¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 19. Y yo… yo tengo que tomar ese café
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19. Y yo… yo tengo que tomar ese café

Cuando Verónica llegó a donde le decían sus compañeros alados, un pequeño claro, vio una figura oscura y enorme abalanzarse sobre una chica que tendría apenas dieciséis años y que se abrazaba a una raqueta de tenis, temblorosa.

Aunque pensó en sacar el paraguas y atacar a la figura, optó por deslizarse colina abajo hacia el lugar y sacar a la chica de allí.

Ocultó bien el paraguas, echó a correr y antes de llegar al suelo llano saltó y se tiró sobre la chica, justo cuando la figura lanzaba un ataque que hubiera acabado con cualquiera.

Ambas cazadoras cayeron tras unos árboles, un poco más lejos de allí.

El ataque cortó un árbol por la mitad, pero por suerte no hizo daño a nadie.

La cazadora a la que Verónica había salvado no paraba de temblar.

Era castaña y de ojos marrones, de estatura media e incluso pequeña, y no parecía ser fuerte en exceso.

Vero no tuvo que mirarla mucho para saber que estaba ante una novata.

Se levantó, pues había caído encima de la chiquilla, y la apoyó contra un árbol.

—¿Cómo te llamas? —inquirió Verónica sin mucho tacto—. ¿Qué haces aquí?

—Él… —murmuró la otra—. Él…

—Eh, eh —llamó Vero—. Dime tu nombre. ¿Quién eres?

—Gaia —gimió la cazadora—. Me llamo Gaia.

—Muy bien, Gaia. ¿Qué haces aquí? ¿Estabas tú sola?

—No… —Gaia hablaba bajo, como si le diera pánico ser escuchada—. Éramos varios en un grupo, veníamos de una misión y… nos encontramos a eso. Han muerto todos… ¡todos!

Han muerto todos.

De modo que el señorito demonio se había dado un banquete.

—¿Cuántos erais?

—Diez… Éramos diez. ¿Me va a matar a mí también?

—No mientras yo esté aquí —dijo Verónica, no muy segura de aquello—. No, eh… ¿Estás herida?

—Sí… Me ha… esto…

Pese a la penumbra, Vero se las apañó para examinar por encima a la novata. Las heridas eran superficiales, se recuperaría rápido.

—¿Cómo recuperas energía? ¿Comes, duermes…?

—Líquidos —jadeó Gaia—. Me recupero si bebo.

—Estupendo. —Verónica hurgó en la bolsa que le había dado Laura y le lanzó la botella de agua de dos litros que esta había añadido—.

Pues ahora mismo escóndete y bébete esto entero lo más rápido que puedas.

Dos litros no hará mucho, pero bébela y saldrás del estado de histeria en el que estás.

Cuando la acabes, a tres metros de aquí hay un arroyo; como si te lo bebes entero, pero bebe. No puedes permitirte bloquearte.

Se puso en pie mientras Gaia abría la botella y se ponía a beber con ansia, hasta que vio que su compañera iba a encontrarse con el demonio.

—¿¡A dónde vas!? ¡Te matará!

—Es un objetivo, hay que matarlo. ¡Bebe, coño!

Gaia no tenía ni idea de quién era aquella joven que había aparecido ante ella, pero estaba tan asustada y la otra cazadora era tan firme en sus decisiones que no se vio capaz de replicar.

Se acabó los dos litros y se arrastró hacia el arroyo, que se podría ver de no ser de noche; no quitó la mirada del cuerpo de su compañera.

Verónica llegó al claro, donde la figura se ocultaba entre árboles.

En el suelo, cerca de estos y muy a la vista, estaban los cadáveres de los nueve compañeros, completamente destrozados, apenas reconocibles.

Solo uno conservaba la cabeza, tenía el rostro desencajado en una última expresión de terror.

Verónica lo miró sin mostrar emociones, pero sintió una punzada en el estómago, aquel chico tenía más o menos su edad y habían hablado alguna vez; era agradable.

Suspiró, se aseguró de que el abrigo le tapaba el arma y se puso frente al demonio.

No se podía diferenciar nada de su aspecto, pero sí se veía el aura, y no era un asunto fácil en absoluto.

Aquel demonio se lo iba a poner muy complicado.

—De modo que eres tú quién me sigue, ¿verdad? —siseó el ser, con la voz raspada y estridente—. Eres muy joven para seguirle la pista a demonios tan mayores, bonita.

—Hago mi trabajo —dijo ella con calma, como si estuviera hablando con un colega—. Y tú has matado al novio de mi amiga.

—He matado a tanta gente… ¿quién era?

—Un chico al que dejaste tirado en los Pericones, sin alma y con pintas de sobredosis. ¿Esa es tu técnica? ¿Absorbes almas y les metes cocaína en su lugar?

—Así tienen una causa lógica de la muerte. Considéralo un favor.

Mientras hablaba, el ser escaneaba el cuerpo de la cazadora, en busca de algún arma.

No lo encontró; supuso que lo llevaría debajo del abrigo, pero si a esas alturas no lo había sacado ya, las posibilidades de que estuviera desarmada eran bastante altas.

Un demonio es impredecible, pueden hablar contigo y mientras pronuncian la última sílaba lanzarte un ataque que te deja en el sitio, era una temeridad y casi un suicidio no estar en guardia.

Pero aquella chica estaba tranquilamente de pie, hablando con él.

Eso no era normal.

—Supongo que pedirte que te marches de este plano es absurdo, ¿verdad? —preguntó Vero.

