13. Seré como Sansón mataré al morir.
Verónica volvió al lugar de la muerte del joven y repitió el patrón de las últimas veces.
Siempre recibía un resultado muy similar, que en lugar de decepcionarla la animaba a seguir, alentada por la rabia.
La criatura, aquel horrible ser, seguía en la Tierra y no pensaba irse de momento.
A juzgar por lo que pudo ver y oler, se quedaría un tiempo.
No era mucho, pero le valdría para acabar con él.
Aquel polvillo naranja que ya había notado otras veces dejó de escocer y pasó a quemarle la piel. Gruñó y trató de limpiarse el dedo, pero fue incapaz, se le había pegado al dedo como un anciano a un recuerdo.
Ardía.
Parecía querer penetrar en la piel, quemarlo todo a su paso, volverla cenizas. Pero no pretendía matarla o dañarla, sino mostrarle algo. Aquel polvillo demoníaco se esforzaba en enseñar, lo hacía lo mejor que podía, aunque aquello implicase hacer daño y causar dolor. Solo quería enseñar.
Verónica apretó los dientes, pero dejó de luchar contra el dolor y se centró en lo que el polvo le mostraba.
No le reveló el aspecto del demonio —porque, efectivamente, aquella criatura era un demonio— ni dónde estaba, ni cuál sería su siguiente víctima, pero le hizo ver que seguía en el mundo y que buscaba otra persona.
Y, sobre todo, le desveló de qué tipo de demonio se trataba.
Un devorador de almas.
No era un diablo cualquiera, sino uno de esos capullos que beben a la gente y eructan el vacío que dejan en ella; un devorador de almas. Un ser hambriento que dejaba a su víctimas convertidas en muñecos, en simples envases que esperaban ser llenados, pero que no volverían a estarlo.
La abuela le había hablado de ellos, le había dicho que un devorador de almas era lo peor que un cazador podía encontrarse en su carrera.
Eran poderosos, expertos asesinos de cazadores y hacedores de caos y maldad.
Si uno de ellos salía del infierno, la plantilla de cazadores se reduciría a la mitad en cuestión de días. Aquellos demonios eran fuego.
Y ella era una cerilla en medio de aquel incendio.
Podía matarla, podría acabar con ella como quien sopla una vela; eliminarla con un simple susurro. Era capaz de destrozar su cuerpo y devorar su alma en un segundo antes de que pudiese pensar siquiera en atacar.
Pero allí estaba y allí seguiría.
La criatura sabía que la estaba buscando, que la joven investigaba y que haría lo posible por cazarla, y Verónica era consciente de ello.
No debía subestimarlo por muy demonio que fuera; aquellas criaturas debían gran parte de su poder a su desarrollada inteligencia.
Un paso en falso supondría caer en sus garras y convertirse en un títere con el que jugar; o morir sin más.
Tenía que ir pisando cristales y con cuidado.
Pensó en Almudena, que se había convertido en una flor marchita pero que todavía tenía una raíz que buscaba el sol; y en José María, una vida que se había detenido en algún rincón que ya no existía.
Sintió que se le doblaba el cuerpo y le temblaban las rodillas; se notó tan frágil como una antorcha ante un huracán.
Cerró los ojos, consciente de la lluvia que le caía en la espalda y la quemazón del polvo en el dedo; el terror se apoderó de ella, pero su alma seguía siendo suya, y mientras lo fuera, no dejaría de luchar.
No pudo concentrarse mucho más en eso, porque el cielo se oscureció de golpe.
Las nubes se volvieron negras y la luz dejó de pasar, casi no se veía.
No se levantó; un gruñido la sorprendió desde detrás.
Antes de girarse a ver qué había sido, Verónica sacó el paraguas de la funda y, sin ponerse de pie asestó un único golpe a la vez que la criatura se lanzaba a por ella.
Sonó un crujido como el de la madera al romperse y ante ella cayó la parte de abajo de un monstruo similar a un fauno.
Verónica miró las patas de bovino retorcerse en el suelo, aún vivas y buscando huir de allí para no sufrir otro ataque.
Pensó en golpearlas otra vez y separarlas, pero la voz del monstruo no le dejó volver a alzar el arma.
—¡Joder! ¡Sabía que ibas a ser sorprendente!
Verónica se giró y vio el rostro de la criatura. Era feo, como una mezcla de cerdo y caballo con un sinfín de dientes. Verlo le causó repulsión. Además de feo era repugnante, con la piel embadurnada de algo grasiento.
—¿Ha enviado un secuaz para matarme? —preguntó la joven mientras se ponía en pie.
—¡Nah! —bramó el monstruo sacando la lengua, larga y rosa—. He venido yo solito.
—¿En plena luz del día? ¿Atacar a un cazador a estas horas?
—El cielo está oscuro, casi no se ve nada —se defendió la criatura. Seguía viva; cortada por la mitad, apenas soltaba sangre. Mientras hablaba, empezó a arrastrarse por el suelo, en busca de las piernas—. Eres increíble, ¡me derribaste sin mirar!
El monstruo estaba maravillado ante la imagen de Verónica.
Vio cómo se acercaba a él, arma en mano y con gestos suaves pero firmes.
Vio las ropas y el pelo ondear con la brisa que se había levantado, vio la mirada de neutralidad impresa en aquel bello rostro.
