¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 17. Un peón se puede eliminar, pero cuando cae el rey, la partida termina
31%

17. Un peón se puede eliminar, pero cuando cae el rey, la partida termina

—¿Has oído eso? —preguntó Laura.

—Shh —dijo Verónica con voz seca—. No hagas ruido.

—¿Qué pasa?

Verónica analizó el ambiente durante unos segundos, con el paraguas ya en la mano y dispuesta a atacar.

Laura la miraba con cierto miedo, incapaz de entender qué ocurría y sin la menor idea de qué había gruñido ni por qué se había puesto tan tensa.

La cazadora había adelantado una pierna, había sacado unas afiladas cuchillas de la parte trasera de las botas, se había inclinado ligeramente hacia delante para ver y escuchar mejor, siempre con el paraguas agarrado como si fuera una espada a punto de ser desenvainada.

El primero llegó sin avisar, y de no ser por los trabajados reflejos de Verónica, Laura hubiera muerto.

Eran monstruos pequeños, del tamaño de pelotas de tenis; eso sí, pelotas llenas de púas y dientes deseosos de clavarse en la carne humana para bañarse con su sangre.

Eran de color oscuro, ágiles, rápidos y muy agresivos.

El primero iba directamente a por la anfitriona, pero Verónica giró el paraguas en la mano y logró cortar por la mitad al monstruito, que cayó sobre la hierba y murió enseguida.

No fue el único. Tras él saltó una decena más, cinco a por una y cinco a por otra.

Verónica apartó a Laura de allí con un golpe seco que la lanzó a un par de metros, y luchó contra los diez monstruos que iban a por su paraguas hasta hacerlos pedazos.

El décimo logró esquivar el ataque y se clavó en el hombro de la cazadora, y aunque pudo quitárselo de encima y matarlo, el bicho le dejó una herida grande.

—¡Verónica! —gritó Laura.

—¡Laura, mete a todo el mundo en casa! —le gritó ella a su vez mientras se tapaba el hombro herido; no quería que su compañera lo viera—. ¡Que no se quede nadie en la carpa!

—¿¡Qué son estas cosas!?

—¡Hazme caso y nadie saldrá herido! ¡Mete a todos en casa, diles que va a llover o cualquier gilipollez! ¡¡YA!!

Laura echó a correr al interior de la carpa, donde todos bailaban ajenos a lo que pasaba fuera, y los convenció para seguir la fiesta dentro sin que hicieran preguntas. Atrancó las puertas y las ventanas sin que se dieran cuenta, pero dejó un pequeño hueco para poder ver qué ocurría fuera.

Se asomó, pero pronto dejó de ver a su compañera cuando esta, como era habitual entre los cazadores, murmuró un conjuro de invisibilidad para que ningún humano viera ni se percatara de que estaba teniendo lugar una pelea contra varios monstruos.

Incluso sin el conjuro, los movimientos de los contendientes eran tan rápidos que se hacían invisibles para cualquier ojo o lente.

En el jardín, Verónica seguía luchando. Los monstruos cada vez eran más y no era capaz de esquivarlos todos. Cortaba y lanzaba ataques, pero aquellas criaturas trabajaban en manada y cuando atacaban lo hacían en conjunto, como cientos de depredadores aliados para atrapar a una presa.

La presa no pensaba ponérselo tan fácil.

Sabía que abrir el paraguas los derrotaría más rápido, pero eso implicaba lanzar un conjuro pensado para acabar con criaturas grandes y poderosas, como demonios, monstruos avanzados, vampiros o criaturas superinteligentes. Poderosas. Grandes.

Grandes.

Si abría el paraguas, aunque ganase terreno, malgastaría un ataque tan potente y perdería una gran parte de su energía, y eso era algo que no podía permitirse.

Muchos de los suyos habían muerto por ir a lo fácil, lanzar ofensivas potentes, quedarse sin energía y no tener con qué seguir luchando cuando la cosa avanzaba.

Sabía que esos monstruitos no eran lo único que atacaba, sino que algo —o alguien— por detrás movía los hilos entre bastidores.

Los monstruos tan pequeños no suelen ir en manadas; si lo hacen es porque obedecen a alguien mucho más grandes.

Ese alguien era la pieza fundamental en aquel enfrentamiento; si lo derrotaba a él, acabaría con todos. Solo debía encontrarlo.

Un peón se puede eliminar, pero cuando cae el rey, la partida termina.

El líder tardaría en aparecer, eso estaba claro, y solo lo haría en caso de que la pelea se alargase demasiado, obligándolo a mostrarse e intervenir antes de que otros cazadores llegaran al lugar.

También se mostraría si la cazadora involucrada resultaba ser más poderosa de lo que parecía.

Lo cual la dejaba con solo dos opciones, ambas claras pero complicadas: o aguantaba hasta que el líder se cansara de esperar y viera que la joven cazadora no era una simple cría, o daba con él.

Tras cortar en dos a cinco monstruos en el mismo golpe, se permitió jadear un poco y trató de ver más allá de la oscuridad.

Su objetivo estaba cerca, lo sabía, pero no era capaz de verlo ni olerlo.

Las criaturas le habían acertado en varios sitios y tenía heridas grandes que sangraban, aunque la inmensa mayoría eran superficiales y se curarían al comer.

