¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 20. A ver, para, que vas más rápido que una relación entre dos lesbianas #2
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20. A ver, para, que vas más rápido que una relación entre dos lesbianas #2

—Ramón es un cabrón narcisista —admitió Lucas—.

Le encantaba tener a todos orbitando a su alrededor, quería ser siempre el centro de atención.

Si referías un logro tuyo te sacaba uno suyo, y él creía que estaba bien.

Es un cabrón, pero creo que en cierto modo, sabe que lo que está haciendo está mal.

Una cosa es hacer de menos a la gente para ensalzar tu ego que denota una enorme falta de autoestima, pero otra muy diferente es vender el alma de tu amigo para salvar la tuya.

La asesina se incorporó y parpadeó varias veces, todavía terminando de asimilar lo que Lucas le decía.

Sí, tenía bastante sentido, se sentía mal y le dio una mínima oportunidad que no serviría de nada, pero al menos podría decir que se la había dado.

No se la dio para ayudarlo, sino para sentirse mejor con lo que hacía.

Menuda mente más retorcida tenía el hombre.

Sí, definitivamente el mayor miedo de aquella chica eran los humanos.

—¿Y cuál es? ¿Qué te dijo?

—Según él, lo único que puede matarme está en la facultad —recitó Lucas.

—¿Qué? ¿Si le rompemos una orla en la cabeza se muere? —preguntó la asesina, incrédula.

—Mira que eres tonta —musitó Belial.

—Ah, perdona, eh —dijo la asesina—. Estamos hablando de una facultad, y la de psicología. ¿Le tiro una mesa de la cafetería, o lo ensarto con unos chocoboms?

Lucas estalló en carcajadas, había una posibilidad de que saliera vivo de aquel caos. Aún tenían que encontrarla y no sabía si lo harían o si podrían acabar con Ramón, pero la posibilidad existía, y era suficiente para avivar una esperanza que el joven creía muerta.

—Si le vas a romper una orla, coge la de la promoción anterior a la mía, que esos me caen mal —dijo entre risas.

—¿Hoy tienes que ir a la facultad? —preguntó la asesina.

—No, hoy no. ¿Por qué?

—Muy bien —dijo entonces la asesina a la vez que se ponía en pie—. Voy a vestirme. Voy a buscar esa pista, Conguito. Ese cabrón va a morir.

Por mis cojones que él muere y tú vives, Wakanda.

—¿Te acompaño? —preguntó Belial.

—Estaré bien, Satty —dijo ella con una amplia sonrisa—. Tú quédate con Lucas. Llévalo a su casa y que duerma algo. Cuando sepa algo volveré.

Y se fue a vestir.

—Tu chica es un encanto —dijo entonces Lucas, cansado.

—Claro que lo es. Arriba, machote, te llevo a casa a que duermas la mona.

Verónica Rooney hacía dominadas, en el gimnasio de su casa, en el sótano.

Llevaba desde su encuentro con el demonio allí metida, cerca de once horas.

Su entrenamiento era duro y estricto, pero no soltó ni una queja.

Noct le había recomendado descanso, pero ella se metió en la cocina, comió cuanto necesitó y bajó a entrenar.

Estaba furiosa y destrozada por lo que le había pasado a su fiel paraguas, y si se metía en la cama rompería en llanto.

La única forma que vio de liberar la rabia fue entrenando.

El cuervo la siguió y luego apareció Dalia la gaviota por la casa.

Verónica los dejó estar con ella siempre y cuando no la molestasen.

No hicieron ningún ruido, ni tampoco le insistieron con el descanso una vez ella dijo que estaba bien.

Se quedaron en una percha para pájaros que había pegada a la pared, en silencio e intercambiando miradas.

Antes de empezar a entrenar, Verónica vio cómo se miraban los dos, pero no dijo nada.

Aquellos dos se traían entre ellos una historia muy rara que a ella no le terminaba de interesar.

Si se gustaban, que dieran el paso, pensaba. Pero de momento no pasaban de las miraditas cómplices que ellos creían discretas.

—¡Nieta, pero bueno!

La abuela, que acababa de llegar, estaba en la puerta. Tenía un carrito lleno de sándwiches y un papel estrujado en la mano. Al entrar en el gimnasio, los dos pájaros hicieron una reverencia a modo de saludo y no se irguieron hasta que la abuela los saludó.

Vero vio la vio y soltó un gruñido bajo; tendría que hacer una pausa y no quería parar de entrenar.

—Hola, güeli . ¿Qué pasa?

—Baja, mujer. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Solo llevo doscientas, abuela —dijo Verónica, sin parar de hacerlas—. Quiero superar mi récord.

—Estás tú que te voy a dejar hacer quinientas dominadas después de enfrentarte a un devorador de almas. ¡Baja y come!

Verónica bufó, se soltó de la barra y cayó sentada sobre la colchoneta.

La abuela entonces se le acercó con el carrito y se sentó frente a ella, sobre las rodillas.

Sin esperar más invitación, Vero empezó a comer.

El estómago le rugió con el primer bocado, ansioso por recibir comida después de casi doce horas de esfuerzo.

La abuela gruñó al notar el cuerpo de su nieta rogar por más comida, exprimirse al máximo era un método de mejora, como el fallo muscular, pero en el caso de Verónica era exagerado.

—¿Qué pasa, güeli?

—¿Cómo estás?

—Se me ha roto el paraguas.

—No me importa, te traje otro y en cuanto lo empuñes toda tu magia pasará a él. ¿Cómo estás?

—Bien. Me dio rabia no poder hacer más. —Vio entonces la expresión de reproche de su abuela, a quien no le gustaba que se centrara en lo malo—. Pero supongo que está bien después de matar a tantos monstruos, ¿no?

—Eso quería oír. ¿De verdad estás bien?

—Solo me duele un poco la tripa, pero se me pasará cuando termine con esto. No te preocupes por mí, estaré bien.

—Te estás pasando contigo misma, ¿eres consciente?

—Hago mi trabajo y lo que se necesita para mantenerme a la altura. —Miró a su abuela y lanzó la pregunta que obligaría a su abuela a decir la verdad sobre su estado—: ¿Crees que puedes echarme una mano con un par de técnicas?

Verónica, durante toda la conversación, había evitado mirar directamente a su abuela a la cara.

Cada vez estaba más envejecida, más arrugas surcaban su rostro, más cansada se notaba.

Noct ya se lo había dicho, pero una pequeña esperanza de que el cuervo se equivocaba residía en la joven cazadora.

Se esfumó en cuanto vio las canas aparecer en el pelo, supuestamente rubio, de su abuela.

—No, ¿verdad? —dijo entonces Verónica.

La abuela le sonrió y negó. Le tendió el papel que arrugaba en el puño.

Su nieta lo cogió, aunque ya sabía lo que ponía sin necesidad de leerlo.

Ambas se miraron, tristes. La abuela tenía lágrimas en los ojos, aunque Verónica pudo controlar las suyas.

Leyó todo lo que ponía el papel, lo dobló, se lo devolvió a su abuela y respiró hondo.

—Está bien.

—Lo siento, Vero.