¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 19. Y yo… yo tengo que tomar ese café #2
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19. Y yo… yo tengo que tomar ese café #2

Los ataques del demonio eran cada vez más seguidos, más fuertes y más directos a ella, pero Vero siempre lograba evadirlos todos sin sufrir daños.

Su energía había terminado de rellenarse hacía unos pocos minutos, podía parar y pensar.

Kagutsure no dejó de atacar e intentar matarla, pero la situación no le gustaba nada.

Estaba atacando con fuerza, como lo haría un perro rabioso, pero aun así su rival podía esquivarlo —no con facilidad— sin hacerse ni un rasguño.

Y ni siquiera llevaba un arma; y si la tenía y lo estaba engañando, no hacía uso de ella.

Nadie había podido contra Kitsu. Nadie, salvo ella.

Quiso acabar el asunto lo más rápido posible y saltó sobre la joven como un zorro sobre un topo.

Justo al caer sobre ella notó que algo se le clavaba en el estómago.

Miró hacia abajo, la chica tenía una expresión de dolor en el rostro, pero sonreía.

El pinchazo del estómago se hizo más intenso, y la sorpresa —y miedo— del demonio fue máxima cuando vio que la chica sí llevaba un arma y que había conseguido clavársela en el vientre sin que se diera cuenta siquiera que la tenía.

—Has… —siseó y arrugó el hocico—. Has…

—Saluda a Kitsu de mi parte, ¿vale? —dijo Verónica con el ceño fruncido y una sonrisa de maldad.

Kagutsure alargó una pata, la puso sobre el cuello de Vero e hizo presión.

La empezó a ahogar, sabía bien que un cazador sin oxígeno no podía usar sus ataques.

Mientras la estrangulaba, intentó levantarse y arrancarse el paraguas del vientre.

Verónica jadeó, apretó los dientes y haciendo un enorme esfuerzo que mermó su energía, abrió el paraguas con fuerza.

Un rayo de luz blanquecina se extendió por la zona y atravesó el cuerpo del demonio, quien sintió un enorme dolor por todas partes.

Soltó un rugido y aflojó el agarre del cuello de la chica, quien pudo volver a respirar.

Vero quiso lanzar otro ataque y aprovechar que Kagutsure se había puesto a dos patas; tenía el paraguas todavía clavado y estaba muy cerca de ella, pero sus brazos estaban todavía recibiendo oxígeno y no podía moverse.

¡Mierda, no! ¡No puedo perder esa oportunidad! ¡No! ¡Levanta! Tengo que…

Cuando vio que no podría lanzar el segundo ataque tan rápido como era necesario, otro arma se clavó en el cuerpo del demonio.

Verónica miró a su lado; Gaia estaba allí, empuñaba la raqueta y la hundía en el vientre del ser.

La otra cazadora estaba haciendo un esfuerzo enorme al mantener al demonio así, pero no se permitió flaquear.

—¡Recupérate! ¡Yo lo mantengo! —gritó.

Verónica cogió una última bocanada de aire y se levantó como si hiciera un abdominal, y terminó de empujar el paraguas, abierto, dentro de Kagutsure.

Él intentó quitárselas de ahí, matarlas o al menos alejarlas, pero cuando Verónica se levantó del todo y empujó más, tuvo que detenerse.

No moriría con eso, hacía falta más para derrotar a un demonio tan fuerte y mayor y que se acababa de comer nueve almas, pero si seguían así, lo debilitarían y darían tiempo a que apareciera más gente del gremio de cazadores.

Los dos pájaros que habían acompañado a Verónica se habían ido, y el demonio supuso que irían a avisar.

En realidad todos los cazadores estaban ocupados, Halloween estaba cerca y había muchas criaturas sueltas que no debían estarlo; nadie podía ir.

Habían ido a por líquidos y más comida, pero eso Kagutsure no lo sabía.

Lo cual era una ventaja. El miedo en el rival siempre es bueno.

—¡Soltadme!

—¡Sigue empujando, Gaia! —gritó Vero, la energía cada vez disminuía más y más—. ¡Lanza los conjuros más fuertes que tengas!

La otra obedeció, a pesar de sentirse débil y mareada, no dudó y lanzó los ataques más potentes, los que más carga de energía tenían. Ambas estaban al límite, reventarían de agotamiento, pero la inercia y desesperación no les permitían parar.

No puedo perder, se dijo Vero, José necesita su venganza, Almu tiene que volver a dormir tranquila. Y yo… yo tengo que tomar ese café.

Gaia apretó los dientes, pensó en vengar a todos sus compañeros, en no dejar que sus muertes fueran en vano, y juntó sus últimas fuerzas.

Verónica hizo lo mismo, y entonces Kagutsure lanzó un rugido seguido de un zarpazo y un movimiento de cuerpo entero que las impulsó hacia atrás, con las armas en las manos.

Verónica cerró los ojos y notó el impacto contra el tronco de un árbol, y luego cayó al suelo y dejó de sentir por unos segundos.

