16. Vero, te convertí en un arma tan afilada que olvidé que también sangras
—¿Una fiesta?
La abuela dejó el arma en la mesa y miró a Verónica, que estaba sentada al otro lado con un enorme plato de macarrones con queso. Su nieta asintió, mientras meneaba la comida con el tenedor.
—¿Pero una fiesta para qué? —preguntó su abuela—. Si no bailas, no cantas y odias estar con gente.
—Es que… eh… —murmuró Verónica.
—No te voy a decir que no —dijo la abuela entonces—. Tienes veinte años y te viene bien salir por ahí, emborracharte y esas cosas que hacen los de tu edad. Sal y disfruta. ¿Cuándo es?
—Mañana por la noche —contestó su nieta.
—Entonces hoy descansarás, ¿no? Llevas dos días fuera, cazando bichos y en busca de ese demonio; y acabas de llegar a casa a las cuatro de la mañana.
—¿Y qué? —preguntó Verónica mientras se llenaba la boca de pasta—. Tengo que trabajar, no entiendo de descansos.
—Siempre te exprimes hasta el límite.
—Aún no he llegado a él —contestó Vero—.
Y si te preocupa mi energía, recuerda que la recupero comiendo, no durmiendo.
Podría recorrer el mundo a pie sin dormir un solo día, con alimentarme como Dios manda bastaría.
¿Por qué crees que me hice una olla entera de pasta según vine? Lo tengo controlado, abuela.
—Aunque te recuperes así, no deberías sustituir el dormir. ¿Hace cuánto que no cierras los ojos más de cinco minutos?
—¿Acaso importa, güeli? Tengo mucho trabajo. ¿Entonces puedo ir?
—Claro, vete y disfruta, ya sabes que no me tienes que pedir permiso para salir de casa. Te diría que dejaras el paraguas, pero algo me dice que no lo harás.
—Ah, no, el paraguas va a dónde yo voy. No te preocupes, prometo no usarlo contra nadie salvo que me toquen mucho las narices.
—¡Nieta!
—¡Abuela!
Verónica se echó a reír por primera vez en toda la semana, mientras su abuela la miraba mal y negaba con la cabeza.
—Es coña, mujer —dijo—. Sabes que jamás usaría mi arma contra ningún humano.
—Más te vale. Anda, acaba eso y vete a la cama.
—Quería entrenar.
—Verónica Ashley Rooney, a la cama en cuanto acabes. No hay discusión.
Verónica bajó la cabeza, cuando su abuela decía su nombre completo significaba que no había opción a discutir nada.
Asintió y se centró en terminar los macarrones, llevaba ya más de media olla.
Pensó en acabar los que tenía en el plato y guardar los demás para el día siguiente, pero en esos dos días se había enfrentado a quince monstruillos, tres brujas y dos hombres lobo, y había luna llena.
Había gastado mucha energía contra ellos y necesitaba comer.
—Acábatelos todos —le dijo entonces la abuela, que le había leído el pensamiento—. Huelo tu cansancio desde aquí. Come todo lo que necesites, pero vete para la cama.
—Mañana investigaré hasta la hora de la fiesta.
—No te levantes antes de las diez —dijo la abuela—. Por el amor de Dios, duerme un poco.
—Es que soy nocturna, güeli.
—Lo que eres es una necia.
—Buenas noches, abuela.
La abuela sacudió la cabeza, se levantó y tras besar a su nieta, subió al piso de arriba a acostarse.
Al día siguiente madrugaba y quería por lo menos dormir tres horas; tenía que trabajar bien el poco tiempo que le quedaba.
Mientras subía, no pudo evitar preocuparse por Verónica; ser un cazador de monstruos suponía un trabajo muy absorbente y a tiempo completo, pero Verónica vivía por y para cazar.
Aunque estuviera herida o al borde del agotamiento, se mantenía en pie y dispuesta a pelear hasta acabar con todos los monstruos del planeta.
Era como si se alimentase de una furia interna que la hacía seguir y seguir.
En parte, la abuela se culpaba. Se había hecho cargo de ella tras la muerte de sus padres por el ataque de un hombre lobo, y la había entrenado con dureza hasta que se convirtió en una cazadora de alto nivel, como merecía su apellido.
Aunque ella no tuviera la culpa ni hubiera elegido nacer como una Rooney.
Había bastado un año de entrenamiento para que Verónica alcanzase el nivel esperado de alguien de la familia Rooney.
La primera vez que tuvo que enfrentarse a un monstruo de verdad, fuera de un campo de entrenamiento, solo tenía seis años; pudo contra él, luchó y no demostró miedo.
Después se enfrentó a otro, y luego a otros, hasta que acabó convirtiéndose en una máquina de matar que no mostraba ninguna emoción, solo neutralidad.
En su momento, a la abuela le pareció bien y se enorgullecía de las capacidades de su nieta, verla tan decidida, racional y talentosa la hacía feliz; pero ahora no podía evitar preguntarse si haberle metido tanta presión y hacerle matar monstruos desde tan pequeña habría sido un error.
Vero, te convertí en un arma tan afilada que olvidé que también sangras.
