17. Un peón se puede eliminar, pero cuando cae el rey, la partida termina #2
—¡Oh! ¡Tú, matarme a mí! Deja que te diga una cosa, criaturilla, no tienes nada que hacer.
—Nunca lo sabremos si no lo intento, ¿no crees? —preguntó Verónica, se puso en guardia.
—Hagamos algo, ¿eh? —dijo el monstruo mientras sacaba un brazo de aquel telón oscuro y mostraba unas garras afiladas y peligrosas.
Le acarició la cabeza como si fuera un bufón, un ser inferior, alguien a quien iba a hacer un favor—.
Te voy a dejar con vida. Me parece todo un mérito haber acabado con mis secuaces, así que coge tu paraguas y vete.
—No. Si me voy, te comerás a los chicos.
—Pero a ti no, piensa en eso. Un jabalí salvaje se coló en la casa y acabó con todos los que estaban allí, o un oso, o un animal. Esas cosas pasan, chica, es lo que hay. Valora que te voy a dejar vivir a ti.
—Si me marcho, deshonraré mi título de cazadora. ¿Abandonar en la muerte a treinta chicos con toda su vida por delante a cambio de qué? ¿De mi vida?
—¿No quieres vivir?
—La vida de nuestros protegidos está por encima de nuestros propios deseos. Lo que yo quiera no es incógnita en esta ecuación.
—Contesta. ¿Quieres vivir?
—No viviré con las manos manchadas de sangre de inocentes por culpa de mi egoísmo. Que te sirva de respuesta.
—Pero entonces… tendré que matarte. Y luego me comeré los a todos.
—Estás hablando con la cazadora que acabó con tus esbirros en media hora —le dijo Verónica a la vez que ladeaba la cabeza—. Yo en tu lugar no estaría tan confiado.
—No hablaré más, mataré y comeré. ¿Últimas palabras?
Verónica suspiró y preparó el paraguas. Qué manía tenían los putos monstruos de preguntar por las últimas palabras. ¿Quién las iba a oír? ¿Y quién las iba a recordar, si de morir, lo haría sola con su enemigo, que no se iba a molestar en escucharlas?
—Vete al carajo.
La criatura se le echó encima, pero Verónica estaba preparada y paró el violento ataque con el paraguas.
No lo abrió aún, lo clavó en el cuerpo del monstruo, quien lanzó un espantoso rugido, como si tuviera mil almas agonizantes en la garganta, y lanzó un ataque con la garra.
Vero sacó el paraguas y lo giró con un golpe de muñeca, pudo bloquear a su agresor y lanzarlo un poco hacia atrás.
No movió más que los brazos. Ni siquiera se agachó.
El monstruo peleaba con todo el cuerpo, utilizaba las garras, saltaba y también usaba los dientes.
Aunque Verónica pudo parar sus dos primeros ataques de pie, casi estática y sin mayor esfuerzo, las cosas cambiaron con rapidez.
La herida del monstruo se había curado y cuando saltaba se despegaba varios metros del suelo y caía donde quería, como un zorro en plena caza.
Verónica podía contrarrestar los ataques que lanzaba desde el suelo, pero cuando la criatura empezaba a saltar, tenía que recolocarse y protegerse para que no la destrozara al caer.
Mientras saltaba a su alrededor, la criatura soltaba risitas, como un niño disfrutando en una cama elástica.
Saltaba en círculos, rodeaba a su enemiga, se reía y aterrizaba cada vez más cerca de ella, y aunque Vero podía deslizarse por el suelo, tarde o temprano el círculo de saltos se haría más pequeño hasta que la criatura la aplastase.
Me va a aplastar como a una lombriz, mierda. Desde abajo no puedo atacar bien. ¡Deja de saltar! ¡Deja de saltar!
La única forma que tenía de no morir aplastada era ponerse a su altura, adaptarse a la situación y luchar.
Su duro entrenamiento no pasó por alto ni un instante que las criaturas podían dar saltos, que algunas volaban y que otras eran enormes, así que había aprendido a utilizar sus piernas como muelles.
Saltaba muy alto, pero desde luego no tanto como aquella criatura.
Tengo que saltar justo cuando esté bajando, cuando él aterrice, yo estaré lo suficientemente arriba y podré ganar un poco de ventaja.
Cuando el monstruo aterrizaba, Verónica sufría daños.
El ser era capaz de levantar una poderosa ráfaga de aire y piedras al saltar y aterrizar, y cada vez que esa ráfaga golpeaba a la joven, el impacto era similar al de un puñetazo dado con el guantelete de una armadura.
Estaba claro que pretendía aturdirla mientras jugaba con ella a su gusto hasta que ya no pudiera ver de dónde venía.
Entonces caería sobre su cuerpo y la destrozaría.
La chica cerró los ojos y trató de no centrarse en el dolor de los golpes.
No podía morir. No podía permitirse morir. No.
Mucho menos podía morir y dejar sin protección a alguien que había tenido en cuenta sus manías y había hecho lo posible porque estuviera bien. No podía morir y dejarla tirada.