La criatura se sentía ante la presencia de una deidad, no le preocupaba el hecho de que fuese a morir, sino que se alivió de que fuera ella quien le diera muerte.
No era el único que se había sentido así, desde luego.
Prácticamente todos los monstruos a los que Verónica se había enfrentado la habían visto como una diosa, como un ser hermoso, neutro y puro, cuyos movimientos eran firmes y precisos; no había cargas de odio profundo, ni rabia escondida, ni felicidad por matar monstruos; quizá un poco de superioridad y brusquedad al hablar, pero nada más.
Cuando morían, solo sentían paz; no se iban del mundo sintiéndose odiados.
—No debiste venir hasta aquí —le dijo a la criatura—. Con un movimiento del paraguas, le cerró el paso—. Has intentado atacarme, y comes niños. Tengo que matarte.
—¿Sin siquiera abrir tu paraguas? Es cortante como una espada, pero sin abrirlo… Es como derrotar a un enemigo con el arma envainada. Oh, gran cazadora, mátame con el paraguas abierto. ¡Te lo ruego! Concédeme este último deseo, por favor te lo pido. Por favor.
—Desenvaino el arma cuando el enemigo lo requiere. Alguien que se arrastra para recomponerse no merece que lo abra.
Asió el paraguas con ambas manos, como si fuera un mandoble, y lo sujetó apuntando al suelo.
—Cazadora —dijo el monstruito entonces—. ¿Puedo saber tu nombre antes de que me mates? ¿Por favor?
—Me llamo Verónica —respondió. No tenía problema en revelar su nombre antes de matar a cualquier criatura—. ¿Tú tienes nombre?
—No uno de verdad. Los monstruos como yo no solemos tenerlo. Me gusta que me llamen Baiyu. ¿Me llamarás así, Verónica?
—Te he dicho mi nombre, pero no que puedas usarlo —replicó ella—. Voy a matarte, Baiyu.
Baiyu asintió, ya lo sabía. Desde que aquella chica lo había partido por la mitad sin necesitar levantarse sabía que sus días habían terminado.
Lo había asumido, pero no se sentía mal o triste.
La chica le había hablado sin odio, había mantenido una pequeña conversación con él y hasta le había preguntado el nombre.
Era el día de su muerte, pero era el más feliz que había tenido en su vida.
—Me siento bendito al ser asesinado por alguien como tú, cazadora.
—¿Bendito por qué? Voy a matarte, Baiyu, lo último que verás de este mundo es a una cazadora de monstruos.
—No me matarás con odio —dijo él—. No hay odio en tu ser, te repugna mi aspecto y detestas lo que soy, pero no me estás hablando con odio ni te vas a regodear con mi muerte.
—Hago mi trabajo.
—Todos nos miran con odio. Tú no.
Verónica lo miró a aquellos ojos que le sonreían con gratitud y se agachó ante él. El monstruo no se regeneraría y no le importaba hablar un poco más.
—Los monstruos como tú me dais pena. No sois más que almas putrefactas que no han podido expiar sus pecados. Eres alguien que murió hace años y sufrió el peor castigo de todos: verse obligado a renacer como un monstruo y no poder ir al infierno a pagar por lo que hizo. Dime, Baiyu, ¿cuándo moriste?
—El quince de abril de 1923.
—¿Y quién o qué fuiste por entonces?
—Un monstruo. No tenía la forma que tengo ahora, incluso alguna muchacha de mi pueblo me había considerado bello, pero era un monstruo.
Violé y maté niños de joven, los atraía y hacía atrocidades con ellos.
No estaba bien, cada mes me cobraba una víctima y la gente no sospechaba de mí, pero me pillaron.
—En verdad eres asqueroso, Baiyu. ¿Qué te hicieron cuando te atraparon?
—Me arrastraron por las calles del pueblo, me pegaron, me lanzaron cosas y me sometieron a torturas y barbaridades.
Hicieron pagar a mi cuerpo lo que yo hice a sus hijos e hijas.
Morí entre golpes, y siguieron maltratando a mi cuerpo ya vacío.
Cuando volví a abrir los ojos, tenía esta forma horrible. Me lo merezco, ¿verdad?
—Has reencarnado en el ataca-niños que fuiste. Ahora te los comes, y volverás a morir por hacer daño a esas débiles criaturas. Reza porque esta vez tu alma pueda ir al infierno y puedan castigarte.
—¿Algún día se me perdonará y podré ir al cielo?
—Eso no lo sé, Baiyu. Eso queda a criterio de los que te custodien una vez llegues allí. Yo no puedo hacer más que matarte y rezar para que no reencarnes de nuevo en un monstruo. ¿Te arrepientes de lo que hiciste, al menos?
—Pues no lo sé, cazadora —dijo el monstruo—.
En parte sí, esas pobres criaturitas no merecían morir tan jóvenes ni sufrir lo que sufrieron por mi culpa.
Me arrepiento de haber sido incapaz de controlar mis impulsos y hacer todo lo que les hice; pero una parte de mí, una parte muy pequeña, me dice que era lo que mi cuerpo y yo necesitábamos.
Que tenía que hacer eso, que había nacido para matar y violar. No es bueno, lo sé.