14. Lo conseguirás, rubita mía, lo conseguirás
—¿Lo recuerdas, rubita?
Las palabras cruzaron la mente de la joven asesina y se clavaron en su ser como una astilla en el dedo de un carpintero.
Tenía los ojos cerrados, eran las cinco de la mañana y estaba en su cama, intentando dormir.
Belial se tumbaba a su lado. Había decidido quedarse esa noche a cenar, y una copa después de la cena había llevado a otras tres y habían acabado enredados entre sábanas hasta altas horas de la madrugada.
Suspiró y se sentó, aunque no encendió la luz ni descorrió las cortinas de la ventana.
Permaneció sentada en la oscuridad con la vista en el frente.
La luna brillaba y conseguía entrar a través de la cortina, cruzando la habitación en un rayo de luz que acababa en el armario.
Pequeñas motas de polvo flotaban en el aire, alumbradas; se movían despacio, como si levitaran ralentizadas en el tiempo.
La asesina giró la cabeza como un animalillo curioso; ver las motas dar vueltas tan despacio le recordó al movimiento de las medusas.
Le gustaban, en cierto modo. Le habría encantado moverse despacio y en círculos como ellas, sin nada más que hacer ni de lo que preocuparse. Sobre todo en momentos como aquellos.
—¿Qué miras? —preguntó una voz pastosa a su lado.
Se giró y vio que Belial tenía los ojos abiertos.
—Te hacía dormido, Satty.
—Dormí un poco —admitió él mientras se incorporaba y se ponía a la altura de la chica—. ¿Y tú no duermes? ¿No quieres recuperar energías?
—No puedo dormir.
—¿Por qué? Después de estas cosas siempre sueles caer rendida.
—Solía.
—¿Y qué ha cambiado?
Lucas.
No contestó, se quedó quieta con la mirada en el rayo de luz.
Belial no tuvo que preguntar otra vez, le acarició la mejilla con ternura, un gesto que para ella era más que una simple caricia.
Él sabía que algo rondaba su cabeza, sabía que algo no la dejaba dormir con tranquilidad y la joven comprendió por qué se había quedado a dormir con ella esa noche, aunque tuviera cosas importantes que hacer en el infierno.
Sé que esto te está costando, pero estaré allí para recomponerte cuando te rompas.
Lo miró, no como solía hacer, sino con las cejas bajadas, el rostro serio y los ojos brillantes. Belial no dejó de mimarla, aunque se sobrecogió un poco, hacía muchos años que no veía esa expresión en la joven, tan triste, tan vulnerable, tan…
Humana.
—¿Qué te preocupa, mi reina? —le preguntó directamente.
—Buena pregunta.
—Es el chico, ¿cierto?
—No es solo él.
—¿Y qué más? —Volvió a acariciarle la mejilla—. Cuéntame, rubita, ¿qué te ocurre?
—No es importante, Satty.
—Si a ti te preocupa y te quita el sueño, es importante —contestó él con una sonrisa—. Venga, preciosa, dime qué es lo que te perturba tanto.
—¿Por qué siento la necesidad de ayudarlo? ¿Por qué, después de tantos años matando gente a cambio de dinero, siento que debo salvarlo? No soy así, Satty, a mí la gente no me importa… ¿por qué no puede serme indiferente como los demás?
Belial asintió despacio, como asimilando la pregunta.
—Porque sabes que no es justo.
—¿No es justo? —preguntó ella—. ¿Porque sé que no es justo?
—Ese chico morirá al final de esta semana, y es un alma inocente. Nunca ha hecho mal a nadie, solo busca lo mejor para los demás… Es una buena persona. Y va a morir.
—¿Y? He matado a mucha gente, y no todos eran cabronazos. Si pude apretar gatillos, clavar hojas y envenenar a miles de personas sin sentirme mal, ¿por qué debería acongojarme que muera uno más?
—Porque este te cae bien, y porque sabes que morirá por un simple capricho.
Consiguió el curso de un doctorado con su esfuerzo y su sudor, su supuesto compañero pacta con un demonio para poder hacerlo él también y vende el alma de nuestro chiquillo para no perder la suya.
Eso es lo que no ves justo. Que un alma pura y trabajadora se pierda y se quede otra que no merece ver la luz nunca más.
—No sé, Satty. Hay algo más. Lo veo y veo pasado, no solo injusticia. Está borroso, no sé qué es lo que me lleva tan atrás. Pero hay algo que me lleva ahí, y no quiero afrontarlo. No quiero saber a qué parte de mi pasado me recuerda este chico, Satty. No quiero.
Él la abrazó de lado y la reclinó contra él.
Ella suspiró y cerró los ojos mientras se acomodaba entre sus brazos.
Cuando notó el calor que desprendía el cuerpo de Belial, pudo sentir algo parecido a paz.
Eran pocos y a menudo breves, pero aquellos momentos juntos en los que se limitaban a abrazarse y escuchar la respiración del otro eran más valiosos que todo el oro del mundo.
Ella se sentía protegida, cerraba los ojos y sentía la calma entrar en su cuerpo y recorrerlo de punta a punta.
Cuando ambos se abrazaban, daba igual que fuera el fin del mundo, estaba protegida, estaba segura, a salvo.
—Sabes que te quiero, ¿no, Satty? —preguntó tras un tiempo. Encontrar la paz en los brazos del Diablo le había parecido raro e irónico, pero nunca antes había logrado sentirse así con nadie.
Él le besó la frente y sonrió. Por unos instantes, a la chica le pareció que su mirada había cambiado y que estaba llena de humanidad.
—Lo sé, preciosa, y yo a ti también. No te preocupes, ¿vale? Todo saldrá bien, lo vas a conseguir, ya lo verás.
—Si no encontramos cómo matar a ese capullo… solo tengo cinco días, Satty.
—Lo conseguirás, rubita mía, lo conseguirás —prometió Belial—. Sé que sí.
Solo después de aquella pequeña charla, la joven pudo dormir.