¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 20. A ver, para, que vas más rápido que una relación entre dos lesbianas
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20. A ver, para, que vas más rápido que una relación entre dos lesbianas

Eran apenas las cinco de la mañana, y Lucas salió de la discoteca a tomar el aire.

Pilar se había encontrado a un compañero del trabajo y estaban hablando en una esquina tranquilamente.

Pensó en acercarse, pedirle a su amiga un cigarrillo y esperar a entrar otra vez, pero entonces notó que algo en el ambiente cambiaba de una forma muy brusca.

El aire se volvió más pesado y no le entraba en los pulmones, las tripas se le encogieron y el bullicio de la calle se convirtió en indescifrable; todos hablaban, pero no era capaz de entender una sola palabra de nadie.

Y entonces, en la pared del frente, lo vio a él .

Lo miraba fijamente, con una sonrisa erizada de dientes y el ceño fruncido.

No era una sonrisa amistosa, sino malvada.

Nada en el rostro del que creía su amigo le indicaba cariño, compañerismo o algo mínimamente agradable.

Era la expresión más maligna que había visto en su vida, la de alguien que iba a hacer daño, lo sabía y pensaba disfrutarlo.

Y lo estaba mirando. A él.

Te voy a matar, Lucas, vas a morir.

A Lucas se le escapó un gruñido y se dirigió hacia su rival, furioso. El otro no se movió, lo esperó con paciencia, sin borrar la sonrisa burlona del rostro. A cada paso que el joven daba, el otro seguía sonriendo. Sus ojos anaranjados brillaban.

—Ah, viejo amigo —dijo.

Lucas pensó en pegarle un puñetazo, pero en lugar de eso le preguntó:

—¿Por qué?

—¿Por qué no? —repuso el otro, y echó a andar.

—¡No me des la espalda! —gritó Lucas. El jaleo a su alrededor había desaparecido—. ¡Contesta! ¡Ya que me maldices, qué menos que saber la razón! ¡Dímelo! ¡Dime por qué tengo que morir!

El otro se detuvo justo a la altura de un callejón. Se quedó quieto para luego volverse al que era su amigo, con el que tantas historias y anécdotas había compartido a lo largo de la carrera. Se encogió de hombros.

—Era morir tú, o hacerlo yo.

—¡Todo esto es por el puto doctorado! —bramó Lucas, al borde de las lágrimas—.

¿De verdad me maldices porque yo sí entré y tú no?

¿¡Es eso!? ¡Joder, Ramón, joder, me lo hubieras dicho!

¡Yo quería hacerlo contigo! ¡Quería que los dos hiciéramos el doctorado juntos!

¡Hubiéramos encontrado la forma de pagarlo, aunque fuera entre los dos! ¿¡Por qué tuviste que maldecirme!?

—No te maldije de buenas a primeras, si eso te sirve de consuelo —dijo Ramón, su supuesto mejor amigo—. Vendí mi alma para poder hacerlo el año que viene y ser el mejor en mi campo.

–¿¡Y yo qué pinto en esto entonces!? —bramó Lucas, aunque sabía la respuesta. Quería oírla de él. Quería que su amigo lo mirara a la cara y le dijera la verdad.

—No quería morir, no quería que mi alma fuera propiedad de un demonio, y le ofrecí otra a cambio. Un alma de un virgen.

Lucas notó que las lágrimas se le deslizaban por las mejillas; lágrimas de frustración, de miedo, pero sobre todo las de alguien traicionado.

Ramón era su amigo, eran el mejor dúo de la carrera, siempre juntos, en pack ; y unos años después de graduarse estaban en un callejón en la calle Mon, viéndose como enemigos, como dos extraños que solo se mantienen unidos por el odio.

Quién lo diría, ¿eh, Lucas?

¿Por qué siempre tienes que ser así, Ramón?

Quiso decirle algo, contarle lo que se había guardado desde que había iniciado el doctorado; pero comprendió que eso no cambiaría nada de lo que iba a ocurrir. Se lo contase o no, moriría igual, y Ramón haría el doctorado. Bajó la cabeza.

—Dame al menos una opción, Ramón. Si todos estos años de amistad te importan aunque sea un poco, dame una mínima opción. No me dejes morir sin más.

El miedo era grande, le pesaba en los hombros y llevaba sin dejarlo respirar desde el momento de la maldición, pero la furia empezaba a crecer y a ser cada vez mayor, ¿superaría al miedo?

Las lágrimas dejaron de brotar, su ceño se frunció y alzó la cabeza de nuevo, firme, distinto.

Ramón arqueó una ceja, nunca había visto a Lucas de esa forma.

—¿Vas a dejarme morir como a un puto perro, Ramón? ¿Es eso? ¿Todo este tiempo juntos, y lo vas a tirar por ahí mientras yo me muero? ¿Nada de lo que pasó significó algo para ti?

—Morirás, con opción o sin ella. Lo siento, Lucas.

—Si moriré, entonces ¿qué te importa dármela? Vamos, Ramón, sé un buen amigo por al menos una puta vez en tu vida.

En efecto, la rabia había superado al miedo.

Lucas moriría, sí, pero no lo haría agachado.

Recordó todos los años junto a Ramón; nunca había sido el mejor de los amigos, pero a él le bastaba.

Podían hablar, salir de fiesta, tomar cafés o estudiar juntos, eso era suficiente.

