15. Sobredosis
Almudena llegó a casa y la encontró vacía, como de costumbre.
Sus padres trabajaban todo el día y solo usaban la casa para dormir.
Cerró la puerta y se dejó caer al suelo, agotada y destrozada.
Llevaba dos días sin saber nada de Verónica; no le contestaba al teléfono y tampoco sabía dónde vivía, así que lo único que podía hacer era esperar pacientemente y saltar como un conejo cada vez que vibraba el móvil.
Por supuesto, jamás era un mensaje de su amiga.
Pensó en irse a la cama, para al menos estar tumbada en un blando colchón en vez de en el suelo de la entrada. Justo en ese momento, el telefonillo empezó a pitar. Alguien llamaba abajo.
Almudena soltó un gruñido, no quería ver a nadie que no fuera Verónica o su amor fallecido; y sabía perfectamente que quien estaba llamando no era ella. Se levantó, fue hasta la cocina y miró por la cámara. Era su tía. Volvió a gruñir, pero abrió la puerta y se dirigió hacia la entrada a esperarla.
Cuando tía y sobrina hicieron contacto visual, Almudena empezó a temblar y bastaron unos segundos para que el temblor se transformase en un sollozo. Marisa García entró en la casa y fue a abrazar a Almudena, quien rompió en un llanto desolador.
—Mari…
—Lo sé, amor, lo sé —le dijo ella—. Lo siento.
—¿Por qué él?
—La droga no distingue, cielo. Mata sin mirar a quién. Ven, vamos a la cocina, te voy a hacer un café.
Almudena no dijo nada durante un tiempo, se limitó a beber de la taza humeante mientras su tía la miraba, preocupada. No le gustaba en absoluto ver a su sobrina así, parecía que había perdido toda esperanza, que ya no le quedaba nada que la empujase a seguir viva..
—¿Sigues investigando el caso? —preguntó Almudena entonces.
—Está cerrado, amor. Todo confirmaba lo de la sobredosis, no hay más que investigar.
Algo crujió en el corazón de Almudena. Habían cerrado el caso, el amor de su vida había muerto y nadie iba a investigar nada más.
Sobredosis.
¿A eso se reducía todo? ¿Nadie quería mirar más allá?
¿A nadie le extrañaba que el chico perfecto hubiera muerto de sobredosis?
No, todos lo veían como algo normal, algo que podría pasarle a cualquiera.
Habrá tenido curiosidad, quizá, y las probó esa noche; igual llevaba una doble vida, o tal vez salió de fiesta y se le cruzó el cable.
Una familia había sido destruida, una reputación quebrantada, un chico asesinado; y nadie quería pensar que la respuesta estuviera más allá de lo que se veía.
—Es que no me creo que sea sobredosis —murmuró.
—Lo sé, era el chico perfecto, lo de la droga es…
—Es que puedo garantizarte que no se drogaba, Marisa. Repudiaba las drogas, sabía cómo acababa la gente que se enganchaba, y te juro que odiaba la idea de acabar así. Tiene que haber algo más, algo que…
Algo que no estás viendo. Que yo tampoco veo. Algo que solo puede ver ella.
—Amor, entiendo tu frustración, entiendo que te duela y busques razones. —La mano cálida de su tía se posó en la suya—. Pero no podemos sacar de dónde no hay. José murió por sobredosis, el informe toxicológico dio positivo. ¿Sabes cuánta cocaína tenía en el cuerpo?
—No.
—Tenía dos gramos. La sobredosis está entre uno y uno y medio. Lo siento, de verdad que lo siento.
No es cierto. No es verdad. Él nunca haría eso. Vero me ha dicho que no es verdad. Él no murió; lo mataron.
Estuvo a punto de decirle a su tía lo que le había dicho Vero, pero optó por bajar la cabeza y seguir con el café. Al fin y al cabo Marisa era policía y había examinado el cuerpo. Si tenía droga, por algo sería.
Y aunque se decepcionó un poco y pensó que creer la idea del asesinato había sido una tontería; la chispa de esperanza que había nacido dos días antes seguía allí.
Firme, resistente, como una llama ante el viento; que se retuerce y contrae, pero lucha por no apagarse.
Mientras apuraba los restos del café, solo pudo susurrar:
—Por favor, Verónica, ten razón.
Esa noche, Lucas cogió el primer ALSA que lo llevase a Oviedo. Se sentó en la parte de atrás, en el penúltimo asiento a la derecha, junto a la ventanilla, y cerró los ojos.
No te queda mucho tiempo, apenas cuatro días. Pero piensa que ahora vas a pasarlo bien. Vas a ver a Pilar, que hace mucho que no la ves, y vas a salir y a disfrutar.
Asintió, había asumido que iba a morir, pero no lo haría lloriqueando.
Seguiría intentando encontrar la forma de sobrevivir, y mientras tanto saldría, iría con sus amigos, disfrutaría de la vida como un niño.
Era su despedida del mundo y se iría feliz.
Si conseguía salvarse estaría encantado, pero si no había forma, su muerte no sería agónica o perturbadora.
Se iría en paz, feliz y sin arrepentirse de nada.
Llegó a la estación media hora después —o un poco menos; los conductores de ALSA por la noche sabían meterle gas al asunto—. Al bajar del bus vio a su amiga Pilar sentada en un banco mientras comía unas galletas. Ambos se miraron, y ella sonrió, se puso en pie de un salto y fue hacia él.
—¡Lucaaas!
Él le sonrió también; estaba exactamente igual que como la recordaba.
Pelo rubio y largo, alegres ojos azules y siempre una sonrisa.
Seguía tan guapa —o incluso más— que cuando estaba en la carrera.
