19. Y yo… yo tengo que tomar ese café #3
—Los cazadores usamos magia para que nuestros ataques sean efectivos contra monstruos —explicó Vero, aunque era algo que todo cazador debía de saber—.
Y hay dos métodos para conseguirla, o bien con un entrenamiento salvaje y especializado hasta que tu cuerpo la desbloquee y se adapte a ella; o, en los casos en los que la magia no es capaz de fluir de forma natural, con una inyección anual.
¿Cuál es el tuyo? ¿Pudiste generarla tú o te la tuvieron que inyectar?
—Me la… me la inyectaron, sí… ¿Es malo?
Vero suspiró. Un cazador cuya magia era natural y generada por su cuerpo podría alcanzar mucho más nivel en menos tiempo que uno con inyección.
Aunque ambos tipos de magia eran de cazadores, útiles y permitían llegar al mismo nivel, la magia natural tenía una serie de ventajas que los otros no.
Los cazadores naturales eran mucho más fluidos, sobre todo al principio, y su energía se gastaba más despacio.
Además, al ser magia que el propio cuerpo generaba, no necesitaban refuerzos ni adaptarse a ella; eran uno con la magia.
En cambio, los cazadores inyectados necesitaban un periodo de adaptación donde el cuerpo lo pasaba realmente mal con vómitos, náuseas, diarreas y otros síntomas muy desagradables y dolorosos, tenían que reforzar la magia año tras año.
Gaia ya sabía todo eso. Ambas clases de cazadores sabían acerca de la otra, los naturales al sentirse superiores y mejores; y los inyectados por el enorme sentimiento de inferioridad que el otro tipo les producía.
Gaia sabía que Verónica era natural, y no podía evitar sentirse mal, inútil, un quiero y no puedo.
No se lo tuvo que preguntar, solo con ver sus capacidades y habilidades se podía hacer una idea de que la magia de esa chica era innata.
Y había otra cosa; los naturales tienen signos de magia en el cuerpo, y toda duda desapareció cuando le vio el pelo negro y morado .
—No me volverá a crecer, ¿verdad? —preguntó después de beber casi tres litros de agua y después de que Verónica le hubiera vendado el muñón—. Sé de cazadores que pueden regenerar su cuerpo, pero una inyectada como yo…
—Hay una forma —dijo Vero sin dejar de comer. Intentó no mirar su paraguas roto, o si no se echaría a llorar—. Si bebes muchos líquidos en las siguientes veinticuatro horas, te inyectas más magia y tienes suerte, podría crecer otra vez. No sé si funcionará del todo o no, pero inténtalo.
—¿Cuánto es beber mucho?
—¿Cuántos litros necesitas para llenar energías?
—Mínimo diez.
—Tu cuerpo tiene algo de magia dentro, así que intentará regenerar la mano; pero en cuanto te quedes sin energías, será más complicado.
Por eso además de recuperar energía tienes que inyectarte magia, para que haga más efecto.
Estas veinticuatro horas tienes que beber por encima de tus límites, bebe tanto como puedas, y sin parar.
En la Sede Central de Cazadores te ayudarán, pero tú bebe y bebe. Noct, llévala.
—¿Y usted?
—Llévala allí, Noct. Dalia, ve con ellos. Yo iré a pie, puedo caminar. ¡Vamos, moveos, que cada segundo es crucial!
—Velten —dijo el cuervo—. Ve tú. Yo me quedo con ella.
Verónica no rechistó, sino que agradeció en silencio que el cuervo quisiera quedarse con ella, y cuando el gato, la cazadora manca y la gaviota se marcharon de allí, se tiró de espaldas al suelo y dejó la fachada de fortaleza.
Noct se subió a su pecho y la miró fijamente, sabía en qué pensaba, no le era complicado leerla.
—Llore.
—No, aún no.
—No la van a oír. Llore, vamos. Es lo que necesita, ¿no? Pues llore, mi señora, llore. Yo no la juzgaré.
Verónica cerró los ojos. El paraguas le había acompañado toda su vida, su abuela se lo había regalado cuando se hizo cazadora, y desde entonces no se había separado de él.
Era su tercer brazo, una parte vital de sí misma, lo que la protegía del malvado mundo exterior, un brazo que la mantenía con vida y le daba una oportunidad de luchar.
Era mucho más que un simple paraguas o un arma.
Era su brazo.
Era ella misma.
Y ahora estaba roto.
Apretó los párpados; los notaba húmedos, las lágrimas saladas querían salir, fluir y empapar el suelo.
No lo permitió. Negó, se secó los ojos con las mangas y se incorporó.
Noct la miró, no esperaba que de verdad fuera a llorar.
La conocía desde que ella tenía diez años, y jamás la había visto hacerlo.
La había viso apretar los puños de rabia cuando algo no le salía, o gimotear si se hacía alguna herida o incluso gritar; pero jamás la había visto llorar o sonreír de verdad.
La mayoría de sus recuerdos de la joven cazadora la mostraban con expresión neutra, los ojos vacíos y una calma que parecía inquebrantable.
Quiso decirle algo, pero no encontró palabras que pudieran consolarla o hacer que se abriera.
Verónica se puso en pie, recogió los restos del paraguas y los apretó contra su pecho, destrozada.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó el cuervo—. Pasaré la noche con usted.