¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 10. ¿Tu pacto… fue con el mismísimo Satanás?
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10. ¿Tu pacto… fue con el mismísimo Satanás?

La mañana del martes empezó con normalidad en la Facultad de Psicología. A las nueve en punto los alumnos estaban en sus sitios y los profesores empezaron a dar clase como todos los días.

Pero no era una mañana normal en absoluto.

No había podido dormir nada, se había pasado la noche metida en la cama dando vueltas a su mente.

Tras levantarse a las cinco menos cuarto de la mañana había vuelto a la escena del crimen y se había pasado horas buscando pistas sobre el ser que había acabado con la vida de José María, intentando descubrir quién era, qué quería y qué hacía allí.

Hasta el momento había descubierto poco, pero sabía que esa criatura no tenía ninguna prisa por irse.

Tan pronto como confirmó que José María había sido asesinado por un demonio o una criatura similar que simulaba sobredosis en sus víctimas y que aquella muerte era la primera de muchas, fue a Oviedo a buscar a Almudena.

Había intentado llegar antes del inicio de las clases y decírselo, pero tratar de entrar en la capital asturiana en hora punta suponía como mínimo diez minutos de espera en el tráfico.

Y por supuesto, no le había dado tiempo.

Así que no le quedaba otra que seguir allí hasta que su amiga saliese de clase.

No llevaba ni la mitad de la lasaña cuando notó algo extraño a su alrededor.

Dejó el tenedor y tragó lo que tenía en la boca, atenta.

No se acercaba nadie por las escaleras que daban a los despachos, todo estaba vacío y en silencio, pero había algo distinto.

La atmósfera había cambiado, el aire era pesado y estaba segura de poder palparlo a su alrededor.

Un ligero olor a azufre se extendió por el lugar, alterando todavía más su instinto.

La lasaña ya no le resultaba agradable a la vista, tampoco su sabor, como si se hubiera podrido en segundos.

Antes de que se pudiera poner en pie, apareció otra persona.

Era una chica rubia, quizá una estudiante de cuarto año o una doctoranda.

Verónica la examinó con atención: piercing en la ceja, gafas…

no le pasó por alto que tuviese los ojos rojos ni que el aroma a azufre viniese directamente de ella.

La recién llegada le sonrió con educación y se sentó a su lado, lo que puso en guardia a Verónica.

El aire pesaba tanto que los hombros se le echaron un poco hacia delante bajo el peso abrumador.

Rozó el paraguas con los dedos, preparada para cogerlo y atacar.

La extraña no hizo nada que pudiera ser catalogado como amenazador o peligroso, se limitó a mirar Instagram desparramada en aquellas incómodas sillas.

De no ser por el potente olor demoníaco y aquellos ojos rojos, podría haber pasado por una simple estudiante.

Verónica asumió que la extraña no sabía que se acababa de sentar justo al lado de una cazadora de monstruos, y que era mejor que no lo descubriera y evitar conflictos innecesarios. No quería dar la nota, no en ese lugar.

Alargó una mano y cogió lo que le quedaba de lasaña, sin dejar de analizar cada movimiento de su acompañante.

Olía muy fuerte, aunque solo el olfato de un cazador podía percibirlo y diferenciarlo.

Seguía siendo humana, eso estaba claro, estaba ante una persona humana.

Una persona humana que no tenía alma y que olía como si reinara en los Siete Infiernos.

El olor era prácticamente insoportable.

Una sinalma. ¿Aquí?

En un momento, la puerta del aula 24 se abrió de golpe y de la fuerza chocó contra la pared y volvió a cerrarse.

Una chica salió corriendo de allí como alma que lleva el Diablo, con muy mal aspecto; parecía que iba a vomitar en cualquier momento.

Verónica y la extraña giraron la cabeza en dirección a la joven y vieron que se metía en el baño con mucha prisa.

La rubia volvió al móvil poco después, pero Verónica siguió mirando la puerta del baño.

La había visto poco tiempo, pero el olor que desprendía y el apagado color de su aura indicaban que a aquella desdichada chica no le quedaba mucho tiempo en el mundo.

Le pareció haber visto sangre en sus muñecas, pero fue tan solo un segundo antes de que desapareciera en el baño, así que no podía estar segura.

La extraña se rascó sobre el piercing y se quedó mirando la barra de notificaciones en espera de un mensaje. Tardó en llegar unos cinco minutos que para Verónica resultaron interminables. El mensaje de WhatsApp llegó, apareció en la pantalla y la chica se levantó de inmediato.

—Así que estás fuera, conguito —musitó—. Voy.

Volvió a sonreírle a Verónica, que ya se había acabado la lasaña.

Se dio la vuelta y echó a andar por el largo pasillo hasta las escaleras mientras se hurgaba los bolsillos, si tenía suelto igual se compraba algo de comer en la máquina expendedora que hacía de cafetería. Le apetecía una palmera de chocolate.

Vero se levantó tras ella y la siguió, paraguas en mano.

El olor era cada vez más intenso, un simple sinalma no podía desprenderlo; aquella chica era algo más.