Ambos se abrazaron con fuerza, como si en lugar de dos mejores amigos fueran una pareja que se reencontraba después de años.
—Me sorprendió que me llamaras —le dijo ella después de separarse—. ¿Ahora es cuando te da por salir y moverte por ahí? ¡Ay, pero qué guapote estás!
—Bueno, creo que trabajo demasiado —contestó él sin dar muchas más explicaciones—. Me apetecía verte y aunque sea tomar una copa.
—¡Pues vamos! —rio Pilar, y le cogió de la mano—. ¡Ay, tengo tanto trabajo encima que me apetece no volver a casa en tres días!
Lucas se echó a reír mientras su amiga hacía gestos extraños, y se acordó de ella en la universidad.
Fue la primera de clase que le dirigió la palabra, y aunque siempre le pareció una chica muy rara, casi sacada de una serie de dibujos animados, le cogió mucho cariño.
En las mejores anécdotas en la facultad —que pocas no eran— ella estaba siempre, pero después de graduarse dejaron de verse y hablar tanto.
Y hasta ese momento, a cuatro días de su muerte, Lucas no supo que, en realidad, la echaba terriblemente de menos.
No se lo dijo.
—No tendrás prisa por llegar a casa, no? —le dijo Pilar cuando estaban ya en la calle Uría—. Porque mi plan era desayunar por ahí, ya sabes.
—Sabía que si salía contigo no se me va a ver el pelo en dos semanas —bromeó Lucas—. Tranquila, no tengo prisa. La noche es joven.
—¡Así me gusta! ¡Buen chico, buen chico! ¡Pues venga, vamos a entrar en calor y luego a darlo todo! ¿A dónde quieres ir?
—Ah, guíame —le dijo él—. La carbayona eres tú.
Después de varias horas de alcohol, música y baile, los dos salieron de la discoteca a respirar un poco.
Se sentaron en el suelo, cerca de la puerta, y mientras Pilar encendía un cigarrillo, Lucas echó la cabeza hacia atrás.
Lo había pasado bien; para su sorpresa se sabía todas las canciones que habían puesto y no había parado de bailar como si fuera un universitario.
Y algo que no había pasado por alto era que alguna chica había estado cerca de él durante un tiempo; no eran muchas, apenas unas pocas, pero se le habían acercado.
Un pequeño rayo de esperanza creció en sus tripas y le subió al pecho; ¿tendría suerte y ligaría esa noche?
Aunque fuera un simple polvo en un baño, ¿conseguiría, a cuatro días de morir, perder lo que tanta valía le daba a su alma?
La oscuridad en la que estaba sumergido desde el principio de la semana seguía allí, pero frente a él empezaba a verse un poco de luz.
En lo que no reparó fue en la figura de su enemigo tras él, también había salido esa noche.
—Eh, pasmao —le dijo Pilar mientras se arrebujaba en su abrigo—. ¿Sigues ahí?
—Ah, sí, perdona —sonrió él—. Estaba disociado, es que aún soy nuevo en esto de salir.
—No sabes cómo vivir, eh —le recriminó su amiga—. Pero no te preocupes, aquí está Pilar para ayudarte; a partir de ahora vamos a salir finde sí y finde también, te vas a volver el rey de la calle.
Lucas se echó a reír con ganas, intentando ignorar que, seguramente, no llegaría al siguiente fin de semana. Pilar le siguió la risa, pero le dejó claro que hablaba en serio.
—¿Viste que se te acercaron varias chicas? —le preguntó entonces, pícara.
—Ah, bueno… —murmuró él, nervioso—. Sí, lo noté. Quizá hoy…
—¿Te imaginas? Sales después de años, y en tu primera noche… ¡pam, cae alguien! ¡Ay, ojalá! ¡Vuelve dentro, vete a conquistar, Colón!
Lucas se echó a reír a carcajadas. Se había olvidado de cómo era Pilar cuando la menor gota de alcohol entraba en su cuerpo. La mujer vivía de por sí en el puntín, era su personalidad; y claro, si bebía algo era todavía más divertido.
—¿Acabas de llamar Colón a un negro?
Pilar empezó a reírse como si acabara de escuchar la cosa más graciosa del mundo. El cigarrillo tembló en su mano, pero no cayó.
—Es que soy inclusiva.
—Claro. ¿Me das uno?
Lo miró con una ceja enarcada, se suponía que Lucas no fumaba y que el tema del tabaco no le gustaba; incluso recordaba las broncas que el chico le echaba entre clases cada vez que Pilar sacaba un cigarrillo para después.
Pero era su amigo y ella nunca negaba cigarrillos de fiesta, así que le tendió la cajetilla.
—Te has pasado al lado oscuro.
—Nací en él, mujer, ¿o no me ves?
—No, es que es de noche.
Otra carcajada. Empezaron a reírse tanto por aquella tontería que la gente que pasaba por la calle los miraba y dudaba de si estaban borrachos o puestos de algo hasta las cejas.
Lucas no podía sentirse más feliz; no supo si atribuirlo a la cantidad de alcohol que llevaba encima o a qué, pero tenía claro que no quería estar en ningún otro lugar.
Quería seguir allí, sentado en el suelo de Oviedo, con su mejor amiga al lado en una famosa pitipausa, deshecho en carcajadas por tonterías, como si fueran dos guajes despreocupados y no adultos con responsabilidades y trabajo.
El mundo desapareció, se quedaron solos en la calle, incapaces de parar de reírse.
No podían hablar, pero no hacía falta; solo con las carcajadas se dijeron lo que nunca se habían atrevido a decirse en voz alta.
¿Te he dicho ya que te quiero como a nadie, Lucas?
¿Y yo te dije alguna vez que si me muero, quiero hacerlo contigo?