Voy, Laura.
Respiró hondo, concentró todas sus energías en las piernas y cuando la criatura, entre risotadas, bajó al suelo, apenas a un centímetro de ella, saltó.
Se impulsó como si estuviera empujando el suelo hacia abajo, y ganó altura.
Al caer, se aseguró de hacerlo inclinada hacia delante, con el paraguas extendido.
El monstruo saltó a su vez, dispuesto a clavarle las uñas o los dientes, pero el ataque de la chica lo pilló por sorpresa.
Todavía sin abrir el paraguas, Verónica lanzó un golpe que logró darle en la parte de abajo del cuerpo, la que tapaba su túnica peluda.
Sonó un crujido, algo que se desprendía y otro pavoroso alarido del monstruo.
Ambos cayeron al suelo con elegancia, ella logró aterrizar apoyada en rodillas y manos, sin soltar su arma, y él sobre las patas.
Su mirada malvada había cambiado, ahora había furia, odio, ganas de matar.
Tenía las fauces fruncidas, y babeaba mucho más, como un perro rabioso.
—¡Tú! ¡Puta criaja!
Verónica se levantó despacio, grácilmente, y se quitó pequeños trozos de tierra y hierba del pantalón. A su derecha, tirada en el suelo de mala manera y todavía soltando sangre a borbotones, estaba una de las patas del monstruo.
—¿Eso es tuyo? —preguntó ella, y la señaló con el paraguas.
—¡Hija de puta! —bramó el monstruo—. ¡Mi pata!
—¿Cuál de todas es? ¿Delante o detrás, izquierda o derecha?
—¡Cierra la boca, puta!
—Di. Te la he cortado. Quiero saber cuál es.
El monstruo gruñó, y se movió un poco. Vero le había cortado la pata, pero el denso pelaje que parecía una túnica seguía intacto. Los ojos de la chica miraron el movimiento, buscaron anomalías. Y por supuesto, las encontraron.
—Cojeas.
—¡Me has cortado la pata!
—Es la trasera izquierda —dijo Vero. Lo afirmó—. Te apoyabas mucho en las de atrás para saltar, ¿cierto? ¿Qué harás ahora que solo tienes una?
El monstruo intentó saltar, pero sin uno de sus potentes muelles, se quedó en el sitio. Verónica se permitió sonreír y trató de adivinar su próximo movimiento.
—¡Voy a despedazarte! —gritó la criatura, y echó a correr a por ella.
Verónica no se asustó, sino que ella también echó a correr hacia él, paraguas en mano.
En cuanto estuvo lo bastante cerca, se tiró sobre la hierba, se deslizó por debajo y rajó el cuerpo entero de su rival.
La sangre cayó sobre la hierba, y el monstruo lanzó un aullido.
Vero se incorporó y miró a la criatura con parsimonia, neutralidad.
El monstruo se retorcía en el suelo, luchando en vano contra el dolor.
No tenía pata y lo habían abierto en canal desde abajo; se curaría, pero tendría que recuperar energías antes de eso, y esa chica no se lo iba a permitir.
El odio de su mirada se vio, por unos segundos, invadidos por un rastro de miedo e inseguridad.
¿Aquella guajina podría vencer a alguien como él?
—Vaya, parece que duele —dijo Verónica, no había odio en ella—. Intenté que fuera un corte limpio, ya sabes, para que mueras rápido o lo mejor posible. ¿Qué tal estás?
El monstruo intentó reír, mostrar que Verónica no era más que un juego y que acabaría con la victoria, pero ni siquiera él era capaz de asegurarlo.
El rostro de su rival no cambió de expresión en todo el combate, siempre se mantuvo en una inquietante calma muerta, como si fuera un cascarón sin vida o emociones.
La cazadora susurró algo entonces, y el dolor en las heridas del monstruo duplicó su intensidad.
¿Qué está pasando? ¿Qué…?
—¿¡Qué me haces!?
—Uso un conjuro —dijo ella sin emoción—.
Ese ataque que te he lanzado usa magia. Puedo controlar tus heridas a mi antojo, puedo cerrarlas, abrirlas más, alargarlas o aumentar la intensidad del dolor.
—Se lo fue demostrando mientras hablaba, provocando en el monstruo un estado de agonía intermitente—.
¿Por qué siempre subestimáis a los jóvenes?
¿No ves que he podido derrotarte sin siquiera abrir el paraguas?
El monstruo jadeó mientras buscaba júbilo o incluso burla en su rival, como hacían todos los cazadores al ver que estaban a punto de ganar.
Quería ver a su contrincante sonreír aunque fuera, pero eso no ocurrió.
Durante todo el combate la joven no había mostrado emoción alguna, ni siquiera odio o rabia.
Solo neutralidad y seguridad. La criatura estaba a punto de perder el control; era la primera vez que un cazador de monstruos no temblaba ante él…
por no mencionar que la joven lo acababa de abrir en canal, algo del todo insólito.