Sus dedos rozaron el cierre, casi seguro que tendría que abrirlo, aunque provocase un verdadero caos en la facultad.

Sacudió la cabeza, primero tenía que impedir que aquella cosa saliera del edificio.

La extraña dejó de caminar, pero no se giró.

—No abras eso —le dijo—. No hace falta que gastes energía a lo bobo, acabas de comer.

—¿Quién eres? —siseó Verónica sin soltar el paraguas—. Gírate, quiero verte la cara.

—Guarda el paraguas, niña —respondió la extraña mientras se daba la vuelta y la miraba—. No lo vas a usar.

Se miraron a los ojos, y ambas experimentaron una extraña sensación.

Verónica la notó poco, de haber estado distraída la habría pasado por alto.

Era una sensación débil, confusa, que no conseguía identificar.

La asesina en cambio notó que algo dentro de ella se revolvía, muy parecido a lo que había sentido con Lucas, lo que le gustó entre poco y nada.

Ninguna dijo nada al respecto.

—Lo usaré si es necesario —dijo Verónica a la vez que extendía el arma hacia la extraña. Ella la miró arqueando las cejas—. Identifícate, monstruo.

—¿Me llamas monstruo por el color de mis ojos, cazadora? —replicó la otra, fingiendo estar dolida—. Yo a ti no te digo nada por el color de tu pelo. Un humano normal no tiene mechas moradas naturales, ¿verdad? Oh, ¿crees que no me había dado cuenta?

—Te llamo monstruo por el olor a azufre que desprendes. Eres humana, puedo oler tu humanidad y veo el aura que tienes, no es demoníaca.

—No soy un demonio —negó la joven—, no me han querido convertir todavía.

—Pero hueles como si lo fueras. Puedo ver que no tienes alma, y a juzgar por la fuerza del olor y el color de tu aura, sé que estás relacionada con demonios de alto rango. ¿Con quién o quiénes, eh?

—¿A ti qué te importa, muchacha? No te metas en mi vida, yo no me meto en la tuya. ¿O quieres que empiece a hacerte preguntas? ¿Por qué llevas un paraguas en lugar de un cetro como Dios manda?

—Un cazador tiene de cetro lo que desea y lo que le permita discreción a la hora de trabajar —gruñó Verónica, que no había bajado el paraguas—. Soy cazadora de monstruos, mi deber es acabar con los de tu calaña. Pónmelo fácil, y no seré dura.

—¿Los de mi calaña? —repitió la extraña—. Hay que tenerlos cuadrados para hablarme así.

—Los humanos que pactáis con demonios voluntariamente no merecéis respeto ni miedo, solo asco y repulsión. ¿Qué ganaste con tu pacto?

—Vida —dijo la extraña sonriendo. Tenía colmillos—. Gané vida.

—¿Y de qué sirve la vida, si no tienes un alma con la que disfrutarla?

—No necesito mi alma.

—¿Y qué harás cuando mueras? Llevas mucho tiempo en el mundo, pero lo dejarás antes o después. ¿Qué harás cuando seas propiedad de un demonio?

—Eso no es algo que deba preocuparme —dijo la extraña de ojos rojos—. ¿Me puedo ir ya?

—¿A qué has venido? ¿Qué piensas hacer en esta facultad?

—Vengo a ver a un amigo. ¿No puedo tener amigos? Baja el paraguas, niña, no tengo intención de hacerle daño a nadie aquí. Ni siquiera a ti, fíjate. Supe desde el principio que cazas monstruos, y no quise decirte nada, no tengo interés en ti.

—Matas gente. Eres asesina a sueldo. No me engañas.

—Tienes un olfato muy bueno, criatura —dijo la asesina con admiración y asombro, ambos genuinos—. ¿Cuántos años tienes? No más de veinte, y mira qué bien me has calado con solo mirar. Cuando crezcas no habrá bicho que sea rival para ti.

Verónica no se dejó camelar por los halagos, aunque sabía que la asesina los decía en serio. Siguió agarrando el paraguas, firme.

—¿A qué has venido? —repitió separando las palabras, impaciente—. Habla de una vez o abro el paraguas. Y créeme, acabo de comer y tengo energía más que suficiente.

El gesto de la asesina se ensombreció. Bajó las cejas, sus ojos se oscurecieron y dejó de sonreír. Verónica se sintió asustada y cohibida ante la seriedad, pero no se permitió ni un ligero temblor. Ambas se miraron fijamente a los ojos, esperando que la otra atacase.

Ninguna lo hizo.

—Un amigo mío morirá esta semana por culpa de una maldición —dijo la asesina—, y vengo a decirle por qué lo maldijeron y cómo. Si podemos evitar que muera, lo haremos.

—¿Una asesina como tú está salvando una vida? —gruñó Verónica—. No me lo creo.

—Yo tampoco, pero nadie me va a pagar por dejarlo morir y le tengo cariño, aún no sé por qué. Baja eso y deja que me vaya, tengo que descubrir cómo matar a un inmortal.

