¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 18. Inglés y física #2
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18. Inglés y física #2

—Me llamabas la atención, así que me fijaba en ti —admitió Laura a la vez que se encogía de hombros—. No sé. Pensaba que te pegaban en casa, o que te metías en peleas… yo qué sé, me preocupaba por ti. Suena raro, ahora que lo pienso.

—Eso es bonito —admitió Verónica más tranquila. Había contestado bastante mal y no era lo más correcto con alguien que estaba ayudándola. Su amiga era buena al curar heridas y la comida estaba ya haciendo su efecto—. Gracias.

—Las que te adornan —susurró Laura—. ¿Cuándo irás, entonces?

—En cuanto coma tres platos más y termines de curarme. Tengo que atrapar a ese capullo.

Por Almu.

—Te has comido la olla entera.

—Eso vale por seis platos más o menos —dijo Vero—. Generalmente me como una entera después de trabajar, pero siempre tengo algo de comida encima. Oye, gracias por curarme.

—No tienes que darlas por esto.

—Estás curando algo que no dañaste tú, Laura.

—Y lo haré las veces que sean necesarias, Verónica.

Verónica se quedó callada mientras Laura seguía con su tarea. La cazadora no comprendió muy bien la frase, pero se clavó con fuerza en lo más profundo de su corazón.

—Gracias.

—Gracias a ti por salvarnos a todos.

—Cuando acabe con ese maldito, me tomaré contigo los cafés que quieras. Te lo prometo.

Laura le acarició el hombro desde detrás mientras dejaba salir de entre los labios un suspiro triste.

Sabía lo que significaba ser un cazador de monstruos, el sacrificio que suponía y cómo de duro era el oficio.

Su tío, siempre tachado de loco en la familia, le había enseñado bien.

Si Verónica llevaba en el gremio desde bien pequeña, no quería ni imaginarse las cosas por las que había pasado y lo que había visto.

Y encima ella, en clase, pidiéndole ayuda con mil cosas, sin pararse a preguntar si la que necesitaba ayuda era ella.

Bajó la mirada, y mientras le terminaba de lavar y vendar las heridas, centró los ojos en la espalda de Verónica.

En la zona baja, justo por encima de donde irían los pantalones, tenía un tatuaje que no pasó por alto.

A la vista parecían simples líneas que se unían entre sí en una armonía de tinta y giros, pero tras analizarlo un poco más despacio, vio que formaban una especie de paraguas que solo se veía si se examinaba con cuidado.

Laura sonrió, no le hizo falta pensar mucho para saber que aquel tatuaje no era uno normal, sino que tenía algún componente mágico.

Brillaba como si fuera una piedra preciosa a la luz.

No pudo evitar preguntarse a qué edad se lo había hecho.

Si era una marca mágica que representaba el arma que usaba desde siempre, no creía que hubiera aparecido al cumplir los dieciocho años.

Tenía curiosidad, pero tampoco quiso preguntar; solo habían sido compañeras de clase durante el instituto, no había tanta confianza.

—Así que cazadora, ¿eh? ¿Merece la pena?

—Requiere un sacrificio muy importante. A los cazadores se les adiestra desde pequeños, lo que supone hacerlos renunciar a su infancia.

Desde el principio se los educa en la responsabilidad, el ejercicio y la magia, no hay tiempo para malgastarlo siendo un niño.

Cuando teníamos ocho años y las preocupaciones de los demás eran saber qué carta Pokémon les iba a tocar, las mías eran a qué monstruo me enfrentaría esa tarde.

No tuve opción, un demonio asesinó a mis padres cuando era un bebé y fue mi abuela, una de las mejores cazadoras que ha existido jamás, quien me crio.

Era demasiado obvio cuál iba a ser mi destino.

—Eso no es justo, Vero.

—Quizá no, pero era lo que había. Para ser un buen cazador hay que entrenar desde el principio, hay que ser fuerte, resistente y frío; eso no se consigue de la noche a la mañana.

Hay que esforzarse, entrar y centrarse en lo que de verdad importa.

Fue duro al principio, yo también quería ser como los demás.

Quería que me invitaran a los cumpleaños, que quisieran hablarme en el patio y todas esas cosas, pero no tardé mucho en darme cuenta de que no estaba hecha para ser sociable.

Mi deber, mi camino ya marcado, era ser cazadora, proteger al mundo de lo desconocido, de lo que piensan inexistente.

No me preocupé más por si venían a hablar conmigo o no, me dediqué a estudiar, a entrenar y a cazar.

La gente me molestaba, me sobraba. Ellos no podían ver lo que yo, no podían hacer lo que a mí me resultaba fácil.

Éramos diferentes, y eso no era malo. No tengo ningún trauma ni tonterías de esas, estoy muy agradecida con mi abuela por enseñarme el camino al que estaba destinada.

—Yo te hablaba cuando te veía porque me gustaba tu compañía —dijo Laura—. ¿Eso te molestaba?

—No, no —se apresuró a aclarar Verónica.

