¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 18. Inglés y física
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18. Inglés y física

Laura salió de la casa justo a tiempo de ver a Verónica caer al lado del cuerpo decapitado de lo que parecía un animal enorme. Había mantenido a todos dentro sin que hicieran preguntas y quería quedarse allí escondida con el resto, pero no podía dejar sola a Verónica.

Inglés y física.

Verónica siempre le había ayudado, no podía quedarse de brazos cruzados mientras ella se enfrentaba a aquellas criaturas —sabrá Dios qué son—, sola y con un paraguas como única arma.

Por querer vigilar a la gente, pero sobre todo por el miedo, tardó demasiado en salir y cuando se lanzó al prado Verónica ya había terminado.

Al llegar al lugar, junto al cuerpo, la cazadora cayó frente a ella.

Había intentado dar una pirueta en aire y caer de pie, pero estaba tan cansada y mareada que fue incapaz de conseguirlo.

Su cuerpo se precipitó al suelo, frente a los aterrados ojos de Laura.

Ella echó a correr hacia su compañera más rápido de lo que había corrido nunca en su vida, y se lanzó al suelo a recogerla.

Gracias a eso y a que Verónica murmuró un conjuro que bloqueó el impacto, no se hizo más daño.

Cuando se vio en los brazos de Laura, Vero suspiró y se permitió cerrar los ojos.

—¡Verónica! —se escandalizó Laura al ver la cantidad de heridas de su amiga.

—Estoy bien —jadeó ella—. Comida. Necesito comida.

¿Estaba bien? No. Sentía el cuerpo acalambrado, pequeñas gotas de sangre resbalaban hacia el suelo y si se movía de la postura en la que estaba, nada le aseguraba que no se fuera a desmayar.

Laura, que se sentía fatal por haber tardado tanto, la ayudó a erguirse y la apoyó contra ella. Hizo de muleta y echó a andar

—¿Qué cojones era eso, Vero?

—¿Tú qué crees? —murmuró ella, no tenía sentido ocultar nada—. Los monstruos existen, Laura. Se supone que no deberíais saber de su existencia, pero, ¿qué más da ya?

—Y te dedicas a cazarlos, ¿verdad?

Verónica se giró a su compañera, sorprendida; dejó de caminar. Laura había preguntado aquello como si estuviera diciendo la mayor obviedad del mundo, como si preguntara solo para confirmar lo que ya sabía. No preguntó con miedo ni inquietud.

—¿Por qué no estás asustada?

—Mi tío decía que existía gente así, y un día me lo enseñó todo para que dejara de decirle que estaba loco; él también era cazador de monstruos. Sé lo que hacéis, sé que las criaturas de los cuentos son reales, y sé que nos protegéis. Vamos, voy a curarte en casa.

—Se van a asustar al verme así. No. Déjame fuera, me voy a…

—Ni de coña. Vamos a entrar por el garaje, nadie te verá, pero no voy a permitir que te quedes aquí en este estado.

Entraron por allí, subieron las escaleras y la planta baja se encontraba repleta, estaban muy ocupados con la música, deliberadamente más alta de lo normal para no oír lo que ocurría fuera, y no las vieron subir a toda prisa.

Laura dejó a Verónica en la cama, la hizo desvestirse y quedarse en ropa interior y dijo que iría a por el botiquín, pero ella negó.

—Comida.

—¿Qué?

—Si quieres que me cure del todo, dame comida. Los cazadores luchamos con energía, y yo la recupero al comer. Me curaré, te lo prometo, solo tengo que comer.

—Espera ahí —dijo Laura—. Vengo ahora. Joder, Vero, ¿por qué te has enfrentado sola a tantos de ellos? ¿Y por qué no huiste cuando viste al grande aparecer?

—Porque estabas aquí.

—¿¡Y eso qué tiene que ver!? ¡Te hubiera matado, Verónica!

—Si no me hubiera enfrentado a él, te hubiera matado a ti y a tus amigos.

Verónica sonrió pese a las heridas y el cansancio; era la primera vez que alguien que no era su abuela la veía sonreír de verdad.

Laura sintió que el estómago le daba vueltas, un monstruo no era fácil de derrotar, mucho menos después de enfrentarse a tantos y tan pequeños como los de esa noche.

¿Por qué se había enfrentado a todos sola, y luego a ese otro enorme? ¿Por qué?

—¡Vero! —llamó Laura—. ¿¡Por qué!? ¿Por qué te pusiste delante de la muerte?

¿Y cómo pudiste sobrevivir?

—Es que el mundo sería un lugar peor sin ti —fue la respuesta.

Laura ahogó un sollozo y se tapó la boca con la mano.

Verónica le sonrió otra vez. Ninguna dijo nada, Vero cerró los ojos para intentar relajar su cuerpo, y Laura solo pudo quedarse mirando.

Después de unos instantes, la anfitriona se agachó, le besó la frente y le dijo que iba a subir toda la comida que encontrara, que ahora volvía.

—Por favor, Vero, al menos túmbate. Vengo ahora, ¿vale? Pero túmbate, por favor.

Verónica obedeció y se quedó sola en la cama, exhausta. No moriría, ni siquiera tenía heridas graves, solo eran muchas y en sitios muy incómodos. Le bastaría con comer unos diez platos de algo consistente y estaría como nueva. Pensó en cerrar los ojos otra vez, pero un graznido conocido le alertó.

—Mi señora.

—¿Noct? —preguntó ella, y se incorporó un poco. Dolía.