Verónica no se quedó mucho más abajo. Terminó su quinta cena y subió a su habitación, una enorme buhardilla que ocupaba toda la última planta.
Dejó el paraguas colgado en el soporte, como si fuera una espada, lo que no estaba muy lejos de la verdad, y se dejó caer sobre la cama, boca arriba.
Estaba exhausta, todavía tenía que digerir la comida, así que se quedaría un tiempo con el cansancio.
Pensó en ponerse música, cerrar los ojos y descansar; quizá dormir le ayudara a recuperarse del todo.
Pero prefirió, por esa vez, el silencio.
No iba a la fiesta porque le apeteciera, no le gustaba bailar, cantaba únicamente a solas y odiaba a la gente.
Alguien cuyo mayor deseo es ser sordo para no aguantar a las personas no iría a una fiesta de tan buena gana, a menos que fuese de sordos.
Sonrió ante la gilipollez. Una fiesta de sordos.
Todos hablando en lengua de signos, las canciones proyectadas en las paredes y lo mejor de todo; silencio. Bueno, en realidad los sordos hablaban.
No, iba a esa fiesta a trabajar. La noche que estuvo con Noct, el cuervo, había ido a ver a la nueva víctima por si encontraba información relevante acerca del demonio; y aunque no se le aclararon muchas dudas, supo que el ser se quedaría un tiempo en la zona.
Justo esa mañana una ex compañera del instituto le había invitado a una fiesta en su casa, en una urbanización que, curiosamente, era la misma que la de la víctima.
La sorprendió al principio ser invitada, no recordaba haber interactuado en exceso con la chica, pero ella le guardaba cariño, al parecer.
Fue ella, Laura, quien la vio por la calle, echó a correr hacia ella y la paró.
Hablaron un poco, Vero un tanto cohibida y extrañada, y entonces Laura le contó que hacía una fiesta y le pidió que fuera:
—Es que hace mucho tiempo que no te veo, y me acuerdo de que me ayudabas en clase, con inglés y física. Porfa, ven a la fiesta, será divertida.
Ah, inglés y física. Sí, Verónica odiaba a la gente, odiaba depender de personas, y tampoco soportaba que los demás dependieran de ella; pero si alguien le pedía ayuda de buenas maneras, lo hacía sin rechistar.
No le gustaba, pero tampoco lo hacía por conveniencia.
Simplemente lo hacía porque se esperaba algo de ella y tenía que estar a la altura.
De Laura recordaba bastantes más cosas de las que esperaba.
En sus años escolares no destacaba por socializar en exceso, apenas se relacionaba y prefería quedarse en una esquina con un buen libro antes que hablar o jugar con los demás.
No lo veía raro ni malo, solo distinto y cómodo para ella.
Se había hecho amiga de Almudena, una chica dos años menor, y su amistad había durado hasta el presente.
En bachillerato conoció a Laura, una chica con problemas para los idiomas y las fórmulas.
Verónica daba la impresión de ser estudiosa y lista, y Laura se atrevió a pedirle ayuda el día antes de un parcial de inglés.
Verónica se extrañó, pero como cada vez que alguien le pedía algo, aceptó ayudarla con lo que necesitara y se pasó los dos años de bachillerato como su profesora particular de inglés y de física.
Después de graduarse le perdió la pista, y le dio cierta dosis de pena, Laura le había terminado por caer bien.
Bueno, la vería al día siguiente, se dijo.
Se giró, volvió la vista a la pared y cerró los ojos.
Ya notaba cómo digería su cena y empezaba a recobrar energía, pero era cierto que llevaba cinco días sin dormir y, aunque odiase admitirlo, su abuela tenía razón.
No podía cambiar un descanso de calidad en una cama por comida.
Y si al día siguiente tenía que ir a una fiesta llena de ruidos, gente y a lo mejor monstruos come hombres, más le valía ir muy descansada.
La noche siguiente, fue de las primeras en llegar.
Le había hecho caso a su abuela y ese día se había quedado en casa, así que preparó algo de comida para llevar a la fiesta.
También compró algo de beber. La habían invitado a una casa, ¿qué menos que llevar comida y bebida en agradecimiento, o por protocolo o lo que fuera?
No terminaba de comprender del todo algunas reglas sociales, por desgracia.
Su ex compañera, Laura, le abrió la puerta con una sonrisa y se emocionó más al ver que era ella. Verónica subió un poco las cejas pero pudo ocultar la sorpresa, ¿alguien sonreía al verla?
—¡Vero! ¡Has venido!
—Me invitaste. Ah, traje cosas.
—Ay, no hacía falta, mujer, estuve cocinando yo y compré comida. No tenías que traer nada, contigo basta.
—Aun así. —Vero se encogió de hombros—. Me invitaste a tu casa, y cociné y compré bebida. Es empanada casera de atún, hojaldre. Ah, y una tortilla de patata. Si no recuerdo mal, te gustaba poco hecha.
—La última vez que te vi fue hace dos años, ¿cómo te sigues acordando?
—Me gusta memorizar cosas —contestó Vero—. ¿Te ayudo con algo?
