¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 13. Seré como Sansón mataré al morir. #2
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13. Seré como Sansón mataré al morir. #2

—Das asco, y mereces odio por lo que hiciste —asintió Vero—.

No sé si irás ya al infierno o te obligan a reencarnar otra vez, pero si tu alma baja a ser castigada, sufrirás mucho.

No sé si quiera si llegarás a ser perdonado, o si tardarás milenios, años o segundos.

No lo sé. Reza, Baiyu, reza para que no te reencarnes.

—Se puso en pie—. Se acabó la cháchara. Es hora de que te mate y dejes de sufrir cortado a la mitad.

—Ha sido un honor hablar contigo y que mis últimos minutos hayan sido agradables. Gracias, cazadora.

Verónica asintió, musitó un «adiós» suave y bajo y sujetó el paraguas. Baiyu cerró los ojos y sonrió, agradecido, y ella entonces dijo:

—Dios, ten piedad de esta putrefacta alma.

Tras el ruego, clavó el arma con fuerza en el pecho de la criatura.

Salió un poco de sangre, el monstruo gimió y jadeó, pero no tardó más de unos segundos en morir, con los ojos clavados en la diosa que acababa de darle muerte.

Vero sacó el paraguas lleno de sangre negruzca, de tres movimientos, como si fuera un experto samurái, lo alzó, lo limpió en la manga del abrigo —que no se manchó sino que vertió todo el líquido en el suelo— y lo guardó en la funda de la espalda.

Un simple monstruillo que devoraba niños, hasta un novato hubiera acabado con él.

Un cuervo graznó en la lejanía, y el cuerpo empezó a descomponerse en virutas que desaparecieron tras unos minutos.

Vero alzó la cabeza y las siguió con la mirada, subían al cielo que se volvía más claro.

El monstruo se iba, deshaciéndose en astillas de lo que una vez fue una pesadilla.

Notó que la lluvia había cesado y que ahora todo a su alrededor era azulado, como si el ambiente llorara la muerte del ser. Cerró los ojos, rezó una breve oración y cuando hubo terminado lo que tenía que hacer allí, se fue a casa.

La encontró vacía, su abuela se habría ido a trabajar, claro.

Subió las escaleras del porche, abrió la puerta y dio las luces.

Las bombillas del pasillo se encendieron una por una y tiñeron la oscura instancia de una luz cálida y naranja.

Verónica dejó las botas junto a la puerta, al lado del mueble donde tanto ella como la abuela dejaban las llaves, y colgó el abrigo en el perchero.

No dejó el paraguas en el paragüero, volvió a echarse la funda al hombro y caminó por el pasillo de entrada hasta el salón.

Se acercó a la chimenea y buscó con la mirada la leña para encenderla; la casa estaba un poco fría.

Mientras tiraba madera en el hueco, volvió la vista a la repisa de la chimenea, al único marco que había allí y que no colgaba en la pared como los demás.

En la fotografía color sepia y rodeada de un marco carcomido y viejo con los bordes metálicos oxidados, salía su abuela de joven.

Llevaba un precioso vestido típico de la Inglaterra Victoriana, el cabello rubio y adornado y una sonrisa que pocas veces asomaba a su rostro.

En realidad no había cambiado tanto, solamente le habían aparecido unas arrugas los últimos años.

Junto a ella había otra mujer alta y delgada, también vestida de época.

Abrazaba de lado a la abuela, en una pose protectora y cariñosa, como si dijera que no iba a permitir que nadie le tocara, y a la vez le estuviera dando todo el cariño que tenía dentro.

Verónica sonrió al ver la fotografía, como hacía cada vez que la veía.

Aquella otra mujer era Elisabeth, que hacía cientos de años había compartido vida con la abuela, hasta que murió a manos de un demonio para proteger a su amada y a su hija, que era por entonces un bebé.

Habían pasado siglos, pero la abuela seguía con aquella foto allí puesta, y Vero siempre la miraba y se fijaba en Elisabeth; la encontraba muy parecida a ella, aunque pertenecía a una generación muy anterior.

—Ah, siempre se queda así cerca de quince minutos —le dijo alguien por detrás—. Estoy seguro de que se sabe todos los rasgos de su abuela Elisabeth. De todos modos, basta con que se mire al espejo; usted es su viva imagen.

—Hola, Noct —saludó Vero mientras se daba la vuelta. La ventana estaba abierta, y sobre el marco había un cuervo apoyado—. ¿Qué haces aquí?

—Ver cómo mira a sus abuelas, mi señora —dijo él—. Las mira desde que es un bebé. Aún recuerdo cuando se sentaba delante de la chimenea, ladeaba la cabeza y las miraba. Era usted un bebé adorable, si me permite la sinceridad.

—¿Has venido a contemplarme? Vaya, debes de estar muy aburrido. ¿Qué hay por ahí que deba saber?

—Mi señora —dijo Noct—. Debe saber que ha habido otro ataque, otra sobredosis sin drogas, no muy lejos de aquí.

—¿Cómo? —preguntó ella—. ¿Otro más?

—Así es, mi señora. He venido tan pronto como he podido para avisarla. Sé que es usted quién se encarga de esto. ¿Desea que llame refuerzos? Algún otro cazador debe de…

—No —zanjó ella—. Iré yo. Guíame, serás mis ojos, Noct.

—Aún no he dicho nada a la Sede hasta que usted se muestre de acuerdo —dijo el cuervo mientras Verónica se calzaba de nuevo—.

Nadie salvo usted y yo sabe de qué magnitud es ese demonio.

¿Quiere enfrentarse a él, sola? Puede hacerla picadillo en cuestión de segundos. Ni su poderoso linaje la salvaría.

—Noct, de este caso debo ocuparme yo. Los demás están muy ocupados y yo tengo un alma a la que vengar.

—¿Se piensa enfrentar sin ayuda a un devorador de almas? Eso es arriesgado —le dijo Noct mientras la seguía por la casa.

—Estoy lista —dijo ella—. No puedo molestar y robar el valioso tiempo de mis compañeros. Ahora llévame a ver a la víctima, el demonio estará cerca aún.

—Si hace eso que dice… Morirá.

Verónica, que estaba donde la puerta, se giró al cuervo con los ojos vacíos. No le hizo falta dar explicaciones, bastó una única frase llena de determinación y Noct dejó de insistir.

—Seré como Sansón; mataré al morir.