11. Si te pido otra copa me mandas a la mierda, ¿no?
La asesina se sentó en la barra del local y acercó la copa que le había costado unos para nada sospechosos ochenta euros. Luego por arte divino una chica con un cuerpo de espanto se acercó a Lucas y se lo llevó. Lo único que le había costado dinero era el vodka limón de casi cien euros.
Casi nada.
—¿Le pagas las putas al chaval? —preguntó el camarero sorprendido. A esas horas apenas había clientes—. Chico con suerte, ya me gustaría a mí.
—Es una urgencia, que no se acostumbre —contestó ella mientras le daba un trago al vaso—. Joder, macho, si me cobras ochenta napos al menos cárgame la copa. He bebido zumos más cargados.
El camarero le quiso contestar que era un martes normal a las diez y algo de la mañana, que a esas horas los alcohólicos se pedían un vinito o dos, no un copazo de vodka con limón como si tuvieran quince años.
En su lugar, acercó la botella de Absolut y se la puso frente a la copa.
La chica le hacía gracia, y ya nadie bebía vodka con limón.
—Sírvete lo que quieras, como si te la acabas.
—Coño, entonces voy a venir más a menudo. Esto sí es un servicio, sí señor —dijo ella echando mano de la botella—. ¿Es por los ochenta pavos?
—Es porque eres la única que me recrimina lo de la copa cargada. ¿Tan desesperada estás porque tu amigo folle?
—Sí.
—¿Y no te lo puedes llevar de noche por ahí y que ligue él solo a las cinco de la mañana con cualquier borracha? Es mucho más fácil y desde luego más barato.
—Necesidad de vida o muerte —se limitó a responder—. Lo hará bien.
El camarero se la quedó mirando mientras bebía, todo aquel asunto le parecía surrealista, pero no dijo nada. Eran muchos años tras la barra y si había aprendido algo era a no hacer preguntas y limitarse a trabajar.
—Mientras no me la mate...
No pasaron ni diez minutos y Lucas apareció en la escena, en calzoncillos, despeinado y con el gesto agitado. Sudaba y parecía muy nervioso.
—Joder, qué poco aguanta tu amigo —dijo el camarero—. Que no se eche novia, por favor.
—¿Ya? —preguntó la asesina, esperanzada.
—¡Tenéis que ayudarme! —dijo Lucas, histérico—. ¡Por favor!
—¿Qué ha pasado? —preguntó la asesina mientras se ponía en pie.
—¡Estaba a punto de venir hacia mí, y de repente tropezó y se dio un golpe en la cabeza! ¡No responde!
—¡Tu puta madre, niño! —gritó el camarero, y echó a correr hacia la habitación.
—¡No fue culpa mía! —sollozó Lucas—. ¡Perdón!
—Toma, chico —dijo la asesina a la vez que le alcanzaba la botella de Absolut—. Bebe un poco. Bebe y relájate.
El camarero volvió con la chica en brazos. El pecho de ella subía y bajaba despacio, no había muerto. En la sien derecha tenía una herida grande y manchada de sangre. El camarero le puso una bata por encima, para cubrirle el cuerpo, y empezó a ponerle frío en la herida.
—Pues a ver qué hago ahora, no me dicen qué hacer en estos casos —refunfuñó.
—Si te pido otra copa me mandas a la mierda, ¿no? —aventuró la asesina—. El chico tiene que follar.
El camarero gruñó.
—Al menos así amortizas la botella de vodka.
—Esto vale once napos en un Alimerka, está amortizada de sobra.
Ninguna de las prostitutas que trabajaban allí pudieron acostarse con Lucas.
De un modo u otro, siempre pasaba algo y el encuentro era imposible.
Ni la chica ni el camarero daban crédito.
Él decía que nunca había pasado algo así y ella no paraba de pensar en la maldición de Lucas.
¿De verdad no podría perder la virginidad?
No se rindió. Sacó a Lucas de allí y lo llevó por todos los clubes de Oviedo y Gijón buscando al menos una opción de que el chico se acostara con alguien.
No pedía el mejor polvo del mundo en una cama matrimonial con dosel y pétalos de rosas, les bastaba con cinco o diez minutos de acción, un aquí te pillo, aquí te mato.
Tampoco lo consiguieron, nadie pudo ni siquiera desvestirlo.
La asesina se desesperaba cada vez más, de ser por ella hubiera aparcado en un descampado cualquiera, reclinado el asiento y terminado con el asunto ella misma; pero hacía un día que le había prometido a Satanás que le guardaría exclusividad y no le apetecía quebrantar esa promesa.