—No tardaré mucho en irme, bonita —le dijo el demonio—. Estoy aquí de paso, mientras espero una cosa.

—¿No la puedes esperar en el infierno? Los devoradores de almas tenéis suministros ilimitados allí abajo, y no sois tantos como para quedaros sin ellas. No tienes necesidad de venir aquí y comerte a nuestra gente.

—¿Y si me apetece cazar algo diferente?

Verónica miró los cadáveres destrozados. Ninguno de ellos superaba los veintidós años. Negó despacio.

Diferente, dice .

—No está bien —dijo—. No puedes venir a nuestro terreno y devorarnos sin más.

—¿Con qué autoridad moral me dices eso? ¿Acaso tú no comes carne?

¿No utilizas a otros animales para tu beneficio?

¿No tenéis granjas, mataderos y matáis para comer?

¿No es lo mismo que hago yo? ¡Ah, los humanos, los humanos!

Os creéis en la cima de todo, hacéis lo que os place sin temer consecuencias, y cuando viene alguien superior y hace lo mismo, os parece mal.

Claro, cuando estáis en la cima de la pirámide alimenticia no os importa matar una vaca y no os paráis a pensar en ella, pero cuando viene otro depredador que os da caza, lo llamáis inmoral y decís que lo que hace está mal.

Verónica no dijo nada. El demonio estiró un brazo, que acababa en garra, y la empujó. Ella se vio desplazada por la fuerza, pero no sacó el paraguas.

Aguanta, un poco más. No te ha hecho daño, aguanta. Sácalo cuando esté desprevenido, cuando tu ataque tenga más fuerza.

—Los humanos me parecéis la peor plaga del mundo—dijo el ser—. Os matáis y odiáis entre vosotros, os creéis Dios. Sois la personificación de la hipocresía.

—No quiero otra charla moral, estoy harta de oírlas —murmuró Verónica—.

Todos los demonios soltáis lo mismo. Si lo nuestro está mal, lo vuestro también.

¿Pensaste en alguna de tus víctimas? ¿En si tenían familia, sueños o aspiraciones?

No, ¿cierto? Solo pensaste en devorar su alma. ¿En qué te diferencias de mí, entonces?

El demonio quedó callado. Aquella joven le despertaba la curiosidad.

Mucho. Sabía que estaba hablando con un devora almas, sabía que él la seguía desde la muerte del chico de los Pericones, y sabía que de un movimiento podría decapitarla; pero ni siquiera temblaba.

Era una cazadora distinta, eso sin duda.

—Eres extraña —contestó—. ¿No tienes miedo? Puedo acabar contigo ahora mismo si lo deseo. ¿No te asusta pensarlo?

—El miedo es combustible en su justa medida; más, es estorbo.

—Pensé que te mataría Kitsu.

—De modo que así se llamaba el monstruo saltarín, ¿eh? Pecó de exceso de confianza, pero era bueno. ¿Lo enviaste a matarme para quitarme del medio?

—Y para ahorrarte un enfrentamiento contra mí. Pudiste contra él, pero no correrás la misma suerte conmigo. Ah, debiste morir en aquel lugar.

—Sal para que te vea, demonio —dijo Verónica—. Me enfrentaré contra ti, pero quiero verte. Y dime tu nombre.

—¿Para qué quieres el nombre de un demonio, niña?

—Seréis buenos o malos, pero seguís siendo seres vivos. Un ser vivo que tiene un nombre, debe ser recordado. Te recordaré después de matarte, nunca he dejado que ningún nombre se olvide.

De esta noche, Kitsu.

El demonio dudó un poco. La chica era verdaderamente rara. Parecía un témpano de hielo, fría, dura y calculadora, apenas había calidez en sus palabras, pero aquella frase era de todo menos fría. No parecía un ser humano, sino algo muy superior; algo distinto.

—Si tanto insistes, te concederé el favor. Me llamo Kagutsure.

—Bien, Kagutsure —dijo Vero—. Yo me llamo Verónica. Ahora sal, luchemos de una vez.

—No tienes ni siquiera un arma, pero está bien.

Abandonó el refugio entre los árboles. Verónica tuvo que mirar para arriba; si Kitsu era grande, este demonio era todavía mayor.

Su aspecto era una verdadera abominación, parecía hecho de miles de cadáveres, puestos uno encima de otro, diez sobre diez, fundidos en una masa de músculos y huesos.

Al igual que el otro monstruo, su cuerpo entero estaba envuelto en un pelaje negro, espeso y liso como si fuera la túnica de un verdugo antiguo, un pelo que ocultaba los miembros, que se movían con crujidos de articulaciones demasiado humanas.

La cabeza era igual a la de Kitsu, de cánido, con dientes afilados y anormales, ojos inyectados en sangre que no miraban, devoraban.

A la cazadora no le extrañó que fuera la copia de Kitsu en grande y terrorífico, sabía que algunos monstruos adoptaban el aspecto de los demonios a los que se doblegaban.

—¿No tienes miedo, niña? —preguntó Kagutsure.

—No. ¿Dejas la tontería y atacas tú o empiezo yo?

Kagutsure atacó por la izquierda, lado malo de muchos, y Verónica tuvo tiempo a agacharse y esquivarlo, todavía sin sacar el paraguas.

Podría sacarlo sin problemas, pero quiso esperar al mejor momento.

Cuando lo tuviera encima, no le costaría nada, solo necesitaba conservar el brazo para desenvainar bien.

No era mucho pedir conservar un brazo, se dijo.