Un pitido estridente sonaba en su cabeza, el cuerpo le temblaba y se le entumecía, y notaba sangre manarle de varios sitios, pero no supo decir de dónde. Se había dado en la cabeza, mierda.

Tras casi un minuto tirada en el suelo, recuperó la consciencia y se puso de rodillas. Vio a Gaia tirada a su lado medio desmayada, y miró hacia delante, hacia Kagutsure, que estaba delante de ellas.

—¡Sigues viva! —gritó el demonio.

Verónica alzó el paraguas, demasiado ligero.

Kagutsure se echó a reír y cuando la chica vio el estado de su arma, le dio un vuelco el corazón.

Estaba partido a la mitad, en un corte que no era limpio y que había desgarrado la parte que seguía en su base.

El pánico se apoderó de ella; desarmada y con su compañera fuera de juego, la muerte era evidente.

—Lo has hecho bien —calmó Kagutsure—. Pero has perdido.

Verónica intentó lanzar otro conjuro, por pequeño que fuera.

Algo que le diera al menos unos segundos de ventaja, para levantarse y correr, huir o recuperar energía.

No quería morir, no podía permitirse morir a manos de un demonio sin poder vengar a José, ayudar a Almudena y tomarse ese café con Laura. No podía.

Concentró sus últimas fuerzas, pero el paraguas no le contestó. No se movió, no lanzó ni un pequeño destello. Porque estaba roto. Se había partido a la mitad, y eso significaba que ya no funcionaba. No había magia, no había conjuros, no había ataques.

Vamos, por favor, no me dejes tirada. Tú no, por favor, por favor. Por favor, tienes que recomponerte… ¡por favor! ¡No me dejes tú!

—Está bien, chica. —Kagutsure se agachó ante ella, tranquilizador, y le palmeó la cabeza—.

Has hecho lo que has podido tú sola, eso está bien.

Cada uno llega hasta donde llega, y debes de estar orgullosa de ti misma por lo que has logrado hoy.

Te respeto, de verdad. Ah, y no te preocupes por tu amiguita, la novia del chico al que quieres vengar; tengo pensado comérmela antes de irme.

Almu.

No, Almu no. No, ella no.

Cómeme a mí, gilipollas, pero a ella no.

Deja a Almu.

No puedo dejar que le toques un pelo.

—No. A ella no.

—Eso no dependerá de ti ya.

El demonio se dispuso a dar un mordisco final, pero entonces sonó el batir de dos pares de alas; los pájaros volvían.

Kagutsure lo achacó a refuerzos, y se separó de allí.

No podía arriesgarse a ser descubierto por los que venían solo por darle un bocado a una cazadora.

Las alas sonaban más fuertes, y decidió ponerse a salvo.

—Esto no ha acabado, Verónica.

Y huyó de allí. Vero se quedó de rodillas en la hierba, entre jadeos y con el arma rota. Estaba tan cansada que cayó hacia delante, desplomada en la hierba. El ataque le había hecho muchísimo daño, y el paraguas estaba roto.

—Mi dama —escuchó.

Aun en el suelo, alzó la cabeza y vio frente a ella a un gato montés con la bolsa que había traído. Comida. Comida. Comer. El gato se le acercó, se metió dentro y empezó a sacar alimentos, nervioso.

—Coma, mi dama —pidió—. Sus compañeros estarán aquí en breve.

—¿Noct y Dalia? —jadeó.

—Esos mismos. Por favor, mi dama, coma.

Verónica jadeó y como pudo cogió la comida. Cada bocado que le llegaba al estómago era como una gota de vida, vida que la alejaba de la muerte y le daba forma a su débil cuerpo y a su alma. Comió, comió sin parar hasta que pudo hablar con algo de fluidez y su cuerpo fue capaz de levantarla.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Velten, mi dama —dijo el gato—. He venido tan pronto como he podido. Coma más, por favor.

—Espera, tengo que… ¡Mierda, Gaia!

Verónica gateó hasta el cuerpo de su compañera, que aún respiraba.

Había recibido el mayor impacto, tenía heridas por todo el cuerpo, y le faltaba una mano.

Vero notó la tensión abandonar su cuerpo y ser reemplazada por rabia.

Ella era la veterana, tendría que haberla protegido.

Y ahora la chica estaba manca y ella no pudo hacer nada.

Gritó y bajó la cabeza hasta el cuerpo de su compañera, furiosa.

Malditos demonios.

Malditos monstruos.

Malditos cazadores.

Maldita yo.

—Mi dama, no es su culpa —dijo Velten—. Coma.

Dalia y Noct aterrizaron en el lugar entonces, cada uno con comida y bebida.

Fueron directamente a ayudar a Gaia, que empezaba a despertar.

Tardó menos que Verónica en sentarse, pero cuando se dio cuenta de que no tenía mano y que su extremidad amputada estaba a varios metros, tuvieron que tratarla entre todos para que no se desmayara.

—¡Mi mano!

—Beba primero —pidió Noct—. Beba.

—A ver, Gaia —dijo Verónica mientras le daba mordiscos nerviosos a una manzana—, ¿qué tipo de magia es la tuya?

—¿Qué?