Cierto que era muy agradable y paciente con ella, pero la joven nunca olvidaba que era el mismísimo Diablo.
—Hablaré con Satty, ¿vale? —le prometió cuando salieron del último lugar, sin éxito—. Pero vas a perder la virginidad.
—¿Tú crees? —preguntó Lucas, desanimado.
—Vamos, hablemos con él ahora —dijo ella mientras buscaba la aplicación de teléfono en el móvil—. Todo irá bien, negrín.
La chica pulsó sobre el único contacto que tenía guardado y se llevó el móvil a la oreja. Esperó pacientemente cinco timbrazos y cuando llegó el sexto, alguien descolgó del otro lado.
—Dime, rubita mía.
—Hola, Satty —dijo ella—. Necesito tu ayuda.
Lucas estaba detrás de ella, triste, nervioso y avergonzado.
Nunca había tenido la oportunidad de tener sexo, y aunque tampoco le había corrido prisa, lo ocurrido hoy lo había destrozado por dentro.
Mientras su peculiar amiga hablaba por teléfono con un tal Satty , él se dedicó a mirar al suelo intentando no pensar en lo ocurrido.
Solo alzó la cabeza cuando notó que la chica había colgado después de decir «vale, nos vemos en Begoña, amor».
—¿Quién es Satty? —preguntó.
Podía olerse, más o menos y fantaseando mucho, por qué el apodo.
—¿El mote no te recuerda a nada?
—Prefiero creer que no tienes guardado el número de teléfono del Diablo.
—Estarás medio depre, pero aun con esas las cazas al vuelo —dijo la chica, intentaba animarle—. ¿Recuerdas que los humanos podemos pactar con demonios poderosos para pedir inmortalidad? Pues yo tuve la suerte de poder pactar con Satanás.
—Creí que era secreto de Estado.
—Ya para qué, si lo vas a conocer ahora. Joder, tío, se suponía que nunca me relaciono más de lo debido con mis clientes…
—¿¡Qué!? —exclamó Lucas, aterrado—. ¿¡A Satanás!?
La chica suspiró, entendía el temor del chico. En realidad, le sorprendió que después de aquella mañana siguiera en pie y no se hubiera desmayado o muerto de un ataque al corazón. Asintió, le sonrió y le dijo:
—Yo prefiero llamarlo Belial, me resulta más… melódico. No tengas miedo, estamos todos de tu parte. Además, tienes el alma demasiado pura, Satty no tiene el más mínimo interés en ella.
—Ah… —musitó él, no muy convencido.
Satanás llegó al centro de la ciudad diez minutos más tarde.
La chica y Lucas no tardaron mucho más. Durante todo el camino, Lucas fue incapaz de tranquilizarse; no paraba de preguntarse cuál sería el aspecto del Señor del Infierno, cómo sería estar ante él.
La barriga le dolía y escuchaba su corazón palpitar con fuerza.
La asesina intentó calmarlo varias veces, aunque enseguida comprendió que era una misión un tanto imposible; decirle a un humano que se relajase cuando iba a estar en presencia de Satanás era como pedirle a una profesora de inglés que dejara de vestirse del Desigual.
Lucas, entre miedo y temblores, se imaginó a un hombre grande, de piel enrojecida, cuernos de carnero y rostro inhumano; también se imaginó a una cabra híbrida, peluda y que infundía miedo.
Lo que vio no fue nada de eso.
Un chaval castaño de unos veinte años se acercó a ellos con las manos en los bolsillos de un elegante traje azul oscuro.
Sonreía y parecía un humano completamente normal, ojos marrones, pelo rizado más o menos desordenado…
El hombre fue hacia la chica y la saludó con un tierno beso en los labios; luego se giró a Lucas y le tendió la mano.
El aterrado joven miró al hombre trajeado y tragó saliva; casi prefería al furro con forma de cabra.
—Lucas, ¿verdad?
—¿Usted es…? —murmuró Lucas, nervioso. El hombre se rio.
—Soy quien piensas que soy. Llámame como quieras, esta tonta de aquí le tiene cierto gusto a llamarme Satty .
—Es porque Satanás no me gusta, no es cariñoso.
—¿Y Belial no te parece suficiente?
—Pero no es tan bonito como Satty.
—Satty es una mierda, rubia —dijo Belial—. Pero te lo acepto porque te guardo cierta dosis de estima. A ver, ¿qué quieres?
—Lucas tiene que perder la virginidad para que el pacto de ese demonio pierda valor o se anule. Llevo con él toda la mañana de puti en puti y tiro porque me toca pero no hay manera de que el chico folle. Es como si le hubieran maldecido a no perderla nunca.
