17. Un peón se puede eliminar, pero cuando cae el rey, la partida termina #3
El miedo asaltó su cuerpo. Los monstruos no solían relacionarse entre ellos, pero algunas veces intercambiaban información rápida sobre los cazadores, quiénes eran y qué hacían, cómo atacaban y otros datos de interés.
Varios le habían hablado de una cazadora peculiar, que no reaccionaba con odio ante ellos, que no atacaba con intención de hacer sufrir.
Se limitaba a evitar los ataques y a matarlos con toda la rapidez posible.
Si ellos hablaban, ella les contestaba; con alguno había tenido alguna conversación más o menos fluida.
Se notaba que los monstruos no eran santo de su devoción, pero los trataba como a criaturas vivas y conscientes, aunque fueran enemigas.
Todos los monstruos con los que había hablado la habían descrito como a una diosa, y en ese momento supo que hablaban de su rival.
Verónica seguía en pie. Estaba cubierta de heridas; algunas ya se le habían cerrado gracias a su energía pero gran parte de ellas seguían abiertas.
Blandía el paraguas con las dos manos y jadeaba, pero no mostraba debilidad.
La postura que tenía era defensiva, no de ataque, y la tranquilidad y neutralidad no habían abandonado su rostro ni un segundo.
El monstruo la miró fascinado; sí parecía una criatura mística y sobrenatural.
Tragó saliva. Aquella chica que le había dado tanta pelea después de acabar con todos sus súbditos lo estaba mirando fijamente, seria, en calma. Esperaba.
¿Es en verdad una diosa?
—¿¡Quién coño eres tú!? —repitió el monstruo—. ¿¡Quién eres!?
—Ah, eso ya no te importa, me temo.
En cierto modo, Verónica se sentía decepcionada.
Pensaba que su oponente sería alguien difícil de vencer, que el líder de aquellas endemoniadas bolas con pinchos sería alguien que le daría juego y pelea, no un simple perro gigante que saltaba y jugaba.
Él no se rindió, volvió a arremeter contra ella, cojo, herido y perdiendo sangre.
La cazadora suspiró, susurró algo para que las heridas siguieran abiertas y esperó.
Cuál fue su sorpresa cuando el monstruo pudo alcanzarla y la derribó en el suelo. La sangre dejaba de caer.
—¡Estoy disolviendo tu magia! —gritó el monstruo, victorioso—. ¡Mi cuerpo ya no nota los efectos! ¡Ahora solo necesito comerte y mejoraré!
Ah, estupendo, un monstruo capaz de disolver los conjuros de los cazadores.
De verdad, increíble. Verónica nunca tuvo tantas ganas de bajar santos del cielo y mandarlos muy lejos, a ellos y a la criatura, que ahora se dedicaba a pasearse a su alrededor mientras se burlaba y jactaba.
Se había incorporado y daba vueltas cerca de ella, aliviado de haber podido atacar.
La esperanza llegó al monstruo en forma de orgullo, y como la cazadora tardó un poco en levantarse, se sintió vencedor.
Le había hecho daño, sí; además de todas sus anteriores heridas, ahora Verónica sangraba por la cabeza y el abdomen.
Al verlo, se creyó ganador. Ella se levantó temblando, cogió el paraguas del suelo y se puso en pie.
Fue hacia él tan rápido como pudo. Distraído como estaba con sus halagos hacia sí mismo, no reaccionó a tiempo y el paraguas se hundió en donde debería estar el bazo.
Que, en efecto, allí estaba, justo donde se había clavado la punta, que cortaba como el filo de la espada más poderosa.
Vero clavó más el paraguas y luego lo sacó, para alejarse un poco acto seguido, esquivando así el ataque defensivo del monstruo.
Cuando él quiso darse cuenta de dónde estaba la enemiga que le había apuñalado, ella ya había saltado en el aire, dispuesta a asestar el golpe final.
El cielo estaba oscuro, el prado era negro y pegajoso por la falta de luz y la sangre derramada, y en el ambiente no había iluminación; pero ambos tenían un poco de visión nocturna.
No mucha, no veían con claridad, pero podían distinguir los cuerpos de sus enemigos.
El monstruo, sin una pata, abierto en canal y con el bazo totalmente destrozado, dejó de salivar aquella baba asquerosa.
En su boca empezó a aparecer un líquido rojo asfixiante, que le salía desde dentro y resbalaba por su mandíbula; sangre que, esta vez, no era de una víctima, sino suya.
Verse sangrando de esa manera lo aterró al comprender que tenía una enorme hemorragia interna.
Alzó la cabeza para ver dónde estaba la que acabaría dándole muerte.
Sus ojos la encontraron justo antes de que se abalanzase sobre él.
Pese a sus heridas, el cansancio y la corta edad, Verónica seguía con fuerzas para saltar sobre su enemigo y asestar el golpe final.
El monstruo dejó de verla como la joven que creía inferior y terminó de ser consciente del verdadero potencial de la chica.
Vio la determinación en la mirada, en aquellos ojos muertos y vacíos; vio la postura, las técnicas, la seriedad en sus movimientos, como si en lugar de tener veinte años, tuviera dos siglos y fuera una experta.
Vio todas las amenazas de sus ataques, vio el poder que tenía, comprendió lo que los monstruos contaban. Lo vio todo.
Pero demasiado tarde.
Iba a morir. Lo iban a matar.
Lo iba a matar una cazadora que no pasaba de veinte años biológicos. Una niña. Él tenía tres mil.
Lo iba a matar una niña.
No es una diosa, es un verdadero demonio.
La vio por última vez mientras ella caía hacia él, paraguas en alto.
Su neutralidad seguía ahí, no sonreía ni tenía la mandíbula apretada, solo estaba seria, como si estuviera haciendo algo que hacía a diario y resultaba rutinario, como si matarlo fuera igual que ir al baño.
Pero no fue eso lo que lo asustó, sino sus ojos.
La neutralidad en el rostro era una cosa, pero ver la indiferencia en aquella mirada, tan muerta y vacía, fue lo que hizo que la criatura, después de siglos, sintiera verdadero miedo.
Nunca antes se había enfrentado a nadie así.
¿¡Quién cojones eres, puta cría!? ¿Quién eres? ¿Por qué?
Había jugado demasiado y ahora debía pagar las consecuencias.
La joven cayó sobre él, le plantó las botas directamente en la cara, y le clavó con fuerza el paraguas en la frente.
El arma penetró en la cabeza del monstruo como un punzón en una almohadilla y salió por el otro lado, empapado en sangre negruzca, de monstruo.
En la punta había trocitos de cerebro colgando, y la sangre bañó el suelo.
El monstruo quiso gritar, pero el sonido se le quedó trabado en la garganta.
Su mirada, ahora de terror, se dirigió a su frente y a la cazadora colgada de él, apoyada en su rostro.
Ella vio el pánico en los ojos de su rival y comprendió que no quería morir.
—Tú quisiste luchar, monstruo. Ahora reza para que tu alma se vaya al infierno y no renazca. —Ladeó la cabeza y preguntó, un poco en serio y un poco de guasa—: ¿Últimas palabras?
Un último gruñido salió de las fauces del monstruo.
—Ojalá te maten pronto.
Después el cráneo entero explotó en sangre y el cuerpo cayó, inmóvil y sin cabeza, al suelo.