12. Almu, lo verás. Algún día lo verás todo. Y yo seré la traidora que solo quiso protegerte.
Verónica interceptó a Almudena tan pronto como esta salió de su clase en el descanso.
La estudiante echó a andar por el pasillo sin mirar a su alrededor, pero su amiga le chistó y llamó.
Al principio no pensó que la llamaran a ella, pero cuando escuchó el Almu, joder, mira para acá, se giró y vio a su amiga sentada en una de las mesas, con un platito de ensaladilla rusa que se habría comprado en Mercadona.
La estudiante fue hacia allí, pero no le preguntó qué hacía en su facultad a esas horas.
—¿Qué coño haces comiendo eso a las diez de la mañana? ¿Qué clase de desayunos te haces?
Verónica soltó un gruñido. No le gustaba que le preguntasen por sus horarios y cantidades de comidas. Todo el mundo lo hacía, por supuesto.
—Siéntate, tengo algo que decirte y no quiero que te me desmayes; no tengo el día.
—¿Qué pasa? —preguntó Almudena. No rechistó, sabía que su amiga era muy seria y que si decía que había que hacer algo, ese algo se hacía de inmediato—. Creí que trabajabas hoy.
Almudena, por supuesto, no tenía ni idea de a qué se dedicaba su amiga. Tampoco es que le hubiera preguntado nunca. No parecía tener mucho interés en ello, pero a Verónica no le molestaba en absoluto.
—De eso vengo —dijo Verónica. Mientras hablaba se intentó tapar el brazo con la manga, tenía una pequeña herida reciente que no quería que viera su amiga—. Estoy aquí por José María.
Almudena tragó saliva y sintió que el mundo se paraba. Verónica suspiró y negó, tenía que tener más tacto, ser más tranquila, más cálida. Alargó una mano, tocó el brazo de su amiga y le dijo:
—Sé que han sido unos días muy duros, Almu, de verdad que lo sé.
Almudena apretó los dientes e intentó no derrumbarse allí mismo; llevaba todo el fin de semana en el tanatorio, todavía sin comprender lo que estaba ocurriendo.
Aún miraba hacia la puerta de su casa, esperaba que su novio llamara al timbre, con el casco de la moto bajo el brazo dispuesto a llevarla a algún sitio especial a cenar, ver el atardecer o simplemente a hablar del día.
Todos los domingos por la mañana él llegaba, la llevaba a comer y luego paseaban toda la tarde, pero aquel domingo nadie llamó a su puerta.
Nadie le llamó con voz suave, ni le abrazó con ternura ni tampoco le dijo que estaba preciosa y que se iban a comer.
José María ya no estaba, no iba a volver.
Todos esos paseos, salidas y ratos juntos se habían acabado para siempre y se habían hecho recuerdo.
Todo por una puta sobredosis.
—¿Qué pasa con él?
Verónica suspiró y vaciló antes de decir nada. Sus ojos se clavaron en los de su amiga.
Te juro que no era su hora, Almu, pero alguien lo arrancó del reloj.
—¿Vero? —preguntó Almudena—. ¿Qué pasa con José?
—José María no murió de sobredosis, Almu. Lo asesinaron.
El cuerpo de Almudena se quedó seco. Un pequeño «¿qué?
» se ahogó en sus labios y no conoció la luz.
¿Asesinado? ¿José, el bueno de José, asesinado?
Verónica no le dio opciones a hablar, lo hizo ella.
Se esforzó por hacerlo despacio, no soltó la bomba con su frialdad habitual, sino que buscó las palabras adecuadas, intentó tener todo el cuidado necesario.
No quería ser brusca en un caso como ese y menos con Almudena.
—Estuve… investigando la escena del crimen, que hubiera muerto de sobredosis no me parecía normal. Las pistas son muy sutiles, casi nadie se daría cuenta, ni la policía… pero…
—¿¡Pero!? ¿¡Eres gilipollas!? ¿¡Quién mataría a alguien como él!? —bramó Almudena. Se puso en pie de un salto y de un manotazo tiró la comida de su compañera de la mesa—. ¡Tus horarios de mierda te están pudriendo el cerebro! ¿¡Quién iba a asesinar a José María!? ¿¡Te has vuelto loca!?