—No, está bien, solo tengo que colocar cosas. ¿Quieres beber algo? ¿Y qué me cuentas, qué tal tu vida?
Mientras el resto llegaba, Verónica y Laura pasaron el rato en la cocina.
Era Laura sobre todo la que mantenía la conversación.
Le contó que estaba en un año sabático porque no tenía clara su vocación, que echaba de menos a gente del colegio y que le había encantado encontrarse con Vero el día anterior.
La cazadora no habló tanto, se limitó a escuchar con un vaso de agua en la mano, aunque las palabras de Laura sobre lo mucho que le había gustado verla eran tan cariñosas que no pudo evitar esbozar una media sonrisa.
¿Por qué me aprecia tanto? Solo la ayudaba con inglés y física.
Los demás invitados no tardaron demasiado, y pronto la casa se llenó de gente.
Era una vivienda muy grande, con un jardín delantero más o menos mediano y uno trasero inmenso, con terraza cerrada, una carpa que continuaba con la terraza y luego muchos metros de prado.
La música estaba en la terraza, la gente y las mesas con comida y bebida en la carpa, y se utilizaba el prado para salir a fumar o tomar el aire.
Vero no bailó, tampoco conocía las canciones ni tenía interés, no era su estilo de música y estaba bien, a cada uno le gusta lo que le gusta.
Estuvo cerca de la comida, pero tampoco sentía un hambre atroz como otras veces, quizá porque ese día no había trabajado y no había gastado apenas energía.
También salía mucho a tomar el aire, demasiado barullo le abrumaba y necesitaba despejar, y también salía a observar si el demonio se aparecía; tanta gente joven junta era un banquete servido en bandeja de plata. Y más si una cazadora estaba con ellos.
Aunque había que ser bastante tonto como para atacar a tal cantidad de gente, era muy factible que varios escaparan de allí y avisaran a alguien.
Laura, que ya conocía el peculiar carácter de Verónica, no la presionó ni forzó a bailar, sino que de vez en cuando salía del centro de la carpa y se acercaba a ella, o salían juntas a respirar.
Era una forma de decirle que estaba allí, que no era invisible y que, pese a todos los invitados que bailaban y bebían, no se había olvidado de ella.
Verónica lo notó y agradeció. No estaba de más sentirse importante de vez en cuando, aunque no le gustase la gente.
En una de esas salidas, fueron las únicas que no estaban en la carpa.
Laura estaba fumando, y aunque a Verónica le apetecía, no le pidió ni una sola calada; los pulmones de un cazador tienen que estar limpios para garantizar una buena resistencia.
Aunque Verónica no fumaba habitualmente, conocía el tabaco y su sabor y a veces le apetecía.
Nunca compraba tabaco; si alguien le ofrecía no decía que no, pero no compraba.
Algo dentro de ella decía que, si compraba una simple cajetilla, se engancharía así que prefería fumar alguno de forma esporádica.
Tampoco es que se relacionase excesivamente con fumadores.
—¿Lo estás pasando bien, Vero? —preguntó Laura.
—Sí —contestó ella mientras se giraba a su compañera—. ¿Por qué?
—Por saberlo, no te agobia mucho la gente, ¿no? Puse la música un poco más baja que de costumbre para que no te atrone demasiado. No sé si se nota un poco, pero…
¿Por qué hiciste eso?
—Oh, gracias. No hacía falta.
Es tu fiesta, son tus invitados. ¿Por qué bajas la música solo porque a mí no me gusta el ruido? Hay mucha más gente.
—No quería que lo pasaras mal —dijo Laura—.
Te invité porque me gusta tu compañía y pensé que sería una buena forma de retomar el contacto, y como sé que hay cosas que no te gustan, las tuve en cuenta para que disfrutaras como el resto.
Es que decirte de la nada que nos tomáramos un café me dio cosa, la verdad.
Invitarte a esto tampoco es que fuera muy común, pero no sabía cómo…
Verónica la miró y le sonrió, agradecida.
—Te sorprendes de que me acuerde que te gusta la tortilla poco hecha, pero mira cómo recuerdas las cosas que no me gustan. Gracias, lo aprecio mucho.
—Si un día te escribo para tomar un café mano a mano… —empezó Laura—. ¿No te importa?
—No —dijo Verónica. Tenía mucho trabajo encima, pero quizá relacionarse con alguien ajeno a sus labores le vendría bien—. Escríbeme sin problema, aunque siempre tardo un poco en contestar.
Laura asintió mientras esbozaba una sonrisa y se acercó un poco más.
No estaban muy separadas, pero la distancia empezó a parecerle demasiada y quiso acortarla.
Verónica lo notó y sonrió un poco, pero no dijo nada y se limitó a mirar al cielo oscuro apoyada en el paraguas.
Tampoco le gustaba en absoluto el contacto físico, pero si en ese momento Laura la abrazaba o hacía algo similar, no iba a apartarse.
Laura lo notó y dio otro paso hacia ella.
—Oye, Vero…
De pronto, sonó un gruñido que sobresaltó y extrañó a Laura y a Vero le heló la sangre en las venas.