El cuervo estaba en la ventana, como si no se atreviese a entrar. En sus ojos brillaban la preocupación y el orgullo.

—¿Se encuentra bien?

—¿Qué haces aquí? Pasa, pasa.

—Vengo a avisarle, nuestro objetivo avanza hacia el bosque —le dijo él, y voló hasta posarse en su abdomen plano—. ¿Quiere que lleve a un cazador?

—No. Espera a que coma e iremos. ¿Velocidad?

—Lento.

—¿Intenciones?

—Lo vi mirar a todos lados. Está explorando el bosque. Tenemos tiempo.

—¿Ha comido?

—Sí, esta mañana. A un vagabundo. ¿Cuánto necesita comer usted, mi señora?

—Entre ocho y diez platos. Me meteré caña. Tú mientras asegura los alrededores, no quiero que haya ninguna otra criatura por aquí.

—Lo que ordene, mi señora. No vi nada fuera de lugar, aun así.

—Oye, Noct —dijo Vero entonces—. ¿Qué sabes de mi abuela?

El cuervo se quedó quieto, como si fuera la pregunta más complicada del mundo. Miró a su señora, apartó la mirada y solo contestó cuando ella le insistió. Vero no era tonta, sabía perfectamente qué le ocurría a su abuela. Solo quería confirmación.

—Envejece, mi señora.

—¿Cuánto le queda? ¿Cuándo la van a jubilar?

—No puedo decírselo, mi señora.

—¿Años, meses o días? Vamos, Noct, la veo todos los días y puedo sacar conclusiones. Sé que no le queda mucho y que morirá.

—Días, mi señora, días.

Días.

Verónica notó un retortijón en el estómago, y la escasa alegría que tenía en el cuerpo se desvaneció. Se lo imaginaba, sí, su abuela llevaba viva muchísimos años y ya le tocaba. Pero el imaginarlo no significaba que no pudiera sentirse mal o asustada al oírlo. Respiró hondo y asintió.

—Gracias, Noct. Vete a asegurar los alrededores.

Noct se marchó de allí, y Laura entró por la puerta con un carro lleno de platos y de comida.

Había cogido todo lo de la fiesta, que había dado por terminada, y había vaciado la despensa entera para Verónica; incluso había una olla hasta arriba de raviolis de queso.

También había traído el botiquín. Verónica se sentó despacio, el cuerpo entero le dolía, y hasta que no comiera el dolor no desaparecería.

—Hay algo que no me cuadra —dijo Laura, acercó el carro a su amiga y se sentó cerca de ella—.

Los monstruos no suelen merodear por zonas donde hay muchos humanos, es arriesgarse de forma estúpida a que aparezca un cazador.

¿Por qué ese grandote mandó a esas criaturas aquí, justo hoy?

No es la primera fiesta que hago, pero nunca antes había tenido problemas.

Verónica, que ya había empezado a comer los raviolis, dejó el tenedor en la olla —era absurdo manchar un plato diez veces— y miró a su compañera.

Pensó en decirle la verdad, contarle que un demonio le seguía la pista y que había mandado a aquel gran monstruo para acabar con ella, pero lo que menos quería era preocupar más a Laura.

Se tragó todos los nervios y se encogió de hombros.

—No lo sé. Pudo ser un temerario que creía que podría con nosotras.

—¿No te parece raro que los primeros ataques fueran hacia ti?

—Era lógico, se quita del medio a las que están fuera y ataca con todo a los que están dentro de casa.

—No, Vero, no me cuadra —repitió Laura, y cogió el botiquín.

Quizá su amiga se curara con comida, pero ella no iba a quedarse de brazos cruzados tras ver las heridas sin ropa que las tapase—.

No es que fueran a por ti, sino que fueron a por ti.

A por tu paraguas. ¿Cómo iban a saber que eso era tu arma, si el cetro de un cazador se caracteriza por ser lo que menos esperas?

El de mi tío era un martillo. ¿Quién te está siguiendo?

Verónica tragó saliva, no contaba con que Laura fuera tan observadora.

Su amiga se levantó y empezó a curarle las heridas de la espalda, hombros y brazos, y ella siguió con la comida.

Si bien era cierto que mucha gente sabía de los monstruos y de los cazadores, que aquella chica supiera tanto y pudiera analizar esos pequeños detalles le extrañó bastante.

Y la asustaba. La asustaba no ser capaz de engañarla y hacerle creer que todo estaba bien.

Eso nunca le había pasado con ningún humano.

—Nadie.

—He visto lo que he visto, haz el favor de no mentirme.

—Solo estoy tras la pista de un demonio, ¿vale? ¡Ay, coño, duele!

—O sea, que el demonio te ha enviado a ese monstruo para quitarte del medio, ¿cierto?

—No lo sé —dijo Verónica de mal humor. Comía tan rápido que se había acabado la olla y empezaba a encontrarse mejor—. La cosa es que lo maté. Pero no te preocupes, saldré de dudas pronto. Voy a ir a por él ahora, sé a dónde va.

—¿Estás loca? ¡Un demonio, Vero!

—No es el primero al que mato —musitó ella mientras cogía el siguiente plato—. Podré con él, llevo en este trabajo desde los seis años.

—¿Por eso venías tan cansada al cole? ¿Por eso a veces cojeabas y según crecías aparecías con heridas y cosas de esas?

—¿Por qué te lo sabes todo? ¿Me espiabas o qué?

¿Por qué sabes tanto de mí, Laura?