vuelta y distorsionadas, como si tuvieran forma en un idioma que desconocía.
Era imposible, ella hablaba todas las lenguas del mundo, pero no era capaz de distinguir en qué idioma le cantaban las voces.
Las sílabas caían sobre ella como si fueran gotas de ácido, rápidas, rítmicas, cortantes.
La intensidad no había dejado de subir, la extraña canción se aceleraba y se volvía más punzante a medida que se acercaba a la puerta de la facultad.
El corazón se le encogió, la piel se le puso de gallina y notó sudores fríos bajarle por la nuca.
La melodía no había cesado, y no lo haría por un tiempo.
Más que un canto, era una advertencia. Comprendió.
No cantaban, la estaban avisando.
Aquellas notas tan picadas, tan puntiagudas y punzantes eran un aviso en clave de amenaza.
Cada nota en cada compás, los sonidos que le crispaban los nervios, indicaban un peligro, algo que había allí pero que su mente aún no lograba procesar; ni encontrar.
No, aquello no era música. Eran notas, una melodía cantada y voces unidas, pero no era música. Era algo que se disfrazaba de música para avisarla. Alguien quería llamarla, advertirle de que lo que iba a encontrar dentro de aquel edificio no iba a ser tan bueno. Alguien quería decírselo.
Y lo peor era que aquel coro solo tenía voces angelicales, ninguna era infernal.
Aquel coro no era del infierno.
Era del Cielo.