Tenía los brazos acalambrados de sujetar y blandir el paraguas que no paraba de vibrar, deseoso de que lo abrieran. Verónica intentó respirar hondo y negó.

—Espera. Aún no.

La siguiente horda de monstruos fue la última.

Tres le impactaron en la espalda y dos en la pierna, lanzándola contra el suelo y arrancándole un grito que Laura oyó aunque seguía sin ver nada.

Mientras caía, Verónica logró mover el paraguas; aunque el ataque no tuvo la fuerza que quería, bastó y sobró para derribar a sus contrincantes, que impactaron contra la hierba del jardín, alguno aturdido y la mayoría muertos.

La joven intentó levantarse, pero antes de poder ponerse en pie vio dos que iban muy deprisa en dirección a la casa donde estaban los demás.

—¡No! —gritó.

Supo que no le daría tiempo a levantarse y a llegar hasta allí, así que cerró los ojos, concentró todo el poder en la mano y el paraguas, y lo lanzó en dirección a los monstruos.

El trasto pareció cobrar vida propia y avanzó por el aire, cada vez más rápido y preciso, directo a matar a los monstruos.

Antes de que las criaturas, que iban en fila de a uno, llegaran a la puerta, la punta del paraguas los ensartó y quedaron clavados en la pared, colgados del arma.

Los dos cuerpos crujieron y se doblaron antes de quedarse inertes, la sangre empezó a gotear y los monstruos se volvieron un poco más claros; estaban muertos.

Verónica se levantó y fue hacia allí, sacó el paraguas de la pared y los dos cuerpecillos se deshicieron en una pequeña explosión de sangre que manchó la pared y los bajos de los pantalones de la cazadora, quien gruñó y sacudió la cabeza.

¿Qué les costaba a los de arriba poner un uniforme o ropa especial para que los pobres cazadores no tuvieran que estropear la suya con sangre de criaturas?

Si ya la humana era difícil de eliminar de los tejidos, como una prenda se manchara de sangre de vampiro u hombre lobo era mejor tirarla; nada limpiaba aquello.

De lo malo, las ropas de Verónica siempre eran de color negro, por lo que las manchas se notaban menos.

Nunca entendería a la gente que vestía de blanco para matar monstruos.

—Vaya, vaya —oyó a su espalda—. No me esperaba una debilucha, pero tampoco creí que pudieras matar a todos mis secuaces sin morir.

—¿Esos eran todos? —preguntó Verónica sin girarse—. Igual deberías engrosar un poco tus filas.

—¿Engrosar? —Vero sabía que estaba detrás de ella, y que era grande, pero aún no se giró—. ¿Sabes a cuántos monstruos has matado en este prao, guaja?

—Sorpréndeme.

—Había más de quinientos en mis filas. Y te los has cargado a todos en media hora, tú sola y sin que muriera nadie. ¿Quién cojones eres?

Verónica no contestó. Quiso hacerlo, pero de su garganta no salieron más que jadeos. Quinientos. Había matado a más de quinientos monstruitos y no había tardado ni una hora. La pregunta del monstruo le retumbó en la cabeza.

¿Quién eres?

¿Quién coño eres, que puedes matar medio millar de monstruos y sigues de pie y respirando?

¿Quién cojones eres, Verónica Rooney, asesina de monstruos?

—No soy nadie especial —respondió—. Solo evité que esos chicos murieran. He matado a los tuyos y ahora te mataré a ti.

El monstruo se hartó de hablar y la empujó contra la pared de la casa.

Vero puso el paraguas por medio y no cayó, pero sí se tambaleó y por fin se dio la vuelta.

Darle la espalda a un monstruo, por pequeño que fuera, era una temeridad y muchas veces considerado un acto de chulería.

Verónica no lo hizo para chulearse, sino para mostrarle al monstruo que no tenía miedo, y que no se iba a acongojar.

No era chulería, era supervivencia.

Cuando vio lo que tenía delante, sintió el pánico entrar en su cuerpo y extenderse por sus venas como si estuviera en una carrera de fórmula uno.

Todos los monstruos eran horribles y sus apariencias estaban diseñadas para dar miedo; pero aquel monstruo con el que había hablado era de las peores cosas que había visto.

Era grande, como si cinco bisontes se hubieran subido uno encima de otro, y luego se hubieran unido otros diez por los lados.

Lo que no era la cabeza estaba cubierto por pelo negro que caía como si fuera una túnica y le tapaba piernas y brazos.

La cabeza, lo único que se le veía bien, era como la de un lobo…

treinta veces mayor de lo habitual. Tenía el morro mucho más afilado, los dientes retorcidos y punzantes, hechos para desgarrar carne en cualquier tipo de mordisco, los ojos inyectados en sangre y una mirada de maldad y hambre.

Tenía la cabeza inclinada hacia ella, y de sus fauces caía baba y otro líquido rojo que la cazadora reconoció muy bien.

Se sintió diminuta e indefensa, como una estrella ante un agujero negro.

Tenía todas las de perder, estaba delante de un ser muy superior a ella y no podría hacer nada para evitar lo que iba a ocurrir.

No se dejó intimidar.

—¿No dices nada, pequeña cazadora?

—No tengo nada que decirte —contestó ella—. Debo matarte, y eso haré.