—El amigo tuyo —dijo Verónica, bajó un poco el paraguas—, ¿quién es? ¿Es humano? ¿Es buena persona?

—Es humano —asintió la asesina—. Es totalmente humano, mortal, y se está sacando un doctorado en logopedia porque quiere ayudar a los niños con TDL. Si quieres evitar la muerte de un ser inocente, déjame marchar.

Verónica bajó el paraguas y lo apoyó en el suelo, pero su mirada no se ablandó. Lo que su rival decía no era mentira, pero no se terminaba de fiar de ella.

—Hay un demonio suelto por Gijón —dijo entonces. La asesina se sorprendió—. ¿Qué sabes de él?

—Acabo de descubrir que hay uno. No lo sé, Satty viene a visitarme a menudo, pero no creo que hables de él.

Satty.

Verónica tragó saliva, si ese «Satty» era el apodo de quien creía, había subestimado muchísimo a la chica que tenía delante.

No subió el arma, pero sus dedos apretaron la tela negra del paraguas.

La asesina volvía a sonreír, había notado perfectamente que la joven cazadora se había asustado al oír el mote.

—¿Por Satty te refieres a Satanás? —preguntó ella con un hilo de voz.

—Sí.

—¿Tu pacto… fue con el mismísimo Satanás?

—El mismo que viste y calza. No tengas miedo, querida, no te haré nada si tú no atacas.

Verónica empezó a temblar. Conocía a muchos cazadores que habían vivido varios siglos y se habían enfrentado a verdaderas monstruosidades, pero nunca habían estado ante Satanás.

Y ella, con veinte años, estaba ante alguien que no solo había pactado con él, sino que tenía su mismo olor.

Y por hacer un simple pacto no te impregnas de la esencia del demonio, tienes que relacionarte mucho con él.

Satty viene a visitarme a menudo.

Ah, no jodas. Si lo que pensaba y lo que su olfato le revelaba era cierto, la rubia que tenía delante mantenía un vínculo muy cercano con Satanás. Si la asesina quería, podría despedazarla en segundos sin darle tiempo a defenderse.

—No tiembles —dijo la asesina—, no te haré daño. No tengo tiempo para centrarme en cazadores.

Verónica la dejó irse, conmocionada aún por haber estado ante alguien que había pactado con Satanás y se relacionaba con él.

Un cazador más experimentado no lo habría dejado escapar a alguien así; pero ella era quien era y esos fallos se le perdonarían.

Soltó un gruñido, se guardó el paraguas en la funda que tenía en la espalda y dejó que la chica se fuera.

Pensó en volver a sentarse a esperar a su amiga, cuando notó algo deslizarse por el suelo; había un monstruito pequeño por la facultad.

Gruñó y desenvainó el paraguas; a trabajar.

Cuando la asesina llegó ante Lucas, arqueó ambas cejas al verlo fumando apoyado en la estatua al Padre Feijoo.

—¿Desde cuándo fumas?

—Me queda una semana de vida, ya que estoy voy a probar todo lo que no debería probar, ¿no?

—¡Ay, no! —negó ella antes de arrancarle el cigarrillo de los labios. Empezó a fumarlo ella—. Nada de ser pesimistas, Wakanda, aquí optimismo. Ya sé cómo te maldijo y por qué.

—Me maldijo por el puto doctorado.

—¡No, error! —contestó la chica mientras le cogía el resto de la cajetilla.

Tabaco gratis—. Vendió su alma a un demonio para poder hacer el doctorado el año que viene, pero recapacitó y tuvo miedo de ser propiedad de un demonio cuando muera, así que cambió la inmortalidad por el alma de un virgen. ¡La tuya, amigo, la tuya!

Lucas bajó la cabeza, abochornado, pero su compañera le quitó importancia. Podía tener unos valores muy cuestionables, pero nunca se burlaría de alguien por conservar la virginidad o haberla perdido. Incluso para ella la gente era más que un simple cuerpo.

—No te preocupes. Es todo un meritazo.

—¿Podemos cambiar de tema?

—Por desgracia no —negó la asesina—. Escucha, hay una posibilidad de que la maldición se rompa si pierdes la virginidad esta semana. ¡Vámonos!

La chica lo cogió del brazo y tiró de él calle abajo con rapidez. No tenían demasiado tiempo, y quería quitarse el asunto del medio cuanto antes. Nunca es buena idea esperar a última hora.

—¿A dónde me llevas?

—¡A un puticlub!

—¡Oye, espera!

—¡No tenemos tiempo! ¡Tienes que tener sexo ya mismo, con quien sea!

—¿Pero la primera vez no se reserva para alguien especial? —preguntó Lucas mientras era brutalmente arrastrado por la calle—. ¿Quieres que pierda la virginidad con una puta? ¡Pero espera!

—Te alquilaré una guapa, no te preocupes. Lo de la primera vez no es para tanto, si te cuento con quién fue la mía flipas.

—¿Con quién fue? —preguntó Lucas.

—Con Satanás. ¡Vamos!