¿Habría sonado ególatra?—. El conjunto de la gente no me gustaba, las multitudes, los grupos grandes y el ruido.

Pero que vinieras tú o Almudena a hablar conmigo no me enfadaba ni mucho menos.

Era bonito poder hablar con alguien alguna vez. Perdón si soné mal.

—No sonaste mal, Vero, no te preocupes. Solo quiero entenderte.

—Es complicado —admitió Verónica—. A veces no puedo hacerlo ni yo. Supongo que la gente nunca se me dará bien, no soy capaz de mantener una buena conversación, lo siento.

—La gente tenemos cosas buenas y cosas no tan buenas —tranquilizó Laura, y le dio un pequeño abrazo por detrás—. Hay que querernos con todas ellas.

Verónica se sorprendió un poco por el contacto, que notó con más intensidad porque solo llevaba la ropa interior puesta, pero sonrió un poco y se dejó abrazar.

El tacto con Laura no era tan malo, era cálido y acogedor.

Se acomodó un poco y cerró los ojos, hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un abrazo que no fuera de su abuela.

Aunque se sentía bien, era raro; nadie le había dicho las cosas que le dijo Laura esa noche, y aquel abrazo lo sentía un poco ajeno.

Sentía que, en lugar de a ella, se lo estaban dando a una versión suya mucho más pequeña e indefensa.

—¿Te vas encontrando mejor? —preguntó Laura.

—Sí, sí —dijo Vero, y le acarició una mano con suavidad—. Ya no duele en absoluto, no creo que tarde mucho en irme. Gracias.

—Oye, Vero, quiero que tengas claro que siempre que necesites algo puedes venir a contármelo. Después de todo, tú me ayudabas con…

—Inglés y física —sonrió Vero—. Tampoco es tan importante que te haya ayudado.

—Lo fue para mí. Y por eso quiero hacer lo mismo contigo. Siempre quise que fuéramos algo más que unas simples compañeras de clase, ¿sabes?

Vero sonrió otra vez y se separó despacio de aquel abrazo tan bonito; así que ella tampoco se había conformado con ser solo compañeras. Se giró, la miró a los ojos y asintió.

—Yo también quise.

—Deja que te ayude.

La cazadora terminó el último bocado, se puso de pie y dejó el plato en el carro.

Luego, se volvió a Laura, se arrodilló frente a ella y le acarició la mejilla sin parar de sonreír.

Era un gesto tan raro en ella que la anfitriona se asustó un poco, no recordaba haberla visto con una sonrisa nunca y ya iban dos veces esa noche.

La caricia era suave, casi parecía tocar el aire y no la piel, pero a la vez era consistente y firme, una muestra de la más pura gratitud y otra emoción.

Nunca habían tenido excesiva confianza y después de bachillerato apenas se habían visto, pero en aquel momento, en aquella habitación, ambas sentían que se conocían desde toda la vida.

Entonces hazlo. No te mueras. Si después de todo esto no queda nadie más no me importa, pero tú tienes que salir con vida. Mientras tú no mueras, mi mundo seguirá girando.

—Ten cuidado, yo me encargaré de todo.

Verónica se fue de allí poco después, ya con las heridas vendadas, aunque se quitaría las vendas al llegar a casa porque ya no habría rastro de las heridas, y con el estómago lleno y la energía recargada.

Laura la despidió y no la dejó marcharse hasta que no le dio una bolsa llena de comida, por si acaso .

Noct guio a Verónica hasta el lugar donde había visto al demonio.

El ser iba a un bosque que quedaba bastante lejos, pero eso para un cazador, adiestrado para ser rápido como un guepardo, no era nada.

Tanto Noct como ella podían alcanzar los doscientos kilómetros por hora, gracias al entrenamiento y a los refuerzos mágicos que apoyaban los ataques de la cazadora.

No, Verónica jamás bajó del sobresaliente en educación física.

Otro pájaro surcó el aire y empezó a volar junto a ellos. No era un cuervo, sino una gaviota blanca y grande. Pese a ser un animal, se le notaba el gesto preocupado. Verónica la vio.

—¡Delia!

—¡Señorita Verónica! —gritó la gaviota—. ¡Vengo de su destino!

—¿Sigue ahí? ¿A cuánto estamos?

—¡Llegaremos en cinco minutos! ¡Hay otra cazadora allí!

—¿Solo una, Delia?

—Antes había más —susurró Delia más para sí que para Vero—. ¡Dese prisa!

Sin dejar de correr, Verónica agarró la funda del paraguas, que tenía en la espalda, y se la bajó a la cintura, donde quedaría tapada por el abrigo. Noct lo vio.

—¿Por qué?

—Es un demonio devora almas, Noct —le dijo ella. Delia los miró—. Es mucho mejor que no sepa si voy armada, o dónde guardo el arma. Prefiero llevarla atrás, pero ahora toda estrategia es poca. ¡Huelo algo, ya estamos cerca! Delia, guíame. ¿Esa cazadora está viva?

—¡Sí, ella sí!

Por ahora, pensó Verónica mientras apretaba aún más el paso.