Quizá fuera un narcisista manipulador que te escuchaba si le convenía para engancharte a él, que miraba por encima del hombro a los que pensaban diferente, pero era su amigo.

Lo había ayudado cuando lo necesitaba, y por eso era su amigo.

Siempre pensó que su amistad duraría para siempre, que uno iría a la boda del otro y viceversa, que harían barbacoas y ese tipo de cosas.

Pero esa semana, después de enterarse de que Ramón había preferido proteger su alma vendiendo la de Lucas, su supuesto mejor amigo, despertó de golpe.

Abrió los ojos, y vio que nunca habían sido amigos de verdad, que uno era la droga, y el otro, un simple adicto.

—Lo único que puede matarme está en la facultad —dijo Ramón entonces—. Haz lo que quieras con esa información. Ha sido un placer conocerte, Lucas, pero debo irme y tú morirás en tres días.

Y se dio la vuelta y se fue. Lucas pensó en ir tras él y pegarle una paliza, pero sabía que sería inútil, así que lo dejó irse. Con el corazón encogido, ganas de llorar y decepcionado, pero con la verdad en la sangre, se fue a buscar a Pilar. Quería ese endemoniado cigarrillo.

Lucas llamó a la puerta de la asesina a las siete y cuarto de la mañana.

Tras bajar del ALSA de Oviedo, había echado a correr hacia allí sin siquiera parar por casa.

La borrachera se le había bajado un poco, pero sus movimientos todavía distaban de ser exactos. Aporreó la puerta y la llamó, a gritos.

—¡Rubia! ¡Rubia, responde!

La chica le abrió la puerta en bata, sin nada debajo —por supuesto, faltaba más— y sin gafas.

—¿Qué coño haces aquí, Wakanda? ¿¡Pero no ves la hora!? Hostias, qué pestazo me traes… ¿estás borracho?

—¡Tengo la manera de acabar con ese tipo! ¡La tengo!

—¿Qué?

Lucas empezó a relatarle su noche anterior, histérico, con gestos raros y sin articular bien las palabras. La chica, aturdida por tanta información tan poco precisa, lo frenó.

—A ver, para, que vas más rápido que una relación entre dos lesbianas. Ven, entra y deja de dar voces, que vas a despertar a los vecinos y todavía me echan de casa.

Lo llevó a la cocina y le hizo sentarse en la mesa. Él intentó seguir hablando, pero le rugía el estómago. No había comido nada en toda la noche, solo había bebido, bailado y… y se había topado con él .

—¡Satty! —gritó la rubia mientras le hacía un café y un sándwich al inesperado invitado—. ¡Haz el favor de aparecer por aquí, ho!

—¡Voy, pesadilla!

Belial entró en la cocina, vestido de verdad, y saludó con la cabeza a Lucas como si fueran colegas de toda la vida. Al chico se le encogió el cuerpo, ni borracho podía olvidarse de que estaba ante Satanás.

—¿Qué tal, machote? —preguntó mientras tomaba asiento a su lado—. Buena noche, ¿eh?

—No sé ni cómo llegué al bus.

Una despedida, ¿eh? Y por todo lo alto, pensó la asesina viendo la cafetera echar humo.

Apagó la vitrocerámica y apartó la cafetera italiana del fuego.

Lanzó la pregunta al aire de quién quería café y sacó tres tazas, la suya más grande que las demás, y sirvió el café.

Satty se puso a hablar con Lucas con objetivo de bajarle la borrachera con sus habilidades del infierno y también porque el chico le caía bien, que el Diablo puede sentir estima por la gente, hombre.

Ella los miró hablar y no pudo evitar sonreír; hacía mucho que no tenía a más de una persona en su casa.

Quizá tener algún amigo no fuera mala idea.

Si conseguían salvar a Lucas, no le molestaría tenerlo más veces en casa, aunque fuera solamente para tomar un café una vez a la semana.

—Cafés —anunció cuando los hubo servido todos. Fue a la mesa y se sentó frente a Lucas—. A ver, Colacao, cuéntame.

—Ayer salí por Oviedo. Ya que me iba a morir, iba a salir y a disfrutar, ¿sabes? Estuve bailando y esas cosas que se hacen y de repente lo vi. ¡El muy cabrón estaba allí conmigo! ¡Ramón estaba allí!

—¿Estaba allí? —preguntó la chica—. ¿Y qué hiciste?

—Lo enfrenté directamente —dijo Lucas—. Pero no nos pegamos.

Simplemente lo seguí por la calle y hablé con él.

Le pregunté que por qué me había maldito, que qué le pasaba por la cabeza…

y él me contó lo que ya sabemos. Se rio de mí, dijo que me moriría en tres días y que no iba a poder hacer nada contra eso.

Entonces le pedí una oportunidad, que me dijera algo que pudiera darme una pista, que no me dejara morir como a un perro.

—¿Y se rio de ti en tu cara?

—Me la dio.

La taza se resbaló de los dedos de la joven asesina y cayó sobre la mesa; el café se derramó por todas partes, aunque la taza no se rompió.

Belial suspiró, se levantó, cogió un trapo húmedo y limpió la mesa.

Luego cogió la taza vacía, la limpió y sirvió café otra vez.

Se la dio a la joven y antes de sentarse, le dio un besito suave.

Ella se lo agradeció tumbándose sobre su hombro, pero sin dejar de mirar al invitado.

—Continua, Lucas —dijo el Diablo—. Perdona.

—¿Cómo que te la dio? —preguntó la asesina.