Verónica miró su comida desparramarse por el suelo en silencio.
Vio los trocitos de los ingredientes bañados en mayonesa esparcirse por las baldosas, vio el plato caer sobre ellos, vio cómo su fuente de energía se estropeaba y echaba a perder por culpa de sus palabras.
No alzó la cabeza, se sentía muy mal. Inútil.
¿Por qué no tengo tacto? ¿Por qué se me dan tan mal las personas?
—Almu.
—¡Vienes aquí, a mi puta facultad, y me sueltas eso! —le gritó ella—. ¿¡Es que quieres hurgar más en la herida!? ¡Joder, no ha pasado ni una semana! ¿¡De qué vas, hija de puta!?
Los ojos de Verónica se lanzaron hasta encontrar los de Almudena, que ardían en furia.
La estudiante vio entonces los de su amiga, apagados, a media asta, fríos como un campo invernal.
Un grito quería salir de su garganta, pero no lo hizo, volvió a la laringe y la joven se detuvo.
Se agachó y recolocó el plato con la poca ensaladilla que no se había esparcido y desperdiciado, avergonzada.
Verónica se sorprendió, no esperaba ese gesto.
De hecho, estaba bastante sorprendida por no haber recibido ninguna bofetada.
—Vero…
—Es igual —murmuró ella, apartó el plato de delante—. Sabía que reaccionarías así. No tengo tacto para estas cosas, es culpa mía. En realidad, ni siquiera sé cómo tratar a las personas. No te disculpes.
—¿Por qué crees que…? ¿Quién iba a…?
Verónica abrió la boca para dar la desgarradora noticia del asesino del novio de su amiga, pero antes de poder producir un solo sonido, volvió a cerrarla.
No, si descubres quién fue, tu dolor arderá. Y yo no tengo agua suficiente para apagarlo.
—Estoy… estoy en ello —contestó—. Solo sé que el asesino simuló la sobredosis, pero que José no murió drogado. Vine a decírtelo, creí que merecías saberlo. No quiero jugar con lo que sientes ni darte falsas esperanzas, pero te puedo asegurar que lo mataron, no murió. Necesito tiempo.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Investigar —contestó Verónica mientras se ponía en pie—. Te contaré todo lo que descubra y atraparé a ese asesino. Tú… tú no digas nada a nadie, ¿vale? De esto me tengo que encargar yo, yo sola. Si alguien más se entera… No, Almu, nadie.
—No diré nada —prometió ella—. Pero… ¿dónde vas a ir?
Verónica salió de la facultad mientras su abrigo negro ondeaba rozando sus botas.
No le había dicho dónde iba ni cuánto tiempo, solo que volvería.
Desde la ventana del pasillo, Almudena vio su figura irse y desaparecer, no sabía durante cuánto.
La lluvia que había empezado a caer chocaba contra el cristal y temblaba por el viento, pero ella no lo hizo.
Estaba hueca y rota, sí, pero no tembló ni sollozó pese a la noticia.
Su cuerpo, por primera vez en días, sentía algo que no era dolor.
—Tráeme paz, Verónica. Tráeme justicia. Tráeme su nombre.
Pese a la lluvia, Verónica no se sacó el paraguas que llevaba en la funda colgada en la espalda, como si fuera una espada y ella un caballero medieval.
Dejó que el agua le mojara el pelo, se lo pegara a la cara y lo encrespara.
Miró al cielo, encapotado y gris, como si pudiera hablar con alguien, como si alguien allí arriba quisiera hablar con ella.
La lluvia mojó su rostro, cada vez caía con más intensidad, pero ella cerró los ojos y sintió cada gota deslizarse por su piel.
No supo si lo que caía por su cara era solo lluvia o si también se mezclaron lágrimas con ella, pero tampoco quiso saberlo.
Tenía que ponerse a trabajar, tenía que encontrar a ese ser y…
Y…
Almu, lo verás. Algún día lo verás todo. Y yo seré la traidora que solo quiso protegerte.