Satanás miró a Lucas y ladeó la cabeza. El joven era guapo, alto, cuerpo atlético y bastante atractivo, tenía algo que atraía. Miró a la rubia y luego de nuevo al chico, sorprendido. Lucas suspiró, se sentía un mono de feria.
—¿De verdad este tío no ha tenido sexo nunca? Pero si es un…
—Sí, lo sé, lo sé —dijo la chica—. Que está como un queso y encima tiene estudios, si es un partidazo.
—Los guapos ligan bastante poco, por lo que puedo comprobar.
Lucas se ruborizó, pero no dijo nada. Estaba bastante atacado de los nervios por la maldición, por no haber sido capaz de acostarse con ninguna mujer ese día y por tener al mismísimo Satán frente a él hablando como si fuera un simple humano normal.
La rubia le pasó un brazo por la espalda y la frotó, amistosa.
Aquel sencillo gesto fue suficiente para que comprendiese que no estaba solo y que harían lo posible por ayudarlo. Empezó a sentirse mejor.
—¿Hay alguna forma de hacerlo, Satty? Reconozco que quise encargarme del asuntillo, pero no después de lo que te dije ayer.
Belial sonrió, mostró los colmillos y se inclinó sobre la chica. Le dio un beso tierno y corto, y se levantó sin dejar de sonreír.
—Eres fiel a tu palabra —le contestó—. Está bien, veamos qué podemos hacer. Os invito a un café.
—¿Va a revertir la maldición? —preguntó Lucas, esperanzado, una vez sentados en la mesa. Era la primera vez que se atrevía a hablar.
Por desgracia, Satanás meneó la cabeza.
—No me meto en temas de mis demonios a menos que atenten contra mí o el infierno. Puedo ayudarte, pero no enfrentarme a quien está tras la maldición. También puedo intentar dar con algún modo de que pierdas la virginidad, pero no mucho más.
—Algo es algo, Wakanda —dijo la chica—. Mejor un poco de ayuda que nada.
—Como Señor del Infierno no debería mojarme en estos temas —explicó Satanás—.
Pero haré una excepción porque aquí la doña me lo ha pedido y nunca antes había hecho algo así.
No es que pase de vosotros ni me moleste que un alma inocente esté en peligro, pero esa no es mi tarea. ¿Lo comprendes, Lucas?
Este se echó a temblar, incómodo ante la criatura que tenía delante.
Era un creyente muy devoto, siempre lo había sido y se acordaba a la perfección de su abuela, rezando día sí día también al tiempo que pasaba las cuentas del pequeño rosario que siempre llevaba consigo.
Había intentado mostrarse serio, neutral y calmado, no quería dejar ver que el miedo se apoderaba de su cuerpo cada segundo que pasaba, pero estar ante el señor de los infiernos le revolvía el estómago y manchaba el alma.
Intentó concentrarse en que había venido a ayudarlo a seguir con vida, que no iba a matarlo, forzarlo a pactar ni arrastrarlo al infierno.
Pero eso no cambiaba nada; aunque se volvieran mejores amigos y tomaran cafés una vez a la semana, no se sentiría bien con su presencia; el mero hecho de haber recurrido a Satanás le hacía sentir impuro y un pecador.
La asesina lo miraba de reojo; sabía lo que cruzaba la mente del chico, notaba el miedo, los nervios y el malestar de estar en presencia de Satanás.
Quiso decirle que no tuviera miedo, que no era tan malo como parecía, que todo saldría bien o cualquier tontería similar.
Solo que decirle a un creyente que no tuviera miedo del Diablo estando frente a él era como decirle a un niño que no llorara cuando descubría que Papá Noel no era más que un simple mito.
En su lugar, le tocó la pierna y le dejó una leve caricia.
No estás solo en esto, Wakanda, le dijo mentalmente.
Satanás vio la caricia, la preocupación en los iris rojos de la joven, y sacudió la cabeza.
No se metería demasiado en el asunto, desde luego, pero al menos intentaría encontrar una forma de que el alma del chico perdiera su valía; como mínimo buscaría algo de información sobre el demonio que estaba tras el asunto.
No participaría mucho, pero no los dejaría con el culo al aire.
Si el asunto le importaba a aquella chica que nunca había sentido empatía por nadie, debía de ser importante.
Ella lo miró, seria e inhumana como siempre, pero había algo diferente en su mirada.
Algo muy distinto que en un principio no supo descifrar.
Ayúdame, Satty, por favor. Aunque solo me des apoyo. Ayúdame.
Él leyó el ruego en los ojos de la asesina, y asintió despacio, con tanta discreción que Lucas no lo vio. A ella le valió como respuesta.